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   Nuevas tribus urbanas

El dandi y el psicoanalista
  Por Diego Timpanaro
   
 
“Las personas que sólo ven las cosas por su lado más pequeño, imaginaron que el dandismo era, por sobre todo, el arte del vestir, una dictadura feliz y audaz en cuestiones de acicalamiento y elegancia exterior. Sin lugar a dudas, también es eso; pero es mucho más”.
Barbey d’Aurevilly

En 1833, el escocés Thomas Carlyle luego de un estado de cierta melancolía, publica su Sartor Resartus, donde describe que el traje más sencillo del que tiene noticias es el usado por las caballerías sudamericanas en sus guerras por la independencia: una especie de frazada con un agujero en el medio. El poncho y la desnudez del soldado sin patria, esa vestimenta de las más sencillas que jamás haya mencionado la Historia, se contrapone al vestido de los que él llama the dandiacal sect, la secta de los dandis, aquellos hombres preocupados hasta lo más ínfimo por el detalle de sus trajes, esos hombres que dieron inicio prácticamente, a una filosofía de la apariencia.
Sin embargo, según Barbey d’Aurevilly, el historiador no logra percibir la cabal dimensión del héroe de la elegancia ociosa, el héroe de los dandis, aquel hombre que alcanzó la celebridad de un nombre por su prestancia, el primero en la lista de los vanidosos: George Brummell, el hombrecillo indigente que se elevó al rango de una cosa.1

De haber nacido en el suburbio de Westminster a darle consejos al heredero de la casa de Hanover –el príncipe de Gales– es decir a George IV; transformarse en el umpire último de la moda inglesa, aquel a quien los Señores consultaban sobre su mejor vestimenta; ser uno de los primeros conversadores reconocidos de los salones de la aristocracia, sin provenir de un linaje noble; constituirse por sí solo en un personaje emblemático de la modernidad, son sólo aspectos de una vida que constituyó propiamente en su arte. El Beau Brummell, para siempre, el dandismo mismo, en cuerpo y alma.

En muchas ocasiones circunscrito a la excesiva frivolidad, a la pura simplicidad de lo banal, a la fugaz intrascendencia de lo superficial, más allá de todo el fashion world, el dandismo es concebido por sus practicantes, como una verdadera ascesis. Si es que se trata del logro de una virtud, entonces el camino de su disciplina debe dejar de lado el mandato de la pura exigencia, para asumir todas las consecuencias de una elección. La definición de un dandi podría ser la de un hombre que se distingue por su preciosismo, por la originalidad y lo extremado, en lo que hace al atildamiento de su estilo.

Aunque el dandismo no es solamente un tratado de estética. Bien se le suele considerar como un paradigma del arte de la elegancia, un ejemplo del saber permanecer junto a otros, una cierta exquisitez en el modo de andar, la característica sine qua non de pertenencia a una clase, la manera de llevar un determinado porte, un código de buenos y refinados modales; en fin, todo aquello que hace a una persona educada y cultivada. El dandismo es una doctrina del refinamiento y del aprecio, de la originalidad y de lo singular, que es aplicable no sólo al arte del vestir, sino también al lenguaje y su entramado, a las palabras que elegimos al hablar con otros, al modo de un decir.
No se trata entonces de una estética –o al menos no solo de estética– sino también de una ética, si tomamos por tal a una posición definida según una elección en cuanto al estilo. El lenguaje y sus articulaciones, el modo en que cada uno construye su lengua, forman parte del cuerpo, de la materialidad, de la patria del dandi.

El dandismo además, constituye también una metafísica, es decir, una postura particular respecto a la cuestión del ser y de la apariencia.2 Numerosos autores –en muchas ocasiones ellos mismos dandis– se interrogaron sobre su sentido en el siglo XIX. Podemos recordar, por ejemplo, a Balzac cuando se pregunta: “¿No es realmente extraordinario el que, desde que el hombre anda, nadie se haya preguntado por qué anda, cómo anda –si anda–, si puede andar mejor, qué hace al andar, si no habría una manera de imponer, cambiar, analizar su andar –cuestiones todas ellas que corresponden a todos los sistemas filosóficos, psicológicos y políticos de los que el mundo se ha ocupado–?”3
También a Baudelaire, cuando dice que “el dandismo es el último destello de heroísmo en la decadencia”, una búsqueda de la distinción y de la simplicidad absoluta, identificando a Alcibíades como a un tipo fulgurante de dandi, una institución fuera de las leyes que lindaría con una especie de espiritualidad.4 Una forma de la sabiduría moderna como supo existir en la antigüedad de la mano de los filósofos, un modo de sobrellevar el conocido malestar en la cultura.

