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Freud y la emigración (1ª parte)
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
El reciente aniversario de la muerte de Sigmund Freud, ocurrida en Londres el 23 de septiembre de 1939, a los ochenta y tres años, ofrece la oportunidad de actualizar la actitud que mantuvo toda su vida frente a la emigración, tanto propia como la de quienes en épocas muy diversas recurrieron a él en busca de consejo sobre el tema. Recordemos que sólo consintió abandonar Viena cuando la ocupación nazi. Murió al año de establecerse en Inglaterra y sus cenizas encerradas en una de sus urnas griegas favoritas permanecen en su forzado exilio.

Más de una vez, en sus años de estudiante de medicina, las inciertas perspectivas para ganarse la vida en Viena, indujeron en Freud la fantasía de establecerse en otro país. “Sufro a la espera del momento de mi independencia para poder cumplir mis propios deseos –escribe a su prometida a mediados de 1882– ¿Es necesario quedarnos aquí, Martha? Si es posible, instalémonos donde la dignidad humana sea más respetada. No puedo imaginar nada más deprimente que una tumba en el Central Friedhof. ”
Y unos meses más tarde insiste: “Si no prospero con bastante rapidez aquí, cosa que es probable ya que un médico joven necesita disponer de un capital y yo no lo tengo, emigraré a Inglaterra, o tal vez a Norteamérica o a Australia.”
Esa idea juvenil debe leerse, a nuestro juicio, de un modo particular. Freud imagina otro lugar; pero ese lugar debe ser entendido, no como un espacio geográfico, sino más bien como un sitio: el sitio, como él mismo afirma, donde su dignidad de sujeto sea reconocida. Al fin de la primera Guerra Mundial, Austria era un país arruinado, al punto que un ex paciente ofreció a Freud alojamiento y todos los medios necesarios para comenzar una nueva vida en Holanda. Aunque la mayor parte de sus ahorros había sido consumida por la inflación, rechazó de plano el ofrecimiento. Esa misma renuencia habría de reiterarse años más tarde cuando lo consultaron varios discípulos y amigos dispuestos a emigrar.
En el año 1927 Edoardo Weiss, frente a la adversidad con que era recibido el psicoanálisis en Trieste, su ciudad natal, pensó en mudarse a una ciudad más importante para aumentar su clientela. ¿Qué le recomendaba su maestro?
“No suponía que usted tuviese dificultades materiales – responde Freud–- Es bien sabido lo poco que sirve en general el consejo ajeno. Sin embargo, estoy contento de que comente su situación conmigo, y con mucho gusto le voy a decir lo que pienso. Inútil decirle de qué ciudad me llega el mayor número de pacientes; casi no recibo consultas de Italia, salvo algunas de Trieste, fruto de su influencia. De las ciudades italianas que conozco, Milán me parece la de mayor movimiento, quiero decir: la más europea y el lugar más indicado.”

A renglón seguido, le sugiere a Weiss: “No debería dejarse influir por opiniones desfavorables, esas llegan de todas partes; hay que probar y provocar la demanda con la propia presencia.”
Weiss considera la conveniencia de un traslado para mejorar económicamente. Freud responde recordándole que es con oferta que se genera la demanda. En cuanto a la emigración, el maestro vienés es categórico:
“Con todas mis fuerzas le desaconsejo emigrar. Como extranjero, se es un indeseado en todas partes, y las dificultades se vuelven particularmente grandes. Me he informado sobre las condiciones en Francia (París) por una señora que tiene mucha influencia; me dice que la necesidad de revalidar todos los exámenes es un obstáculo casi insalvable. En Inglaterra es donde se perdona menos un conocimiento incompleto del idioma. Si le pregunta a Jones, sólo oirá quejas porque los analistas de su grupo no tienen bastante que hacer. Ophuijsen en La Haya amenaza desde hace años con la emigración; se la he desaconsejado enérgicamente y aún permanece en su tierra. En ninguna parte tiene uno tantas perspectivas de poder imponerse finalmente como en el propio país.”
“Sé que hay tiempos que son particularmente desfavorables, y tiempos en que uno tiende al desánimo –lo alienta Freud para terminar– Pero espero que ambos pasen, y usted podrá sentirse confiado como legítimo representante del análisis en Italia.”

El campo donde el sujeto despliega su experiencia creadora no se establece solamente en coordenadas espaciales sino también temporales. Y el tiempo, Freud lo sabe bien, no puede ser concebido únicamente en términos de duración. El alivio que augura a su discípulo resulta de un momento de corte. El corte que habilita la posición del sujeto y sanciona su legitimidad.
 
 
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