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El imaginario (yo) interactivo
  Por José Eduardo Abadi
   
 
Agotada la capacidad cultural para generar prácticas y discursos sostenidos en ideales más complejos, hoy el malestar parece instalarse en una continuidad imaginaria con los aparatos interactivos y las virtualidades que en ellos se suceden. Las nuevas formas de goce que impone la cultura, exigen al yo rodearse de dispositivos que no sólo administran energía e información, sino que regulan una peculiar forma de circulación de la libido.
Computadoras, Internet, teléfonos celulares, videogames y cierto tipo de chateo, parecen ser los nuevos espejos de Narciso, adaptados a la era de los bits. La paradoja es que este formidable despliegue de tecnología binaria, responde al más estricto goce de lo uno y lo mismo.

Se trata de un imaginario que rinde culto a la Percepción- Conciencia y en el que se verifica un efecto de cierre en el sujeto del Inconsciente, a través de la fascinación con el Ideal. Las nuevas figuras de este goce autoconfortante son múltiples, pero mantienen entre sí una continuidad que no admite cortes. Me refiero a que estas prácticas y discursos de interfase, no están orientados a la construcción subjetiva sino al engrosamiento de laberintos imaginarios.
El mercado por su parte se viste con las ropas del nuevo Amo y no cesa de generar emblemas e insignias de consumo que aseguran la (ficticia)pertenencia.
Esta triunfal Cultura Digital parece socavar toda condición de emergencia del acontecimiento.
Esto equivale a condenar a este yo (je) no atravesado por el deseo, y que denomino Interactivo, a un discurrir entre figuras espectrales que se denominan “Realidad Virtual” en que todo es posible, pulsando la tecla indicada.
Interactividad, simulación y virtualidad, suponen una torsión gozosa sin riesgo ni apuesta subjetiva. Narciso digital retozando en sus dispositivos telemáticos, padece el retorno de lo igual, pues aquello no trabajado por el dispositivo de la pulsión y el deseo, no deviene subjetivo y está condenado a una errancia en el vacío.

La Función paterna parece licuarse en un nivel de homogeneidad en el que todas las categorías parecen equivalentes. Cultura “replicante” significa que los objetos, tanto como las personas pueden duplicarse al infinito sin necesidad de acontecimiento alguno.
En la medida en que el Ideal Binario se funda en una lógica de certeza,reniega toda castración simbólica, y por lo tanto, la condición misma del saber. La copia, el clon, el duplicado, el scaneo, parecen las figuras actuales de una subjetividad de bolsillo, pret à porter que ha sustituido el deseo por la infinita elección de opciones en formatos preestablecidos de menúes “interactivos”.
Sobre esta imposibilidad de construcción de significantes nuevos emergen los signos del malestar cultural, del cual el yo interactivo aparece como emblema. Navegante virtual, infatigable travestí de los signos, cambia su nombre por una “www” en la Red. Desencarna su cuerpo y se entrega al goce de todas las simulaciones y virtualidades.

Entonces para esta cultura mediática, lo Real ya no es lo imposible sino aquello imaginariamente accesible a través de menúes “amistosos” que proliferan en las pantallas de los hogares, los subtes y las salas de espera.
El Ideal digital asegura que todo es posible, que solo hace falta “conectarse” para formar parte de una “piel comunicativa” invencible que hasta puede prescindir del lastre de los cuerpos y asociar las mentes y los pensamientos de individuos simétricos que se entregan a un goce sin historia.
Las nuevas masas virtuales, parecen participar (mentalmente enlazadas) de las virtudes del Ideal (la comunicación a distancia, interactiva y en directo –on line-).
Hoy parece posible acceder al placer y a la satisfacción sin frustración ni trabajo psíquico. Los individuos binarios, entrelazados por medio de pantallas y dispositivos de interfase, acceden a un ideal de certeza compartida, escrito en el código de las combinaciones infinitas de ceros y unos. El régimen interactivo parece auto -satisfacerse y no reconoce otra Ley que la de los bits.

Al no haber posibilidad de corte simbólico, (porque lo denegado es la castración), todo va con todo. El yo y los objetos resultan homogéneos e intercambiables.
De hecho, los objetos digitales, en la cultura contemporánea, se instituyen como objetos de deseo posicionados en superficies especulares. No son causa de deseo porque se presentan como totalidades completas y cerradas en sus certezas, que satisfacen el “alma bella”. El objeto digital que reina en nuestra cultura se sitúa en las antípodas del objeto a, porque hecho para el reciclado y la fascinación contínuas, no se ofrece como resto apto para ser trabajado por la fuerza pulsionante del deseo.
El lenguaje digital es propio del Yo (je) interactivo y tiene un efecto de cierre sobre lo Inconsciente, pues enlaza conglomerados macizos en torno de lo Uno, de ahí que tienda al monolinguismo y al pensamiento único.
En el orden de lalengua, siempre hay algo imposible de ser dicho, este orden de lo imposible no existe para el sistema cibernético.
Este pretendido código exacto pertenece a un Imaginario de certeza y aglutina individuos homogéneos y simétricos (Yo interactivos) y no a Sujetos del Inconsciente.

*Psicoanalista. Autor del libro La Cultura Digital.Lugar Edit.
 
 
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