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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (octava entrega)
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
In memorian Federico Manson,
amigo entrañable.

Destacábamos en la entrega anterior que en su estudio y clasificación de las diferentes clases de signos —de las cuales la más conocida es la que los divide en Índices, Íconos y Símbolos—, uno de los rasgos distintivos del pensamiento de Peirce acerca del lenguaje y la lógica es su fuerte valoración del papel que juega la iconicidad. En la concepción peirceana, además, la semejanza entre un ícono y aquello que él representa no necesita tener el significado de un parecido en el sentido común de la expresión, siendo su similitud, ante todo, una similitud estructural, vale decir que las partes o elementos de un ícono se relacionan entre sí de un modo análogo al modo en que se relacionan entre sí los elementos correspondientes de aquello que él representa. Encontramos aquí —tal como señaláramos— la posibilidad de establecer una interesante conexión con la tesis sobre la figurabilidad lógica de las proposiciones propuesta por Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus, la cual pasará a ser de este modo la puerta de entrada al último tramo de nuestro recorrido. Conviene, sin embargo, delinear previamente algunas coordenadas que nos permitan captar la profundidad de los problemas con los que nos confronta este primer libro de Wittgenstein, los cuales se sitúan en el centro de nuestro interés.

Bromeaba Lacan en su seminario de 19701 —no pueden entenderse sus expresiones más que como una humorada—, sobre lo sencillo que resulta su lectura: bien por el contrario, el estilo críptico y aforístico del autor, conjugado con la complejidad de los temas que aborda, hacen del Tractatus un texto particularmente difícil de penetrar, resultando su interpretación irreductible a un único y común denominador. De hecho, las dificultades con las que Wittgenstein se encontró para publicarlo debido a lo oscuro que resultaba para los editores, lo llevaron casi a resignarse al fracaso; y de no mediar la decidida intervención de Bertrand Russell —quien era ya por entonces un filósofo consagrado2— avalando su publicación con la escritura de un prólogo que ya es un clásico de la crítica wittgensteiniana, el destino del Tractatus podría haber sido distinto: finalmente, el libro se publica en 1922, pasando a ser muy tempranamente una de las obras capitales del siglo XX, y no sólo para los filósofos…

Una de las cuestiones centrales que Wittgenstein se propone desentrañar allí —con un apasionamiento tal que ha llevado a Lacan a compararlo con la ferocidad de un psicótico—, son las condiciones lógicas del lenguaje y sus relaciones con el pensamiento y con la realidad, «mostrando en cada caso —señala Russell— cómo la filosofía tradicional y las soluciones tradicionales proceden de la ignorancia de los principios del simbolismo y del mal empleo del lenguaje». En el lenguaje ordinario, su forma lógica, con frecuencia incompleta o incorrectamente expresada, suele dar lugar a no pocos equívocos. Entre los varios problemas con relación al lenguaje, Russell destaca la cuestión siguiente: ¿Qué relación debe haber entre un hecho —una proposición por ejemplo— y otro hecho para que el primero sea capaz de ser un símbolo del segundo? «Esta última —señala— es una cuestión lógica y es precisamente la única de que Wittgenstein se ocupa». De acuerdo a la lectura de Russell, lo que Wittgenstein se propone estudiar en el Tractatus consiste en cuáles son las condiciones necesarias para un simbolismo en el cual una proposición signifique algo suficientemente definido, dado que en la práctica el lenguaje es siempre más o menos ambiguo y, en consecuencia, lo que afirmamos nunca es del todo preciso: deberá tener reglas de sintaxis que eviten los sin-sentidos, y símbolos particulares dotados con un significado determinado y único.
Sin embargo, podemos situar ya aquí uno de los puntos con cuya interpretación Wittgenstein se muestra en disconformidad: en su opinión, sólo tenemos un lenguaje, por lo que no se trata de construir uno nuevo, ni de perfeccionarlo3. Lo que Wittgenstein se propone es más bien establecer los límites de lo que se puede decir —lo cual resultaría coextensivo con las proposiciones fácticas de la ciencia. Más allá de ese límite, esa jaula —como luego lo llamaría—, estamos en el imperio del sin-sentido, aunque conviene aclarar que el valor que él asignará a este término no es para nada el mismo que cobraría luego para los positivistas lógicos4. El interés en señalar ese borde radica para Wittgenstein en evitar toda extrapolación indebida de ciertos moldes y premisas que sólo cuentan en el dominio de lo que puede ser dicho, hacia otros territorios tales como el de la ética, la religión, o la estética. Así, lo indecible, si bien no puede ser expresado a través del lenguaje, encuentra sin embargo otras vías de revelación —como por ejemplo, la mostración— a través de las cuales puede ser sentido, captado o experimentado, pudiendo situarse como ejemplo paradigmático de ello la experiencia mística5. Más tarde expresaría que la parte más importante del Tractatus es la no escrita y que su objetivo era por entonces «…trazar los límites de la ética desde dentro…», sentando posición de este modo acerca de que tal delimitación de aguas para nada implica un desprecio por aquello que se sitúa por fuera de esos límites, sino que constituye más bien el intento de salvaguardarlo de toda tentativa de equiparación al discurso científico. Lo que implica un reconocimiento de la ética, la estética y la religión como modos peculiares de captación de una realidad cuyas experiencias no podrían ser meramente reductibles o asimilables al dominio del lenguaje.

