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Las reglas del juego
  Primera parte: La regla fundamental
   
  Por Claudio Glasman
   
 
En un ensayo anterior, “Enseñanzas del chiste”, señalaba mi sorpresa al comprobar que cuando Freud relata qué es el psicoanálisis −en sus Lecciones introductorias de 1914 al 17−, hace un recorrido que comienza por los actos fallidos, sigue por la interpretación de los sueños, pasa luego a la diferencia entre psicoanálisis y psiquiatría y va avanzando por la vida sexual de los seres humanos, las fases de la libido, el sentido y las vías de formación de síntomas, el narcisismo, para cerca del final ocuparse de esa “x” añadida a la estructura del sujeto que es la transferencia y concluir con la terapia analítica. Pareciera que su libro sobre el chiste esta omitido de las cuestiones decisivas del psicoanálisis. Y sin embargo... un pequeño detalle le preserva un lugar fundamental en el conjunto de su práctica y sus ficciones teóricas. Recordemos que él mismo había considerado este texto como una digresión. La digresión es el modo “sistemático”, es decir estructural, de hablar de lo que está en juego en el análisis. Digresión: “desviarse del tema, apartar el paso”. El chiste muestra cómo el desvío, el pegar al costado es el modo de decir lo imposible de decir en una nominación de referencia directa. Habla del deseo, el decir de un objeto perdido o imposible, está más próximo a las delimitaciones del rodeo retórico o las reversiones gramaticales que a las trasgresiones de una prohibición.

Pero volvamos a las Lecciones, decíamos que parecía que el chiste estaba omitido en la presentación del psicoanálisis... salvo por un pequeño detalle que es nada menos que la “regla fundamental del psicoanálisis”. Porque cuando Freud nos la expone como instituyente del nuevo dispositivo dice: “Diga todas sus ocurrencias, sin excepción, aunque le parezcan disparatadas, absurdas, nimias, tontas, sin sentido”, y es por la regla que re-encontramos lo que creíamos perdido: los caracteres de la palabra chistosa, sus técnicas sin técnico, introducen “regladamente” la tarea que el psicoanalista sostiene con su acto. Quisiera proponer que desde la instauración del acto analítico y hasta casi al término de su consumación, el trabajo del análisis está jugado por el modo chistoso de un malentendido estructural entre el sujeto que habla y ese Otro de la transferencia al que se dirige y que la regla invoca. Incluso cuando Lacan en uno de sus últimos seminarios neologiza a la otra escena obtrescena, resuena allí la otra escena del chiste obsceno y sus satisfacciones.

Me interesaría ocuparme en esta ocasión de algunas consecuencias paradojales que la regla fundamental instituye al inicio del no menos paradojal acto analítico.
Detengámonos en la primera parte de su enunciado: diga todo lo que se le ocurra sin excepción. No puede escapársenos que la regla introduce en la dialéctica del análisis la presencia del Todo excluyendo la existencia de la excepción que hace justamente objeción a ese Todo. Esta demanda imposible de cumplir es co-instituyente de Otro o del Todo de la transferencia. Decimos con Lacan que la regla convoca por su enunciado a un acto de fe transferencial: diga cualquier cosa total habrá una respuesta para Todo. Y caemos en la cuenta de que una práctica que tiene por perspectiva política un “horizonte de no respuesta” está posibilitada por la promesa de que hay “respuesta para todo”. Es que es parte de la paradoja del análisis que hay que instituir aquello mismo que su acto va a destituir. La regla crea la ilusión, la fe en el Todo, el amor al sujeto supuesto saber. Crea también la ilusión de que hay un Ser que sabe todo. Y recordemos que el análisis tiene también por perspectiva política un “horizonte deshabitado del ser”. Doble paradoja. Instituir la creencia o la fe en la existencia de un Ser al que se le supone que sabe todo, y tiene respuesta para todo. Por contrapartida tiene también por función iniciar una tarea, que el analista sostiene y autoriza, y que apunta a destituir esa creencia en el todo que el mismo ha instituido y sostiene. Convocar para poder revocar. Instituir para ser destituido. Hacer de todo para terminar siendo esa nada separada del sujeto. Es que el análisis no cura algo histórico, sino la potencia actual y mortificante de esa creencia o Fe. Podríamos formularlo de otro modo: ¿El análisis cura del Todo? Curarse del todo es lo que los analistas llamamos castración. No deja de ser otra paradoja del análisis que por la regla fundamental el sujeto que demanda un análisis tome el riesgo de abdicar de su discurso, dejarse llevar por él y experimentar los efectos de ese discurso. En un análisis el sujeto no es antecedente de lo que dice sino la consecuencia ese decir. Digamos que por el lado del sujeto, la regla es absolutamente afín al descubrimiento del inconsciente, pone a trabajar a un decir sin sujeto, es decir a un saber digresivo, a un sujeto que ha aceptado el riesgo de renunciar a autoafirmarse para dejarse representar por significantes que le son extraños y que no domina.

