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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Los tres pilares de la primera página (octava entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
La sangre azul de los epígrafes

Norberto Ferreyra señala que: «un epígrafe casi siempre se elige porque otro dijo mejor lo que uno piensa, o bien para predisponer al lector a leer o escuchar lo que se va a decir, o bien por puro gusto. Y casi siempre coinciden las tres cosas.»(1) Veamos si funciona en nuestro caso. El epígrafe del presente libro es una de las líneas de la correspondencia de Freud con Fliess citadas un poco más arriba: «Lo que a uno lo disuade de escribir son siempre las introducciones.»(2) Evidentemente, Freud dice ahí de manera ajustada y enfática la razón de ser de este volumen de Los pequeños oficios: él es mi otro que dijo mejor lo que pienso. Pero no se crea que ocupa el puesto de manera sencilla; la superioridad de su bien decir desborda ampliamente las formas del estilo y las razones de la lógica. Su dicho no es solamente mejor (y, entonces, es mejor reproducirlo como epígrafe) porque despliega un enunciado económico y contundente, sino además (y sobre todo) por razones enunciativas: están ahí principalmente porque las escribió quien las escribió, porque llevan la firma Sigmund Freud. Al poner de manifiesto, en el altar del epígrafe, que Freud mismo también caminaba con dificultad entre las piedras de la primera página, mi tema se agranda. Se agranda en la medida en que deja de ser mío, en que se comprueba que no es (que no es solamente) un dilema privado sino una tradición, un topos clásico del escritorio de los analistas que Freud murmuraba tempranamente, por lo menos desde el 21 de octubre de 1892. Con lo cual (al menos, eso espero) se predispondrá favorablemente el lector a leer o escuchar lo que se va a decir. Por último, es igualmente cierto que escogí el epígrafe por puro gusto; ¿pero, del gusto de quién?, naturalmente no hablo del mío (que nunca sé lo que quiero y que cuando lo sé no es para andar publicándolo), sino del gusto de la figura del autor que debo construir a la medida de este libro. Es el puro gusto de la verosimilitud, del semblante. Es el gusto de las inclinaciones que se supone que los lectores reclaman al autor imaginario, que le dan crédito para escribir un libro así. Como ese autor se ocupa de un tema escasamente asentado, me pareció conveniente que manifestase predilecciones por lecturas alejadas de la formación canónica de los analistas. Estimo que «Lo que a uno lo disuade de escribir son siempre las introducciones» satisface la condición por pertenecer a una carta desechada por la antología de los «Fragmentos de la correspondencia con Fliess» reunidos en las Obras Completas. Lamentablemente, no es parte de una de las ciento treinta y cuatro cartas abiertas únicamente en la edición Masson-Schröter; pero no importa, tiene la ventaja de funcionar como un epígrafe en el que coinciden las tres cosas indicadas por Ferreyra. ¿Se tratará simplemente de un ejemplo afortunado?

Lo que, a esta altura, parece indiscutible es que los epígrafes atañen a la solidez de lo que llamamos el tercer pilar de la primera página; vale decir, el que apuntala la autoridad del que escribe. Mientras que los títulos y los subtítulos se concentran, por lo general, en anunciar el tema (primer pilar) y en persuadir a los lectores de que ese tema los involucra (segundo pilar), los epígrafes se orientan preferentemente a dar a entender que el autor tiene algo valioso que decirnos al respecto. Naturalmente, cada una de las tres metas puede estar implicada, aislada o simultáneamente, en cada una de las estancias de la escritura; pero al analizar casos concretos lo que aparecen, sin embargo, son hegemonías, y la de los epígrafes es la del cálculo de la autoridad, lo cual no es tarea fácil ni delegable. En las exposiciones orales, uno cuenta casi siempre con un presentador amable o, al menos, con un dispositivo institucional que avala la calidad del que hablará, aunque sea por el simple hecho de estar autorizándolo a tomar la palabra; por eso es factible, y hasta sabio, comenzar pronunciando algún gesto de humildad, algún balbuceo que insista en que «mi presentador exagera y ustedes son muy amables al concederme el honor, etc.». En cambio, comenzar un artículo o un libro sugiriendo al lector que no espere gran cosa, porque el autor no está a la altura de las circunstancias, resulta fatal. ¿Qué puede servir, en el escrito, de suplencia para esta función del presentador? La palabra otra de los epígrafes es la que mejor llena los requisitos; lo que explica que casi siempre se los elija no exclusivamente porque ese otro dijo mejor lo que uno piensa acerca del tema, sino también y preferentemente porque ese otro dijo lo que se espera que el lector piense de uno. Ese otro (que casi siempre es una autoridad consagrada) oficia entonces de padrino: la novela familiar del texto se sitúa en el epígrafe.

