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   La acción analítica

Dos textos técnicos de Freud
  Cuarta entrega
   
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
La señorita forastera:
En Iniciación al tratamiento (1913) Sigmund Freud intenta compilar varias sugerencias sobre la iniciación de la cura que no son, de manera alguna, mecánicas sino que están dispuestas a desarrollar la construcción del espacio analítico: selección de pacientes; período de prueba fijado en algunas semanas con una orientación diagnóstica. Así, a lo largo del texto, continúan advertencias en relación con prolongadas entrevistas previas, con la existencia anterior de una terapia de otro tipo, con el conocimiento previo entre el analista y analizante. Todas o algunas de ellas, provocan consecuencias desfavorables para las que es preciso estar preparados. Estos argumentos, afirma Freud, conllevan la posibilidad de que el paciente llegue con una actitud transferencial establecida de antemano, sin tener la oportunidad de observar su evolución desde el comienzo. Debe desconfiarse de los futuros pacientes que quieren iniciar la cura con una postergación. Al iniciar el análisis debe darse importancia al encuadre: variables tiempo-dinero. ¿No sería necesario recordar este párrafo, aún cuando encontramos una cierta contradicción y al final de la presente nota?: “Por las mismas razones tendrá derecho a negar asistencia gratuita, sin exceptuar de esto ni siquiera a sus colegas o los parientes de ellos...debe tenerse en cuenta que un tratamiento gratuito importa para el psicoanalista mucho más que para cualquier otro: le sustrae una fracción considerable del tiempo de trabajo de que dispone para ganarse la vida y por un lapso de muchos meses. Y un segundo tratamiento gratuito simultáneo ya le arrebatará una cuarta o tercera parte de su capacidad de ganarse la vida, lo cual sería equiparable al efecto de un grave accidente traumático.” Pero por sobre todas las cosas: es dudosa su ventaja de eficacia y de operatividad. (Ver la nota sobre la estructura libidinal del dinero escrita por Germán García en el número anterior de Imago-Agenda). Este texto de Freud es de vital importancia para la acción analítica y existen dos referencias a subrayar. Una en relación a un poema de Schiller acerca de una “señorita forastera”: No se sabe de dónde vino y también se espera, que un día desaparezca. Metáfora magistral de la neurosis. Otra es una referencia que se la cita muy a menudo en la comunidad analítica, una especie de axioma para tenerlo presente: No hay en la vida nada más costoso que la enfermedad y ...la estupidez.

La política del avestruz:
En Recordar, repetir y reelaborar (1914) Freud comienza mencionando el olvido de impresiones, escenas o experiencias del analizante que generalmente se reduce a aislarlas, pero existe una clase especial que resulta casi imposible de ser recuperada por el recuerdo. Se trata, en realidad, de las que tuvieron lugar en la temprana infancia y que en ese momento no fueron comprendidas, aunque posteriormente, se interpretaron y entendieron. El analizante no recuerda nada de lo que ha olvidado y reprimido pero opera a través del acting-out correspondiente. No lo reproduce como recuerdo sino como acción, lo repite sin saber que está haciendo. Así la transferencia, se constituye en un ejemplo de manifestación de la repetición. Funciona no sólo con relación a la figura del analista, sino también, en todos los otros aspectos de su situación actual y posición con los otros. El analizante cede a la compulsión de repetir con que reemplaza el impulso de recordar no sólo en su actitud personal frente a la figura del analista, sino también en todas sus otras actividades y relaciones de la vida cotidiana.

El manejo de la transferencia consiste en frenar la compulsión a la repetición del paciente, la que se torna inocua e incluso inútil cuando se le reconoce el derecho de afirmarse en un determinado campo. El primer paso para superar la resistencia se produce cuando el analista logra descubrir la resistencia que el paciente no reconoce, haciendo que éste se familiarice con ella, para lo que debe dársele tiempo a fin de que la reconozca, elabore y supere, pudiendo continuar la labor analítica a pesar de ella. Recién cuando la resistencia alcanza su nivel más alto el analista puede descubrir los impulsos pulsionales reprimidos que la alimentan. En la práctica, la reelaboración de la resistencia es ardua labor para el analizante y verdadera prueba de fuego para el analista, ya que algunos pacientes prefieren la política del avestruz: esconder la cabeza para protegerse del “peligro”, de una amenaza amplificada de volver a pasar por lo desagradable, pero como sucede con el comportamiento de tan particular ave, su cuerpo queda expuesto a otros depredadores (incluso a otras terapias que tengan en su haber un influjo sugestivo) que muy gustosamente, la devorarán.

* * *
Ambos textos muestran a un Freud preciso, disciplinado y a la vez apasionado por la técnica analítica. Decide mostrarse asimismo y, además, refleja una modalidad de trabajo singular. Una orientación que se ajusta al caso por caso.
Parafraseando a Peter Gay en Una vida de nuestro tiempo, nos comunica que Freud sin embargo suavizaba sus reglas, no por capricho, sino por razones humanitarias: renunciaba a sus honorarios cuando sus pacientes pasaban períodos económicos difíciles; se permitía realizar comentarios amables durante la sesión; se hizo amigo de sus pacientes favoritos; llevó a cabo el análisis de Eitingon o el de Mahler realizando paseos por Viena o por el jardín de su propia casa. Pero estos “permisos” que Freud se brindaba no eran arbitrarios. También deben pensarse como incluidos dentro de estrategias y tácticas del “uno por uno”. Como he pronunciado en la primer entrega de esta serie, los escritos técnicos no constituyen la última palabra sobre cómo conducir un análisis ni mucho menos conformar un manual de la práctica analítica, pero son ricos en un sentido y como en un oasis, alimentan al hambriento y al sediento que se animó, se “autorizó” a cruzar el desierto, luego de un recorrido árido que nos presenta el goce de cada sujeto.
 
 
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