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   Colaboración

Retorno a Lacan
  Por Isidoro  Vegh
   
 
Voy a comenzar con un relato. Una señora está pescando, tira la línea, saca un pez, tira la línea, saca otro pez. Un señor, a cincuenta metros, tira la línea y no saca nada. Se acerca, mientras la señora sigue con su brillante performance, hasta que queda a dos metros: “Señora, disculpe, no quiero ser indiscreto pero ¿cómo hace para que cada vez que tira la línea saque un pez? Me puse al lado suyo pensando que iba a tener más suerte, pero no obtuve nada”. La señora le responde: “Le cuento: a la mañana cuando me despierto, antes de vestirme, levanto la colcha y miro cómo está el órgano de mi marido: si está caído para la derecha, tiro la línea para la derecha, si lo veo caído para la izquierda, tiro la línea para la izquierda”. Entonces el señor, curioso, le pregunta: “¿Y cuando está erecto?”. “¡Cuando está erecto no vengo a pescar ni loca!”. Como Diotima a Sócrates, una mujer nos enseña.

El título del trabajo que propongo es “Retorno a Lacan”. Quiero comenzar con una evocación: en el año 1955, en Viena, Lacan fue invitado a un homenaje a Freud; en esa oportunidad, entre tantas cosas dijo –luego se convirtió en un texto que se llamó “La cosa freudiana”, para acentuar bien que se refería al Inconsciente y para darle condición de existencia– “propongo el retorno a Freud”. Concluyó: “el sentido del retorno a Freud es el retorno al sentido de su obra”1.
¿Por qué Lacan se vio llevado a esa propuesta? Había pasado casi un cuarto de siglo desde la muerte del maestro, bastante más desde que Freud había producido la que se conoce como la segunda tópica. En el año 1936, en Marienbad, en un congreso de la Internacional Psicoanalítica, Hartmann adelantaba su primera tesis sobre la Ego-Psychology, el Yo y la cuestión de la adaptación, un Yo libre de conflicto. En ese mismo congreso Lacan presentaba, siendo un joven analista que venía de la psiquiatría, su primera versión del Estadio del Espejo. Cuando Lacan decide el retorno a Freud, cuestiona la disyunción exclusiva entre la segunda tópica y la primera. Propone una lectura atenta de los primeros textos freudianos: la Traumdeutung, la Psicopatología de la vida cotidiana, “El chiste y su relación con el inconsciente”. En el final de su vida y de su enseñanza dijo: jamás dejé de conversar con Freud.

¿Por qué lo cuento, y empiezo con esta evocación? Porque vengo registrando, desde hace un tiempo, una repetición. Me preocupa qué sucede con el psicoanálisis que valoramos, me parece advertir una historia vieja. Lacan murió en octubre de 1981, pasó poco más de un cuarto de siglo desde su muerte. Él mismo dijo que cabe trazar en su obra, a grandes líneas, una serie de acentuaciones, no de exclusividades. Que hubo un primer tiempo en que acentuó la cuestión de lo Imaginario, el texto paradigmático es “El estadio del espejo”, su escrito sobre la agresividad, el seminario sobre el Yo. Hubo otro tiempo que podría iniciarse quizá con la metáfora paterna, allí donde trabajó el historial freudiano de Schreber, su seminario sobre “La psicosis”, que se desplegó luego en lo que conocemos como la pulsación del Inconsciente, como la expuso en el seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, continuó en el seminario de “La identificación”, donde el acento estuvo puesto en la lógica de lo Simbólico. Y un tiempo último de su enseñanza que podemos situarlo desde “Encore” o más precisamente desde “R.S.I.”, donde hubo una acentuación de lo Real. “R.S.I.”, “Le sinthome”, “L’insu”, “Moment de conclure”, “Topología y tiempo” son los últimos pasos de su elaboración. Ahí termina su enseñanza y su vida. ¿Qué advierto? No voy a dar nombres, no es eso lo que me interesa, más bien es proponer una reflexión: podemos reconocer psicoanalistas que se dicen deudores de la enseñanza de Lacan, que recortan uno o dos de esos tiempos y excluyen los otros. Hay psicoanalistas brillantes que valoraron el discurso de Roma, el hecho de descubrir que el síntoma es palabra amordazada y la tarea de desimaginarizar la cura que se había convertido, para un sector importante de la Internacional Psicoanalítica, en una pedagogía de las emociones. Pero que no quisieron saber nada con lo que Lacan enseñó luego, con la topología de superficies, el cross-cap, la banda de Moëbius, etc. Hubo otros que aceptaron ese tiempo, extendiéndolo hasta La lógica del fantasma, El acto psicoanalítico, desconociendo la enseñanza de los últimos períodos. En relación a los que acentuaban el segundo tiempo, escribí un texto que se tituló “Crítica en el campo freudiano”, está en mi libro Matices del psicoanálisis2. En esa ocasión, critiqué a quienes hacían una disyunción exclusiva del significante y el objeto. El significante era el bla-bla que había que dejar de lado, así como al goce fálico, despreciable; lo que valía era el objeto. Las formaciones del inconsciente no importaban, la hazaña era cortarle al paciente la sesión cuando contaba un sueño porque lo eficaz era la escansión, el corte de la sesión. Nada de hablar del síntoma, sólo atender al fantasma. Y así, una serie de disyunciones exclusivas.

