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   Colaboraciones exclusivas

Encrucijadas en la clínica de un Dolor Adolescente
  Por Marcela Barilari
   
 
Diálogo final de la fábula del “Escorpión y la rana” de Sísifo:
Por qué me has picado?
Lo siento, ranita, está en mi naturaleza



Hace dos años, recibo el llamado desesperado de alguien que en principio llamaremos Ariel; con quien ya habíamos tenido dos entrevistas el año anterior. En aquella oportunidad y con dieciseis años, había sido conminado a venir por su madre, muy preocupada por los arranques de agresividad del joven y la casi segura “repetición” del ciclo escolar.
En esta ocasión, es él quien me pide retomar porque se siente desbordado y había amenazado a sus padres con una acción suicida. Escucho a un joven triste, de talante replegado, de cuerpo ligero y endeble, de discurso atenazado en la impotencia de no hallar salida a varias encerronas familiares, entre ellas las provocadas por la flagrante degradación que recibe de su padre, y el hecho de tener por realidad adolescente a un mundo tejido pero saturado de madre. En un punto de extrema turbación, corre a dejarse caer en la calle y esperar un auto que venía aun no muy cerca; realizando así un escenario apto para figurar lo que en este análisis pudiera haberse leído como: “Papá, mirá cómo me atropellan”.

En una extensa y de muy difícil tránsito entrevista a padres, amenazada dos veces por mí en interrumpirse de no conservar las formas y los decibeles adecuados, observo no sin asombro el grado de irracionalidad paterna que con toda impudicia desacredita cualquier tipo de ayuda para su hijo, al tiempo que rebaja también a su mujer por desoir su palabra.
Los decires maternos sí reconocen el gran malestar de Ariel, manifestando a la manera de autocrítica una sintomática demora de ella, en irse de la casa por “falta de garantías” para alquilar una vivienda.
Les digo de mi gran preocupación por Ariel, ya que sufre “demasiada depresión” para sus diecisiete años, y que no me parecía simulacro. También anuncio que lo tomaría en tratamiento a condición de aumentar la frecuencia de sesiones y, de requerirlo según chequeo clínico, una estricta consulta farmacológica que propicie alimentación suficiente, un sueño medianamente reparador, y lo ayude a disipar una permanente e insoportable opresión angustiosa. En principio, esto fue acordado con la madre, quien se haría cargo económicamente del análisis. El padre, a un lado, presenciaba ahora con silencioso desdén.

Las entrevistas con Ariel, descubren por las contingencias del diálogo analítico, que ése es el nombre elegido por su madre, y empleado únicamente por ella, su padre y hermano; inscripto en segundo término. Su primer nombre y así lo llama “todo el mundo” es Juan, nombre elegido pero no usado por el padre, quien cede a la nominación materna.

Entrevistas tramadas por el cálido humor en ambos partenaires analíticos, y con mucho esfuerzo e interés de Juan por trabajar, iniciamos el camino de ubicar cuál era su posición en los diversos lazos de su mundo, recortando en una primera vuelta, dos frases que soportan el principio de depresión: “Estudiar no sirve de nada”, enunciado afirmado y contradicho en acto por su padre mismo, ya que es graduado universitario. Y la segunda, una grave afrenta narcisista: “Sos un inútil, un vago de porquería”, lanzada también por su padre en la entrevista cuando dirigiéndose a mí, vocifera: “Y a vos te parece?, encima que no estudia, ahora tiene sexo también!!”. Frente a mi pregunta de si sabía de los motivos que lo llevaban a humillar a su hijo, responde que él no humilla sino que dice la verdad.

Llamó mi atención un día, la inhabitual demora en el horario de sesión, presentándose muy alterado, casi sin posibilidad de escucharme, diciendo que “bueno, tarde o temprano te lo iba a tener que contar”. Refiere que su madre –médica de profesión- le había dado hacía ya dos meses medicación psiquiátrica y algunos artículos del diario versados en la depresión, para que él los leyera y estuviera al tanto de lo que le pasaba. Que él se sentía mal, que creía que no estaba bien eso, que si bien era por la urgencia y hasta tanto se hiciera una consulta psiquiátrica, no aguantaba más y la había dejado de tomar.

