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   La responsabilidad del paciente

Responsabilidad versus culpa
  Por Ana María  Gómez
   
 
Los neuróticos tienden, y veremos sus causas, a sentirse culpables de casi todo para no ser responsables de casi nada. Profunda es la diferencia entre uno y otro término que designan, a su vez, cuestiones humanas rotundas. La culpa, se refiere a la imputación hecha a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta y se refiere al hecho de ser causante de algo. En tanto la responsabilidad es el cargo u obligación moral que resulta para alguien del posible yerro en cosa o asunto determinado y es, fundamentalmente, la capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

Diferencia esencial entre ser causante de algo y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente, como vemos por las definiciones. Se trata de la introducción compleja del término “libertad”.
No nos podemos derivar hacia la consabida disputa entre libertad y determinismo pero sí es necesario establecer algunas puntualizaciones que hacen a nuestras reflexiones.
En primer lugar, ¿en qué medida los humanos nos hacemos responsables, en tanto reconocemos y aceptamos, de las consecuencias del accionar de nuestro inconsciente?

Para adentrarnos en ello y abocándonos al tema que nos convoca –la responsabilidad del “paciente”–, ¿qué es, en términos psicoanalíticos, un “paciente”? Extendamos la pregunta: el inconsciente, ¿es paciente y con respecto a qué actividad? Porque paciente se refiere a pasivo y no a activo y en el territorio de un análisis, hay gran actividad... o no sería.
Recordemos cuando Freud se refería al “Albeit”, precisamente al trabajo, y no se refería a otro trabajo que al de las instancias psíquicas. Preferimos ese término, analizante, en tanto gerundio activo del verbo analizar.
O sea, que el hecho de tener o no paciencia, a diferencia de ser o no paciente, se refiere ya al deseo de análisis que compromete, cuando éste existe y se verifica como tal, a ambos partenaires.

Sí, hay una profunda diferencia entre uno y otro lugar, entre analizante y analista, en tanto posiciones ocupadas. Pero no olvidemos también que para que exista en un análisis una escucha efectiva, no basta con que sea el analista quien escuche, fundamentalmente ese registro de escucha debe ser profundamente activo para el analizante. Esto hace al deseo de y en análisis que anuda moebianamente a ambos. Se trata en este caso de la palabra plena, aquella que, desde Freud en más, se diferencia de la vacuidad del ruido de tantas palabras sin consecuencias. Para Lacan será un significante y aquel que producirá acontecimiento, aquel que horadará los muros de los imaginarios para producir efectos y avanzará su apuesta sobre lo Real.

Y sí, responsables. ¿Cómo no asumiríamos la responsabilidad ante hechos que provienen de instancias psíquicas que son parte de nuestro ser? ¿Qué responsabilidad nos cabe, precisamente, ante un fallido, un lapsus, un sueño, o un síntoma, tomados todos ellos como formaciones del inconsciente?
Evidentemente no forma parte de la actividad conciente y menos voluntaria y es así como la instancia yoica se defiende de esa responsabilidad: “Yo no quise decir eso”. Es absoluta verdad: el Yo no quiso decir eso pero la instancia inconsciente pudo penetrar las barreras de la resistencia y la censura para advenir.

Es magistralmente claro lo que Lacan expone en su seminario sobre “Los cuatro conceptos” en tanto el inconsciente pulsátil, esa instancia que de pronto se abre y arroja, y nos arroja, al territorio de alguna verdad acerca de algún deseo profundamente reprimido. ¿Hay allí algún ejercicio de libertad? Sin ninguna duda en tanto el inconsciente no solicita ningún permiso y nos sorprender con su accionar. La situación de la responsabilidad adviene luego, cuando tras el ejercicio de una escucha, la resistencia a vérselas con ese fragmento de verdad se yergue –y las más de las veces lo hace– con extraordinaria fuerza.
A partir de la divulgación del descubrimiento freudiano muchos son los que han arribado al conocimiento del hecho que estamos habitados por un inconsciente activo, eficaz. Ello no quiere decir que esto sea aceptado buenamente y tiende a verse a esa instancia como una especie de deus ex machina propio de la tragedia griega que se descolgará en escena cuando no se lo espera. Por lo contrario de la aceptación, el inconsciente es vivido como el maldito que irrumpe en la continuidad de los discursos organizados por la censura propia de la conciencia. Es denostado, vilipendiado, intentado silenciar y calificado de inoportuno y necesariamente esquivado. Sin embargo, en lugar de un “mal dito” es un “bien dito”.
Fue Freud quien con su “sed de verdad”, como lo quiso reconocer Lacan, dice explícitamente: “El contenido del sueño es parte de mi ser”. Y si algo forma parte de nuestro ser, ¿cómo no hacernos responsable de ello?