Tenemos también a los que acentúan el último tiempo de la enseñanza de Lacan. Un tiempo en el que, como él mismo lo dijo, no iba a desplegar todo de nuevo porque el que siempre está empezando no llega a ningún lado. Entonces, él daba por supuesto que sus discípulos conocían lo anterior. Pero no, estos adeptos del tercer tiempo recortan una frase y a partir de esa frase hacen un despliegue, que dicen, invalida lo anterior.
Esta lamentable repetición decidí convertirla en un estímulo, no quise quedarme en la preocupación. Y es lo que vengo a proponer, un trabajo de lectura. Voy a contar cómo me lo planteo a mí mismo. Propongo un método basado en la enseñanza de Lacan. Cuando la hormiguita camina por la banda de Moëbius, que es una banda no orientable, no sabe cuando llega al reverso de dónde fue su partida en el anverso. Ella sigue, cree que es todo lo mismo. Cuando Lacan escribe el recorrido de la cura en el final del seminario de “Los cuatro conceptos...” toma solo el borde de la banda de Moëbius. En topología eso se puede hacer:

El borde de la banda de Moëbius es un ocho que Lacan lo vuelca, él lo hace, y lo llama ocho interior. Si lo hacemos con cuerdas, cabe superponer una vuelta con la otra. Se aprecia entonces que el hecho de que Lacan utilice la banda de Moëbius para escribir el sujeto dividido no fue un gesto de originalidad sino, como siempre dijo, fue con la intención de producir una lógica. Si el sujeto es lo que un significante representa para otro significante, el pasaje por el mismo lugar en segunda vuelta sirve para escribir la repetición. El método que les voy a proponer es interrogar el texto de Lacan como él interrogó el texto de Freud. A este método de lectura, que es también el que sugiero para la lectura de lo que dicen nuestros analizantes, lo llamo “pliegues del texto”, plegar un texto con otro que lo antecede, o lo sucede. No tiene sentido pensar la temporalidad en una cronología para sostener una identificación imaginaria con el autor. Vamos a manejarnos con los tiempos del Inconsciente que son de anticipación y de retroacción. Así, intentaré desplegar algunas muestras de lectura.

Voy a comenzar por el extremo final de la enseñanza de Lacan, cuando llama a la cadena borromea, nudo. Porque no es un nudo, es una cadena. La llama nudo para acentuar que son tres que hacen Uno. Es el tercer Uno que menciona: el Uno unificante, el Uno entre otros del significante, y ahora el Uno de la estructura. Y dice: el nudo es lo real, nuestra existencia –lo real tiene como cualidad esencial la existencia– se constituye por el anudamiento de Real, Simbólico e Imaginario, del buen modo. Esta tesis del final nos parece válida, afirma que son tres registros absolutamente diferenciables, ninguno es transformable en el otro, que en el neurótico están anudados.

