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   Colaboración

Análisis terminable e interminable
  Sexualidad pulsional y trauma
   
  Por José Milmaniene
   
 
El logrado trabajo de Freud de 1937 «Análisis terminable e interminable» configura un legado testamentario que implica al menos tres conceptos cruciales para la conducción de la cura psicoanalítica, a saber:
El abandono de toda omnipotencia terapéutica, en aras del reconocimiento de que en el análisis se trata de agotar todas las instancias de la impotencia (síntomas, inhibiciones. trastornos caracterológicos, etc ) para llevar al sujeto al límite mismo de toda imposibilidad, esto es, a una normalidad que supone el reconocimiento de la división subjetiva. Analizar implica «producir lo incurable» (Lacan), en términos de aceptar la castración, dado que la normalidad consiste en asumirla sin síntomas, pudiéndose en este caso suturar sin obturar la escisión del Yo en el proceso defensivo con exclusivas producciones sublimatorias.

Esta operación de aceptación del límite mismo se produce de modo diferencial en función de la oposición masculinidad-feminidad. Así el hombre se resiste en forma desafiante o resignada a aceptar la dependencia y la pasividad masoquista frente al padre, lo que supone una posición resistencial inevitable, la que suele derivar en reductos paranoides post-transfrenciales, en ingratitud, en abandonos prematuros de la cura o en síntomas residuales que pueden carecer o no de toda significación clínica. Pero sea como fuere el destino de un análisis, lo que queda claro es que la fuente última de toda resistencia transferencial en el hombre adquiere el modo del rechazo y la atracción ambivalente a la sumisión masoquista frente al Padre, en tanto el neurótico persevera en el amor eterno al Padre y la religión, en el amor al Padre Eterno.
La apuesta freudiana es fuerte: se trata de ir más allá del amor al Padre, fundando una ética de la responsabilidad, ajena al registro de la culpa. Se trata, como afirma Lacan,de prescindir del nombre del padre a condición de servirse de él, sacrificando pues la tentación de toda ofrenda sacrificial masoquista a Él.

La mujer debe por el contrario tolerar creativamente la inevitable desilusión de no recibir el Falo , por lo que tiene que aceptar la envidia del pene para así poder ecuacionarla a través de los hijos o de otras producciones sublimatorias. Persistirá empero un resto de resentimiento o de resignación depresiva frente a una búsqueda que no logró su cometido originario. Para Freud entonces el análisis no es una práctica ajena a la diferencia de los sexos, sino que es un discurso sobre esa misma diferencia y sobre los modos disímiles como cada sexo debe enfrentarse a la castración. Ni el enfermar ni la cura son pues extraños a la marca que imprime la sexualidad en el sujeto parlante, a pesar que a veces se tiende a desconocer resistencialmente esta incidencia en la teoría, tal como acontece cuando por ejemplo se piensa «desexualizando» a ésta en favor de matematizaciones o formalizaciones abusivas o de generalizaciones abstractas y genéricas que desconocen el suelo pulsional y las incidencias de la diferencia sexual anatómica en todas las producciones humanas, por más espiritualizadas que éstas se presenten (veáse al respecto mi libro «Extrañas Parejas»-1998) Freud le atribuye una importancia decisiva a la pulsión de muerte imbricada con la libido en la causación de la enfermedad así como en los resultados de la cura. El concepto de goce nos parece fecundo en tanto nombra a la insoslayable erotización del sufrimiento, expresión clínica del masoquismo primordial sustentado en los insensatos mandatos superyoicos. El sujeto tiende a perseverar en los síntomas, que en tanto enclaves de goce, presentifican la instancia destructiva de la pulsión de muerte. (He desarrollado esta temática en el texto «El Goce y la Ley»-1995)

