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   Estrategias clínicas

La práctica analítica y sus fundamentos
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
La experiencia analítica se estructura a partir de los conceptos que la fundan. Esos conceptos fundamentales, sin embargo, no son conceptos en sentido estricto, en la medida en que no ocupan el lugar de ningún referente. Son conceptos que, si bien permiten el anclaje de la práctica, no por ello se igualan a la verdad. Todo lo contrario: ponen de manifiesto la imposibilidad de cualquier pretendida captura de lo real, al reconocerlo como aquello que no se puede más que evitar. De esta manera, se constituyen en los pilares en los que asienta la subversión que el psicoanálisis introduce en el sujeto del saber.

Inhibición, Síntoma y Angustia, revisitados. En su seminario de 1962-1963, Lacan reinterroga la tríada freudiana “inhibición, síntoma y angustia”; y, para destacar ante todo la radical heterogeneidad de sus términos, los ubica desfasados en tres planos.
La inhibición, según Freud, consiste en la restricción de cualquier función del cuerpo; Lacan, a su turno, enfatiza la detención del movimiento que conlleva. La inhibición consiste en un efecto de detención, consecuencia de la intrusión de lo imaginario en el campo de lo simbólico. El sujeto la experimenta como impedimento; reconoce que hay algo que no puede, aunque no alcanza a discernir a qué se debe.
El síntoma resulta de la intrusión de lo simbólico en lo real. El síntoma es un nudo; un nudo de malestar que se ofrece al mismo tiempo como vía para la irrupción del goce y como lugar de sostén significante para el sujeto. Precisamente, la práctica analítica apunta a despejar esa relación con el goce, en tanto permanece como enigma.

La angustia, por último, toma de lo real su punto de partida. Tal como lo destacó Freud, funciona como señal de un peligro; advierte al sujeto del inminente despertar del cuerpo.
Un fragmento clínico extraído de la correspondencia entre Freud y Fliess nos permitirá, a pesar de su breve extensión, poner a prueba el carácter operatorio de estos conceptos fundamentales en la práctica.

Un escarabajo dislocado. El año 1897 encuentra a Freud sumido en la elaboración de su “libro de los sueños”, verificando en las curas que conduce, cómo sueños y neurosis “se entrelazan cada vez más ajustadamente”. Entre ellas se encuentra el caso del señor E., quien padece de una fobia al teatro. A la edad de 10 años, E. tuvo un ataque de angustia cuando intentaba infructuosamente atrapar un escarabajo (Käfer) negro.
A pesar del tiempo transcurrido, la explicación de aquel acceso resulta todavía enigmática. Su resolución confirmará a Freud cómo el punto a través del cual irrumpe lo reprimido es la representación verbal y no el concepto de que ella depende. Siguiendo a Lacan, podremos reconocer en esa representación reprimida no sólo la estructura del significante sino, además, cómo el significante reprimido retorna como letra.
En una de sus entrevistas, y a propósito de su dificultad para tomar decisiones, E. recuerda una conversación que había tenido oportunidad de escuchar entre su abuela y su tía, acerca del casamiento de su madre; de esa charla se desprendía que su madre –ya fallecida– había vacilado durante un buen tiempo en comprometerse en matrimonio.

E. recuerda repentinamente el escarabajo negro (que no había mencionado durante meses) y de éste pasa al Marienkäfer (bicho de María = vaquita de San Antonio). Entonces se echa a reír y trata de justificar esa risa comentando que, aunque se trata siempre del mismo insecto, los zoólogos denominan a estos escarabajos según el número de sus manchas septempunctate, etc. En este punto, Freud da por concluida la sesión.
Al comienzo de la siguiente, E. le comenta que en el ínterin se le ha ocurrido la posible interpretación: el Käfer sería Que faire? (“¿Qué hacer?”); es decir, su impedimento para resolver. Su niñera era francesa y, en realidad, aprendió el idioma francés antes que el alemán. El enigma se resuelve a partir de considerar la imagen del escarabajo, no como una pictografía, sino como un rebus; un acertijo en el que las imágenes cuentan como letras. Todo lo que atañe al escarabajo en su condición de insecto queda descartado para dar lugar a los trazos de un singular jeroglífico.

Todo efecto de discurso, sostiene Lacan, está hecho de letra. Aún en el caso de un lapsus linguae, se trata siempre del orden del lapsus calami; dicho de otro modo, de lo que se ofrece para ser leído. El escarabajo (käfer) nos introduce en la dimensión del escrito en tanto nos disponemos a la lectura de lo que en él se escucha de significante (que faire?). El juego significante borra la imagen para instituir una letra. Se produce entonces un efecto de sentido que aproxima el goce que esa imagen velaba.

Cuerpo y goce. En relación con el Marienkäfer, Freud subraya que María era el nombre de la madre de E.; y comenta el uso de la expresión netter Käfer (“lindo bicho”, “bichito”) como apelativo cariñoso para una mujer. Cuando E. salía a la calle a jugar, su niñera (a quien Freud no duda en calificar como “su primer amor”) lo acompañaba bailando. Ya adulto, E. se acordó de ella durante una función de ballet a la asistió. Y es a partir de entonces que sufre de fobia al teatro.
¿Qué puede leerse allí? Proponemos lo siguiente: E. se precipita en la fobia como un auténtico refugio, amedrentado por el goce que provoca el recuerdo de “su primer amor” y que lo incomoda al punto de resultarle ajeno.
La transmisión de la castración es función del significante del Nombre del Padre. El Nombre del Padre prohíbe gozar de la madre; esto último a ser entendido en todas sus resonancias, vale decir: establece como prohibido “el gozar de la madre”. Goce del Otro que no puede existir, en la medida en que no hay Otro. Se trata de un goce que está más allá del lenguaje, fuera de lo simbólico. No hay goce del Otro, puesto que no hay posibilidad alguna, en el goce del cuerpo del otro, de gozar del Otro como tal.

A pesar de los años transcurridos desde el episodio que desencadenó en E. el acceso de angustia, el efecto de sentido le resulta pleno de actualidad. Opera en lo real; es decir, con el goce donde el sujeto se produce como corte. Su angustia señaliza la embestida de lo real sobre la imagen del cuerpo; advierte así a E. de que el goce podría dejar de serle opaco. Ante la amenaza de ser atrapado él mismo por el escarabajo (el käfer, el que faire? de María) –es decir, por la vacilación de su madre–, la angustia le señala el peligro de quedar reducido al cuerpo.
La carcajada de E. en ese punto preciso de sus asociaciones sanciona la irrupción de un goce diferente; un goce que cosquillea su cuerpo hasta hacerlo reír. Animado por esa vía, el cuerpo es sustraído del goce del Otro, quedando habilitado como lugar para el juego significante.

Mancha y mirada. La relación entre el sujeto y el Otro resulta agujereada por el objeto a; y el agujero que introduce se localiza precisamente a nivel del cuerpo.
Los escarabajos –destaca E. como justificación de su risa– son denominados septempunctate, etc., de acuerdo a la cantidad de sus manchas. En esas manchas que salpican el caparazón del insecto podemos situar la presencia de la mirada. Mancha, punctum, que opera como causa en el campo visual, aguijonea al sujeto en la apuesta de descompletar al Otro.
El señor E se encuentra entrampado, como sujeto, en el sentido del Otro. En el transcurso de su análisis, ha llegado al punto de advertir que una letra recorta el lugar donde sus decisiones se detienen. Le queda aún por interrogar el goce que esa letra bordea.
 
 
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