Desde esta mención invito al tiempo de inicio de la enseñanza de Lacan, los seminarios “Las formaciones del inconsciente”, “Las relaciones de objeto”, donde dice que el agente de la castración es el padre real. En el tiempo final de su enseñanza, cuando expone el seminario que se conoce como “L’insu”, dice que por su diálogo con él, acepta, como Freud lo plantea en “Psicología de las masas y análisis del Yo”, que hay tres identificaciones, y que la identificación primaria, a diferencia de lo que había dicho cuando escribió “La subversión del sujeto...”, no es la identificación al trazo primero, núcleo del Ideal del Yo, le da la razón a Freud, dice que tiene que ver con algo de lo real del padre. Y lo dice a su manera, así: “es la identificación a lo real del Otro real”. También que es necesaria, para la constitución del sujeto, una identificación a lo simbólico del Otro real. Está hablando del padre. Y también es necesaria una identificación a lo imaginario del Otro real. Es el padre. Entonces, hago esta lectura: el padre real, el agente de la castración, está constituido por tres registros, Real, Simbólico e Imaginario. El padre real no es lo real del padre, lo real del padre es sólo uno de los tres registros que lo constituyen. ¿Qué consecuencias tiene eso para nosotros en la dirección de la cura? Para que el sujeto se constituya, el padre tiene que intervenir tres veces diciendo “no”. Si lo decimos desde el lado del sujeto, quiere decir que tres veces el sujeto tiene que decirle sí al padre, la identificación implica un sí del sujeto al Otro real.

Vayamos a otro ejemplo. En los inicios de su enseñanza, Lacan ofreció el aforismo que dice “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, donde la clave es “como”: el Inconsciente, como el lenguaje, está constituido por un conjunto de elementos discretos sometidos a la lógica de los conjuntos, que es una lógica de incompletud. Es lo que Lacan repitió como cantinela, seminario tras seminario, “no hay conjunto universal”.
En el final, Lacan dice que el anillo de lo simbólico tiene como cualidad principal el agujero, el imaginario la consistencia, y el real la existencia. En el tiempo de la escritura nodal, el inconsciente se escribe con el anillo de lo simbólico. ¿Cuál es la diferencia? Que ahora Lacan dice: es lo simbólico anudado a lo imaginario y a lo real. Y eso, ¿en qué me implica a mí, como analista, en mi práctica y en la dirección de la cura? Me lleva a proponer, junto a Freud y a Lacan, que el sueño es la vía regia al inconsciente y llevado a su extremo acerca al sujeto a lo real. En Freud ese real se llama sexo y muerte, en Lacan ese real es lo imposible, que no se iguala a lo inexistente. La inexistencia es una de las formas de lo imposible. Imposible quiere decir imposible de ser cubierto por la representación imaginaria o imposible de ser dicho por el significante.

Vamos a otra cuestión que está en boga y en discusión. En Encore, Lacan dice que hace lingüistería, de hecho la hace en la transmisión, con las homofonías. ¿Qué es una homofonía? Homo = igual, fonía = sonido. Igual sonido, distinta escritura. Y dice que la homofonía la propone en lugar de la metáfora. Entonces escuchamos colegas que dicen “se acabó la metáfora”. ¿Es así? Voy a leer, del seminario L’insu: “La metáfora, la metonimia, no tienen alcance para la interpretación más que en tanto son capaces de hacer función de otra cosa, por la cual se unen estrechamente el sonido y el sentido. Es en tanto que una interpretación justa apaga un síntoma que la verdad se especifica por ser poética”3.
Entonces, pregunto: la homofonía ¿excluye la metáfora? Sí, claro, a la del lingüista, pero no excluye a la metáfora de lo que, con Lacan, llamamos la “lingüistería”, la lingüística que nosotros los psicoanalistas reconocemos en tanto implica la lengua movida por el inconsciente, apuntando a lo real del goce.