Hechas estas consideraciones generales quisiera ahora detenerme sobre los factores que Freud reconoce como decisivos para la posibilidad de la terapia analítica, a saber: influjo de traumas, intensidad constitucional de las pulsiones, alteración del yo. Creo que debemos intentar procesar estos componentes, buscando algún orden de articulación estructural. Diremos que el Yo es la conciencia restitutiva ideológico-imaginaria que se procura el sujeto para dar cuenta de su imperfecto proceso de subjetivación, el cual consiste en sancionar actos responsables y en simbolizar sublima-toriamente las pulsiones . El análisis procura reparar la sutura yoica allí donde ésta se halla fallidamente constituida, a favor de incrementar la capacidad de verbalización y conceptualización. El Yo podrá así dar cuenta de su escisiones, dejándose atravesar «asintomáticamente» por ellas, es decir, el sujeto aceptará creativamente la división subjetiva, pudiendo por ende producir una obra con la que se identifique. En otros términos: encontrará el nombre que dé cuenta de sus goces, trocando los mismos en un estilo, ya hecho obra, que lo singularice. Ahora bien, las pulsiones se negativizan en su encuentro con el Otro de la Ley, y es el Padre Muerto el encargado de acotar el goce, para posibilitar su recuperación en la escala invertida del Deseo. Por eso la excesiva erotización del hijo por parte de una Madre insatisfecha, a favor de un Padre que no acude a la cita con su palabra legislante, se halla en la base de todo enfermar. La confrontación con el exceso de goce se hace intolerable y la maquinaria significante, superada en su capacidad de simbolización, deja restos inasimilables para la subjetividad. He aquí por qué sostenemos que toda pulsión resulta traumática en sí misma: siempre es excesiva dado que todo padre no se halla a la altura de su función. Si el ejercicio de la función paterna es intrínsecamente fallido, no puede sino ser traumática la presencia del goce del Otro, dado que siempre faltan palabras para dar cuenta de la férrea demanda cosificante del Otro. Lo no simbolizado, por la deficitaria ley paterna, resulta traumático, configurándose así los residuos sintomáticos que se expresan como neurosis, delirios, enfermedades psicosomáticas o actuaciones. La pulsión es traumática pues resulta del encuentro entre el excesivo instinto biológico y la precariedad de toda significación, que siempre proviene de un Otro embargado por sus propios goces informulados para sí mismo. Las experiencias traumáticas son expresión de la insuficiencia de toda significación y de la pobreza de todo sentido, frente a lo real desbordante del sexo y la muerte. Al sujeto siempre le resulta excesivo tramitar las pulsiones que lo habitan, y los restos sintomáticos mal simbolizados de éstas circulan por entre la redes precarias e insuficientes de lo simbólico. Freud nunca abandonó el concepto de trauma dado que éste da cuenta de ese instante cero de la subjetividad en el cual se produce el encuentro con el vacío que supone el Deseo del Otro, momento fecundo de constitución subjetiva que implica la inserción del sujeto en el lenguaje. Allí, en ese instante primordial, se constituyen las fantasías, en tanto ficciones que intentan ligar el exceso perverso que supone el Deseo del Otro, buscando integrar representacionalmente el goce en lo simbólico. Los fantasmas denuncian la verdad de la constitución del sujeto e intentan dar cuenta de los puntos de fisura en el entramado simbólico, haciendo de pantalla protectora frente a lo real del goce invasor del Otro. Los fantasmas operan pues como «restos perversos» que en su latencia portan el goce y la verdad de la historia libidinal del sujeto, el que siempre emerge originariamente como objeto de la demanda gozosa del Otro primordial.

Ahora bien, ¿cómo opera lo traumático en relación a las distintas estructuras clínicas? Diremos que en la neurosis, la falla paterna es puntual, por lo que el soporte fantasmático se articula en la latencia de los síntomas; que en la perversión, el padre adopta una actitud de simetría y complicidad con el hijo, menoscabando la dignidad de su jerarquía, por lo que el acting es el fantasma mismo expuesto en lo real y que en la psicosis, la forclusión del padre arroja al hijo al puro goce con la disolución de todo sostén fantasmático, configurando los delirios y las alucinaciones, las restituciones literalizadas de las carencias metafóricas. Por eso la Verdad de los fantasmas es una verdad cuestionada y semi-dicha en la neurosis, una Verdad actuada con certeza en la perversión y una Verdad revelada con perplejidad en la psicosis.

La eficacia de la operatoria psicoanalítica reside pues en la rectificación subjetiva y en el reordenamiento simbólico tendiente a reemplazar la restitución sintomática por la recuperación de la palabra, recomponiéndose de este modo la cadena fracturada del discurso, dado que el paciente en lugar de decir, «habla con el cuerpo o con los actos». No se trata pues de ninguna modificación cuantitativa de la pulsión, sino del acotamiento del goce en aras del incremento de la capacidad sublimatoria, entendida esta última como la posibilidad de aprender a hablar, función primordial del Yo. Pero esta reducción del goce, que supone la operación de corte simbólico, requiere del horizonte de la finalización de toda relación transferencial, dado que si el análisis carece de terminación fáctica, desmiente en acto su propia y más esencial propuesta, la que implica asumir la castración. Esto no descarta la continuidad del proceso analítico interiorizado en el analizado, en tanto éste se halle identificado con la función analizante, más allá de cualquier identificación con la figura de tal o cual analista en particular.

