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   Colaboración

Breves intervenciones sobre lo sexual y la elección
  Presentación y temática del IV Congreso Internacional de Convergencia
   
  Por Alberto Franco  y Daniel Paola, Verónica Cohen y Julio Fernández
   
 
Lo sexual, ¿es una elección? Los diversos modos en que los autores abordan tal pregunta se reflejan desde el ínfimo matiz semántico con que han titulado sus intervenciones hasta los muy complejos desarrollos que apenas se esbozan en este breve intercambio. Sea a partir de un trazo en lo real de la cura, sea a partir a partir de una tesis sostenida en algunas de las etapas de Lacan releyendo a Freud, hay que destacar la pertinencia de estos enfoques que, lejos de coincidir en una misma línea de lectura, promueven la puesta en acto de mínimas y variadas aproximaciones.
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¿Elección sexual?
por Alberto Franco

Hablar de elección sexual conlleva hacerlo de una determinación por la voluntad que resulta poco sostenible para nuestro psicoanálisis y parece referida, más bien, a una teoría del género. Estimo que, en una dirección más consistente con nuestra doctrina, deberíamos dirigirnos a pensar en las vicisitudes de un hablante que, cuando pone en juego de tal o cual manera su sexualidad, lo hace determinado por una posición sexuada.
Así encaminados, un primer y más o menos rápido movimiento nos conducirá a pensar que la relación con el Otro sexo se sostiene de un fantasma cuya lógica es –en ausencia de relación, de proporción, entre los sexos– regulada por la relación con el falo1. Un segundo y quizás más complicado movimiento, nos llevará hacia la sexuación cuya lógica se regula, más bien, por la relación con la función fálica2. En este plano3, es necesario dar dos pasos para la producción de lo que preferiríamos llamar “declaración de sexo”.
En efecto, es necesario, al hablante, dar un primer paso, consistente en la declaración de un universal –un “todo” que ubica al sujeto de lo inconsciente– por medio de una aserción que reza: todos somos sujetos de la norma fálica. Pero será menester que, en un segundo movimiento, ese universal sea puesto en relación con el existencial que lo niega4 –existe al menos uno que no– para que aquella declaración de sexo sea posible.
Así, de la manera en que el hablante pueda –en un juego más o menos sutil entre la afirmación y la negación del existencial– articular lo que, en aquellos dos pasos, se escribe surgirá una posición sexuada ordenada, predominantemente, por uno de los dos ejes sobre los que la declaración de sexo rota, el del “todo o el del “no-todo”. Sólo a partir de este movimiento –que, como dijimos, se hace necesario por la ausencia de relación, de proporción, sexual– podrá desplegarse lo que de relación con el Otro sexo pueda haber para cada sujeto en su singularidad.
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¿Hay elección sexual?
por DANIEL PAOLA

La primera respuesta que podría sugerir sería positiva: hay elección sexual. Si es verdad que estamos todos los seres hablantes captados por un Soberano Bien (o su antítesis), descripto por Lacan en el Seminario “R. S. I.”, es indudable que esa creencia arrastra a una elección. Con ello, cada quien podría, según las leyes del campo del significante que lo atraviesan, creer que elige lo sexual del partenaire de quien se siente atraído.
También podría darse el caso que ese ser hablante suponga que no elige nada de su partenaire, porque se niega a hacerlo, dejando obrar al azar. Sin embargo habría que pensar que en todo caso esta no-elección es lo mismo, debido a que se respeta lo que Dios ofrece.

Afinando un poco más el lápiz, resulta por completo aceptable, pensar que si lo sexual no está excluido del goce, pero el goce en sí mismo está excluido, nos topamos con la verdadera dimensión del problema. El dilema neurótico se establece porque al goce no se lo encuentra en ninguna parte aportando insatisfacción. Esta exclusión del goce enuncia lo simbólico en cuanto afirmación de lo real, último funcionamiento que da razón a lo que se excluye como sentido. Esta descripción, que pertenece al Seminario de Lacan “De un otro al Otro”, fechado el 21 de mayo de 1969, lleva a una conclusión: la elección del goce es supuesta al saber porque está excluida o sea reprimida.
Es cuestión del psicoanalista desenmascarar lo que no se sabe del síntoma, que es lo que esconde el goce como objeto a. El saber sobre el goce lleva al corazón del inconsciente, en tanto ese objeto a es reflejo virtual de lo que nunca se sabe por anticipado.
No habría ninguna elección de lo sexual entonces, porque la elección ya estaba hecha más allá de la percepción del sujeto, en tanto la identificación neutra que muestra lo simbólico es la que genera la imagen. El escotoma es la imagen de sí mismo, que todo ser hablante porta. Y creer que se elige resulta por completo una apariencia. Por lo tanto, la prematuración de la creencia sobre la voluntad de elección es una característica que surge en la infancia, cuando el neurótico rehúsa tomarse como amo, por estar en sí mismo pre-determinado respecto a su elección sexual. Esa elección tiene un solo matiz común entre los sexos: el psicoanálisis lo desenmascara en el sujeto en tanto no puede tomarse al Otro como totalidad.
Tomarse como amo, siguiendo el decir de Lacan en la clase citada como referencia, es aceptar la condición de ser un producto (S1) en el discurso de Otro, reconociendo el síntoma a desenmascarar en un por venir siempre sorprendente, en tanto nunca se sabe bien lo que se elige. La elección sexual no aporta ningún bien al sujeto. Por el contrario, subyace como síntoma que determinará siempre una renuncia: no existe todo en el goce. También se ama en su fracaso.
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Lo sexual: ¿es una elección?
por VERÓNICA COHEN

