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   La responsabilidad del paciente

Abstinencia y responsabilidad
  Por Eva Lerner
   
 
A veces se me ocurre decir con humor que un análisis –a causa de nosotros los psicoanalistas– se ha convertido en un lugar al que antes de entrar hay que estar muy bien analizado. La política también sería otro cantar sin los políticos, me respondo antes de continuar mis cavilaciones. Lo cierto es que después de entrar, a veces es muy difícil salir no sin haber perdido previamente el sentido común acerca de si ese análisis sirve o no sirve.

Podría objetarse que es precisamente el sentido común lo que debe perderse en el análisis, en cuyo caso yo respondería que el sentido común y la vida cotidiana le hacen barrera a saber extractar la verdad del sujeto, de su síntoma, de su padecer. Pero si analizarse no tiene como valor agregado vivir mejor todo el esfuerzo es vano. Con el agravante que el que apostó lo hizo con el tiempo de su vida que no retorna. Y si el padecer o la angustia se infinitizan y no podemos procesar lo que Freud llamaba “los resultados”, el psicoanálisis se convierte en una suerte de metafísica en cuyos fracasos abrevan otras terapéuticas psi que no son el psicoanálisis.

La abstinencia del psicoanalista entonces no debe dejar de lado su responsabilidad. Y la responsabilidad consiste fundamentalmente en enterarnos que lejos de lo que suponemos, los analistas no somos los más aptos, sólo por dedicarnos al psicoanálisis, para saber lo que decimos cuando hablamos de psicoanálisis. En cada uno de nosotros ese hablar también se topa con un fantasma. No diré con el fantasma del analista como sujeto, porque uno está advertido de él a partir de su análisis. Pero en cada uno ese decir se topa con el fantasma que tiene del psicoanálisis, que lo extravía igualmente porque al fin de cuentas es otro fantasma, y pensando en el psicoanálisis no nos damos cuenta.
¿Qué se gana y qué se pierde con la lectura fantasmática del analista? Se gana en teorización. Finalmente la teoría es un fantasma y su coherente articulación lógica sostiene nuestra práctica. Pero la cura la sostiene la transferencia y no del mismo modo según cómo se la teorice y según la teorización que se tenga del retorno de lo reprimido.

Si un psicoanalista cree que podría percatarse más temprano que otros de lo que implica lo que dice, la enseñanza también es el obstáculo a que sepa lo que dice. Una enseñanza no podría estar sostenida para terminar haciendo de barrera al saber, a ese saber hacer extraer el saber, de los dichos del análisis1. Lacan compara el activo y el pasivo entre el enseñante y el enseñado con la relación analista- analizante y con la relación amante-amado.
La responsabilidad del analista es directamente proporcional a los límites de la abstinencia. La cura no avanza sola. No puede ser el inconsciente quien la dirija. La regla de la asociación libre debe desplegarse en el horizonte de la dirección de la cura, de lo contrario la cura va a la deriva.
La palabra analizante, usada por Lacan para nombrar de otro modo al analizado, apunta también a reforzar que en la posición, de “analizado”, nadie podría advenir psicoanalista. Analizante nombra una posición activa a la que se arriba, no sin la conducción del saber hacer del analista. En el camino que va del analista al analizante, entonces, al igual que en el de amante-amado o en el de enseñante-enseñado, formante-formado, obviaremos la voz pasiva para subrayar que también son tres.

Es sólo a condición de que se sepa dónde está el analizante que podemos decir que hay un solo inconsciente. Y ese saber no es ajeno al analista y su relación a su falta.
Sólo puedo ser enseñado entonces, nos dice Lacan, “en la medida del saber hacer del analista” no en la escritura de los matemas en el pizarrón. Eso también es necesario pero se llama instrucción.
Somos responsables de los síntomas que como lacanianos padecemos en nuestros encuentros. Cuando no obstaculiza la prestancia narcisística que nos otorga el lugar al que somos convocados. Cuando nos tiene sin cuidado la crítica despiadada de nuestros amigos lacanianos. Y más aún, cuando no nos lo proponemos y cuando podemos partir desde nuestra división subjetiva, desde nuestra partición, tal vez recién allí hacer pasar una enseñanza.
Lacan es taxativo: “cuando hay enseñante, éste se encuentra donde está el $ barrado, en el lugar del discurso donde este se encuentre”. Y basta con el movimiento en el que el $ salga del saber, para volver allí, para que “lo enseñante”, como esencia, se sustente. Es el deslizamiento del $ entonces, por los cuatro lugares que encuentra en la rotación de los cuatro discursos, el que cumple la función de transmitir una enseñanza y no quien allí se ofrece como enseñante.
De nuestro acto le hacemos camino al $ al pedirle asociar libremente, es decir hacemos amos a los significantes de su estructura. Es la posición del “aprendiente” la que articula la instrucción a la formación siempre y cuando haga él mismo la experiencia de su inconsciente, es decir su análisis.

Hay analista si para el analista no hay refugio para la falta.
Es importante situar desde el comienzo lo que sería deseable que un psicoanálisis le aporte a quien se decide por él: una nueva oportunidad para la oportunidad de algo nuevo. El analizante espera encontrar en el análisis una alternativa y si la interpretación que recibe emite juicio lo fija en su síntoma, lo acusa de la repetición como si pudiera hacer algo diferente y no lo hiciera. No encuentra otra alternativa para alimentar el superyó, ahora analítico que la ilusión de un porvenir que tal vez no le llegue.