“El estatuto del Inconsciente es ético”, supo decir Lacan. Y esa ética se funda en esa sed de verdad que alentaba a Freud. “No hay otro ética que la del bien decir”. Y no se trata –como lo explicitó el recordado Fontanarosa– de “buenas” o “malas” palabras. Se trata de enfrentarse, confrontarse, con un mínimo o un máximo de verdad con relación al deseo. Por ello Lacan, y precisamente en su seminario sobre “La ética” hizo del héroe aquel que sostiene su deseo.
Ahora bien, el analizante no ingresa a un análisis más que desde otro lugar que el de la docta ignorancia. Y desde esa docta ignorancia se insta a un saber, saber del inconsciente, que tiene un protagonista: el Sujeto del Inconsciente. ¿En qué medida, en tanto ese saber se produce por la acción del significante que se enlaza con las cadenas de otros significantes –vía asociación libre, y no es banal que Freud la haya llamado así– e instaura un Sujeto de esa acción nada menos que en posición de verdad, el analizante está en condiciones de hacerse cargo, responsablemente, de ese advenimiento?

Entonces, allí adviene la culpa como mascarada frente a la responsabilidad. El neurótico se quejará, hará “mea culpa” de cualquier situación para eludir sus responsabilidades.
En sociedades que cultivaron el “Por algo habrá sido” o el “Algo habrán hecho”, donde todo recae sobre el “algo” que a su vez podía ser nada, o en otras donde se resuelven los genocidios –llámese, por ejemplo inquisición o campos de exterminio nazi– pidiendo perdón o entregando sumas de dinero presuntamente indemnizatorias por el valor de las vidas humanas, es extraordinariamente raro y extraño que haya registros de verdadera responsabilidad.
Pero en los territorios de la transferencia, donde el discurso amo, el que rige, es el del significante que coloca al sujeto en posición de verdad, no podemos excluirnos del hecho que hay un saber ya sabido del cual nada quiere saberse. Cuando éste se produce, cuando el acontecer del significante lo torna escuchable, se torna conocimiento. Y es conocimiento, obvio, para la conciencia y el Yo que, sin embargo, intentan eludir la responsabilidad una vez más.
Freud es clarísimo en esto cuando se interroga y se responde sobre “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños”, en 1925. “¿Es preciso –dice– asumir la responsabilidad por el contenido de sus sueños?” Y tomamos aquí el sueño como paradigma, como aquello que él designó: la vía regia de acceso al Inconsciente.

“... es preciso asumir la responsabilidad de los impulsos oníricos malvados. ¿Qué otra cosa podría hacerse con ellos?”, “Si el contenido onírico –correctamente comprendido– no ha sido inspirado por espíritus extraños, entonces no puede ser sino una parte de mi propio ser” “He de experimentar entonces que esto, negado por mí, no sólo «está» en mí, sino que también «actúa» ocasionalmente desde mi interior.” “... no obstante, –y esto se refiere a la repulsa de la conciencia– asumo esa responsabilidad, que de una u otra manera me veo compelido a asumirla.” Y nos convoca: “Quien quiera ser «mejor» de lo que ha sido creado, intente llegar en la vida más allá de la hipocresía o de la inhibición.”

Lacan no es menos explícito no sólo con relación a la responsabilidad del analista sobre la cual se explaya, sino con respecto a la del analizante:
Seminario 1: “... resulta harto singular que el método analítico que apunta a la obtención de una palabra plena –ya que ésta está cargada de responsabilidad– parta de una vía estrictamente opuesta, en tanto da como consigna al sujeto el trazar una palabra lo más despojada posible de toda suposición de responsabilidad”. Lo que ocurre es que en este sentido “responsabilidad” es análoga a sin censura, sin juicio previo, o sea: libre. Y la libertad no deja de suponer la responsabilidad. Caso contrario entraríamos en un territorio complejo. Diríamos: es desde la libertad hacia la responsabilidad que va el camino del análisis.

Y en el Seminario 24 torna a suponer la libre asociación como una ausencia de responsabilidad en tanto comenta: “... es como si acostado –se refiere, obviamente, al diván– pudiese hablar sin responsabilidad”. Y aclara: “Este analizando puede creer ésto por un cierto tiempo, hasta el día que descubre, acostado, que debe responder por esos significantes de los que pensaba no tener que responder, en el sentido de la responsabilidad. Y quizás, ese día, el Pase comienza a perfilarse para ese analizando porque en ese momento, podría decirse... se convierte en discípulo de su síntoma”. Frase esclarecedora si las hay.
Pero los retoños de la culpa, del sentimiento inconsciente de culpabilidad inconsciente, siempre dispuestos a emerger, no permitirán que fácilmente nos hagamos responsables de lo que es, sin lugar a ninguna duda, parte de nuestro ser, aquello que Jacques Lacan describió en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis” como, “El inconsciente... ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte.”

Esa verdad de la cual somos y debemos ser –y no con el rigor del Superyo sino con posibilidades de plenitud– absolutamente responsables en tanto reside en nosotros. Pero para reconocerla es necesario que el analizante deje de insistir en sentir la culpa inútil –causa de la herrumbre de la queja neurótica– en tanto “... la culpabilidad es eso: es ceder a la responsabilidad, es decir a la aptitud de responder”, y lo tomamos en el sentido de responder por nuestros actos y por nosotros mismos en tanto seres habitados por un Inconsciente.
 
 
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