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   Clásicos del psicoanálisis

El escrutador de almas de Georg Groddek*
  Por Sandor Ferenczi
   
 
Muchos conozcan quizás el nombre de Groddek dentro de la cultura alemana como el de un médico temperamental, para el cual la petulancia científica de muchos eruditos no es sino una monstruosidad y el cual –como su alma gemela Schweninger– observó con ojos propios a hombres y cosas, enfermedades y procesos de curación, los describió con palabras singulares y nunca se dejó encerrar en el lecho de Procusto de una terminología convencional. Algunos de sus artículos parecen corresponderse con ciertas tesis del psicoanálisis, pero este autor se dirigió en un comienzo también contra la escuela freudiana, como contra toda escuela en general. Su fanatismo por la verdad se demostró finalmente más fuerte que el odio a toda erudición de escuela: reconoció públicamente que se había equivocado al atacar al creador del psicoanálisis y –lo que es aún más inusual– puso al descubierto coram publico su propio inconsciente, el cual, demostró, albergaba la tendencia de ponerlo en contra de Freud por pura envidia. Uno no debe asombrarse de que Groddek, incluso después de haber adoptado el psicoanálisis, no haya tomado el camino de un discípulo común de Freud sino el suyo propio. Nunca le sobró interés para las enfermedades psíquicas, el verdadero campo de la investigación analítica, incluso las palabras “psyche” y “psíquico” suenan mal a su oído monístico. Opinó con total consecuencia que, si tenía razón con su monismo y las enseñanzas del psicoanálisis eran correctas, estas últimas debían ser válidas también en el campo de lo orgánico. Con ánimo insolente apuntó entonces la armas analíticas contra las enfermedades orgánicas e informó enseguida de historiales que curiosamente confirmaban sus suposiciones. En muchos casos graves de enfermedad reconoció el dominio de intenciones inconscientes que, según él, juegan un rol preponderante en la causación de cualquier tipo de sufrimiento. Las bacterias, según su opinión, están siempre y en todas partes; depende de la voluntad inconsciente del ser humano elegir cuándo y cómo se servirá de ellas. Todavía más, tamibén el surgimiento de tumores, hemorragias, inflamaciones, etc. puede ser favorecido o incluso producido por tales “intenciones”, de manera que Groddek presenta estas tendencias como conditio sine qua non de cada proceso de enfermedad. El motivo central de estas intenciones latentes creadoras de enfermedad es, según él, casi siempre el instinto sexual; el organismo se enferma fácil y gustosamente, cuando con ello puede conseguir placer sexual o sustraerse al displacer del mismo tipo. Y así como el psicoanálisis cura enfermedades anímicas a través de la concientización de mociones ocultas y el levantamiento de la resistencia contra tendencias inconscientes, así pretende Groddek haber influenciado el curso de graves enfermedades corporales a través de la cura metódico-analítica.

No tengo conocimiento de que otros médicos hayan ensayado y comprobado estos curiosos efectos curativos, de modo que, por el momento, no podemos decir si nos encontramos aquí frente a un nuevo y genial método de curación o al poder sugestivo de una única y extraordinaria personalidad médica. Sin embargo, en ningún caso se le puede negar consecuencia a las demostraciones del autor o seriedad a sus ideas rectoras.

Este investigador nos depara ahora una nueva sorpresa, por cierto, no pequeña: en esta última obra se presenta como novelista. No creo que por parte del autor se tratase en primer lugar de la conquista de la fama literaria; Groddek encontró en la novela la forma adecuada para expresar de la mejor manera posible las útimas consecuencias de sus conocimientos sobre la enfermedad y la vida, los hombres y las instituciones. Quizás tiene muy poca confianza en la capacidad de aceptación de sus contemporáneos para lo nuevo e inusual y por ello necesita suavizar la rareza de sus ideas con ayuda del humor y de la ficción para, por así decirlo, sobornar al lector con premios en placer. Yo no soy literato y no me atribuyo ningún juicio sobre el valor estético de esta novela, pero creo que no puede ser malo un libro que, como éste, logra atrapar al lector de principio a fin, presentar difíciles problemas biológicos y psicológicos en forma chistosa, divertida. Tampoco puede ser malo un libro que logra cubrir con su velo de fino humor escenas cínicas y vulgares, escenas grotescas y profundamente trágicas, en fin, escenas que tendrían que provocarnos repulsión debido a su desnudez.
El ingenioso medio, del cual se sirve Groddek, consiste en presentar a su protagonista Müller-Weltlein, el “escrutrador de almas”, como un loco genial del que el lector nunca puede saber a ciencia cierta cuándo narra los productos de su genio y cuándo los de su locura. Así, Weltlein puede explayarse sinceramente sobre temas que Groddek no podría haber comunicado en un libro científico o un libro fantástico tomado en serio, sin desafiar a todo el mundo. El desencajado burgués habría pedido en seguida a gritos el chaleco de fuerza; pero dado que aquí el burlón autor se lo pone desde un principio, al protector de la moral no le queda más que hacer un gesto de asentimiento y compartir la risa. De todas maneras, muchos pensadores, médicos y filósofos de la naturaleza reconocerán en este libro principios de una concepción del mundo liberada de todas las cadenas de la mística y el dogmatismo tradicionales y a su vez también recibirán de a ratos ingeniosas instrucciones para el enjuiciamiento de hombres e instituciones. El valor educativo del libro reside, sin embargo, en que Groddek, como alguna vez Swift, Rabelais y Balzac, arranca la máscara al espíritu de época, pietista e hipócrita, y muestra, aunque comprendiéndolos en su naturalidad, el horror y la lujuria ocultos.

Traducción: Nicolás Gelormini
* Publicado en Imago Zeitschrift como reseña de la novela de Georg Groddek Der Seelensucher. Ein psychoanalytischer Roman, Internationaler Psychoanalytischer Verlag. Leipzig y Viena, 1921 (Hay versión castellana El escrutador de almas. Novela psicoanalítica, Ediciones Era, México, 1971).
 
 
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