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   Nuevas tribus urbanas

Las nuevas figuras de la tribu
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
Digámoslo de entrada: las “tribus urbanas”1 no son lo mismo que el proletariado unido capaz de poner en riesgo al sistema capitalista. Las “tribus urbanas” no conforman una masa dispuesta a cambiar el mundo. Las “tribus urbanas” no le hacen mal a nadie y hasta alegran el paisaje con su pintoresquismo exterior pero… ¡qué miedo les tiene el pequeño burgués!
Si bien las “tribus urbanas” no constituyen un proletariado armado de picos y palas, ni con ametralladoras y piedras pretenden avanzar sobre el Palacio de Invierno, no por eso dejan de perturbar a los adultos de clase media y de clase alta responsables de la cultura hegemónica. Esas pibas y esos pibes que se cortan solos (en el sentido literal y metafórico de “cortarse solos”), y que vienen armados de celulares conectados a Internet no pretenden tomar el Palacio de Invierno pero merodean el Palacio Pizzurno (ya se sabe: los celulares en manos de nativos digitales pueden convertirse en armas de un poder incalculable).2 Se juntan allí (o en la puerta de las catedrales del consumo) por empatía, diríamos por simpatía, comparten uniformados una apariencia, un ambiente emocional, pero no configuran un sujeto histórico alentado por un objetivo a cumplir: una revolución, para el caso. Y, aun así, molestan: dejan bien en claro que son “otros”, que un abismo cultural los separa del mundo convencional que los rodea, que una barrera cognitiva tan transparente como infranqueable nos separa de ellos.

Esa generación dispuesta a cantar presente en este mundo, que reivindica su legítimo derecho a hacerse ver, a ser oída y no odiada; que aparece bizarra y precaria, disfrazada de oso panda a veces, otras de Marilyn Manson, cabalgando un sentimiento –uno sólo, una tristeza única– esa generación, decía, actualiza el terror. Son los bárbaros3. Antes que una clase peligrosa que viene a quitarnos nuestros privilegios y nuestro patrimonio son los bárbaros que vienen a confrontarnos con nuestros fracasos y con el fracaso de una cultura que hizo de la ciencia, virtud, y gloria, de la prosperidad. Mientras reactualizan nuestro terror (el que, entre otros, supimos conseguir en los años de plomo) ellos se conforman con permanecer sosteniendo un desencanto cínico con respecto a la sociedad. Cuestionan el sistema, libres de encendidos discursos y de indignados panfletos nos hacen saber sin entusiasmo alguno –con humor a veces, con cierta ironía, otras– su desacuerdo con el orden instituido. Frente a la complejidad creciente del contexto actual ellos se refugian en operaciones semánticas y pragmáticas fundadas en un universo de valores simples; valores poco sutiles pero superficialmente estables y duraderos. Al sentido burocrático de los lazos familiares y educativos les oponen la pertenencia al grupo y los afectos comunitarios; a las carreras profesionales y las identidades convalidadas les oponen perfiles fijos, estereotipados y, por sobre todo, fácilmente codificables; perfiles mediante los cuales puedan ser conocidos y reconocidos. Son los nuevos bárbaros: primitivos, emotivos, simples y tercos. Eligen el contacto directo, el frente a frente, para combinarlo con otro tipo de conexiones mediatizadas a través de la pantalla o el monitor; se inscriben en filiaciones fijas y circulan por el espacio público como en un interminable Carnaval de Venecia. Aunque, tal vez, hay que decirlo, esa homologación, esa estabilidad, es más mítica que real y las pertenencias efímeras, la mixtura neobarroca de rasgos de identificación, ese sincretismo new age (“yo soy gothic-lolita-coldsplayer” me decía una piba) es más frecuente que la pertenencia única consignada en las investigaciones académicas y registrada por los medios4.

