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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (décima entrega)
  Por Oscar  Zelis  y Pulice Gabriel
   
 
Según señalábamos en la entrega anterior, en opinión de Wittgenstein, las verdades de la lógica no dicen nada sobre las cosas del mundo, no son figuras de ningún hecho. Al afirmar que una proposición es consecuencia lógica de otra, estamos asimismo ante una tautología: «la información sobre la realidad que nos proporciona la proposición así obtenida —señala J. Hartnack1 no va un ápice más allá de la contenida en la proposición de la que ha venido a ser derivada. Inferir una proposición de otra no es un método con ayuda del que investigar o aprehender la realidad —o tal o cual de sus rasgos— es simplemente, una manera de operar con proposiciones a tenor del significado atribuido a las constantes lógicas»2. Se destaca así la diferencia entre las proposiciones de la lógica y aquellas otras que sí dicen algo acerca de la realidad, cuyo valor de verdad —o falsedad— está sujeto en cada caso a una investigación empírica, y de las cuales no podemos decir que son verdaderas o falsas de modo necesario.

Tanto las tautologías —funciones veritativas cuyo valor de verdad es necesariamente verdadero— como las contradicciones —necesariamente falsas— están, por decir así, desabonadas de la realidad. A pesar de ello, cumplen —según Wittgenstein— la función de mostrarnos las propiedades lógicas del lenguaje, del mundo, son ellas las que sirven de vehículo para esa mostración: para que proposiciones unidas de una determinada manera den tautologías han de tener ciertas propiedades estructurales. Que unidas así den una tautología —el acento puesto en la singularidad del nexo— muestra, pues, que portan estas propiedades estructurales, y no otras. De esto se desprende que las tautologías, y con ellas la lógica, después de todo, algo deben mostrarnos de la propia realidad: «Las proposiciones lógicas —afirma Wittgenstein— describen la armazón del mundo o, mejor dicho, la representan. No «tratan» de nada. Dan por supuesto que los nombres tienen referencia y las proposiciones elementales sentido: y esta es su conexión con el mundo. El hecho de que ciertas combinaciones de signos —que tienen, en lo esencial, un determinado carácter— sean tautologías ha de manifestar, evidentemente, algo sobre el mundo. Este es el punto decisivo. Decíamos que en los símbolos que utilizamos hay algo arbitrario y algo que no lo es (…) nosotros no expresamos lo que queremos con ayuda de los signos, sino que en lógica es la propia naturaleza de los signos naturalmente necesarios la que habla por sí misma: conociendo la sintaxis lógica de un lenguaje sígnico cualquiera, todas las proposiciones de la lógica están dadas3». Pero, ¿cómo podría un enunciado, o una proposición, asimilarse lógicamente a un hecho? Lo que posibilita que la expresión lingüística sea una figura de lo figurado es la correspondencia estructural.

Si un hecho puede ser figurado por una proposición, es precisamente porque ésta conserva en su estructura lógica las propiedades estructurales de aquél. Pensemos, por ejemplo, en la reconstrucción que se hace en el proceso de una investigación judicial sobre las circunstancias de un crimen: ella no debería detenerse hasta que encajen por completo todas las piezas, y es recién entonces, cuando no queda ningún cabo suelto, que puede decirse que tal representación —lo que figurará finalmente en el expediente— es fiel en su esencia al suceso original. En otras palabras, es a través de su propia estructura lógica que el lenguaje nos muestra la estructura lógica de la realidad. Podemos apoyarnos nuevamente en el texto de Russell, para enriquecer y profundizar nuestra captación en este punto crucial: «Wittgenstein compara la expresión lingüística a la proyección en geometría. Una figura geométrica puede ser proyectada de varias maneras: cada una de estas corresponde a un lenguaje diferente, pero las propiedades de proyección de la figura original permanecen inmutables, cualquiera que sea el modo de proyección que se adopte. Estas propiedades proyectivas corresponden a aquello que en la teoría de Wittgenstein tienen en común la proposición y el hecho, siempre que la proposición asevere el hecho (…) Wittgenstein empieza su teoría del simbolismo con la siguiente afirmación: Nosotros nos hacemos figuras de los hechos. Una figura, dice, es un modelo de la realidad, y a los objetos en la realidad corresponden los elementos de la figura: la figura misma es un hecho». A su vez, la forma lógica de un hecho —la misma que volvemos a encontrar en la proposición que lo representa— estará determinada por el tipo de objetos que lo originan, dependiendo de la naturaleza del objeto, es decir, de sus propiedades internas, cuáles son los tipos de hechos de los que estará en condiciones de formar parte4. El hecho de que las cosas tengan una cierta relación entre sí se representa por el hecho de que, en la figura que los simboliza, sus elementos tienen unos con otros una relación de correspondencia: «En la figura y en lo figurado —según Wittgenstein— debe haber algo idéntico para que una pueda ser figura de lo otro completamente. Lo que la figura debe tener en común con la realidad para poder figurarla a su modo o manera —justa o falsamente— es su forma de figuración». Una figura puede corresponder o no a un determinado hecho, y ser por consiguiente verdadera o falsa. No obstante, en ambos casos tendrá en común con el hecho la forma lógica, tal como se ilustra en el Tractatus con el siguiente ejemplo: «El disco gramofónico, el pensamiento musical, la notación musical, las ondas sonoras, están todos, unos respecto de otros, en aquella íntima relación figurativa que se mantiene entre lenguaje y mundo. A todo esto es común la estructura lógica».
 
