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   Serie: La Función del Sujeto

El sujeto de la ocurrencia
  Por Santiago Rebasa
   
 
1. Una “pesada y temible materialidad”
“¡Las barbaridades que se me ocurren!”, decía una mujer a su analista, ante la inquietante ocurrencia de que se estaba dejando morir del mismo modo que su padre, a quien amaba a tal punto de dejarse llevar así a la muerte para seguirlo también allí. Aquel comentario adjetiva las ocurrencias como algo destacable, quizás excesivo, quizás rechazable, una barbaridad. Por otra parte, me hizo pensar que lo bárbaro refiere también a lo extranjero, lo que se registra como ajeno, como un decir impropio a quien sin embargo se reconoce diciéndolo.

Este modo quizás paradojal del decir me permite introducir el modo en que quiero abordar al sujeto en su ocurrencia.
Para decirlo de manera programática, y luego desarrollarlo: el sujeto ocurre a causa de sus ocurrencias. Más precisamente, no son sus ocurrencias, sino que el sujeto es de ellas. Es un sujeto de la ocurrencia. Sujetado a ella, que es lo mismo que decir que es liberado por ella, un poco en el sentido en que se libera una sustancia de una reacción química. El sujeto es entonces un efecto, efecto sujeto, que es efecto de división. Tanto que podríamos homologar sujeto a sujeto dividido. Diría por ahora, dividido entre los dichos y el decir, cuestión que retomaré al final.

Cuando me refiero a las ocurrencias quisiera aludir a aquellos acontecimientos del decir que son posibilitados por el discurso psicoanalítico, que no es necesariamente una condición previa, salvo que se de a la palabra “previa” un sesgo lógico. Quiero decir que es la lectura que se haga de los dichos del paciente la que va a instaurar en acto el discurso psicoanalítico, o lo que es lo mismo, les dará valor de ocurrencias, con todo el peso que me gustaría darle aquí a este término. Para decirlo rápido: algo que ocurre, un acontecimiento, un suceso, una contingencia, pero una específica, y que es promovida por la regla fundamental, “diga todo lo que se le ocurra”. Ella funda un territorio en que los acontecimientos pasarían a ser los del decir.

Esta operación tiene toda la importancia puesto que, como dice Foucault en su conferencia El orden del discurso: “…en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Pienso que el discurso psicoanalítico no puede escapar a esta reflexión. A mi entender, le supone a esta “temible materialidad” una potencia que es la del deseo que se lee.

Esta invitación a asociar libremente que pretende inaugurar el modo discursivo del análisis descansa en un supuesto: la insistencia del deseo por decirse, siempre que se hable, e incluso más, se hable a un analista, es decir, a quien lo lee.
El psicoanálisis, entre otras cosas, es una reflexión sobre los modos del decir, entendiendo que sus ocurrencias, las de los distintos modos, balizan los diversos efectos del lenguaje sobre el viviente.
Es en los modos del decir donde se podrán localizar los goces, las inhibiciones, las angustias, los deseos, es decir: los mandatos o preceptos, las acusaciones o injurias, lo indecible, lo disfrazado, lo desplazado, lo marginado (es decir, puesto “al margen”, de la hoja, de la sesión, del diálogo). Ese inventario dibuja nuestro sujeto, el que a riesgo de simplificar diría que no termina de alojarse entre goce y deseo. O entre significado y significante, según el corte principal que propone Lacan para dividir y definir al sujeto.


2. La negación como hostipitalidad
Para precisar el peso que quiero dar al término ocurrencia voy a citar a Barthes en su artículo El susurro de la lengua. Acudiendo en mi ayuda, dice allí: “La palabra es irreversible, esa es su fatalidad. Lo que ya se ha dicho no puede recogerse, salvo para aumentarlo: corregir, en este caso, quiere decir, cosa rara, añadir. Cuando hablo, no puedo nunca pasar la goma, borrar, anular; lo más que puedo hacer es decir «anulo, borro, rectifico», o sea, hablar más”1. Cuestión que a su manera plantea Foucault al tomar la palabra en la antes citada conferencia. Allí lo pone en escena respecto de su relación al comienzo, al anhelo que surge ante lo grave y abismal del comienzo del discurso. Dice: “«No querría tener que entrar en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo…”.