Tal parecería ser que esa generación dispuesta a cantar presente en este mundo se ofrece, generosa, como mercancía para convertirse en producto de consumo. No obstante, frente al peligro que esa multiplicidad encarna, los medios de comunicación cumplen su función: tienden a tipificarlos, a encasillarlos, a etiquetarlos para someterlos a la piadosa comprensión del público. Y es, entonces, cuando la tentación por la nominación, la pasión por la nomenclatura refuerza, insensible, la hiperproducción de un sistema clasificatorio destinado a capturar los movimientos pulsionales, a neutralizar las vibraciones paganas que alientan a estas “tribus”, congelándolas en el lugar de “emos”, de “floggers”, de “otakus”, etc. Porque así, cristalizados, coagulados en un rasgo identitario que los ubica en una porción acotada del universo simbólico, se nos hacen menos amenazantes. Todo, para atenuar el temor ante esas formas de transgresión que, sospechamos, no se agota en la respuesta desordenada a la legalidad hegemónica; no se clausura en la espectacularidad de su presentación. Hay algo perturbador en el devenir de estos grupos que va más allá del puro desorden; hay algo de un deseo productivo social que circula por allí –líneas de fuga deseantes– y, lo más seguro, es que las oposiciones bipolares: normal-patológico, trabajadores-desocupados, estudiantes-desertores, integrados-excluidos, incorporados-alternativos5, no logran abarcar ni la plenitud de la energía que allí está en juego, ni el vacío social que los alberga. Pese a la fascistización jerárquica que inunda las tribus urbanas, estos modos de organización y de re-territorialización cobijan la desmesura de una potencia incapturable que hace peligrar la integridad y la perpetuación del sistema de ligaduras sociales tal cual como está instituido. La voluptuosidad de estas subculturas desborda con su desmesura la confiscación molar6 que las amenaza.
Las “tribus urbanas”7 no son nuevas ni es tan reciente el interés mediático y académico que las tiene como destinatarias. Lo novedoso, en todo caso, es la figura que adopta en el imaginario social. Ante el colapso subjetivo producido por la catástrofe financiera y política del neoliberalismo (crisis que augura guerras y hambrunas como intento desesperado de salvar al sistema capitalista); ante el terror a un “aluvión zoológico” que aprovechando la “crisis” viniera a expropiarle las pertenencias a la “gente decente”, las “tribus urbanas” aparecen como manifestación posmoderna, versión light de un lumpen proletariado potencialmente revolucionario.

—Cuando por la calle veo a uno de esos “pibes chorros” o a un “skinhead” seguramente drogado, cruzo a la vereda de enfrente y acelero el paso (me dice mi paciente, todo un señor, sensible a las injusticias sociales). Tengo miedo de que venga a robarme.
—A vos ya te robaron, le digo.
—No, a mí nunca me pasó nada.
—A vos te robaron dos veces. Primero, con el “corralito” los del banco y, después, los que se quedaron con el cincuenta por ciento de los ahorros que tenías en los fondos de inversiones, le recuerdo, sabiendo que, al hacerlo, me gano su antipatía para siempre a pesar de callar lo que pienso: te robaron lo que ahorraste en años de especulación financiera y de extraerle plusvalía a tus obreros.

La reacción ante las “tribus urbanas” es muy elocuente. Si de los sectores más conservadores se trata, el “problema” se resuelve de manera simple y contundente: habría que hacerlas desaparecer o, si acaso, tomar a sus integrantes, uno a uno, y lavarlos y peinarlos, ordenarlos y ponerlos a estudiar y a trabajar para que, algún día, lleguen a ser “hombres y mujeres de bien”. Esto es, para que aspiren a llevar al mundo al borde del precipicio como lo han hecho los que hasta ahora han tomado ese camino.
Si de la clase media progresista se trata8, la correcta política se basa en el respeto cuando no, en la admiración. Clasificados por los medios (al estilo de la taxonomía de Linneo), contemplarlos como animales de zoológico neutralizados e inofensivos en la medida que no se escapen de la jaula que los contiene.

Pero, tal vez, la polémica debería abandonar ese dualismo ontológico que postula a las “tribus urbanas” como analizador de la cultura. Esto es, la discusión que toma, por un lado, a las “tribus urbanas” como evidencia de una multitud que en su condición de mercancías circulan por el mercado y son consumidas por un sistema que neutraliza su capacidad potencial para promover cambios sociales y, por el otro, la que sostiene en su presencia el protagonismo de una generación contestataria que de la manera más innovadora e imprevisible desafía al sistema; jóvenes que podrán ser googleados pero que no pueden ser deglutidos por el establishment. La polémica debería abandonar ese dualismo ontológico que postula a las “tribus urbanas” como analizador de la cultura y situarse en la vigencia tramposa del multiculturalismo. Detenerse en el momento en que la aceptación de la diversidad se confunde con la tolerancia a la diferencia; centrar la discusión allí donde el multiculturalismo deviene en paradigma opuesto a la admisión de la diversidad cultural. Porque junto al políticamente correcto respeto a las “tribus urbanas”, cabalga el refuerzo de la discriminación y la marginación apoyada en la autoafirmación de los rasgos distintivos de cada minoría. Así, por el camino de una celosa defensa de los valores –la estética y las convicciones de cada grupo– se llega inevitablemente a la abolición de la disparidad subjetiva que fogonea posiciones individualistas, cápsulas narcisistas que dan consistencia a verdaderas identidades de goce9 donde el otro no existe; cápsulas para las que el semejante se inscribirá como peligro, como amenaza que debe ser eliminada, pero nunca como alteridad. En última instancia, contraponer a la visión del multiculturalismo una pragmática de la interculturalidad.10

