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   Nuevas tribus urbanas

Conversaciones con el prójimo (emos y floggers)
  Por Rebeca  Hillert
   
 
No fue difícil hablar con ellos. Me propuse escucharlos sin prejuicios, sin crear una situación artificial. Fui a buscarlos al lugar donde se reúnen habitualmente, para encararlos en los pequeños grupos que van formando. No pretendía hacer ni entrevistas ni notas periodísticas. ¿Qué pretendía?
Contaba con las descripciones de su vestimenta y tipo de maquillaje, algunas declaraciones demasiados superficiales hechas a ciertos medios, y bastante curiosidad. Sólo perseguía conocer cómo hablaban ellos mismos de las tribus urbanas, y sin ir demasiado lejos, de su pertenencia o participación en ellas.
Grabé conversaciones que mantuve en el Abasto y en la plaza Pizzurno con gente a la que me acerqué casi al azar.
Si de esto resulta la lectura de fragmentos discursivos habrá cumplido su objetivo ampliamente. Si lo logra muy parcialmente, de cualquier modo acercará una perspectiva bastante diferenciada tanto de la psicología como de la sociología.

En el Abasto, los Floggers. Comenzó a llover a cántaros, pero ninguno de ellos traspasó las puertas vidriadas que lo separaban del shopping, aunque más no fuera para no mojarse. Territorios demarcados.
Llevaba este adolescente un buen tiempo arreglándose el peinado. Lucía como una gran cresta enarbolada en abanico desde su nuca hacia arriba, realizada con su pelo enrulado. Le pregunté cómo y por qué se había incluido entre los floggers.
Empecé a ser flogger porque no tenía amigos. Me quise vestir así, la moda es pasajera. Después voy a ser como antes, normal. Durante la semana me visto normal. Por la calle me da medio vergüenza, me miran.
—¿Cómo te sentís más vos mismo?
—Así –me respondió–.
Me dirigí a una pareja. Insistieron con que ya no es como antes. Antes estaban todo el tiempo con sus fotologs.
Los floggers se definen como tranquilos, sociables, las demás tribus son más cerradas, afirman: “los floggers somos muy nenas”.
Primero soy persona, después flogger, te da fama, te sube la autoestima, tenés amigos... –cuenta– el que se viste mejor, el que está más producido, es el más bueno, tiene todos los amigos, el que tiene el mejor peinado, es el que tiene más chicas.
Pregunto: ¿Tienen alguna palabra o expresión que los identifique?
A-re. Es un sarcasmo, una ironía, cuando decís algo que es mentira. Y hay iconos, del MSN, como la carita ruborizada.
Se acerca una jovencita, inquiero por los piercing en sus labios.
Estuve pasando por malos momentos –contesta–. Un pozo depresivo. Decidí hacerme los aritos en vez de lastimarme.
Sí, estaba a punto de hacerse cortes en los brazos. Había que hacer una marca. Una me dice que va a cerrar su fotolog, le importa lo que es la persona. La otra no, desfila, fue contratada para marcas de ropa.
El adolescente acota: —Es bueno ser flogger a no ser nada.
Ser, normal o no. Ser para tener. Como si hubieran descubierto que son… que son.

En la plaza Pizzurno, los Emos. Conversé primero con dos chicas; la que me pareció mayor tenía 14 años, la otra, 18. Entre ellas estaba sentado un pibe flaco y alto. Me capturaron sus ojos sin mirada. Llevaba puestos unos gruesos –sobresalían, abultaban–, lentes de contacto. Del centro de cada lente o de la pupila, salían con forma de radios curvados, franjas alternadas de color celeste y blanco, provocando cierta ilusión óptica de movimiento giratorio del iris. Él se apartó, alejándose, a los pocos minutos de comenzada la conversación.
Las chicas, de negro: muchos accesorios de cuero (negro) y abrazaderas, argollas… labios pintados de negro… Les pregunto si pertenecen a alguna tribu.
Tengo mi propio estilo, saco de varias tribus, la música que escucho, cómo me visto y mi forma de pensar.
Es una manera de identificarme.
Acá estás con tus amigos. Uno se junta con la gente por la manera en que se lleva, y te hace sentir cómoda.
Yo de chiquita era una persona que no me llevaba bien con la gente, estaba totalmente de lado de todo el mundo hasta que me encontré con gente con la que puedo hablar bien y que tiene mi forma de vida.