Lo interesante de este ejemplo es que nos permite captar con mucha precisión el modo en que algo se transmite, se comunica, se transfiere, se desliza a través de territorios tan heterogéneos, sin que esa heterogeneidad afecte en nada la intimidad de su relación figurativa… ¿Acaso hay demasiada distancia entre esta formulación de Wittgenstein, y el modo en que Lacan ilustra en su complejidad el circuito de la pulsión?
Retomaremos este interrogante en nuestra próxima entrega, como introducción al último punto que nos interesa abordar en el Tractatus, que es la relación establecida por Wittgenstein entre lenguaje y pensamiento.


________________
1. Hartnack, J.; Wittgenstein y la filosofía contemporánea, Barcelona, Ediciones Ariel, 1972.
2. Peirce no estaría de acuerdo con la totalidad de esta última afirmación. Por el contrario, dirá que la finalidad de la lógica es justamente poder discernir la forma de razonamiento más eficaz para acceder a la verdad de lo que estemos investigando. De esta manera ampliará la concepción de la lógica hasta definirla como una semiótica formal: «Defino la lógica de forma muy amplia como el estudio de las leyes formales de los signos o semiótica formal. La clave a su vez estará en su definición de signo: Defino un signo como algo A, que pone a algo B, su interpretante, en la misma clase de correspondencia con algo, C, su objeto, en la que está él mismo respecto de C». Como dijimos oportunamente, Peirce piensa al signo desde una relación triádica, y la lógica abordará todas sus facetas. La inclusión de la abducción como tercer modo de razonamiento es la llave que le permitirá incluir dentro de la lógica los modos en que se puede conjeturar, o sea, los modos lógicos en que podemos armar proposiciones que pretendan explicar o representar verídicamente el mundo real. Señalará como presupuestos de la lógica que «ser y ser representado son diferentes, que hay una realidad, y que el mundo real está gobernado por ideas ».
3. Si las proposiciones lógicas no se refieren a ningún hecho particular del mundo sino que representan la armazón del mundo, es a partir de aquí que intentará — con «ferocidad psicótica» al decir de Lacan — hacer hablar a la propia naturaleza de los signos naturalmente necesarios. ¿Pero entonces, es que Wittgenstein está proponiendo que la lógica en su límite nos mostraría lo real del lenguaje?
4. Wittgenstein entiende como propiedades internas de un objeto aquellas cuya ausencia en él resultaría inimaginable: por ejemplo, si nos referimos al lápiz que está sobre la mesa, algunas de sus propiedades internas serían tener cierta dimensión, cierto peso, estar o no en movimiento, etc. Hay otras propiedades que resultaría equívoco atribuir a un lápiz, por ejemplo la amabilidad, la maldad, la perspicacia… Las proposiciones en las que se afirmara tales propiedades respecto del lápiz son para Wittgenstein, simplemente, sinsentidos. De la misma manera, los tradicionales problemas filosóficos parten de malentendidos similares a los que plantean las proposiciones que se pronuncian sobre la sensibilidad del lápiz, o el de la nostalgia del color…
 
 
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