En el principio afirmaba que antes que una clase peligrosa que viene a quitarnos nuestros privilegios y nuestro patrimonio estamos frente a los bárbaros; los que vienen a confrontarnos con nuestros fracasos y con el fracaso de una cultura que hizo de la ciencia, virtud, y gloria, de la prosperidad. Con el desprecio que dirigen a los valores más altos de la cultura burguesa, con esa impertinencia hacia los mejores atributos del conocimiento, con ese rechazo al saber que ponemos a su disposición, nos obligan a reflexionar acerca del sentido de nuestro patrimonio. Hasta dónde no hubo una suerte de continuidad entre ese sistema y el horror consecuente que las “tribus urbanas” están dispuestos a recordar en acto (grupos neonazis, skinhead, pibes chorros) pero que no están decididos a convalidar. Hasta dónde queda anudada la soberbia cultura de Occidente con el desastre que, para no ir más lejos, dominó el siglo XX. Tal vez, esas “tribus urbanas” desconfían de la información que quisiéramos transmitirles; tal vez son poco receptivas porque sospechan que ese saber y ese sistema axiomático no fue ajeno a la catástrofe que les toca vivir. Tal vez lo que no les perdonamos es que, con su irreverencia, nos hagan saber que nuestra gloria de burgueses cultos y civilizados generó, permitió –o, al menos, no logró impedir– las peores calamidades que sufrió la humanidad (desde Auschwitz a Hiroshima; desde la ESMA al consenso que toleró la instalación del neoliberalismo entre nosotros, por mencionar sólo algunos) y que produjo una generación despojada de futuro a la que sólo le queda refugiarse allí: en la precariedad de un estigma elevado a emblema.

________________
1. Dejo consignadas, aquí, las objeciones al uso del término “tribus urbanas” con el que se alude a colectivos juveniles. Remito a Oriol Costa, Pere; Perez Tornero, José Manuel; Tropea, Fabio: Tribus urbanas. El ansia de identidad juvenil: entre el culto a la imagen y la autoafirmación a través de la violencia. Paidos, Barcelona, 1996.
2. Los teléfonos celulares fueron los verdaderos protagonistas del atentado de Atocha el 11 de marzo de 2004 que decidió el brusco cambio en las elecciones. En junio de este año Cumbio logró convocar a 5.000 jóvenes mientras los diarios Clarín, Nación y otros más sólo reunieron a 7.000 personas en Plaza de Mayo bajo la consigna muy de moda de la “inseguridad”.
3. Por alguna razón son varios los autores dedicados al tema que apelan a la categoría de “bárbaros” para aludir a las culturas juveniles. Baricco, Alejandro: Los bárbaros, Ensayos sobre la mutación. Anagrama, Editorial. Barcelona (2008). Maffesoli, Michel: El tiempo de las tribus. El declive del individualismo en las sociedades de masas. Icaria. Barcelona. (1990).
4. El devenir y la errancia de los sujetos a una “tribu”, el nomadismo de los jóvenes marginales, construye territorios, tramas y plexos que, a veces, se anudan en veredas, otras en baldíos, en barrios y zaguanes. Un mismo sujeto puede participar en diferentes redes: circula, transita, entra y sale de algunas, elude otras y hasta puede incluirse en espacios totalmente “normales” y convencionales. Volnovich, Juan Carlos: Los que viven al margen de la sociedad civil. En Dabas Elina; Najmanovich, Dense: Redes, el lenguaje de los vínculos. Paidos. Buenos Aires. (1995).
5. Reguillo Cruz, Rossana: Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto. Norma Buenos Aires (2000).
6. Molar: para el Esquizoanálisis (Deleuze y Guattari) se opone a “molecular” y alude a la conservación y control de la energía.
7. Fue Maffesoli (op. cit) quién instaló el término pero la reflexión acerca de las subculturas juveniles agrupadas en bandas, patotas, pandillas, clanes, etc, lo antecede y lo desborda.
8. “La mediaclase progre de hoy, sabemos, es extremista de centro y fundamentalista de la moderación” dice Eduardo Grüner en la muerte: una pena.
9. El término es de Jorge Alemán.
10. El concepto es de Nestor García Canclini.
 
 
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