Hay buenos ejemplos en los que esta frontera entre el anticipo de ideas (otro dijo lo que pienso) y la presentación laudatoria (otro dijo cómo me deben leer) es imperceptible. Melanie Klein nunca había usado epígrafes, pero harta de escuchar objeciones a propósito de que ella complicaba y dramatizaba desmesuradamente la vida fantasmática del niño, invocó el siguiente fragmento de los Ensayos de Montaigne al comenzar el Relato del psicoanálisis de un niño: «Verdaderamente hay que destacar que las alegrías de los niños no son alegres, y se impone juzgarlas entre los comportamientos más serios.» El mensaje iba dirigido a quienes seguían con una opinión parecida a la que Freud le había confiado a Jones en 1927: «El hecho de que Melanie Klein muestre a los niños como más maduros de lo que acostumbramos imaginarnos, es algo que va de acuerdo con mis ideas. Pero tiene sus límites y no está por sí mismo demostrado. De otra forma, tendría que aceptar a priori que se sostenga que los niños pequeños especulan acerca de epistemología.»(3) Montaigne se convierte así en el precursor deseado de Klein, por ser su otro que dijo eso antes, mejor y con la firma Montaigne, y porque lo dijo defendiendo esa verdad de una manera más temeraria de la manera en que Klein podía pronunciarse sin ser acusada de engreída.

Años antes, el joven Freud no tuvo reparos en elevar este recurso a una escala más grandilocuente. Para abogar contra la mala fama de simulación que recaía sobre las conversiones histéricas, tramó proteger un futuro libro sobre ese asunto con la rimbombante frase de Aristóteles: «¡Entrad, también aquí hay dioses!». En diciembre de 1896, así se lo confía a Fliess: «De mis trabajos, para empezar, quiero revelarte los motto. Antes de la psicología de la histeria se leerá el orgulloso dichi: Introite et hic dii sunt.» Como ese libro nunca terminó (o nunca dejó) de escribirlo, en 1899 le cederá la ocurrencia a Fliess que la usa, diez años más tarde, al frente de una colección de conferencias audaces y algo bizarras. Es tentador conjeturar que, mientras escribía el libro del chiste, Freud pudo haberse arrepentido de aquella generosidad; pero no, por ese entonces él arroja lejos las muletas del epígrafe. Unicamente volverá a servirse de su auxilio una vez más, aunque no para agrandar la autoridad de su firma o de sus temas, sino para robustecer algo considerablemente más frágil: las perspectivas de supervivencia del psicoanálisis en 1914. En «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico», reproduce la frase que figura en el escudo de armas de la ciudad de París: Fluctuat nec megitur [Se sacude, pero no se hunde] —a la que complementa con otra frase más tremenda, debida a Goethe, incluida como epígrafe interno del tercer capítulo: «¡Abrevia! En el Juicio Final eso no es más que un cuesco». Strachey, en nota al pie, admite: «Dos explicaciones admisibles, no necesariamente excluyentes, del empleo de la cita: Freud puede estar aplicándola a las críticas formuladas por los oponentes del psicoanálisis, o puede estar dirigiéndose irónicamente a sí mismo por perder su tiempo en semejantes trivialidades». Los epígrafes son también el lugar del arte de la injuria de los textos.