¿Pero cómo puede ser, diría un objetor, que el psicoanalista convoque a la institución de un Otro sin tachar como el interlocutor del sujeto? ¿No es esto la desmentida al descubrimiento del inconsciente? No es también un llamado a la cura por la fe? ¿Esta invocación al Todo no crea las condiciones para la hipnosis y la sugestión? Ensayemos como primer esbozo de respuesta que no todo está garantizado por la regla. Si el análisis fuera la confesión de lo que se sabe, eso sería pura y simplemente una confesión religiosa. Pero en el análisis el paciente dice más de lo que sabe, o mejor dicho, dice lo que no sabe y ahí estamos en la segunda parte de la regla. Aquella que convoca, por la vía de la digresión, al descentramiento del sujeto. Por otra parte si es cierto que el analista en el juego del análisis “hace de todo”, este semblante lo sostiene en la medida en que él “sabe” por haber atravesado un análisis que si hace de todo es porque no lo es. El paciente nunca estará del todo seguro si su analista es o se hace. Y si el paciente se dirige al todo, con lo que se encuentra es con una respuesta que no viene del todo, sino del deseo del analista que no es un ideal de saber totalizante, es decir totalitario, sino un deseo de diferencia absoluta. Desde ahí sus palabras no serán “palabras para el asombro”, que dejen al sujeto en una posición de parálisis fascinada sino, cuando se transmuten en una interpretación, palabras para la sorpresa, con lo que reencontramos otro de los signos distintivos del chiste: el sujeto despierta a la sorpresa. La sorpresa despierta al sujeto del encantamiento de la hipnosis y la sugestión que son el modo en que opera el discurso amo en la intimidad de la psicoterapia. La invocación al todo encuentra la respuesta que le conviene en el llamado al sujeto. El sujeto es equívocamente citado en su división a tomar la palabra.

Pero detengámonos un momento en la invocación al Todo que la regla instituye. Hay un pequeño comentario que nos viene en ayuda para intentar resolver el enigma de lo que se nos presenta como una contradicción: la regla de convocar a un Todo que la experiencia del análisis pone en cuestión:−Diga todo... Y no podemos no evocar que es parte del descubrimiento del inconsciente que no todo puede ser dicho.

Y aquí hay que volver al punto de partida. Al chiste original, al chiste de Heine con el que Freud comienza su libro del chiste y al que considera su caso límite. Desplacemos el acento del análisis, dejemos por un rato al gastado neologismo famillionaria y vayamos al comienzo del relato y a los comentarios que Lacan realizó sobre ese fragmento en Las formaciones del inconsciente. El chiste decía: “Tan cierto como Dios ha de darme todo lo bueno, estaba sentado con Salomón Rothschild, y me trató del todo como a un igual, de una forma del todo famillionaria.” Sobre esa primera parte Lacan dice: “Es la invocación del Testimonio Universal y las relaciones personales del sujeto con dicho Testimonio, es decir, Dios. Tan cierto como que Dios ha de darme todos los bienes... es al mismo tiempo indiscutiblemente significativo por su sentido irónico por las carencias que la realidad pone de manifiesto. La continuación –... estaba sentado junto a Salomón Rothschild, del todo como un igual– hace surgir el objeto. Este del Todo contiene algo bastante significativo. Cuando invocamos la totalidad, es que no estamos del todo seguros de que esté verdaderamente constituida. Encontramos esto mismo en muchos niveles, diría incluso en todos los niveles, del uso de la noción de totalidad”.

Por último y para terminar con la cita agrega: “Finalmente, se produce el fenómeno inesperado, el escándalo de la enunciación, ese mensaje inédito que ni siquiera sabemos todavía qué es, todavía no podemos nombrarlo – de una forma del todo famillionaria, del todo famillionariamente”.

Existe una relación entre este significante nuevo, extraño al código, entendido este último como totalidad, y que adquiere por su exceso suplementario el valor de un significante de la falta en el otro y aquella invocación, cuatro veces repetida del Todo. Para nuestro interés digamos que si invocar al Todo es una manera de ponerlo en cuestión, su invocación repetida hace que el término todo aluda por el contrario a la falta. Esto nos permite volver a nuestra escena analítica en la cual la invocación del “diga Todo...”, terminará siendo al final de la tarea la producción de lo que será la verdad que ese Todo velaba y obturaba: la operación verdad llamada también por Lacan operación castración o para decirlo en términos más Lógicos el No-Todo. Esta repetición del Todo en el transcurso del pequeño relato jocoso nos hace recordar otra repetición no tan graciosa sino trágica y que Freud también cita en el libro sobre el chiste. La de Marco Antonio refiriéndose repetidamente a Bruto, delante del cadáver de César y dirigiéndose a la multitud afirmando “Pues Bruto es un hombre honorable...”, sabe, comenta Freud, que ahora el pueblo le gritará, al contrario, el sentido verdadero de sus palabras: “¡Son unos traidores esos hombres honorables!” Así esta repetición del todo terminará diciendo que la verdad del todo es, valga la paradoja analítica, no Toda. M
 
 
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