Tres elementos para definir un estilo: música preferida, vestimenta y forma de pensar. Ninguna encontró palabras para describir lo que llamaban “forma de pensar”, no me pareció que se refirieran a una ideología, aunque hubo referencias a ella; tampoco creo que implique una adhesión a determinados principios o modelos. Infiero que se trata de una postura o perspectiva particular. Me explico. Esa postura, más o menos implícita, subraya la diferencia y oposición, pero no como podría creerse, con respecto al mundo adulto, sino más bien con un modo infantil y dependiente de encarar los vínculos con uno mismo y con los otros.
Continúo. Me informan: Se reúnen allí porque…
Aquí cerca está la galería que todo el mundo conoce… casi seguro que “conseguís lo que comprás”.
No hice notar el lapsus a mi interlocutora, a pesar de haberlo escuchado inmediatamente.
Interpreto: lo que comprás en sustitución de lo que buscás. Para mí es secundaria la referencia al consumo. Lo que comprás es aquello de lo que uno se apropia, hace suyo. En ese sentido cierra lo dicho, es el plus de sentido aportado por la metáfora.

Les pregunto cómo piensan el ser adolescente con relación a la pertenencia a una tribu.
—Es el cambio que uno hace buscando ese lugar en que uno encaja.
Esa definición es fantástica en su sencillez y economía. Subraya tanto la búsqueda como la singularidad de cada uno, diferenciando los aspectos de adaptación al grupo de la sensación fuerte de ser uno.
Luego hablamos de la familia de origen.
La familia es indiferente para esto… por vestirme así me dicen que hago magia negra o que voy a fumar… pero básicamente me tienen que entender, me tienen que querer como yo soy.
Por lo dicho, no se trata de hacerse amar por el Otro, dista del mostrarse amable para el Otro. Pregunto si piensan haber decepcionado a su familia.
Un poco sí, porque ellos esperaban a la nenita “rosa” de la familia, que está siempre hecha una princesita, que ellos me tengan y me vistan. Al empezar a vestir así –de “negro”–, escucho la música que escucho… más que mi familia es una familia muy católica y esto supuestamente… la nena que era así, ahora es así… y… no les va muy bien, pero con el tiempo tienen que acostumbrarse, porque es lo que uno eligió para su vida, para hacer un cambio constante…
He aquí una paradoja sobre la que se explayan: o elegir algo o elegir el cambio. Los dos términos no se excluyen. No plantean la elección de un cambio, tampoco el cambio como elección. Manifiesta la yuxtaposición de cambios, con el acento puesto en lo precario de cada cambio, lo transitorio.
Me despido buscando otros interlocutores.
—¿Pertenecen a alguna tribu? pregunto ingenua, acercándome a un grupo de cinco o seis jóvenes, sentados sobre el césped, piernas cruzadas, botella de cerveza circulante. Ingenuamente decía, porque su apariencia, su ropa y accesorios aturdían: cualquiera reconocería ahí a los emos.
Las tribus son un invento de la tele… la gente se junta, es algo propio, es una cosa que es cada uno.
¿Cómo explico: la tribu es cada uno?
Una chica de adoptado pelo color amarillo dice:
De los emos dicen que se tapaban la media cara para no ver la mitad del mundo que no les gustaba…
Un muchacho, mechón rubio sobre el rostro, emergiendo de su melena encrespada agrega:
Dicen de los emos que tiene peircing, yo tengo cuatro en los labios y no soy emo.
No es una cosa de tribus, es una cosa de amigos…
Pienso en voz alta: -¿entonces por qué se habla de grupos?
Porque, –se suma otro amigo– todavía no definieron su personalidad, necesitan identificarse con algo para sentirse algo.
En este punto recuerdo una aseveración fuerte de Winnicott: el adolescente necesita sentirse real.