Si hablamos de lenguaje y de estilo, para los psicoanalistas resultará obvia la referencia al primer párrafo de los Escritos de Lacan, cuando menciona al conde de Buffon, y lo que quedó de su célebre discurso de recepción como miembro de la Academia Francesa. Sin embargo, no vamos a detenernos en esta ocasión en algo que obligaría al lector a internarse en una vía no obligatoria. Nos referimos a lo que uno encuentra apenas comienza a ser leído el texto mencionado, al simple hecho de la traducción de la palabra ligne por signe, saldado parcialmente en lo que hace a la historia de los Escritos en español, aún abierto en lo que hace al futuro del Seminario.5

Haciendo uso del epígrafe, no vamos a detenernos en la pretendida identificación de ciertos rasgos del dandi en la figura de Lacan, tal como lo observa, por ejemplo, la italiana Emilia Granzotto, cuando lo describe como: “Bajo, cabello gris corto cepillado y siempre cuidadosamente peinado, una vaga semejanza que no le desagrada con Jean Gabin, ese monstruo sagrado de la cultura francesa se viste siempre como un dandi: camisa blanca bordada, cerrada al cuello con una banda abotonada como los sacerdotes, saco de terciopelo color ciruela o damasco por lo cual el tejido reúne lo brillante y lo mate…”6

Menos aún podríamos extraviarnos en la vulgaridad fascinante del objeto que atesorarían los famosos cigarros torcidos fumados por Lacan, que gracias a la tan mentada globalización, los dandis porteños pueden conseguir en la tienda Davidoff del down town de Buenos Aires.7
Lo que podemos decir es que si hay una coordenada propia de la posición del analista, esa es su estrecha relación con la sorpresa. Hay afinidad entre lo inconsciente y la sorpresa.8 En el acto de sorprender tienen incumbencia tanto el dandi como el analista. Hay una particularidad en la práctica del dandi que se constituye propiamente en un sorprendente arte del desaire.

Hay un punto –dirá Lacan– en donde el deseo del analista tiene una “suprema complicidad con la sorpresa, una complicidad abierta a la sorpresa”.9 La dimensión de la sorpresa es consustancial al deseo. Se trata de la luminosidad de un brillo que sorprende, que como tal jamás sabremos si se trata de algo bueno o malo; la sorpresa está por fuera de la dialéctica de lo agradable: una sorpresa es una sorpresa.10
El relieve de lo sorpresivo en el dandismo se apoyará en una de sus máximas, en lo que concierne a la relación con el otro. Con el tiempo, a partir de la posición social en la que se encontraba en la ciudad, el osado de Brummell desarrolló un método: permanecía sólo unos minutos en la entrada de un salón, allí se aseguraba de que su presencia fuera observada, recorría todo el espacio con una mirada, lo juzgaba con una sentencia, y desaparecía; para concluir, no hacía otra cosa más que aplicar el famoso apotegma del dandismo: “En sociedad, mientras usted no haya causado ningún efecto, quédese: una vez causado el efecto, váyase.”
Para el dandi, como para el analista, ciertamente se trata del efecto. Del establecimiento de una posición desde la que se causa un efecto. Producir un efecto, hacer un efecto, donde la división es para el otro. Provocar la sorpresa del lado del otro.11