¿Por qué, a partir de 1905, Freud deja de emplearlos en libros y artículos estrictamente analíticos? Estimo que se debió a que, en esa fecha, era extensamente reconocido como el fundador y máxima autoridad de su campo. No hacía falta un padre del padre. Pero hasta ese momento los usó decididamente; para La interpretación de los sueños, seleccionó uno igualmente ampuloso, «Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo» [Si no puedo inclinar los Poderes Superiores, moveré las Regiones Infernales], y de cuna selecta, la Eneida de Virgilio. El del siguiente libro, Psicopatología de la vida cotidiana, consiste en dos electrizantes versos del Fausto de Goethe que, en devolución, le había obsequiado Fliess: «Ahora está el aire de esa maldición tan lleno, / Que nadie sabe cómo escapar de ella».

Cuando hacen falta estos padres textuales, ¿cómo y dónde elegirlos? A diferencia del analista orador, que sólo puede elegir esporádicamente entre un número escaso de presentadores, el analista que escribe puede, a primera vista, designar el precursor que se le ocurra. Como aquellos reyes paralizados y amordazados descriptos por Freud en Totem y tabú, a esos otros que dijeron mejor lo que uno piensa y/o que dijeron lo que queremos que piensen de uno, les está vedado negarse a asistir al banquete al que los invitamos o repeler nuestra veneración familiar. De lo contrario, atravesaríamos decepciones semejantes a las que un autor tan celoso con su firma como Jacques Derrida somete al periodismo. Por ejemplo, Jorge Halperín cuenta que: «Cuando, en 1994, Mordzinsky y el periodista polaco-francés Michel Zlotowsky intentaron una nueva entrevista con Derrida para el Suplemento Cultural a propósito de la aparición de un nuevo libro suyo, sólo llegaron a sentarse junto a él. Apenas supo los nombres de los otros entrevistados que también aparecerían en la producción dedicada a su libro, canceló la charla.»(4) Afortunadamente, los epígrafes no requieren consentimiento y, además, lo habitual es que sigamos la costumbre de buscarlos en obras de muertos célebres. Ese fue el consejo que Ezra Pound le dio a T.S. Eliot. El borrador de la primera página de The Waste Land llevaba de epígrafe un trozo de El corazón en las tinieblas de Conrad; su contenido era muy oportuno; sin embargo, Pound duda del aval de su firma: «Dudo que Conrad tenga peso suficiente para sostener el epígrafe.» Eliot, confundido, pide mayores explicaciones: «¿Quieres decir que no use el fragmento de Conrad o simplemente que no le agregue al mismo la firma de Conrad? Es, por lejos, lo mejor y lo más elucidativo que pude encontrar.» Pound, incómodo, responde que haga lo que le plazca: «¿Quién soy yo para darle de mala gana a Conrad su corona de laureles?».(4) Entonces, Eliot entiende perfectamente y quita a Conrad, al que aún le faltaban un par de años para entrar a la inmortalidad, reemplazándolo por el bronce de Petronio. La elección cae sobre un fragmento bilingüe del Satiricón: «Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidi in ampulla pendere, et cum illi pueri dicecerent: Sibulla ti qhleiV; respenderabat illa: apoqanein qhlw.» [«Pues una vez, vi con mis propios ojos a Sibila de Cumas colgada en una jaula, y cuando los niños le dijeron: ‘Sibila, ¿qué quieres?’, ella respondía: ‘Quiero morir.’ «], que resulta sumamente conocido entre los analistas porque Lacan lo incluyó como uno de los nueve epígrafes de «Función y campo de la palabra y el lenguaje». ¿Cómo explicar semejante retorno furioso a los epígrafes, un recurso que había quedado muy raleado en la bibliografía por ser sospechosamente literario? La lectura de «Función y campo» permite responderlo, especialmente en lo que ese escrito tiene de insumiso en relación con la medicalización del discurso analítico.