Frecuentar a un analista no siempre es estar en análisis. Escuchar desde un sillón de analista no siempre es aceptar la transferencia.
La abstinencia no garantiza que el análisis avance en la dirección que le conviene y esta no es ajena a sus resultados. Me podrían objetar que es Freud mismo quien subraya el valor aleatorio de la curación que puede darse por añadidura, pero es él quién también sugiere interrogar el edificio conceptual a la luz de los resultados.
Propongo que un analista debe acompañar a quien consulta entre en el discurso analizante. Que haga una prueba que lo convenza de la experiencia del inconsciente y se funde la transferencia, que será el paño donde es esperable que se juegue la oportunidad de algo nuevo.

El uso de la transferencia es toda la dificultad que subrayo en nuestro tiempo. Se han escrito largos tratados sobre el tema de la transferencia que no voy a detenerme a revisar. ¿Cómo extractamos las vueltas del objeto con las que se restaura en el ser hablante, la pérdida original por advenir sexuado? La transferencia es la bisagra fundamental para la posición del analista en la cura, desde su castración será soporte del objeto a, sin el cual no hay función de partenaire para el hablante sino eterna repetición. Esto hace a las diferencias de la clínica que debemos debatir.
Si ilustramos la pérdida original del humano por advenir hablante y sexuado con la metáfora de la montura del anillo, lugar vacío de la causa deseante en el que, para colmo, se acumula en forma de joya engarzada y valiosa, la sustancia gozante del objeto a, visualizamos en esta oportunidad de modo sencillo unos de los conceptos más difíciles de cernir en la cura y con el cual el analista se las ve en figurillas. ¿Por qué?
Todos podemos comprobar que no va de suyo que la posición de abstinencia del analista se sostenga en su falta y así se haga agente de esa transmutación de goce. Que de la preciada joya del goce pueda advenir lo valioso del engarce vacío.
Una cura puede infinitizarse en el trabajo de lo simbólico, puede perpetuarse el supuesto de un accidente en la estructura como se escucha últimamente, cuando sabemos que el accidente es de la estructura, esa es la razón de la neurosis –la que no se desanuda es la paranoia–. También puede suponerse desde la soberbia que el analista en cuestión hizo las cosas peor de lo que las haría uno. Sin embargo si no somos necios no deberíamos patear la pregunta fuera de la cancha. Si todo estuviera tan claro habría más testimonios de fin de análisis. Es el tiempo de nuestra dificultad.

La experiencia de la transferencia no es sólo repetición. En análisis la repetición es una oportunidad para que un analista haga lo más difícil, según Freud “el manejo de la transferencia”. La transferencia es además presencia real, es la recepción en el cuerpo pulsional del analista del golpe de lo transferido de la pulsión parcial del analizante, acogido en el vacío de la causa deseante de su deseo de analista.
Si el analista indefinidamente puede no enterarse que lo que espera que se diga no va a retornar como decir, la mayoría de las veces porque lo porta en la transferencia sin siquiera saberlo. O bien porque se trata de lo que del objeto a es resistente al decir y se muestra en el acting out, del que el analista deberá haber dicho, o bien porque se trata de lo visto y oído previo al acceso a la palabra que no puede ser dicho y es a veces el germen de la neurosis infantil. No siempre retorna en formaciones del inconsciente.

La transferencia debería ser la oportunidad de que algo no dicho se diga, de nombrar lo que aconteció y de lo cual no hubo palabra, de que alguna demora concluya, de que lo apresurado tome su tiempo, es decir que sea la oportunidad de que algo nuevo tome valor de acontecimiento, o sea ¡Que se diga! Si no queda como objeto en el analista y en el analizante.
La interpretación abre así una alternativa, incluye una salida posible del lugar en el que el objeto está capturado, responsabiliza al sujeto sin culpabilizar al yo.
Esto no es de ningún modo lo que se podría objetar: que se rectifique lo fallado, que se cubra lo faltante, que se recubra lo que no hubo y debiera haber habido sino que allí donde “eso” era en el campo del Otro, se re-cree el sujeto.
Que pueda verse y oírse y que pueda llegarle el saber de su posición en el fantasma de modo invertido desde el analista, como si fuera él mismo, le permite al analizante ver lo que da a padecer y lo que hace oír entre las líneas de sus dichos.
Sancionar lo que hay y lo que con eso se puede hacer en el horizonte del inconsciente, es decir de la falta, es convalidar a lo imposible como estructural y no como fallado. Esa es la rectificación a llevar a cabo si es que hay alguna y esa sólo puede ser desplegada con humor para el analizante. ¿Será por ello que Lacan nos sugiere a los analistas “sean bufones”?
Cuando la transferencia puede hacer espejo de la dificultad y alguien resta sin refugio para la falta y con humor… descansando de uno mismo… el análisis habrá sido la oportunidad de algo nuevo.
______________
1. Lacan Jacques Congreso sobre la Enseñanza EFP 19.04.1970
 
 
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