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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (novena entrega)
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
Vale la pena detenernos, como anunciáramos en la entrega anterior, en la parte escrita del Tractatus, a fin de examinar la tesis allí propuesta por Wittgenstein acerca de la figurabilidad lógica de las proposiciones… Señalábamos entonces que desde un punto de vista lógico, y en virtud de las condiciones lógicas que los diferentes lenguajes en que se habla —aún en su diversidad— deben satisfacer, todos ellos constituyen para Wittgenstein el lenguaje. Pero, ¿en qué consisten tales condiciones lógicas? Retomemos el texto de Russell1: «Para que una cierta proposición pueda afirmar un cierto hecho, debe haber, cualquiera que sea el modo como el lenguaje está construido, algo en común entre la estructura de la proposición y la estructura del hecho. Esta es tal vez la tesis más fundamental de la teoría de Wittgenstein. Aquello que haya de común entre la proposición y el hecho, no puede, así lo afirma el autor, decirse a su vez en el lenguaje. Sólo puede ser, en la fraseología de Wittgenstein, mostrado, no dicho, pues cualquier cosa que podamos decir, tendrá siempre la misma estructura». Pronto volveremos sobre este punto. No obstante, para orientarnos con mayor precisión en su complejidad, conviene examinar previamente las dos primeras tesis del Tractatus, en donde se establece tempranamente una distinción que resulta esencial entre los hechos, y las cosas u objetos.

De entrada, Wittgenstein postula que el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas: «En la configuración de los hechos —señala J. Hartnack— las cosas juegan un papel importante, pero ellas mismas no son, en absoluto, hechos. Que mi reloj esté encima de la mesa es un hecho, pero carece de sentido afirmar que la mesa o el reloj sean hechos…»2. Vale decir, tanto el reloj como la mesa son, de por sí, cosas u objetos; pero que el reloj esté encima de la mesa, eso es un hecho. Distinción que no pasará inadvertida para Lacan, quien pone de relieve aquello que también nos interesa destacar aquí: sólo hay hecho por el hecho de que el parlêtre lo diga, y no hay otros hechos más que los que el parlêtre reconoce como tales, diciéndolos. Los hechos son, en este sentido, una producción artificial3.

Llegamos así a una nueva expresión, que podemos considerar como una segunda tesis de Wittgenstein: «Lo que es el caso, el hecho, es la existencia de hechos atómicos». Un hecho atómico es aquel indivisible —es decir, que no consta, a su vez, de hechos—, y es el resultante de una determinada combinación de cosas u objetos. Por su parte, los objetos deben ser considerados como una unidad irreductible, y forman lo que él llama «la sustancia del mundo»4. Los hechos atómicos constan de objetos, y la diversidad de los hechos depende de las diferentes combinaciones posibles de objetos. Se desprende de ello, como primer requisito, que un lenguaje ideal debería tener un solo nombre para cada elemento —cada una de las manzanas del cajón, por ejemplo, debería ser nombrada de manera distintiva— lo que equivale a decir que nunca un mismo nombre podría utilizarse para dos elementos distintos. «Un nombre es un símbolo simple, en el sentido de que no posee partes que sean a su vez símbolos». Aquello que no fuera un elemento, sino un compuesto, jamás podría ser representado por un símbolo simple, deberá serlo por un complejo. Pero es preciso hacer aquí una importante distinción: «El lenguaje —observa Hartnack— es una figura (picture, abbildung) o un modelo de los hechos. No es, dicho de otro modo, una figura de las cosas u objetos, sino una combinación de objetos, esos objetos de los que constan los hechos. Los objetos únicamente pueden ser nombrados, pero nombrar no es figurar. Describir un objeto constituye una operación que en cierto sentido puede ser caracterizada como figurar o hacer una figura (abbilden) de un hecho; pero en este caso no es, desde luego, una descripción de un objeto (…) No existen, pues, sino dos posibilidades: nombrar objetos, por una parte, y figurar (hacer figuras de) hechos, por otra; con mayor precisión: para figurar (hacer una figura de) un hecho, los objetos han de ser nombrados». Nombrar objetos, y figurar hechos, he aquí las dos jugadas que nos ofrece el lenguaje. Para ello, nos valemos de proposiciones, siendo la «unidad lógica» del lenguaje aquello que Wittgenstein denomina «proposición elemental», y que se define como imagen o figura del hecho atómico. Una proposición elemental sería por ejemplo: «La puerta está cerrada». Su valor de verdad, por otra parte, está determinado empíricamente: «Para conocer si la figura es verdadera o falsa —postula Wittgenstein— debemos compararla con la realidad», es decir, para cada caso particular se impone una investigación, en la que cada proposición elemental debe ser comparada con la realidad misma. Es preciso observar, asimismo, que la mayor parte de las proposiciones de las que consta el lenguaje no son proposiciones elementales, sino combinaciones de ellas. A estas proposiciones compuestas Wittgenstein las denomina funciones veritativas. Si decimos, por ejemplo: «Nieva, y la puerta está cerrada», tal proposición deja de ser elemental constituyéndose en una función veritativa. Su valor de verdad pasa ahora a depender forzosamente del valor de verdad de las proposiciones elementales que en ella se integran. Si ambas proposiciones —«Nieva» y «La puerta está cerrada»— son verdaderas, la función veritativa es verdadera, siendo suficiente que alguna de ellas sea falsa para que ésta también lo sea.