Hasta aquí una primera secuencia en la que quisiera subrayar algunas encrucijadas en la clínica del dolor adolescente de Juan: ¿Cómo haría este varón para encontrarle un gustito a la vida si la única orientación al goce la encuentra en cómo su madre goza de su retención? ¿Cómo operar en el “justo medios” para deshipotecar de goce materno a la superficie yoica de Juan, sin restarlo de la única agarradera fálica que conoce su estructura, es decir, la que proviene de demanda materna? ¿Cómo acercarlo a los ideales paternos del trabajo y el estudio por ejemplo, sin arrojarlo en lo desquiciado del superyó paterno que exige lo mismo que desacredita? ¿Podría este adolescente soportar perderse como Ariel para la madre, para ganarse como Juan para el mundo, siendo que aun no accedió a gozar de la exogamia? En otros términos, ¿Cómo podría Juan creer en lo ya desacreditado?

Es mi lectura, que la posición de Juan en lo real, encarna una de esas demoras situadas por Freud en Tres Ensayos, respecto del desarrollo sexual definitivo. De hecho, este joven no se siente habilitado a tomar un objeto sexual porque sufre las consecuencias de no estar debidamente sujetado a la barrera del incesto. Son innumerables y habituales las irrupciones maternas en sus distintos espacios, sin que aquel pueda oponer sílaba alguna.

Una segunda secuencia del tratamiento -año mediante- lo encuentra a Juan pudiendo iniciarse sexualmente con una primera novia, logrando unas primeras vacaciones con amigos, gozando de tocar un instrumento musical en una banda que le aportaba una buena dosis de carisma y de participación social; al tiempo que había iniciado su rutina en el gimnasio.
En eso estábamos, cuando su madre se ve obligada a viajar al interior para asistir a su propio padre caído enfermo, y en aras de imponer a su hijo la normativización del “nuevo caos adolescente” con el que denomina a la nueva realidad de Juan, propina consignas de estilo condenatorio: “No más de dos salidas por semana: un día con tu novia, un día con tus amigos; un día ayudás a tus hermanos, y cuando no estudiás, limpiás la casa y me hacés algunos trámites”.

Producto de estas intervenciones maternas es la recaída de Juan en una profunda depresión. Luego de varias e infructuosas tentativas en mantener entrevistas con la madre para invitarla a cumplir el acuerdo primero de la consulta psiquiátrica, hace llegar su mensaje por Juan diciendo que si bien aceptaba, no iba a pagar, y su padre –médico también de profesión, me aclaraba que no iba a tener ninguna entrevista conmigo, que lo arreglara la madre de Juan. Así, es como nuestro sujeto inicia un tratamiento farmacológico, con algunas irregularidades en la toma por un lado, y en la dosis requerida por otro, lo cual hacía de la somnolencia el principal escollo vital del adolescente. Uno de los varios días en que se retrasa su sesión por quedarse dormido, decido orientar a Juan en lo real.
Sin tener su carnet a mano, y sin saber bien el nombre de su obra social, utilizamos la sesión como escenario de transmisión de algunos pequeños recursos que él mismo desconocía pero ejecutó según mis indicaciones: llamado al 110 -servicio de informaciones- posterior contacto con la burocratización de información de una obra social, seguido del contacto con su psiquiatra y solicitud de turno, para el cual adjunté una nota al colega psi.
Lamentablemente, y pese al entusiasmo evidenciado en el adolescente por la maniobra alcanzada, sus consecuencias no fueron propiciatorias: la ira e “indignación” de su madre, el disfrute patético del padre, y el asombroso diálogo que mantuve con el psiquiatra.
Dado que la dosis medicamentosa recibida por Juan se evidenciaba excesiva y al punto de impedirle la continuidad del cotidiano, decido conversar con el profesional actuante, quien ofendido porque Juan se había quedado dormido a la hora de ir a verlo, responde que él no tenía por qué hablar conmigo ni con su paciente telefónicamente, debido a que ya había hablado en su momento con Juan y su madre, y quedó aclarado que el joven era grande y sabía lo que tenía que hacer, que si quería un nuevo turno que lo pidiera.