Aquel “no querría tener relación con” y aquel “no querría tener que entrar” (en este orden del discurso) son los que me facilitan ahora introducir algunos comentarios sobre el artículo que Freud llama La negación, donde pone el foco desde el inicio en los modos del decir. De hecho comienza así: “El modo en que nuestros pacientes producen sus ocurrencias durante el trabajo analítico nos da ocasión de hacer algunas interesantes observaciones”2. Quisiera proseguir esa idea de esta forma: Ese modo en que se producen las ocurrencias nos da ocasión de intervenir en tanto analistas. Dos párrafos después dirá Freud: “La negación es un modo de tomar noticia de lo reprimido”3.

Introduzco aquí el neologismo “hostipitalidad” que Derrida propone en el libro La hospitalidad ya que su riqueza parece retomar el sentido antitético, por lo menos filológico, del término hospitalidad, con su raíz latina hostis de la cual derivan huésped, hostil, hospitalario4. La negación comparte esta riqueza ya que en la misma ocasión de negar, de rechazar la ocurrencia como cuerpo hostil, se le da hospedaje en el decir. Su marca de lo que debe expulsarse no puede borrar de la frase aquello que debería quedar al margen. Indica entonces algo por realizar: señala lo rechazable y para ello debe darle lugar. La negación es un caso de afirmación.

Lacan, en la Introducción al comentario de Jean Hyppolite, comenta que Freud, en La negación, “Nos descubre un fenómeno estructurante de toda revelación de la verdad en el diálogo. Hay la dificultad fundamental que el sujeto encuentra en lo que tiene que decir (…) La verdad puede siempre (…) comunicarse entre líneas. (…) el que quiere darla a entender puede siempre recurrir a la técnica que indica la identidad de la verdad con los símbolos que la revelan, a saber: llegar a sus fines introduciendo deliberadamente en un texto discordancias que responden criptográficamente a las que impone la censura. El sujeto verdadero, es decir el sujeto del inconsciente, no procede de otra manera en el lenguaje de sus síntomas…”5.

Freud distribuye en el artículo La negación dos ideas que pongo ahora una junto a la otra y en relación. Plantea por un lado que: “La experiencia ha enseñado que no sólo es importante que una cosa del mundo (objeto de satisfacción) posea la propiedad «buena», y por tanto merezca ser acogida en el yo, sino también que se encuentre ahí, en el mundo exterior, de modo que uno pueda apoderarse de ella si lo necesita”. Por otra parte, al comienzo del texto está el reverso de esta idea: algo, una ocurrencia, podría no ser bueno para el yo (podría no tenerse “ninguna gana de considerar esa ocurrencia”, señala Freud), pero eso no implica que no haya ocurrido. Una vez que se lo ha dicho, eso pasa a la existencia, ha ocurrido. La ocurrencia tiene tal peso. Aunque se ponga en duda si algo ocurrió o no, no hay duda de que lo que se pone en duda es eso y no otra cosa.

La duda, para Freud, en La interpretación de los sueños, es también un índice de certeza de que eso que se duda es rechazado, que se objeta esa ocurrencia, se rechaza que ella ocurra o haya ocurrido. La duda sobre un elemento del sueño o de cualquier otro relato de la sesión, por ej.: “no sé ahora si esto sucedía en el Museo Roca6, o en otro lugar”, nos deja una certeza, es decir que la duda no recae sobre el clima, ni sobre el tiempo, octubre, noviembre, sino sobre el lugar, y ese lugar no está entre A, B o C, es el Museo Roca. Incluso si hubiera en la duda del sueño además del M. R. otros lugares, como la Biblioteca Nacional, etc.7, tenemos la certeza de que algo de estos lugares es promovido por el mismo discurso a su puesta en cuestión. Dicho más precisamente, nos llama la atención sobre la necesidad de no prestársela (la atención).

La negación opera del mismo modo: indica lo que debe negarse, lo que debe contemplarse pero con signo negativo, signo del que se espera neutralice el poder de la ocurrencia. La negación figura el acto de borrar lo dicho, y a la vez la imposibilidad de borrarlo. En ese sentido Lacan afirma en Subversión del sujeto…: “…un animal no finge fingir. No produce huellas cuyo engaño consistiría en hacerse pasar por falsas siendo las verdaderas, es decir las que darían la buena pista. Como tampoco borra sus huellas, lo cual sería ya para él hacerse sujeto del significante”8.