Esta secuencia de razonamientos pareciera llevarnos a concluir que: si todas las funciones veritativas constan de proposiciones elementales; y, si la verdad de estas últimas ha de ser decidida por vía empírica; de ello cabría inferir que el valor de verdad de todas las funciones veritativas ha de ser decidido empíricamente. No obstante, sería difícil sostener esta tesis, y basta con revisar unos pocos ejemplos para darse cuenta de cuál es la dificultad. Examinemos, por caso, la función veritativa «Llueve o no llueve». Nadie discutiría que esta proposición es siempre verdadera, con total independencia de las condiciones atmosféricas: «Si alguien está en duda sobre la verdad de la proposición «Llueve o no llueve», difícil será que resuelva su problema recurriendo a inspeccionar el tiempo; no hay en realidad otra vía para acabar con su incertidumbre que la de la clarificación de las constantes lógicas “o” y “no”»5. Pero esa clarificación de las constantes lógicas, para que desemboque en la obtención de una proposición lógicamente necesaria, implica a su vez que las condiciones de coincidencia con la realidad de las diversas proposiciones elementales que integren cualquier función veritativa se neutralicen unas a otras, desamarrándose de este modo por completo su valor de verdad de la eventualidad de las cosas del mundo. Así, en opinión de Wittgenstein, todas las proposiciones de la lógica son tautologías. Sus verdades nada dicen acerca de la realidad y, en consecuencia, carecen de sentido.

Ahora bien, a pesar de esta limitación, hay un sentido muy preciso en el que las proposiciones algo sí pueden comunicarnos acerca del mundo: si sus propiedades lógicas no pueden enunciarse sino mostrarse, son las verdades de la lógica las que vehiculizan esa mostración. Volveremos sobre ello en la próxima entrega.

1. Russell, B.; “Prólogo” al Tractatus Lógico-Philosophicus.
2. Hartnack, J.; Wittgenstein y la filosofía contemporánea, Barcelona, Ediciones Ariel, 1972.
3. Lacan, J. El sinthome, Seminario 23, Buenos Aires, Paidós, 2006.
4. En opinión de Hartnack, en este punto Wittgenstein parece fundir y unificar, infortunadamente, consideraciones lógicas y ontológicas, siendo ambas sin embargo de naturaleza dispar.
5. Hartnack, J.; Obra citada.
 
 
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