El epígrafe de Petronio mantiene con el poema de Eliot un lazo de sentido menos legible que aquel otro de Conrad, lo cual no resultó inoportuno ni inusitado, puesto que toda la corrección de The Waste Land apuntaba a ocultar señas y a volver el texto más hermético. El inconveniente fue que tentó soluciones psicocríticas desde el momento en que se supo que «Sibila» era el nombre de pluma de Vivien, la esposa de Eliot. Concluir que el epígrafe de The Waste Land se debe únicamente a eso, equivale a menoscabar el oficio del poeta e ignorar que el gusto privado no tiene por qué coincidir linealmente con el gusto de la figura de autor que el texto solicita. En la última entrega,(v. nota 2) esta diferencia quedó anticipada al subrayar cómo Freud tuvo que apartar sus preferencias íntimas para convertirse en el autor verosímil de La interpretación de los sueños. Obviamente como poder, pudo haber hecho lo contrario; uno puede escribir cualquier cosa, pero hay que llamar la atención acerca de la distancia, casi siempre insuperable, que separa las delicias de expresar antojadizamente el alma en el papel y el oficio de hacerse leer por los demás. Lacan intentó, sin ningún beneficio, cruzarse a los lenguajes privados en los márgenes de dos textos suyos. Primero, en parte de la dedicatoria de la tesis doctoral donde, copiando tal vez los pasos del primer libro de su amiga Victoria Ocampo, escribió una abreviatura críptica para aludir el nombre de su amante casada. Después, con la sigla T.t.y.e.m.u.p.t. que cierra «La instancia de la letra», que resultó ser una mancha ciega para todos los lectores hasta que se la aclaró a Tomás Segovia. Es cierto que los analistas prestamos atención (flotante) a la asociación libre, a los criptogramas y a las confesión de intimidades, pero únicamente si nos pagan.

