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   Estrategias clínicas

Neurosis y Locura
  No se vuelve loco el que quiere
   
  Por Alicia Hartmann
   
 
En “Acerca de la causalidad psíquica” Lacan afirma “no se vuelve loco el que quiere”. Esta frase nos interroga, al igual que otra que en “Análisis terminable e interminable” nos dice Freud: “El yo normal es una ficción ideal. El yo anormal no es, por desdicha, una ficción”. Agrega, en este sentido, que la “anormalidad del yo” lo acerca a la del psicótico.
También vale la pena recordar la cita del capítulo V de “El Yo y el Ello”, para extraer de allí los límites o impasses al trabajo analítico cuando se manifiesta la reacción terapéutica negativa que suele atravesar ciertas curas, sobre todo en aquellos pacientes que el mismo Freud ha ubicado como neuróticos graves. De esa cita recortamos la advertencia de Freud en torno al riesgo que el analista transita si es convocado a ocupar el lugar del Ideal del Yo. Por otro lado, en “Los nuevos caminos de la terapia analítica”, Freud ubica a las neurosis graves (fobias) como aquellas en las que la cura se desarrolla por fuera de la neurosis de transferencia.

Todo este preámbulo se vuelve pertinente para focalizar lo que entendemos como neurosis y locura, conjunción singular donde la intervención vía el significante o vía las formaciones del inconsciente se vuelve refractaria, donde el equívoco o el enigma podrían desatar más inquietud o angustia, y donde tal vez el corte o el silencio −con mucha fortuna− producirán alguna distribución diferente en la economía del goce.
En la primera época de Lacan y a través de la literatura, los locos cuya estructura era neurótica (la locura no se correspondía sólo con la psicosis), fueron caracterizados en relación con las perturbaciones del yo, en su articulación con el Ideal y el yo Ideal. Así, Lacan se refiere a Erasmo, quien en su Elogio de la Locura distingue la locura creadora de la de las Furias, o sea, la patológica.

Otros autores trabajan esta problemática: en El misántropo, Molière pone en Alcestes esa megalomanía yoica; Strindberg y Stendhal trabajan el amor pasión en torno a la idealización del objeto; y Pirandello, en teatro, crea en el personaje de Enrique IV un sujeto que insistentemente se preguntará si está loco o se hace el loco, entrando y saliendo de la escena que él mismo causa.
Pirandello, cuyo mayor mérito ha sido trabajar el teatro dentro del teatro, así como la escena dentro de la escena, viste al personaje de locura y lo despoja de ella rápidamente en el parlamento siguiente, poniendo en cuestionamiento el mundo “de locos” que lo rodea. Enrique IV, ¿está loco o se hace el loco? Octave Mannoni en La Otra Escena, resulta aclarador: es el Yo que decide, ya que no puede decidir en el sueño. Sin embargo, no pensamos que se trate de una elección inconsciente. Veamos algunos pasajes:
Enrique IV: “¡Por fuerza, señores míos! Porque encontrarse delante de un loco, ¿sabéis qué significa? Encontrarse delante de uno que os derriba todo lo que habéis construido en vosotros, la lógica de todas vuestras construcciones... ¡Ah!, ¿Qué queréis? ¡Los locos, felices de ellos, construyen sin lógica! ¡O con una lógica suya que vuela como una pluma!”1
Enrique IV: “A todo el mundo conviene... hacer creer que algunos son locos para tener excusa de encerrarlos, ¿sabéis por qué? Porque no se soporta oírlos hablar”.
Enrique IV: “¡Hay que perdonarlos! Esto (se sacude los vestidos que lleva), esto que es para mí la caricatura voluntaria de esta otra mascarada constante de cada minuto de la que somos payasos involuntarios, cuando sin saberlo nos disfrazamos de lo que parece que somos; el traje, su traje, perdonadlos, todavía no lo ven como si fuera su misma persona... y uno se pasea como si nada, así, de personaje trágico”.
Se ha escrito sobre la locura homologándola a la psicosis. Se ha definido y trabajado la locura histérica, tomando siempre como referente el fenómeno elemental y el delirio. Pero lo que intentamos postular, a diferencia de lo anteriormente mencionado, es que en este tipo de patologías nuestro referente debería ser el Yo y la estructura narcisista que lo sostiene.

En “Neurosis y Psicosis”, Freud diferencia dentro de las neurosis narcisísticas aquellas que son psicóticas de las que no lo son, con lo que su idea se acerca a lo que Lacan postula en sus primeros textos acerca del estadio del espejo, las tesis sobre la agresividad y el estudio de la causalidad psíquica.
No retroceder frente a estos casos, ¿nos confronta a escuchar otro tipo de demanda o de pedido, típicos del padecimiento de nuestro tiempo? Venimos trabajando desde hace varios años la importancia del registro imaginario, que tal vez por una lectura parcial de la obra de Lacan, ha sido peyorizado. Se trata de un imaginario que en estos casos sostiene un sistema de creencias y de mecanismos que dan una paupérrima consistencia de ser.
Freud, en forma futurista, anhelaba poder tratar masas de pacientes aplicando modificaciones en la técnica. Estas patologías nos han llevado a pensar en modificaciones para el dispositivo. En “Psicoanálisis y Psiquiatría”, de 1917, trabaja la diferencia entre la idea delirante, tanto en la neurosis como en la psicosis. Así, aunque aparezca una idea aparentemente delirante, ésta puede corresponderse con una representación reprimida. Pero lo fundamental es la pregnancia que tiene la fuerza de la vivencia, es decir, el quantum.