En este contexto, resulta sorprendente la proximidad que se revela entre esta concepción de Wittgenstein acerca del sin-sentido, con el lugar que le asigna Lacan —por ejemplo, al abordar la problemática de la alienación en la relación del sujeto al Otro: «Ilustremos esto con lo que nos interesa, el ser del sujeto, el que está aquí del lado del sentido. Si escogemos el ser, el sujeto desaparece, se nos escapa, cae en el sin-sentido; si escogemos el sentido, este sólo subsiste cercenado de esa porción de sin-sentido que, hablando estrictamente, constituye, en la realización del sujeto, el inconciente»6, siendo el estatuto del inconciente, para Lacan, fundamentalmente ético. Ahora bien, que su estatuto sea ético no excluye el hecho de que, al mismo tiempo, se lo reconozca como una presencia cuyas manifestaciones y formaciones no siempre encajan con los límites del lenguaje… Es preciso situar entonces que tal pronunciamiento de Lacan acerca del estatuto fundamentalmente ético del inconciente, lejos de reducirse a una mera entelequia, es solidario de una fuerte interrogación acerca de cómo concebir tanto el abordaje en la experiencia clínica de lo que en esa presencia resiste a la significación, y como resolver las dificultades que a su vez se plantean en su transmisión. Para avanzar sobre ello, retomaremos la próxima vez aquello que habíamos enunciado como una de las tesis esenciales del Tractatus —al menos en su parte escrita.
__________________
1. Lacan, J.; El reverso del psicoanálisis (Seminario 17), Buenos Aires, Editorial Paidós, 1992.
2. A la edad de 40 años, Bertrand Russell acababa de publicar junto con A. N. Whitehead su Principia Matemática, considerada una obra crucial en la historia de la lógica y de la matemática.
3. Desde un punto de vista lógico, y en virtud de las condiciones lógicas que los diferentes lenguajes en que se habla —aún en su diversidad— deben satisfacer, todos ellos constituyen para Wittgenstein el lenguaje
4. Ver al respecto Hartnack, J.; Wittgenstein y la filosofía contemporánea, Barcelona, Ediciones Ariel, 1972, capítulo III: «El Tractatus y el positivismo lógico».
5. Para los positivistas lógicos, este punto crucial del Tractatus resulta inadmisible: lo que no puede ser dicho —ni pensado— no representa para ellos limitación alguna del lenguaje; por el contrario, hay que callar siempre que no exista nada sobre lo que hablar.
6. Lacan, Seminario 11, Paidós, 1989, clase del 27 de mayo de 1964.
 
 
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