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   La responsabilidad del paciente

La declinación del sujeto
  Por David kreszes
   
 
La cuestión del sujeto y de la llamada responsabilidad subjetiva no ha sido aún saldada a pesar de todo lo que ha sido escrito y de la polvareda que la polémica ha levantado. La apuesta mayúscula de Lacan en su texto “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente freudiano” no ha logrado barrer definitivamente con la opacidad que el término sujeto sigue suscitando en nuestro campo. Tal vez este aún no, nuestra dificultad en concluir, arrastre de manera fructífera alguna verdad. El sujeto del psicoanálisis se sustrae cada vez que creemos haberlo capturado en nuestras redes.

Es habitual que la polémica instale dos polos en pugna, cada uno denunciando la desviación y el error que guía al adversario. Se instala un combate (¿ineludible?) por la posesión de la verdad y finalmente –en tanto dicho combate se reduce a una prueba de legitimidad–, por la pureza de la continuidad filiatoria. Se trata de la herencia y de la legitimidad de los discípulos en tanto herederos. Creemos poder apropiarnos de la verdad apelando a la autoridad del maestro, encontrando en la multiplicidad de citas –y si son las del último Lacan mejor todavía– aquellas que definitivamente nos den la razón y dejen al adversario rendido a nuestros pies. Éste será reducido a la categoría de post, que en nuestra jerga y tradición debe ser traducido y sustituido por el prefijo pre… prefreudiano, prelacaniano. Lacan, en su retorno a Freud, ha apelado al anatema como arma eficaz. Cuando se diagnostican desvíos y errores –y el anatema no es sino una variante diagnóstica– frecuentemente se renuncia a interpretar. Desde que los discípulos de Freud fueran calificados de prefreudianos nos hemos dejado de preguntar por la deuda que ciertos desarrollos que rápidamente criticamos siguiendo a Lacan, tienen con las propuestas freudianas. Es habitual que cada grupo analítico lacaniano proponga su verdadero Lacan (el llamado último, el Lacan de la lógica, el Lacan de la topología, el que nos ha dejado su testamento en los nudos y las trenzas, etc.), aquel con el que hace causa común dejando al resto (por ejemplo al del grafo, según la propuesta de J.-A. Miller de un psicoanálisis fuera de sentido y sin punto de capitón1) en la vereda pre. La creencia en el progreso enamora y las paradojas del inconsciente son leídas en términos de problemas a los que se les deben encontrar las correctas soluciones2.

Es habitual toparnos en la lectura de la obra de Freud con la insistencia de formulaciones aparentemente problemáticas y contradictorias entre sí. Freud nunca intentó darle una solución final a la tensión que emerge en sus textos entre los sintagmas elección de neurosis y contracción de neurosis. Elección de neurosis practica un corte con la psiquiatría de la época pero al mismo tiempo corre el riesgo de abonar el campo de la noción de individuo, autor y agente. Contracción de neurosis corre a contrapelo del ansia de autonomía del yo, pero se sostiene del discurso médico y psiquiátrico, sosteniéndolo a su vez.

En este sentido, no se tratará entonces de intentar correr cada vez más el límite de lo no sabido en la delimitación de lo que entendemos por sujeto o por responsabilidad subjetiva, sino de estar advertidos de que cada reiteración de la cuestión del sujeto al menos sacude renovándolas las válidas (¿por qué no?) pretensiones de un psicoanálisis que quiere “desembarcar y avanzar sobre el campo problemático de la psicopatología”3, o de algún otro orientado por la pasión de la formalización matematizada. Nos encontramos con que cada vez que apelamos, como Freud o como Lacan, a alguna herramienta conceptual traída del extranjero (¿acaso hay otra manera de introducir algo nuevo en nuestro campo que no venga de Otro territorio?) para intentar responder a algún impasse, detención, estancamiento o dificultad con los que nos topamos, aquélla inevitablemente produce sintomáticamente y de manera paradojal apertura y cierre. La introducción de ciertos significantes puede adquirir valor de acto en tanto crea un nuevo escenario discursivo; pero estos mismos significantes, una vez instituidos e institucionalizados, adquieren un valor resistencial. La introducción del nudo le permitirá a Lacan conmover la jerarquización de los registros –apertura–, pero, al mismo tiempo, lo inducirá a introducir el par significante lapsus (entendido como error) / reparación, cuyo efecto será la implícita caída en desgracia del sintagma posición del sujetocierre–. La última vez que Lacan lo menciona es en el seminario De un Otro al otro. Su desaparición favorecerá que del lado de la lacaniana psicopatología se rescaten –ahora sí pueden volver a mencionarse modelos freudianos– las imágenes del cristal que se quiebra, el dique que se rompe por la fuerza de la marea o una tela que se desgarra4. Un acontecimiento contingente revelará las líneas de fractura que ocupaban el lugar de la causa. El destino, contingencia mediante, se habrá realizado. El sujeto quedará reducido en esta perspectiva a un reparador de desgarros, apelando a soluciones típicas o a invenciones singulares, y pudiendo realizar su actividad en soledad o en compañía del analista. El llamado desgarro originario, trauma lenguajero, será conceptualizado como huella no borrada, esto es, como marca que se constituye en un tiempo anterior a la lectura que del lado del sujeto la localiza produciéndola. La castración, ontologizada, preexistirá de esta manera al sujeto. Cabría recordar la consideración freudiana del trauma escandido en dos tiempos. Es el segundo, tiempo de la lectura, tiempo del sujeto, el que sitúa al primero, pero sólo retroactivamente, como traumático. Esta temporalidad enrarece la distinción entre huella y borradura, entre trauma y lectura. Cuando a la huella, al trauma, y a la estructura, se las intenta presentar en disyunción con el sujeto, concebido éste como mero efecto, el resultado es inevitablemente una reformulación de la lógica temporal. Los dos de Freud se convierten ahora en tres, pero prospectivos: un primer tiempo de constitución de la estructura que permanece por el momento silenciosa; un segundo tiempo de desencadenamiento, desanudamiento, destrenzamiento o desgarro a partir del encuentro con alguna contingencia propicia a la revelación de los lapsus o errores fijados en el primer tiempo, y cuyas consecuencias deficitarias sufrirá el sujeto; y un tercer tiempo en el que se intentará restablecer otro equilibrio mediante la producción de reparaciones e intentos de curación. En sentido fuerte, el tiempo del sujeto se verá reducido al del emparche o reparación del daño sufrido. La posición del sujeto, concebido éste como deficitario, quedará arrinconada en el tercer tiempo.