Encrucijadas reales en la clínica de un Dolor adolescente, que determinaron lo que fue una brutal extracción de Juan del análisis, sin mediación de palabra, ni de Juan ni de su madre, así como tampoco respuesta alguna a mis mensajes.

Asistimos a las consecuencias del déficit en las funciones real, imaginaria y simbólica del padre, que no han permitido en Juan la constitución de un narcisismo acorde a dignidad fálica, sino a la endeblez yoica en permanente riesgo de convertirse en fetiche para la madre, quedando en primer plano la cara superyoica paterna, resto vivo, loco, desbocado de un padre, que carece de la potencia amorosa suficiente para permitir en el hijo la eficacia del Ideal del Yo, con el consecuente soporte identificatorio.
¿Cómo suponer entonces, la renovación trinitaria de su cuerpo, si los reales emergentes propios de la pubertad lo encuentran sin significantes que legitimen su articulación a un imaginario de consistencia agalmática?

Nos encontramos frente a una impasse en la finalización escritural de la estructura. Esto es, por un lado, el no advenimiento en Juan, de la letra que denote la eficacia paterna de privación en su madre; y por otro lado, el dolor emergente de una demanda en espera del sujeto, por la operación de frustración de goce que no es ratificada por su padre edípico, ya que a este varón padre de Juan, su mujer no le encarna objeto alguno de deseo. Motivo por el que no se reserva entonces el privilegio de gozar de ella, cuestión que frustraría normativamente al hijo de la satisfacción de goce con el objeto materno. Al fallar esta operación, queda en Juan impedida la tensión agresiva en que se resuelve la relación edípica del varón con su padre por rivalidad, arribando sólo así a una identificación.

Obviamente, esta no orientación del padre hacia su mujer, deja al hijo a una deriva incestuosa, retorno a una madre -que aun con buenas intenciones, recordemos que es ella quien en principio lo acerca al análisis- no cuenta en su haber con suficiente significación fálica que señale la falta que metaforiza a su hijo.

Ha resultado importante para Juan, descubrir y aceptar que a veces en su preocupación, su madre se desorienta un poco con el orden; dado que “repetir” no es un delito, y la depresión no merece castigo, sino apoyo y ayuda. Que sería beneficioso para él, poder decir sus necesidades, ya que de no pedir un favor elegido corre el riesgo de que le apliquen criterios ajenos. Que con la obediencia él no tiene problemas; sí en cambio con el disfrute, para lo cual sólo él podría elegir cómo y con qué.

Pareciera que habiendo mediado el humor, el señalarle su complacencia en acatar sin chistar las consignas de su madre, operó en él una franca comicidad que demarcó cual troquelado, un borde letrado del exceso en su imagen, y que a futuro hubiéramos podido apostar a su caída, por vaciamiento del goce que estaba demorando la eficacia en escriturar sus nuevos atributos. Desde allí, si su deseo y las contingencias de la vida lo hubieran permitido, no hubiéramos podido no interrogar y atravesar la renegación del amor del padre; hecho que impide la donación fálica, cuestión última y crucial en términos de que Juan pudiera salir airoso del juego dialéctico del tener el falo o no tenerlo.

Recordemos que Juan, llegó en la posición melancolizada de alguien que por no tener el significante de la falta a disposición, se soporta en el desconocimiento de lo que él mismo es como falta para el Otro, tanto más si como varón su órgano no condensa la potencia conferida por el amor del padre; cuestión que deja a Juan estacionado en la depresión que lo trae al análisis de su dolor adolescente.-

Marcela Barilari

 
 
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