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   Colaboración

Ser autor del propio pasado
  Por Carlos Pérez
   
 
En el transcurso de una lectura solemos dejarnos llevar por la tendencia a desplazar el texto hacia el autor, dando curso a la ilusión de captar algo de la persona que en su momento diera forma a la obra. Hay en esto una lógica, que no siempre percibimos, de tres elementos: persona (que escribe) –obra– autor (de la obra). Esa persona es, obviamente, una condición necesaria para la escritura pero también algo (alguien) ubicado en un tiempo anterior, al que no tenemos otro acceso que no sea ilusoriamente mediatizado por la obra. Destaco que se trata de una ilusión, porque mientras la obra es un producto concluido quien escribe rescribe, corrige, da vuelta las frases, tergiversa, comienza por el final o produce tantas otras operaciones que son completamente ajenas a los lectores. Si el autor es generado por la obra, no es pertinente empastar el a posteriori del autor con el a priori del señor que habiendo vivido lo que fuere emprende una redacción enmarañada. A menos que seamos conscientes que al producir ese movimiento damos pie a nuestra propia ficción, que podría constituirse en una nueva obra.

¿Qué sucede en la intimidad de un consultorio psicoanalítico? Alguien, dejándose llevar por la libre asociación, pronuncia palabras de viva voz, cuyo proceso de gestación es tan complejo como la urdimbre inconsciente que da forma a un sueño. El analista escucha el pulsionar de esa voz, su timbre, sus vacilaciones, su jadeo o su premura, tanto como la lectura de un libro destaca su estilo: la métrica, la puntuación están a la vista, generando ritmos, cadencias. La persona en análisis casi desaparece al recostarse en el diván quedando reducida, para la perspectiva que se tiene desde el sillón, a una mata de pelo extendida hacia los pies. No es infrecuente que al incorporarse el paciente, terminada la sesión, el analista se pregunte, sobresaltado: pero esta persona que veo de frente, ¿quién es? No estoy afirmando que la página impresa sea equivalente a las espontáneas ocurrencias de alguien presente, sólo quiero no sobrentender las diferencias, porque de ese modo soslayaríamos la lógica de algunos puntos de encuentro y la raíz que los emparenta.

¿Y si el paciente en sesión entregara un borrador -obviamente sujeto a reescritura, como todos-, hasta que llega el inasible tiempo de la interpretación que escandiendo el ritmo precipita la evidencia de una forma, una formación inconsciente? Si así fuera, al paciente también se lo conoce a posteriori, como a un autor arrojado por ocurrencias sobre las que el analista interviene con su particular lectura confiriéndoles estatuto de obra; pero la persona, esa que dice haber vivido lo que cuenta, permanece como un resto, casi tan extraña como al comienzo.

Fellini protestaba, diciendo que se pretendía que sus películas fuesen autobiográficas, cuando en verdad lo había inventado todo. Sabemos que no es del todo cierto; nadie es capaz de llegar al extremo de tamaña invención, pero en la obra hay invento. También el paciente en análisis podría protestar del mismo modo, y lo haría con fundamento freudiano: Finalizando su artículo “Sobre los recuerdos encubridores”, luego de edificar un aparato conceptual acerca de escenas de la infancia, Freud se atreve a dar una temeraria vuelta de tuerca, que es preciso apreciar en su dimensión1 : “Acaso sea en general dudoso que poseamos unos recuerdos concientes de la infancia, y no más bien, meramente, unos recuerdos sobre la infancia. Nuestros recuerdos de la infancia nos muestran los primeros años de vida no como fueron, sino como han aparecido en tiempos posteriores de despertar. En estos tiempos del despertar, los recuerdos de infancia no afloraron, como se suele decir, sino que en ese momento fueron formados". Freud no duda en afirmar que esta formación equivale a una creación literaria. Habla de la infancia, pero lo crucial tal vez no sea la cantidad de tiempo transcurrido desde que algo sucediera sino el límite producido al acontecer el tiempo del despertar.

Quizá la interpretación, al despejar en las ocurrencias del paciente su contexto –inconsciente-, inaugure ese tiempo en un espacio de creación. Si fuera cierto que la vida es sueño, también es dable aventurar que de tanto en tanto llega el momento del acto, un despertar, el despuntar de una obra que nos constituye en autores del propio pasado. Y -según el título feliz de una película española- amanece, que no es poco.
El autor a publicado recientemente el libro Lectura de la sombra, (Letra Viva ediciones, Buenos Aires, 2000).
 
 
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