Retomo. Me dicen:
Esto empieza en la adolescencia, cuando uno está buscando la identidad, algunos empiezan a estudiar, otros a drogarse, otros a vestirse de determinada manera, para identificarse y llamar a atención porque necesitan ayuda.
¿Ayuda? Mi primera imagen al acercarme a la plaza no fue de gente que llamara al Otro, más bien parecía que el Otro, el que no es como cada uno de ellos, sería más o menos violentamente expulsado.
Otra paradoja: excluirse como drástica y animosamente diferente, ¿es un llamado? ¿Será un comentario aprendido? Si fuera un llamado, lo sería a la fortaleza del Otro para soportar y sobrevivir al desafío.
La conversación se desliza hacia el tema de la familia, especialmente las madres: alguna es “recopada”, otra es “una hija de puta”. Interviene un adolescente:
Mi papá es policía y no le gusta nada que me vista así porque dice que soy un subversivo. Es bien facho mi viejo. Cuando murió mi mamá yo tenía 13 años. Si rascás un poco acá todos tienen hechos traumáticos en su vida.
Vuelve a hablarme del padre: —Nunca estuve con él. Siempre estuve en contra de lo que él hace.
Me pregunto: ¿cuál es la lógica implicada en esta referencia, articulada por varios de mis entrevistados, de contarse dentro de un “todos” en un agrupamiento, y al mismo tiempo contando con eso, como un cada uno con su historia singular, un “mí mismo”? ¿Qué los empuja a pertenecer a una tribu?
Cada uno hace sus apuestas pero en presencia de otros. Los otros están ahí, pero de ningún modo encarnando a Otro, porque no se organizan con respecto a un Ideal. Están separados juntos, como definiera Lacan a la fraternidad fundada en la segregación.
Ciertamente los otros miembros de la “tribu” son semejantes. Sin embargo sostengo que funcionan también como prójimo. Es por cercanía con lo prójimo, que se decide integrar una tribu. “A este nivel, –enseña Lacan–, tropezamos con una condición previa de la individuación. El problema en general se detiene allí, a saber, que existe éste que no es aquél. […] La etimología del término même [mismo] –no sé si se han percatado de ello– no es otra que metipsemus, que hace de ese mismo en mí mismo una suerte de redundancia. La transformación fonética se hace de metipsemus a même [lo mismo sucede en el idioma castellano] lo más yo mismo de mí mismo, lo que está en el núcleo de mí mismo y más allá de mí, en la medida en que el yo se detiene a nivel de esas paredes sobre las que se puede colocar una etiqueta. Ese interior, ese vacío que ya no sé si es mío o de alguien, esto es lo que sirve, al menos en francés, para designar la noción de lo mismo.”*
Distingo por lo tanto, lo mismo mío, relativo al vacío, del efecto que produce una imagen. En el espacio imaginario, en la escena, el miembro de la tribu provoca curiosidad o miedo.
Te cuento, una vez yo estaba entrando a un supermercado, y estaba una señora con el bebé en la puerta. Cuando fui a entrar la chabona corrió el cochecito y se lo puso atrás de ella, como si fuera a robar el bebé, o algo… Se piensan que somos asesinos.
Agrego: o se piensa que todo objeto es fálico como el bebé.
No es con los otros, los semejantes; pero los otros no advierten que si hay alguna hostilidad, es la de cada uno con lo que de su propio ser no tiene representación: la Cosa de goce.
Concluyo: Tanto vestido, maquillaje, tanto accesorio y producción, cubre, roza, disfraza, pinta, –apenas descubierto detrás de los velos–, un vacío, uno mismo real.
____________
* Jacques Lacan. El seminario. Libro 7. Paidós. Bs. As., 1990. “La ética del psicoanálisis”. Pág. 239.
 
 
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