Para seguir pensando sobre lo que podría llamar formalismo o formulismo, cito un fragmento del caso del hombre de las ratas. Dice allí Freud que el paciente comenta: “«En el momento me sacudió la representación de que eso sucede con una persona que me es cara» (…) Interrumpe el relato para asegurarme cuán ajenos y hostiles se le contraponen esos pensamientos (…) Simultánea con la idea, siempre aparece la «sanción», es decir, la medida de defensa que él tiene que seguir para que una fantasía de estas no se cumpla. Cuando el capitán habló de aquel cruel castigo y le afloraron aquellas ideas, consiguió no obstante defenderse de las dos con sus fórmulas habituales: un «pero» acompañado por un movimiento de expulsar algo con la mano, y el dicho: «¡Qué se te ocurre!»”9.

Esta sanción, así como el no de la negación tienen un valor de cláusula, que me recuerda al tratamiento que hace Freud del texto del hombre de las ratas, cuando refiere que el paciente trata al texto de su ocurrencia (que a raíz de la muerte de su padre la niña le mostraría su amor) “como a uno de lesa majestad”10. Es decir, relativiza su alcance, dice que fue sólo una «conexión de pensamiento» pero rechaza la ocurrencia, y al rechazarla muestra que algo de su contenido lo interpela. En ese sentido se puede pensar que el rechazo intenta proteger la majestad del padre, pero también la del yo ante lo lesivo de una ocurrencia que objeta su dominio.

Parecido tratamiento tiene el texto del paciente cuando en el artículo referido al caso de la joven homosexual, y a propósito de la neurosis obsesiva, Freud usa la metáfora bélica de la “táctica rusa” (donde el enemigo se retira y deja avanzar hasta donde se ha fortificado), para pensar la resistencia, un modo del rechazo. Dice allí: “uno empieza entonces a maravillarse de que unos progresos tan grandes en la comprensión analítica no traigan consigo el más leve cambio en las obsesiones e inhibiciones del enfermo, hasta que, por fin, se cae en la cuenta de que todo lo que se había traído a la luz estaba inficionado por la reserva de la duda, tras cuya muralla protectora la neurosis podía sentirse segura. «Todo sería magnífico -se dice dentro de sí el enfermo, y con frecuencia también concientemente- si yo tuviera que dar crédito a este hombre, pero ni hablar de eso, y puesto que no ocurre tal cosa, no me hace falta cambiar en nada»”11.
La duda sobre un elemento del sueño o cualquier enunciado tiene semejante valor de cláusula. Algo por dentro y a la vez por fuera del texto, que pretende invalidarlo, neutralizarlo, controlar su poder, o conferirle uno determinado. Se podría decir cualquier cosa pero al amparo de una cláusula intercalada en el texto. Todo quedaría “inficionado”, afectado por esa cláusula.


3. La “revelación de la verdad en el diálogo”
La ocurrencia de un decir que no se tenga ningunas ganas de considerar, corre por cuenta de la lectura del analista. No dejamos librada al yo su ocurrencia. Por ello, una práctica que acá voy a llamar de la precipitación, intento de apresurar la palabra supuestamente retenida por parte del paciente, precipitación que va desde el plazo puesto al hombre de los lobos, hasta la sesión siempre cortada brevemente, parece confiar al yo la celeridad de una elaboración que le es impropia por estructura. Diría que se busca en el lugar equivocado.

Considero que el efecto de tales precipitaciones del lado del analista conduce más aún al reforzamiento del yo, que ya sabe (que supone saber, que intenta saber) de ahí en más, qué palabra conviene evitar o decir. La precipitación, que se propone desalentar lo que se ha llamado palabra vacía, promueve la atención del yo, que una vez alerta, por el contrario es el que vacía cada vez más la palabra de su poder de acontecimiento.
Este vaciamiento de la palabra a advenir se sirve también de toda posición de saber que sancione como impertinente tal o cual devenir de la Asociación Libre, bajo el epíteto de “puro bla, bla”12, lo anecdótico, palabra vacía, etc. Contradicción que podría figurarse con la siguiente regla fundamental modificada: asocie libremente de modo tal que sus ocurrencias puedan ser insertadas en las categorías de nuestro saber o en los huecos de nuestro fantasma, en ambos casos sabremos acogerlas. Intento figurar así las resistencias que son efectuadas por el Discurso Universitario, el Histérico o el del Amo al ser promovidos por el analista, si se me permite esa contradicción lógica.