Tal como lo hacen los atribulados adolescentes y sus tribus, sorprenden al otro, dan que hablar, suscitan que algo se diga sobre ellos. Realizan nuevas e inesperadas creaciones, más allá de la cosificación que a título de sujetos del consumo, el amo del mercado les propone sugestivamente.
Jean Allouch, da testimonio de la práctica analítica de Lacan, y afirma que ésta constituye por sí misma, enseñanza. Las ocurrencias que se suceden en el consultorio, las conneries que allí se dicen, en el diálogo entre analista y analizante nos permiten situar a la sorpresa. Se trata de un casamiento, en el que a alguien le había llevado tiempo decidirse:
“Desde hacía meses y meses le había contado a Lacan su amor por XXX, le hablaba de ella, de su relación con ella, de su vida. En resumen, había analizado bien todo, el porqué de su elección, a qué lo remitía su nombre, etc., etc.
Llega a la sesión y declara: –Me caso la semana próxima.
Lacan: –¿Con quién?”12

Ahora bien, el analista, si es que puede arrojarse a la osadía de determinada intervención, se trataría de un osado con tacto, de uno que logra detenerse exactamente a tiempo; no se trata de un maleducado, tampoco de un temerario, menos aún de un desubicado. El analista será, como el dandi, un Sir del desaire, dueño de sus palabras, hermanado al silencio, deshecho del destino.
Imaginamos que si el lector nos acompañó hasta este punto, podría preguntarse ¿cuál será la pertinencia de todo esto respecto de las llamadas, por lo sociólogos de la cultura, tribus urbanas? En efecto, consideramos que el dandi es un sorprendente e inesperado producto de la polis moderna, que bien vale su estética en medio de la jungla de cemento, que no podemos dejar de considerar al analista como a un tipo de ciudadano, en relación a cómo toma aquellas demandas que se le dirigen, y a la modalidad que da al deseo que lo habita. A fin de cuentas, ¿por qué restringir solamente a la audacia de los adolescentes, una cierta forma de agrupamiento, con un nombre que identifica, sus códigos y sus maneras, y su modo –en ocasiones sorpresivo– de sobrellevar la vida en los inicios del siglo XXI? ¿Por qué no incluir también a la tribu de los analistas entre las tribus urbanas, a partir del tratamiento que hacen del malestar en la cultura actual, en la ciudad de hoy?

______________
1. BARBEY D´AUREVILLY, Jules-Amedee – Del dandismo y de George Brummell, Selecciones de Amadeo Mandarino, Buenos Aires, 2006.
2. Véase LACAN, Jacques – Seminario 8: La transferencia, clase 6 La irrisión de la esfera, Paidós, Buenos Aires, 2003.
3. BALZAC, Honoré de – Teoría del andar, en Dime cómo andas, te drogas, vistes y comes… y te diré quién eres, Tusquets, Los 5 sentidos, Barcelona, 1980, p. 14.
4. BAUDELAIRE, Charles – El dandi, en El pintor de la vida moderna. Disponible en www.litteratura.com.
5. Lo que ayer era: “la imagen del mono imitando a Buffon; hoy es: la imagen de la lencería fina que engalana a Buffon”. Cf. PASTERNAC, Marcelo – 1236 errores, erratas, omisiones y discrepancias en los Escritos de Lacan en español, Oficio analítico, Buenos Aires, 2000, p 13-50. También véase la investigación de BAÑOS ORELLANA, Jorge – El idioma de los lacanianos, Atuel, Buenos Aires, 1995.
6. LACAN, Jacques – Freud per sempre, entrevista de Emilia Granzotto del 21-XI-74. Traducción de Olga Máter y Alejandra Freschi. Disponible en www.elsigma.com
7. Cf. LACAN, Jacques – Seminario 23: El sinthome, Páidos, Buenos Aires, 2006, p. 137 y p. 205.
8. Cf. LACAN, Jacques – Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Clase 2, El inconsciente freudiano y el nuestro, Paidós, Buenos Aires, 1987.
9. El uberreichung que señalara Theodor Reik. Cf. LACAN, Jacques – Seminario 12: Problemas cruciales para el psicoanálisis, clase 16, del 19-IV-65.
10. LACAN, Jacques – Seminario 22: RSI, clase 5, del 11-II-1976.
11. “Si quisiera escribir la posición de Brummell, escribiría a nuestro modo: a  $.” MILLER, Jacques-Alain– “Buenos días sabiduría”, en Colofón Nº 14, 1996, p. 38.
12. ALLOUCH, Jean – —Hola... ¿Lacan? —Ciertamente no, Edelp, Buenos Aires, 2001, p. 46.
 
 
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