La función del analista tiende pues a donar la palabra y a construir la significación ausente, a reparar la cadena discursiva, a dotar el sentido faltante a condición de no pretender obturar el agujero abismal de lo real, zona refractaria a cualquier simbolización. Pareciera que al exceso traumático se lo quisiera sobrecompensar con una oferta excesiva de sentido, que tiende a negar el sin-sentido más radical informulado e informulable, tal como se alegoriza en el texto bíblico, en el cual el nombre de Dios, que se lee pero no se dice, opera como la máxima referencia simbólica equivalente a lo real . Letras que diseñan el borde de un agujero vacío en torno al cual proliferan todos los sentidos del texto. La insistencia repetitiva de los significantes se genera y circula en torno a esta zona sagrada ocupada por estas letras innombrables, que aluden al objeto perdido. Se trata de eso que los significantes bordean sin poder cernir, y que en tanto real imposible de decir, toma la función de causa de todo discurso.

La excesiva presencia transferencial, que acontece cuando un análisis se prolonga sin fin, obedece a una fuerte resistencia del analista, el cual, al quedar adherido narcisísticamente a su paciente, dificulta la necesaria destitución de la figura del Padre. Resulta traumático para el analizado quedar fijado a la figura del analista, expresión de la viscosidad libidinal, que se estanca mortíferamente. Si el analista suple la función paterna fallida, en tanto pronuncia las palabras faltantes para acotar el goce de los síntomas, debe prevenir una recaída en un vínculo que al eternizarse, se transforma en una nueva forma de goce. La experiencia dolorosamente placentera del análisis deviene en este caso una nueva vivencia traumática, signada por la lucha por disolver una transferencia que obtura la libertad y fuerza a una dependencia regresiva con la persona real del analista. Si el análisis carece de fin y siempre se pueden agregar más sentidos ¿dónde queda el resto que falta siempre, testimonio inequívoco de que el Todo es una ficción imposible frente a la amputación, los límites y la finitud, marcas omnipresentes de la castración? En el análisis se trata pues de construir un saber sobre el deseo sin un Otro transferencial que lo soporte, y que afecte al sujeto en los semblantes de sus ficciones que bordean lo imposible de decir. Por eso no se trata de reducir la cantidad de afecto retenido mediante la mera abreacción, sino de rectificar la posición subjetiva frente a un real inmodificable. Si los traumas efectivamente acontecidos son insalvables por su contundencia, de lo que se trata es de variar al menos el modo existencial de asumirlos. ¿Cómo modificar y fortalecer pues al Yo para enfrentar las pulsiones imperfectamente domesticadas? Creo que la tarea consiste en re-inscribir al sujeto en la Ley del Padre, signada por el principio del placer, para acotar así los goces residuales que portan los síntomas y los fantasmas actuados. Se trata de resignar el goce para poder hablar, en tanto el sujeto de la palabra renuncia al goce que, interdicto, es recuperado como placer en el discurso. La erótica y la sensualidad de un deseo que no desconoce al Otro en su irreductible diferencia reemplazan así la obscenidad de la pulsión que se apropia del partenaire como mero objeto de un goce salvaje, sometiéndolo a todas las exacciones de las conductas perversas. Mejorar las funciones yoicas no implica mejorar la operatoria de técnicas meramente instrumentales, sino ampliar el horizonte discursivo y sublimatorio del sujeto. Se trata en definitiva de producir un estilo que funde una poética del decir, más allá de la pulsión acéfala que pugna por el goce desubjetivante. La cura consiste pues en transitar desde el trauma de todo encuentro con el goce del Otro hacia la ficción que de cuenta de ese momento de colapso, para que el sujeto, constituido en este mismo acto, se apropie narrativamente de las palabras que ciñan lo informulable del deseo del Otro. Arribamos al final de la cura entonces cuando cercamos ese núcleo de goce, irreductible a la eficacia del discurso, y sobre el que se asienta nuestra consistencia subjetiva. Reconocer esa «singularidad patológica» (Zizek) sobre la que se constituye nuestro ser, y transformarla luego de identificarnos con ella, en una producción que la recupere sublimatoriamente: he aquí la obra que atesora nuestro goce más profundo y que lleva la impronta intransferible de nuestro nombre. Disolución interpretativa de los síntomas pues y reconocimiento del lugar real en el que habitaban éstos y que persistirán como núcleos opacos de goce, claro está, ya apropiados por una subjetividad que se reconoce en ellos sin coartadas imaginarias. Haber atravesado todas las capas fantasmáticas y haber arribado a esta roca de goce irreductible a la metaforización en tanto sujeto de la castración, da cuenta de que un análisis ha llegado a su fin. La conciencia de la infranqueabilidad del propio límite expresa la diferencia entre un sujeto que fue analizado de otro que no fue atravesado por esta experiencia crucial: este último alberga la ilusión de que lo prohibido podría consumarse, cuando el primero sabe que lo interdicto es estructuralmente imposible, dado que implicaría la más radical abolición subjetiva y, aunque se halle poseído por la insistencia repetitiva, sabe que repite, por lo que siempre inscribe algún orden de diferencia.
 
 
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