Voy ahora a un ejemplo que concierne directamente a nuestra práctica. ¿Qué significa para ella la escritura de tres anillos que, si no les pongo letra, cualquiera puede ser Real, Simbólico o Imaginario? Quiere decir que son equivalentes en su necesariedad, los tres son imprescindibles. Me llevó a proponer4 lo que cualquier analista sensible hace de hecho pero que, por pudor, no cuenta: el analista interviene con sugestiones imaginarias (lean en el relato de Gérard Haddad5, las intervenciones de Lacan), interviene con la clásica interpretación simbólica, y hace intervenciones en lo real. ¿Por qué? Porque el corte del acto no es el corte del nudo. El nudo del neurótico, dice Lacan, es irreventable. Se trata de otro corte, del corte liberador del goce parasitario. Y la paradoja es que ese corte sólo se puede hacer cuando se realiza el buen enlace de los registros. Cuando el nudo está bien enlazado es posible cortar con el goce parasitario.
Vuelvo al principio: un seminario del comienzo de la enseñanza de Lacan, “La ética del psicoanálisis”6. Nos recuerda que la ética del psicoanálisis es la ética del deseo. Baruch Spinoza, el gran pensador holandés, dijo “la esencia del hombre es el deseo”7. No es casual que Lacan en el final de su enseñanza, cuando introduce la escritura nodal, donde se recubren los tres agujeros, en su presentación en el plano, en el centro del nudo, coloque el objeto a que puede ser plus de gozar o bien objeto causa del deseo. Digo cuál es mi deseo hasta donde puedo alcanzarlo: es una invitación, y es el título de este trabajo: “Retorno a Lacan”. Para la lectura atenta de sus textos, para el ejercicio del pliegue de sus textos. Esto no significa que vamos a encontrar “La Verdad”. Cada cual tiene el derecho de practicar los pliegues y encontrar, a través de ellos, el mejor camino para recorrer su obra. Lo voy a decir, para concluir, con un breve relato de Franz Kafka. Se llama “Vestidos”, una vez más son las mujeres las que nos enseñan.

“Muchas veces, cuando veo vestidos con múltiples pliegues, volantes y adornos, que se acomodan lindamente sobre hermosos cuerpos, pienso que no se conservarán así por mucho tiempo, sino que mostrarán arrugas imposibles de planchar perfectamente, polvo que impregnará el encaje y que no se podrá quitar más, y que nadie querrá ser tan ridículo y desdichado como para ponerse por la mañana el mismo lujoso vestido y sacárselo por la noche.
Sin embargo, veo chicas que son bien hermosas y que muestran variados músculos y huesecillos, una piel tersa y masas de finos cabellos, y que no obstante aparecen en esta especie de ingenuo disfraz, apoyan la misma cara en las mismas palmas de las manos y se dejan reflejar por su espejo; solamente a veces, por la noche, cuando regresan tarde de una fiesta, ante el espejo, el vestido les parece estropeado, deformado, lleno de polvo, ya visto por todos y casi inusable”8.
Si nos quedáramos con la primera parte, diríamos: dice bien lo real pero pierde la verdad. En cambio, si nos quedáramos sólo con la segunda, advertiríamos que dice bien la verdad pero pierde lo real. Si hacemos los pliegues del texto, lo real no excluiría la verdad, la diversión estaría garantizada.

Texto presentado en las Jornadas de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, 31 de octubre y 1 de noviembre de 2008.

1. Lacan, Jacques: “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, pág. 149, en Lectura estructuralista de Freud, Siglo Veintiuno editores, México, 1971.
2. Vegh, Isidoro: Matices del psicoanálisis, pág. 155, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1991.
3. Lacan, Jacques: “Seminario L’insu”, clase del 19 de abril de 1977.
4. Vegh, Isidoro: Las intervenciones del analista, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1997.
5. Haddad, Gérard: El día que Lacan me adoptó. Mi análisis con Lacan, pág. 180, Letra Viva editorial, Buenos Aires, 2006.
6. Lacan, Jacques: Le Séminaire, libre VII, “L’étique de la psychanalyse”, pág. 211, 23 mars 1960, Éditions du Seuil, París, 1986.
7. “Podría decir que el Deseo es la esencia misma del hombre en cuanto se la concibe como determinada a hacer alguna cosa”. Spinoza: Etica, pág. 232, Ediciones Aguilar, Buenos Aires, 1980.
8. Kafka, Franz: “Vestidos”, en Relatos completos I, pág. 22, Editorial Losada, Buenos Aires, 1979.
 
 
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