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   Familia y repetición

Cifra familiar y traza propia
  Por Miriam Mazover
   
 

La familia posee una función civilizadora, en tanto introduce al cachorro humano en el orden de la cultura, esa en particular, donde le tocará constituirse como sujeto. Se hace entonces –por suerte, en la mayoría de los casos– transmisora de la lengua, también del lenguaje; dos de los grandes hitos constitutivos y estructurantes de la condición humana de los que el niño gradualmente se apropiará.

Este universo simbólico encuentra su marco en una adquisición fundante: la ley, “esa invariable a la que están sujetas las cosas, reguladora de los derechos y los deberes mutuos” tal como la define el diccionario. Ella se erigirá entonces como el artificio princeps necesario e irremplazable para garantizar la pertenencia a la civilización, y como decíamos al comienzo la familia, como primera institución del sujeto, es su principal transmisora*.

Los psicoanalistas sabemos, en principio y privilegiadamente por nuestros propios análisis, y también por todos aquellos que conducimos en nuestra práctica, la valía que poseen estas “grandes trazas fundantes”. Sin embargo, saber de su alcance no nos hace olvidar, ni mucho menos dejar de escuchar, sus límites. Ni de percibir sus riesgos ¿Qué queremos decir con esto? Que tal como ocurre con las grandes potencias, la familia contiene lo mejor, y por esto mismo, la plena capacidad de hacer surgir lo peor.

¡Cuánta ambivalencia notamos en las naciones: se ansía depender de las grandes potencias por los beneficios que aportan y a la vez quedar al margen de sus peligros, o viceversa!
Ocurre que las verdades de estructura son altamente sensibles de ser captadas.

Cada familia posee, y esto ocurre con alta frecuencia (sin que por ello se deje de cumplir con las funciones antedichas), la capacidad de tejer en el entramado generacional que le compete una “pieza de caracteres” (sic) cuya hechura es contraria a la de la palabra: es fija (porque no desliza), es silenciosa (porque no se la escucha), es silenciada (porque muchas veces ni siquiera se sabe que se la sabe, o porque, como muchas otras, se la eleva a la categoría del secreto, que no es lo mismo que secretear). Una obra teatral que los actores ignoran estar representando, con papeles, rasgos, o destinos fijos, como asignados de antemano, que se transmiten y repiten a lo largo de la cadena filiatoria. En lo real esta pieza, al decir de Freud, le es a la familia a la vez lo más familiar y lo más extraño. Rueda sigilosa desafiando al tiempo y a la distancia, por eso puede pasar de generación en generación, también de un territorio a otro, y entonces ocurre aquello que tantas veces solemos escuchar de quien observa de afuera el “fenómeno”: “es increíble como se repite la historia en esta familia”. Decimos los psicoanalistas: la historia no deja de repetirse. En ciertas oportunidades, por una contingencia y/o por varias determinaciones de otra índole, esta pieza indescifrada se desplomará sobre un miembro particular de la familia, sin que esto le haga obstáculo para seguir su giro. De hecho se comprueba la mayoría de las veces que sigue en carrera, si bien con una intensidad menor a la que poseía antes de haberse abatido sobre el individuo en cuestión. Ese que a partir de allí será “el loco de la familia”, “la desgracia de la familia”, “el suicida de la familia”, “el psicópata de la familia”, “el estafador de la familia”, “el que nunca puede levantar cabeza dentro de la familia”, etc.

Y es de gran importancia señalar que con estos sismos los otros miembros no se salvan de la encriptada cifra del destino familiar, de su papel asignado, de la repetición familiar; sólo existe, y no en todos los casos, un aminoramiento –si es que ocurre– de la fuerza con la que dicha cifra impacta sobre los otros integrantes del linaje. No vale lo de chivo expiatorio: ninguno queda expiado, libre, de la historia familiar, que retorna siempre al mismo lugar. Mientras esto es lo que va ocurriendo en lo cotidiano familiar, las palabras no dejan de discurrir normalmente entre los miembros de la familia, sólo que a decir verdad, están muertas, porque “esa intacta mismidad” que rueda y rueda aborta aquello que la palabra plena posibilita: instaurar esa pequeña diferencia que nos categorizará como sujetos, nada más ni nada menos. La palabra plena es aquella que descompleta el Sentido del Otro. Aquí equiparamos sentido del Otro con “esa mismidad” que caracteriza la cifra del destino. Descompletarla implica la posibilidad de producir allí un equívoco, ese que representará al sujeto. Lo que caracteriza a un sujeto es no ser igual a sí mismo, porque las significaciones deslizan.
Descompletar el sentido del Otro nos ubica en el orden de la traza, que siempre será re-escritura.