Por otro lado, los psicoanalistas que han tomado partido por una formalización matematizada como andarivel fundamental de la tramitación epistémica del saber en psicoanálisis han advertido sobre los riesgos de volver a entender al sujeto del inconsciente en términos de individuo, persona, locutor, autor o agente. Desde esta perspectiva critican la promoción del sintagma responsabilidad subjetiva en tanto leen allí la presencia casi indisimulada de ideologías sociales policíacas y de empujes superyoicos. En el esfuerzo por volver a separar al sujeto del inconsciente de toda idea de persona, encuentran en Lacan citas que abonan la idea de un sujeto impersonal, emparentado a la enunciación de un verbo cuya característica fundamental es su exclusiva conjugación en tercera persona5. Se trata de “il pleut” (llueve). En francés el “il” como tercera persona es un pronombre neutro, no remitiendo a ninguna persona ni objeto. Pero si bien estos desarrollos permiten aventar la equiparación entre el sujeto del inconsciente y el locutor como sujeto unificado que se sostiene en la primera persona, se corre otro riesgo, el de aplastar al sujeto en una enunciación –“il pleut” (llueve)– que como acontecimiento discursivo reniega justamente de su valor performativo. La enunciación “llueve”, constatativa, se despega de su valor de enunciación discursiva –la afirmación de que llueve– en tanto parece simplemente remitir a un suceso que se describe. Resulta sugerente que la caracterización del sujeto como impersonal provenga de aquellos psicoanalistas especialmente preocupados por cuestionar la llamada extraterritorialidad del psicoanálisis respecto a la ciencia. Las proposiciones científicas habitualmente se desentienden de la enunciación, campo de la performatividad, para sostenerse de afirmaciones con carácter constatativo. Posiblemente un sujeto impersonal se lleve de parabienes con las aspiraciones científicas. No renunciar a reiterar la pregunta por ¿quién habla?, con la que Lacan insiste en numerosas ocasiones, debiera ayudarnos a evitar las soluciones apresuradas. La cuestión del sujeto no se dirime sólo afirmando su disyunción con el yo, la persona o el locutor, ni tampoco con su caracterización como impersonal.

Tal vez no convenga acercar demasiado el sujeto del inconsciente ni a la primera ni a la tercera persona de las declinaciones gramaticales. Pero si sujeto nombra aquello que adviene como respuesta a la cita con lo áltero, a la interpelación que emerge desde el silencio del Otro, será pertinente atender a los destinos posibles del significante de la llamada, el tú. Este pronombre, el de la segunda persona, no debe ser reducido especularmente a contraparte del yo en el esquema de la comunicación. La diferencia enunciativa entre el aforismo freudiano tan comentado por Lacan –Wo Es war soll Ich werden6–, y la frase del Fausto de Goethe7 –Lo que has heredado adquiérelo para poseerlo–, es justamente la presencia en la segunda frase de una llamada performativa de sujeto8, ausente en la primera. El tú, en desnivel respecto a la primera persona, es memoria de alteridad incrustada en el campo del sujeto. Y el sujeto no habrá advenido… sino declinando.

______________
1. Miller, Jacques-Alain. “Psicoanálisis puro, psicoanálisis aplicado y psicoterapia”, Freudiana Nº 32, 2001.
2. Jean-Claude Milner (cfr. Las inclinaciones criminales de la Europa democrática) plantea que así como un problema demanda una solución, una cuestión invita a una respuesta. Lo propio de la respuesta será la reiteración de la cuestión, lograr que ésta permanezca abierta.
3. S., F. “Ancla”, en Ancla, Psicoanálisis y Psicopatología, Nº 1, Revista de la Cátedra II de Psicopatología, Buenos Aires, 2007.
4. G., C. “Encadenamientos y desencadenamientos”, en Ancla, Psicoanálisis y Psicopatología, Nº 2, Revista de la Cátedra II de Psicopatología, Buenos Aires, 2008.
5. Sarraillet, María Inés. “El sujeto del inconciente como impersonal y el problema de la responsabilidad subjetiva”, en El rey está desnudo, N º1, Letra Viva, Buenos Aires, 2008.
6. Traducido por Lacan, entre otras variantes sugeridas, como “donde ello era el sujeto debe advenir”.
7. Citada por Freud en Tótem y Tabú y en Esquema del psicoanálisis.
8. La primera frase es imperativa a secas; la segunda comporta también un imperativo pero declinado en segunda persona.
 
 
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