La ocurrencia marca de tal manera el campo del relato, que no puede ser borrada. Las marcas, el relieve que tal ocurrencia, tal acontecimiento indican, son cuestiones sobre las que Freud llama la atención en La negación. Se refiere al “no” como marca de fabricación, de origen, índice del inconsciente, índice del rechazo de tal o cual pensamiento. Ese rechazo se produce sirviéndose del interlocutor, a través de y a causa del interlocutor en tanto otro yo: “Ahora usted pensará…”; “Usted pregunta…”; “No me parece”; “No (nunca) se me ha pasado por la cabeza”, son fórmulas del diálogo. Podemos imaginar otras que también dan ese particular relieve al texto. Por ej.: “usted me dirá que…”; “sería ridículo que yo le diga esto, pero…”; “esto que le voy a decir puede sonar extraño, pero…”; etc. Modos en que ocurren las ocurrencias, en que transcurre el diálogo transferencial.

En un artículo llamado De la ciencia a la literatura Barthes afirma que “…Toda enunciación supone su propio sujeto, ya se exprese el tal sujeto de manera aparentemente directa, diciendo yo, o indirecta, designándose como él, o de ninguna manera, recurriendo a giros impersonales; todas ellas son trucos puramente gramaticales, en las que tan sólo varía la manera como el sujeto se constituye en el interior del discurso, es decir, la manera como se entrega, teatral o fantasmáticamente, a los otros…”13.

Nuestra tarea, siguiendo esa idea de Barthes, sería poder localizar al sujeto en su variable puesta en escena discursiva.
El sujeto pareciera dibujarse como sujeto del acontecimiento que implican la duda, la negación, las distintas formas de introducir una ocurrencia a la que debe restársele importancia, existencia. ¿Podríamos pensar esos modos como índices del sujeto, los que lo indican en el relato, como dividido entre el contenido de la ocurrencia y su modo, el que le permite advenir a condición de presentarla como neutralizada?

Cuestiones de modo que serían modos que nos anotician del sujeto (de lo “reprimido”, dice Freud) y que acontecen según el modo de la glosa, de la acotación que acompaña la aparición de algunas ocurrencias en la superficie del texto: “No creo que esto sea importante, pero…”; “entre paréntesis” o “un detalle que no viene al caso: …”. La glosa nos permite pensar de qué modo, fallido y a la vez logrado, se intenta ubicar un texto por fuera que indique cómo leer el resto del texto.
Hacia el final de La negación Freud refiere que “el reconocimiento de lo inconsciente por parte del yo” se expresa “en una fórmula negativa”. Pienso que ese modo de expresión, ese formulismo, esa necesidad de una cláusula negativa o neutralizante es condición para el reconocimiento de lo inconsciente por parte del yo, y por lo tanto podría ser foco de nuestra atención no focalizada.



1 Roland Barthes. El susurro de la lengua. En: El susurro del lenguaje. Paidós, 1987. Pág. 99
2 Sigmund Freud. La negación. En: O. C. To. XIX. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1986. Pág. 253. Las itálicas son mías.
3 Sigmund Freud. La negación. En: O. C. To. XIX. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1986. Pág. 253. Las itálicas son mías.
4 Donde Derrida retoma las exploraciones lingüísticas de Benveniste sobre las instituciones griegas. Jaques Derrida y Anne Dufourmantelle. La hospitalidad. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000. Págs. 45-9.
5 Jacques Lacan. Introducción al comentario de Jean Hyppolite. En: Escritos 1. Siglo XXI. Buenos Aires, 1988. Pág. 357.
6 Lugar en que se realizó la presentación de este y otros trabajos durante la jornada La función del sujeto para el psicoanálisis, en octubre de 2008.
7 Pero está claro que “etc” no es lo mismo que la “Biblioteca Nacional”, donde entonces habrá que leer un deseo enredado en esta materialidad.
8 Jacques Lacan. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en Freud. En: Escritos 1. Siglo XXI. Buenos Aires, 1988. Pág. 787.
9 Sigmund Freud. A propósito de un caso de neurosis obsesiva. En: O. C. To. X. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1986. Págs. 133-4.
10 Sigmund Freud. A propósito de un caso de neurosis obsesiva. En: O. C. To. X. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1986. Pág. 142.
11 Sigmund Freud. Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina. En: O. C. To. XVIII. Ed. Amorrortu. Buenos Aires, 1986. Pág. 156.
12 Expresión que alude a un puro conversar o parlotear, y tiene una connotación despectiva sobre el hablar, antes que cualquier valoración de alguna pureza.
13 Roland Barthes. De la ciencia a la literatura. En: El susurro del lenguaje. Paidós, 1987. Pág. 18.
 
 
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