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   Colaboración

Identidad y lazo social
  Fronteras, pasajes, diversidad
   
  Por Luis Vicente Miguelez  y Carlos Guzzetti
   
 
La leyenda al pie nos hace prestar atención al carácter equívoco de la imagen. Nos introduce en la cuestión de la identidad por el lado más propiciatorio: el de la diferencia en lo Uno.
Previamente nos confronta con la determinación fundamental de la mirada con relación a la constitución del sí mismo. Que sea conejo o pato viene a estar causado por la mirada del otro que recorta y clasifica. Que la figura se sienta conejo o pato o se las arregle para ser conepato es secundario, es la percepción del otro la que la constituye en una u otra. Luego podrán venir las complicaciones, más o menos graciosas, más o menos trágicas: percibida como conejo intentará –ya que se siente pato- aventurarse por los lagos, verá con asombro como los otros patos le rehuyen y tal vez se quedará consternada al descubrirse, antes de emprender vuelo, dando un salto magistral.
Salto que encuentra su equivalente en el momento en que se reconoce que una forma se figura en la otra. Una nominación introduce el vértigo de la metamorfosis, en una oscilación discontinua, donde lo real sale transfigurado. Esto es lo que podemos llamar el grado cero de la identidad: su condición polimórfica.

Zona de frontera entre lo otro y el sí mismo, donde la palabra y la mirada son el vehículo de un viaje que va imponiendo una transformación a las formas establecidas, donde lo extraño se vuelve familiar y lo familiar extraño.
Pensar la identidad como movimiento permanente, que no cesa de interrogar el sí mismo a partir del reconocimiento de lo otro, de lo diferente irreductible, que no es necesario comprender para reconocer. Así la diferencia de los sexos se nos presenta como aquello que no podemos dejar de ver aún sin llegar jamás a comprender. Diferencias que determinan nuestro parecer, nuestro hacer y nuestro estar, y que no dejan de producir a causa de su condición fronteriza una permanente interrogación al ser.
La cuestión de la identidad ya no será una pregunta por lo mismo, lo idéntico e invariante. Su propia formulación proviene de una dimensión extranjera, al tiempo que interroga lo extranjero en el sujeto.
Aquí el territorio es la frontera. Un espacio transitable y paradójico, propicio a los encuentros y pasajes. Un territorio donde es preciso construir puentes, lugares privilegiados de producción, ya que es allí, entre el sujeto y los otros, espacio de la diversidad, fuente de toda creatividad propia de lo humano. El encuentro con el otro exige un recorrido, un trayecto, un movimiento, el pasaje de lugares en un viaje incesante, en cuyo transcurso las identidades se conforman y se modifican.

El trabajo analítico, entendido como una mirada extranjera sobre la propia cultura, pone en acto un lazo social que va más allá de la identificación, una forma de socialidad distinta de la masa.
El interés nuestro por el tema parte de reconocer que en la actualidad, la identidad se ha constituido como uno de los síntomas principales tanto a nivel cultural como clínico.
A nivel cultural es el conflicto manifiesto entre una globalización que se pretende Identidad Única, haciendo de las otras identidades meros segmentos del mercado, y un conjunto de identidades fragmentadas constituidas sólo por algún rasgo diferencial que aporta una falsa disyunción entre unos y otros. Operación segregativa que sostenida por la lógica del Otro no da lugar a la función del extranjero en la constitución de lo propio. O todos iguales o una diferencia inabordable que se convierte en asesina. Lo idéntico como lo Uno indivisible o su contraparte, la fragmentación, estallido del espejo.

La lógica capitalista del equivalente general y la lógica identitaria y cultural de las comunidades o de las minorías, forman un conjunto articulado, las dos caras inseparables de la misma moneda. Tal política identitaria consecuente implica una operación segregativa radical de características guerreras y criminales, cuyo resultado es el repliegue de cada uno en su propio territorio, en lo que hace su diferencia con los demás. Se impone la estructura de la masa, la alienación a un ideal, reduciéndose de este modo el proceso de identidad al mecanismo de la identificación especular, fuente de toda la gama de reacciones agresivas y mortíferas.
A nivel de nuestra clínica, nos basta mencionar el florecimiento de identificaciones lábiles que, actuando a la manera de una falsa identidad, forcluyen o reniegan el punto de articulación con el deseo del Otro, generando situaciones de angustia masiva.

La acción de un Superyó particularmente sádico, como el que propicia la cultura contemporánea, tendrá como efecto la regresión desde el trabajo psíquico a la búsqueda directa de la identidad de percepción, cortocircuito que está en el fundamento de los procesos de desubjetivación característicos de ciertas patologías: montajes tóxicos, claudicación del deseo, despersonalizaciones diversas.
Nuestra práctica cotidiana se ve interrogada por formas de la identidad que no operan como sostén silencioso sino que se agitan ruidosamente, abriendo un abanico de cuestiones que es preciso conceptualizar:
La función del nombre propio en el destino del sujeto y su relación con la función paterna, en un momento signado por la declinación de las figuras del padre.
La constitución de falsas identidades, formas ortopédicas que pretenden suplir el trabajo psíquico necesario para la constitución de la condición sexuada, problema central del pasaje adolescente.
Las formas alucinatorias de la identidad propiciadas por un mandato superyoico despiadado.

El fracaso de la función estructurante del asesinato del padre expresado en la constitución de identidades asesinas.
La constitución de lugares de pertenencia que permitan desarrollar un sentimiento de unidad y permanencia imprescindible para tramitar las angustias de desintegración y las agonías primitivas sin constituirse en formas de alienación colectiva.
Hace tiempo venimos afirmando que el psicoanálisis propicia la puesta en acto de un nuevo lazo social. Hoy la interrogación del problema de la identidad se constituye en una cuestión crucial para explorar nuevas modalidades de relación con el Otro, que no sucumban a las diversas formas de colonización tales como la sumisión, el masoquismo, la crueldad, el cinismo.
La identidad como síntoma contemporáneo es por un lado un articulador de nuestra clínica con la subjetividad de nuestro tiempo y por otro un llamado dirigido a las fuerzas de la cultura a producir los operadores interpretantes del conflicto que puedan generar las condiciones para nuevas formas de relación con los demás. Lo que nos compete doblemente, tanto clínica como éticamente.
 
 
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