El género, la biología, la genética no son un destino ineludible para un ser que, en primer término, es un cuerpo hablante. Es a partir de lo pulsional que el hombre y la mujer se diferencian de lo que sería regulado por lo instintivo y lo biológico o lo genético. Lo pulsional está hecho de palabras sobre el cuerpo, en el cuerpo, que se inscriben en él de una manera singular. Es algo que domina al sujeto, no que el sujeto domina. Se es hombre o mujer según una elección inconsciente, según los efectos de esa sexuación y la posición del sujeto que se va a debatir a partir de eso. Ser sexuado va a tener que ver con una decisión inconsciente que no es sin esos avatares pulsionales, hechos de palabras sobre el cuerpo.
En segundo lugar, en algunas ocasiones habría que diferenciar lo pulsional que acompaña al deseo y el deseo mismo como sexual. Lo sexual para el psicoanálisis es una categoría muy amplia, aún así quiero subrayar que hay una elección inconsciente que un sujeto puede ignorar toda su vida.

El sexo es enigma desde el comienzo, somos seres de lenguaje. El sujeto “se cría” con una lógica determinada que, como está hecha de palabras, también con palabras y confrontándola con otra lógica –que no rechaza lo femenino– se desarticula. Es una condena religiosa de la ciencia pensar que son inamovibles el género o la genética y el sujeto no puede elegir, orientar su destino según su deseo.
Si nos referimos estrictamente a la elección de sexo, hay que destacar que se trata de una elección inconsciente donde lo que domina es una posición respecto de lo femenino, tanto de rechazo como de atracción y gusto, ya sea para el hombre o para una mujer. A esa decisión sexual deberíamos llamarla más bien sexuación para diferenciarla de la sexualidad infantil y también de la biología y el género.
Es por eso que lo femenino nunca es ajeno a ninguno de los dos sexos y la elección sexual va a depender para el hombre y para la mujer de que lo femenino guste o sea rechazado. El problema –si es un problema– es que hay dos sexos: el hombre y lo femenino y tanto hombres como mujeres pueden ubicarse de un lado o del otro.
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Lo sexual ¿hay elección?
por JULIO FERNÁNDEZ

A más de un siglo que el psicoanálisis hiciera su entrada en el mundo, el consenso del sentido común está más dispuesto a aceptar la importancia que el psicoanálisis atribuye a la sexualidad, que el cambio profundo que introduce Freud en la consideración de qué es lo sexual. La intervención freudiana, por cierto, desnaturaliza lo que tiende una y otra vez –por efecto del prejuicio– a ser naturalizado. Desnaturalizar la sexualidad es extender su alcance más allá del imperativo de la reproducción, para ponerla en relación al deseo y el goce, abriendo así un interrogante sobre el estatuto de la satisfacción en el ser hablante. Es que la especie (así llamada “humana”) está enteramente tomada por la estructura del lenguaje, y sus necesidades y deseos son necesariamente refractados por esta condición. Sólo los poetas, antes de Freud, habían dado cuenta de los vericuetos de la vida amorosa y de su carácter conflictivo.

Para situar la sexualidad, así atravesada por el aparato del lenguaje, Freud propone el concepto de pulsión diferenciado del instinto. El instinto es un comportamiento preformado que en el plano sexual orientaría inequívocamente un sexo hacia el otro. Esta complementariedad, inscripta biológicamente, es lo que Freud pone en cuestión al revelar, para la sexualidad, una prehistoria –la sexualidad infantil– cuyos avatares serán determinantes en la posterior identificación sexual.
A la identificación sexual se arriba tras un recorrido, una construcción que no está dada anticipadamente. Por lo tanto la determinación anatómica macho-hembra no deriva linealmente hacia masculino-femenino. La identificación resultante está sujeta a un grado de precariedad que el análisis de los síntomas permite situar por la vacilación identitaria respecto de la posición sexual.

El sujeto supuesto por el psicoanálisis no es el sujeto del telecomando neuronal, ni la “tabula rasa” a ser modelada por la cultura, implica un sujeto que no puede desligarse de la responsabilidad que le cabe respecto de las determinaciones que lo afectan. Un sujeto tal es un sujeto que se constituye en la enunciación, esto quiere decir que es porque habla y en tanto que habla que determina su posición. Incluso y predominantemente, su posición sexuada. Un ejemplo cotidiano, la señalización de los baños públicos y su variedad de motivos: iniciales, dibujos, palabras, no dejan de ser fuente posible de equívocos. Aún en su versión más aparentemente inequívoca: hombres, mujeres, implican una lectura que el sujeto sanciona atravesando la puerta del baño elegido. Se trata en esa conducta rutinaria, de un acto donde el sujeto debe confrontarse no con lo que es sino con como responde a la marca de lenguaje que lo determina. El ejemplo muestra que no se trata de elegir entre hombre y mujer, sino de declararse de un sexo en relación a otro.
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Nota: los presentes escritos se corresponden con la preparación y la temática del IV Congreso Internacional de Convergencia: “La experiencia del psicoanálisis. Lo sexual: inhibición, cuerpo, síntoma” a desarrollarse en mayo. 

1. Basta, para entenderlo así, con dar un paseo por el Seminario sobre la lógica del fantasma.
2. Para el paseo deberíamos, ahora, dirigirnos al Seminario Encore
3. Que desplegamos con más generosidad en Entre el decir y el dicho: la sexuación, AA.VV, “L’ Étourdit, la lectura como política”, Colección Convergencia, Letra Viva, Bs. As., 2008.
4. Y expresa la escritura de la función paterna.
 
 
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