Recordemos aquello que destacábamos al comienzo, acerca del valor fundante y estructurante que como función le cabe a la familia; estamos aquí deteniéndonos sobre esta otra potencia que también le corresponde, sin categorizarla de ningún modo en el terreno de las intencionalidades concientes ni perversas.

Existen familias perversas, pero no nos referimos a ellas en este artículo. Muy por el contrario, hablamos de las familias en general, las “mejores familias”, como tantas veces escuchamos decir. Y contra un escaso número de casos relativamente felices, la enorme mayoría de las familias, tal como las conocemos, posee estos puntos oscuros. Como sea, sorprende siempre la increíble potestad de la familia de regimentar estas tramas tan limitantes o bien directamente mortíferas para el sujeto –a la par de sus muchas bendiciones–.

Los psicoanalistas tenemos la convicción, fuerte y genuina por haber surgido de la experiencia clínica del análisis, de que un sujeto se constituye como tal cuando ejerce no sólo el derecho, sino a su vez la obligación que lo asiste, en el sentido ético del término, de firmar su obra de puño y letra. Es decir, encontrar, y vivir de acuerdo con su propia, única e irrepetible traza personal, aún dentro de una subjetividad limitada por las determinaciones de su familia de origen y otras pertenencias a su cultura. Sin que por esto –todo lo contrario– deje de adeudar a sus Otros familiares el inmenso hecho de haberle posibilitado ingresar como un miembro más de la civilización.

A los psicoanalistas nos toca entonces, también lo sabemos, una responsabilidad enorme: ayudar desde nuestra posición de analista, en nuestros consultorios y por qué no, fuera de ellos, en ámbitos comunitarios donde nuestra labor resulte pertinente, a quienes a través de su psicopatología –de muy diverso grado y también de muy diversa índole– están dando señales del atolladero en el que se encuentran. Inhibidos de marcar en la vida un surco con traza propia, contornean otro, el de la psicopatología que portan, esa misma que no hace otra cosa que hacer pervivir la cifra del “destino familiar”.

Si nos referimos recién a la responsabilidad que como psicoanalistas nos cabe, recordemos en este punto la estricta advertencia que nos legara Freud: hasta que esta traza se configure, no olvidemos que la persona no cuenta más que con este cifrado, que si bien es indigno porque le acarrea un sufrimiento de más, lo hace ser parte de la cadena. Hasta que no pueda o no termine de decidirse a escriturar su traza “no nos apuremos a curar”.

Es fundamental hacer una diferenciación entre “el desplome” que muchas veces acaece sobre un solo miembro de la familia que quedará, entonces, aplastado por el Sentido del Otro, con aquellas personas que pueden dibujarle una muesca a este sentido del Otro haciendo una psicopatología. Si bien rápidamente advertimos que el precio que pagan es caro (más caro cuanto más grave sea la psicopatología de que se trate) no podemos dejar de señalar a esta última como una creación del sujeto, aunque ella siga representando la dramática miseria familiar; sólo que,tal como ocurre con todas las creaciones, éstas recién se convalidan como tales cuando hay otro (en este caso el analista) que se dispone a leerlas.
La lectura que un analista oferta, –no sin su presencia– apuntará al desciframiento de la “pieza”, a su análisis renglón por renglón. Es una lectura que va produciendo sujeto en el mismo acto que se realiza, porque siempre el lector se convierte en autor de aquello que lee, aunque en un principio la obra la escribieran Otros.

El analista mantendrá su apuesta sostenido desde su deseo de analista. Advino tal, reiterémoslo, porque hizo su propia experiencia de vaciar un cifrado y contornearlo con su traza, obteniendo para sí una ganancia inconmensurable, que termina de serlo, en el sentido más propio del término, por su alcance benefactor hacia sus propios hijos.

También resulta indudable que en la puesta en marcha de su deseo de analista pone a jugar de una manera privilegiada su propia deuda con el psicoanálisis, ámbito que le posibilitó re-escribir su propia dramática. Nacer de la cifra familiar con traza propia.


_____________
* Estas transmisiones implican operatorias que no desarrollaremos en el presente trabajo y que son las que no logran efectivizarse en algunas patologías mentales graves, como lo es por ejemplo el autismo.

 
 
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