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   Comentario de libros

Duelos en Juego
  La función en el trabajo del duelo en la clínica con bebés y niños con problemas en el desarrollo. De Norma Bruner (Letra Viva, 2008)
   
  Por Silvia Amigo
   
 
¿Por qué leer Duelos en juego, primer libro de Norma Bruner, que está siendo reeditado a pocos meses de su aparición? ¿Acaso no tenemos ya abarrotados los anaqueles de nuestras bibliotecas con libros de psicoanálisis? ¿Qué novedad haría que le dediquemos un tiempo que no nos sobra? Tal como afirma Alfredo Jerusalinsky en el prólogo, la autora indaga el límite mismo del saber psicoanalítico que aborda. Se atreve a meterse en esos bordes donde ya no hay asfalto, donde ya no hay ni siquiera puntos firmes de apoyo, donde está el barro, arriesgando con valentía ensuciarse los pies. Es corajudo porque no apela a lo que Lacan llamó discours courant, ronroneo de consignas consabidas. Muestra de ello es su recurso al término “desarrollo”, tan irresponsablemente denostado. Colocándolo en el nudo como cuerda imaginaria, resulta prenda del advenimiento del sujeto infantil al sumarse a lo simbólico de la estructura y a lo real orgánico. Como cuarta consistencia, tal es una de las tesis fuertes de este volumen, la autora ha de situar el crucial tema del juego. Este es planteado como sinthome anudante de la infancia, su Nombre del Padre. Sin juego, no habrá Nombre del Padre, como tampoco va a haber infancia. Desde el inicio se va a articular que el juego es juego de duelo por la hipótesis fálica que se ha debido hacer sobre niño, para aquellos niños que han tenido la suerte de entrar en la estructura bajo esa promisoria atribución. Sólo a través de este duelo del falo el objeto perdido va a encontrar un canal por donde caer rodeado de brillo agalmático. Sabemos que hay chiquitos que, por razones fortuitas, pueden no dar el perfil fálico para su madre. Sólo que esto sucede con más frecuencia y con insistencia en la clínica de los niños dañados realmente en lo orgánico. En ese caso, el niño se presenta bajo el perfil ominoso de lo que la autora llama “insignificancia fálica”, puerta de entrada de la “posición melancólica” en la infancia. Esta insignificancia imposibilitará al niño llevar a cabo sus juegos de duelo, puesto que no tiene nada que duelar. Bajo esas aciagas circunstancias la dialéctica del objeto perdido va a ser complicadísima, porque al no contarse con canal castratorio por donde caer el objeto, éste tiende a positivisarse en las fronteras del psiquismo del propio niño, que arriesga encarnar el objeto maldito, el “eso” sin nombre. Se cumple entonces la condición que Freud preconizara para la melancolía: la sombra del objeto cayendo sobre el yo. La posición melancólica de los niños insignificantes fálicos deviene puerta de entrada del autismo o la psicosis. Con el tiempo, secundariamente a la insignificancia fálica con que han sido tocados, estos niños desarrollan un rechazo activo a entrar en el juego. Como han disgustado al Otro, se niegan a jugar. Al no entrar en el juego “le dan el gusto al disgusto”. Esta dificultad traba la constitución del fantasma. Si los niños se apoyan primero en el juego, los adultos nos apoyamos en nuestro fantaseo. Pero para eso hay que haber logrado colocar a en el fantasma. La autora se anima pues a indagar la frágil frontera orgánico-psíquica. Dado que cierto nivel de daño neurológico produce una suerte de “impermeabilidad” biológica parcial al significante. Para suplir esta dificultad de permeabilidad la escuela argentina, pionera en ello, con Lydia Coriat a la cabeza, introdujo el concepto de estimulación temprana. Pero este libro va a salir al cruce de un potencial problema, crucial para el debate que en este momento debiéramos llevar adelante con las neurociencias. Una intervención de ese tipo no debe ser un adiestramiento, porque si lo fuera, se obtendrían niños amaestrados, no sujetos en vías de advenir. Las terapias cognitivo-comportamentales, servidoras del discurso totalizante de la ciencia, utilizan el adiestramiento con logros muy importantes en el orden de obtener un oso de circo. Por eso, en los equipos interdisciplinarios que se ocupan de estos casos, es crucial la dirección del psicoanalista. El lector se sorprenderá al encontrar en las páginas que lo aguardan una inesperada aparición del sintagma “deseo de muerte”. En efecto, el niño debe constituir en él un deseo de muerte hacia el adulto. Jugar a la mamá, o al doctor, o a la maestra, es desear matar a cada uno de estos personajes, para tomar el lugar del “grande”. Para poder entrar en el juego el niño tiene que constituir, y el Otro tendría que poder tolerarlo, un deseo tal. Se trata de una muerte de juguete, y de asesinatos de mentirita. Esto explica por qué eligió, para iniciar el libro, darnos el ejemplo clínico de una niñita, Sofía, afectada de hemiparesia y lesión cerebral en el campo visual. Comenta que a esta nenita la ve desde los siete años, con un diagnóstico difícil de establecer entre autismo y psicosis. El análisis pasó por la novedad de que empiece a jugar, que deje de darle el gusto al disgusto, perdiendo al fin la pérdida de la pérdida, poniendo en marcha el duelo. Se dará por terminada la cura cuando, a los quince años, cuente, al volver de vacaciones, que ha soñado que su analista está muerta. Consolidado este deseo de muerte del Otro la cura alcanza su fin. La autora insiste en la función materna, introducida por Héctor Yankelevich hace dos décadas, como pasadora del Nombre del Padre; pasadora por ende de la que deuda que la madre admite en acto por la función paterna. El lector va a encontrar en este libro, formalizadas, todas las variaciones del juego: “los nombres del juego”, “los juegos de duelo”, “los juegos de transferencia” “el juego como puesta en acto de la lengua al discurso”, “el discurso del juguete”, “el juego como formación del inconsciente”, “el juego sinthome”, “los ritmos del juego”. Este último ítem es esencial puesto que demarca la posición del analista en estas curas: éste es un acentuador del ritmo del juego y no su mero traductor. Este texto importante nace de una tesis de maestría, pero no creemos que sea por ello que abunda en citas. El pasaje de discípula a autora de fuste entraña frecuentemente cierto azoro, como si el escriba reclinase sobre otro la autoría. Este volumen sobresaliente es testimonio escritural de alguien que enseña algo nuevo a partir de su práctica.
 
 
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