¿Qué pasa con estos pacientes que, como dijimos en el comienzo, tienen dificultades para entrar en el dispositivo, es decir, que podrían padecer lo que Baumann definió como “amor líquido”, que vuelve frágiles los vínculos humanos? Tal vez aventuradamente, aunque luego de recorrer una extensa bibliografía sobre el tema, se pueda concluir que no se trata de nuevos tipos de demanda, aun cuando en el tiempo de la globalización la demanda tome formas singulares: se trata solamente de subjetividades que se corresponden con las marcas de la época.

Stern, en 1938, definió estos casos como borderlines (cuestión que Lacan no desdeña en el Seminario de La angustia cuando trabaja los casos de Margaret Little, Barbara Low y Lucy Tower). Su descripción fenomenológica es ilustrativa: 1) exceso de ansiedad, 2) mayor rigidez defensiva, 3) rapidez de la defensa, 4) perturbación en el equilibrio narcisista y 5) hiperestesia en relación a la autoestima. Desde otra perspectiva, vale mencionar también a Helen Deutsch, que trabajó en la vertiente de las personalidades “como si”, respecto de lo cual Lacan destaca la patología del acto (acting out - pasaje al acto).

Entonces, la pregunta que se nos plantea es: la psicosis, ¿es subclínica? Su lazo social conservado, ¿depende de alguna suplencia en el anudamiento? ¿Es mediante el borromeo que pensamos alguna lógica en el abordaje?
Para responder a estos interrogantes, sigue siendo interesante el acercamiento de Freud a la cuestión. En primer lugar, vía las neurosis actuales se puede trabajar la dificultad para constituir diques a la pulsión. Pero el concepto de pulsión se nos torna insuficiente, ya que su montaje - desmontaje construye el fantasma y en estos casos estamos siempre en el borde de su construcción. Las ficciones están solamente sostenidas en la debilidad de fantasmas imaginarios. En segundo lugar, ubica las neurosis mixtas, donde enfatiza la variabilidad de la defensa. En su texto de 1895 sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de neurosis de angustia, Freud explica: “Toda vez que se presenta una neurosis mixta se puede demostrar la contaminación entre varias etiologías específicas”.

Cabe entonces preguntarse si en el Seminario de La angustia el pasaje de una modalidad a otra hace de límite, de borde, en estas estructuras, perturbando la construcción del fantasma, favoreciendo la caída de la escena. Según Lacan, el borde se abre como una ventana y “en ocasiones privilegiadas”, aclara, “marca el límite ilusorio entre el modo de reconocimiento al que llamo escena”. Destacamos de este párrafo las “ocasiones privilegiadas”, en la medida en que no es poca cosa que quede afectada la dialéctica del reconocimiento.
Del mismo seminario consideramos el esquema óptico donde el - φ esté en el fondo del espejo. Pensamos que en estos casos, si bien el falo simbólico opera en la estructura, es la operación perturbada del -ϕ que está en el fondo del espejo la que hace que se afecte lo especular, impidiendo que se deslicen las ficciones. En otras palabras, se perturba lo imaginario dentro del campo escópico. Estos pacientes vivencian reiteradamente las mismas escenas, como si fuera una película que gira en falso, hasta que finalmente la cinta se quema. Me refiero, claro está, a la reiteración discursiva.

¿Hay lugar posible para el analista en estas curas? De hecho, muchas veces pensamos que ni siquiera logramos salir de las entrevistas preliminares. ¿Cómo se interviene en estos casos? En La folie du transfert, S. Rabinovitch señala el riesgo de producir la mirada como visión (al estilo de Io sono sempre vista) o la voz como imperativo en la transferencia, además de la dificultad de remisión al pasado, en la medida en que estos pacientes no olvidan casi nada. Se hace muy difícil reescribir algo que está siempre presente. No se trata entonces del trabajo sobre el pasado, sino de ir creando un vacío central, una pérdida en cada encuentro, donde alguna sustracción de goce pueda producirse.
La lógica nos dio una vía posible de entrada. Trabajar las inconsistencias, las contradicciones, las disyunciones en lo efectivamente pronunciado, nos permitió empezar a escuchar algún giro en la estasis discursiva, siempre acompañado por una permanente sustracción del analista, que de ninguna manera puede acceder al lugar de sujeto supuesto saber. El obstáculo mayor es que el analista se posicione como otro especular, lugar al que el paciente convoca permanentemente para seguir gozando en los embates transferenciales. Frente a esto el silencio es la única operación posible.

Al igual que en la cura de niños muy graves, tal vez se den pasos muy pequeños. Pero si algunas ficciones se modifican, o sea, si la película comienza a no detenerse con la misma facilidad, o si alguna de las “verdades que dicen” empieza a velarse y los personajes que representan puedan no desvanecerse en la tragedia al conmoverse su trono, no habremos logrado poca cosa. 
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1. Los destacados son míos.
 
 
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