Volviendo a la elección del epígrafe de The Waste Land, hay varios indicios de que fue algo más que el homenaje secreto a la complicada Vivien. En la mitología griega, las sibilas eran mujeres con poderes proféticos, entre las cuales Cumas era la más poderosa. Por pedido de ella, Apolo la premió con el don de la longevidad: «Alcanzará a tener tantos años como granos de arena pudiera sostener en su mano»; pero descuidadamente olvidó pedirle también eterna juventud, de manera que acabó convirtiéndose en una anciana decrépita y sus poderes proféticos fueron secándose, convirtiéndose en tierra baldía de dioses. Por otra parte, como las sibilas respondían a las preguntas con acetijos, a veces con rimas infantiles, Hugh Kenner señaló inteligentemente que la organización de The Waste Land bien puede ser leída como una colección de fragmentos sibilinos. De manera que Eliot no habría cedido al puro gusto personal, sin antes conseguir condensarlo con la lección de Pound de cómo montar la novela familiar del poema. Porque no solamente los neuróticos, también los textos y las ciudades sacan provecho de las novelas familiares. ¿Acaso la Eneida, reclamada por Freud, no es la novela familiar de Roma? ¿Qué es si no ese mito por encargo que Octavio le ordena escribir a Virgilio para que lo convierta en descendiente de Júpiter y registre a su pueblo, una soldadesca que dominaba y vampirizaba a Grecia, en el descendiente vengador de los troyanos? La novela de la ciudad de París fue aún más lejos. Primero, plagiando la novela de Roma, sostuvo que si los romanos eran los descendientes de Eneas, los parisinos lo eran de Paris (gracias a una interpretación etimológica fantasiosa del nombre de los habitantes primitivos de la zona) y el resto de los franceses lo eran de Franción, hijo de Héctor; porque como Eneas, Paris y Franción sobrevivieron el incendio de Troya. En el siglo xvi, el abad Jean Le Fèvre, sin negar lo anterior, precisará que la historia se remonta a los descendientes de Noé. Amplificando este nuevo origen, se llegará a afirmar que París se funda nueve años después del Diluvio, setenta años antes que Troya y 490 antes que Roma. No son distintos los estatutos del desembarco del cuerpo decapitado de Santiago Apóstol en el Finisterre gallego (por obra del copista que escribió Hispaniam donde iba Hierusalem) ni de la transposición cristiana de la búsqueda del Grial, que convierte la vasija celta de la abundancia en el cáliz de la Ultima Cena transportado hasta Irlanda por José de Arimatea —esta versión de versiones tuvo como última hija famosa y explícita a The Waste Land.
De semejantes licencias y complacencias están hechos casi todos los epígrafes: el epígrafe es el lugar cómplice de los textos. De allí que no sea necesario declarar prolijamente sus fuentes, sus firmas y ni siquiera reproducirlos fidedignamente. El comentario casual que N. Ferreyra hace sobre la cuestión viene, precisamente, del regocijo que le provoca descubrir los atrevimientos tomados por Kojève al reproducir el Timoeo de Platón en el epígrafe de Le concept, le temps et le discours. Invirtiendo las prevenciones que adoptamos con las citas incluidas en medio de una argumentación, con los epígrafes todos nos portamos como sofistas. Und wenn es uns glückt, / Und wenn es sich schickt, / So sind es Gedanken, así comienza «El seminario sobre ‘La carta robada’ « poniendo a jugar los equívocos de este uso libertario. En el sentido más literal, las tres líneas representan un juicio modesto acerca de las posibilidades del propio pensamiento: «Y si suerte tenemos / y si no hay miramientos, / pues serán pensamientos»; pero, en el revés de esta humildad, reina una petulancia y una exigencia desmedidas: está Lacan construyéndose como un autor que (al menos en los Écrits, donde el epígrafe no está traducido ni anotado) da por sentado que todo analista lee alemán y que reconocerá, en esos tres versos, la escena, finalmente orgullosa, del caldero de la bruja del Fausto de Goethe, donde se cocina un brebaje mágico que ni el mismo Mefistófeles sabe preparar. Se trata, visto de este otro lado, de Lacan comparando su propio escrito con la fórmula de una pócima mágica. Por todo lo cual, tiene algo de conmovedora y de excesiva la carta enojada que Freud envía a un traductor por no resolver el epígrafe de La interpretación de los sueños en la dirección que conviene: «Usted traduce Acheronta movebo como mover las ciudadelas de la Tierra. Pero lo que significa es remover el mundo subterráneo. He tomado la cita de Lassalle, en cuyo caso probablemente tenía un significado personal y se vinculaba con clasificaciones sociales —no psicológicas—. En mi caso, pretendí destacar con él lo más importante de la dinámica del sueño. El deseo rechazado por las instancias superiores (el deseo onírico reprimido) remueve al mundo mental subterráneo (el inconsciente) para ser oído. ¿Qué puede usted encontrar de prometeico en esto?»

Tesis y elogio, novela y equívoco, injuria y complicidad, regalo e infidelidad. Los epígrafes son tantas cosas que no deberían usarse ni descartarse negligentemente, así como tampoco sobrestimarse: se sabe que con frecuencia no se los lee.
________________
Próxima entrega: Imago-Agenda n°48 (abril de 2001)

(*) banos@inea.com.ar
(1) Ferreyra, Norberto, Trauma, duelo y tiempo: Una función atea de la creencia, Kliné, Buenos Aires, 2000, p. 75.
(2) Véase la «Séptima entrega» de este anticipo en rev. Imago-Agenda n°46, verano 2000/01, p. 43.
(3) Freud, Sigmund and Jones, Ernest, The Complete Correspondence of Sigmund Freud and Ernest Jones, (1908-1939), Harvard Univ. Press, Cambridge, Massachusetts, 1995, p. 620.
(4) Halperín, Jorge, La entrevista periodística: Intimidades de la conversación pública, Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 81.
(5) Southam, B.C., A Student’s Guide to the Selected Poems of T.S. Eliot, fifth ed., Faber and Faber, London, 1990, pp. 100-01.
 
 
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