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   Colaboración

Diversas concepciones de la historia
  Por Heinrich Heine
   
 
La figura de Heine, familiar al público argentino —no en última instancia gracias a las referencias de Borges, los elogios de Nietzsche y las operas de Wagner que toman motivos de su obra (Tannhäuser y El holandés errante)—, no necesita presentación alguna. Dentro del ámbito de la psicología también recordará el lector las constantes alusiones a Heine que Freud realiza en El chiste y su relación con lo inconsciente. Sin embargo, dentro del mundo de habla hispana, la reputación de Heine se debe casi exclusivamente a su obra literaria, y especialmente a su obra lírica. En el mundo germano, por el contrario, su producción como crítico de las ideas y su tarea dentro del ámbito del journalism le han otorgado un lugar de privilegio dentro de la historia de las ideas. Tanto en la filosofía, como en el pensamiento político de nuestros días, por no hablar de la literatura o la teoría literaria, su huella se percibe con entera claridad.
El ensayo que presentamos, traducido por primera vez al castellano, pertenece a los escritos póstumos y forma parte de aquella producción crítica que apenas se conoce en el ámbito de habla hispana. Escrito probablemente en 1833 en un estilo que —en oposición al discurso académico, al que atacó con sistema y fervor— apunta a un público amplio y a un lector no especializado. Desde el punto de vista retórico, el texto es una pieza de orfebrería perfecta. Además Heine expresa aquí su rechazo a dos formas de interpretar la historia características de la crisis de una época en que lo viejo no se resigna a morir y en lo nuevo ya se pueden ver sus lacras originarias: la circular (de Friedrich Karl von Savigny, Gustav Hugo y Leopold von Ranke) y la “providencial” (tal como las de Lessing y Hegel).Anticipándose a las Tesis sobre Feuerbach de su amigo Marx, Heine plantea la necesidad de cambiar —y no sólo interpretar— el mundo. Opone, así, una filosofía de la praxis a la contemplación del historicismo especulativo.

Diversas concepciones de la historia

El libro de la historia se presta a múltiples interpretaciones. Aquí emergen especialmente dos puntos de vista completamente opuestos. Unos ven en todas las cosas terrenas sólo un camino circular sin consuelo; en la vida de los pueblos como en la de los individuos, y en la naturaleza orgánica en general, ven un crecer, florecer, marchitarse y perecer: primavera, verano, otoño e invierno. »¡No hay nada nuevo bajo el sol!« es su lema; e incluso éste no es nada nuevo, porque hace ya dos milenios fue ése el lamento del rey de Oriente. Encogen los hombros frente a nuestra civilización, que —afirman— habrá de ceder nuevamente a la barbarie; mueven la cabeza frente a nuestras luchas por la libertad, que sólo servirían para que surjan nuevos tiranos; sonríen frente a todo empeño que provenga de un entusiasmo político que pretenda hacer mejor y más dichoso el mundo, y que, sin embargo, finalmente se enfriaría sin dar frutos. En la pequeña crónica de esperanzas, necesidades, fracasos, pesares y alegrías, errores y desengaños con que ocupa su vida el individuo, en esta historia humana ven también la historia de la humanidad. En Alemania, los sabios de la escuela histórica y los poetas del período artístico de Wolfgang Goethe simpatizan enteramente con este punto de vista; y los últimos acostumbran, con ello, estetizar un indiferentismo sentimental frente a todas las cuestiones políticas de la patria. Un gobierno suficientemente bien conocido de Alemania del norte1  aprecia especialmente esta posición: hace viajar regularmente a hombres que, entre las ruinas elegíacas de Italia, han de cultivar en sí los pensamientos fatalistas agradablemente consoladores, para luego, en comunidad con los predicadores de la sumisión cristiana —que actúan de mediadores—, reducir la fiebre de libertad del pueblo —que dura tres días— por medio de compresas de periódicos. Con todo, quien no puede germinar por medio del ejercicio espontáneo del espíritu debe enredarse [ranken]2  en el suelo; sin embargo, el futuro enseñará a aquel gobierno cuán lejos se llega con zarcillos y enredos [Ranken und Ränken].

Al punto de vista —tan fatal y fatalista— anteriormente reseñado, se opone uno más luminoso, que está más emparentado con la idea de una Providencia, y de acuerdo con la cual todas las cosas terrenales maduran hacia un bello perfeccionamiento, y los grandes héroes y los tiempos heroicos sólo son postas hacia un estado más elevado —de naturaleza divina— del género humano, cuyas luchas morales y políticas tendrán finalmente como consecuencia la paz más sagrada, la más pura hermandad, y la más eterna dicha. La Edad Dorada, dicen, no se encuentra detrás nuestro, sino delante nuestro; no hemos sido expulsados del Paraíso con una espada en llamas, sino que deberíamos conquistarlo con el corazón en llamas, a través del amor; el fruto del conocimiento no sería la muerte, sino la vida eterna. »Civilización« fue por mucho tiempo el lema entre los jóvenes de tal opinión. En Alemania, preponderante-mente la escuela humanística le rindió tributo. Con qué resolución se orienta la denominada escuela filosófica es conocido por todos. Fue especialmente provechosa en las investigaciones de cuestiones políticas, y como culminación de este punto de vista se predica una forma ideal de estado, que, basada exclusivamente en fundamentos racionales, en última instancia, ha de ennoblecer y hacer dichosa a la humanidad. No necesito nombrar a los paladines entusiastas de esta opinión. Sus altas aspiraciones son, en todo caso, más regocijantes que las pequeñas sinuosidades de despreciables zarcillos [Ranken]; si alguna vez llegamos a combatir esta opinión, será con la más preciosa espada del honor, mientras que despacharemos a un siervo rastrero [rankenden] sólo con el látigo que le es afín.

Ambas opiniones, según las he esbozado, no pueden coincidir auténticamente con nuestros más vívidos sentimientos vitales; por un lado, no deseamos entusiasmarnos en vano y arriesgarlo todo por lo inútil y transitorio; por otro, deseamos también que el presente conserve su valor, y que no sea estimado sólo como medio y que el futuro sea su meta. Y, de hecho, nos sentimos más importantes que sólo un medio para una meta; nos parece como si fin y medio fueran sólo conceptos convencionales, que el hombre introdujo mediante cavilaciones en la naturaleza y en la historia, de los cuales, sin embargo, nada supo el Creador, ya que toda creación se tiene a sí misma por fin y todo acontecimiento se condiciona a sí mismo, y todo, como el mismo mundo, se encuentra allí y sucede por sí mismo. La vida no es fin ni medio; la vida es un derecho. La vida desea volver efectivo este derecho frente a la muerte que paraliza, frente al pasado, y este reclamo es la revolución. El indiferentismo elegíaco de historiadores y poetas no debe inmovilizar nuestra energía en esta empresa; y el entusiasmo de los que nos prometen la felicidad futura no ha de inducirnos a arriesgar los intereses del presente y la lucha inmediata por el derecho del hombre, el derecho a vivir. Le pain est le droit du peuple3 , dijo Saint-Just, y éstas son las palabras más significativas que fueron pronunciadas en toda la revolución.

Traducción, introducción y notas: Román Setton
1. Prusia.
2. Los constantes juegos de palabras con “Ranke”, “ranken” y “Ränke”
3. El pan es el derecho del pueblo.
 
 
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