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   Vivir sin códigos

Normalidad de la anormalidad
  Por Mario Pujó
   
 
Michel Foucault dedica su curso de 1974-1975 en el Collège de France [«Historia de los sistemas de pensamiento»], al estudio de Los anormales, título de la recopilación de las once lecciones de ese año. Como el propio Foucault lo resume, el temor a esa familia indefinida y confusa de la anormalidad asediará a la sociedad de finales del siglo XIX. Ella se consolida a partir de tres figuras elementales: 1) El monstruo humano; 2) El individuo a corregir; 3) El onanista.

El primero hace su aparición en un dominio jurídico-biológico representando, en su excepcionalidad, una doble infracción, al trastocar tanto las leyes de la naturaleza como las regularidades jurídicas. La monstruosidad supone una doble individualidad, la mezcla de dos reinos: el animal y el humano (el hombre con cabeza de buey o patas de pájaro); de dos especies (el cerdo con cabeza de carnero); de dos individuos (un cuerpo con dos cabezas, dos cuerpos no separables); de dos sexos (xxy, el hermafrodita); de la vida y la muerte (el feto malformado que sobrevive poco tiempo); de dos formas (quien no tiene ni brazos ni piernas, como una serpiente). Constituye, por consiguiente, una transgresión de los límites naturales, de las clasificaciones, del marco legal, trastornando las leyes del matrimonio, los cánones del bautismo, las reglas de sucesión.

El segundo emerge como correlato de las técnicas de disciplinamiento a las que se asiste en los siglos XVII y XVIII en el ejército, las escuelas, los talleres y, poco después, en el seno de la familia. Los procedimientos de domesticación del cuerpo, el comportamiento y las aptitudes tropiezan con el problema del incorregible, que lo es por escapar a una normatividad que no pertenece ya a la soberanía de la ley.
El tercero, surge de manera novedosa en el siglo XVIII, vinculado con las nuevas relaciones entre sexualidad y organización familiar, la nueva posición del niño en el grupo parental, la importancia acordada al cuerpo y a la salud. El control tradicional de las relaciones prohibidas (adulterio, incesto, sodomía, bestialismo) se reduplica entonces con el control de las tribulaciones de la concupiscencia. La cruzada contra la masturbación, propia del discurso higienista, establece una vinculación fabulatoria entre el uso sexual del propio cuerpo, los trastornos orgánicos y el debilitamiento del sistema nervioso. La reflexión sobre la sexualidad infantil y la importancia de la phantasía devienen el instrumento preparatorio de lo que se catalogará poco después como “aberraciones sexuales”.

Lo que conduce a Foucault a depistar arqueológicamente, a partir de estas tres figuras emblemáticas de la anormalidad, la genealogía positiva de diversos dispositivos de control característicos de la modernidad. Vale decir, un conjunto disperso de instituciones, discursos y saberes que se cristalizan gnoseológicamente como innovaciones de orden jurídico-psicopatológico, estableciendo novedosas referencias parajudiciales y marginalmente médicas. El monstruo da lugar así a la institución de la pericia médico-legal en materia penal, hasta la construcción de una noción rayana en la ajuricidad como la de «individuo peligroso». La domesticación del incorregible encuentra en la institución del encierro, una fórmula intermedia entre el procedimiento negativo de prohibición y el método positivo de rectificación. Y el denunciado desenfreno del masturbador, induce una perentoria necesidad de atención y vigilancia parental, una nueva economía de las relaciones padre-madre-hijos que se encuentra en el fundamento de la estructuración nuclear actual de la familia.

Sólo que, en la modernidad tardía, después de Foucault, asistimos a una suerte de contracorriente de aquellos dispositivos de disciplinamiento social amasados a lo largo de cuatro siglos, contemporánea de la mundialización de los instrumentos de intercambio interactivo, y de los medios constructores de opinión propios de la aldea panóptica global. Contracorriente correlativa de la idealización del individuo autónomo como ser indiviso, y de la promoción de un individualismo autosuficiente que corroe la estructura discursiva del entramado social.

Los nuevos monstruos. [Amstetten] Josef Fritzl, electricista austríaco de 73 años de edad, es detenido en abril de 2008 por encerrar en el sótano de su casa a su hija Elizabeth, desde que ella tenía 18 años de edad. Durante 24 años la violó sistemáticamente y tuvo con ella siete niños, uno de los cuales murió a poco de nacer. Las pruebas de adn han confirmado que Fritzl es el padre de sus seis nietos o, dicho de otra manera, el abuelo de sus seis hijos. El destino de los tres niños más tranquilos fue permanecer con su madre en el escondite sin ver la luz natural hasta ser liberados. Los tres más llorones fueron llevados por Fritzl a la casa familiar y adoptados por él y su esposa Rosemarie, alegando que la hija, supuestamente desaparecida en una secta, los había depositado delante de la casa. Mientras los menores disfrutaron de una educación ejemplar, incluyendo instrucción musical y deportiva, los otros tres malvivieron en un calabozo de 1,70 de altura. Fritzl enfrenta los cargos de privación de la libertad, incesto y violación, y podría ser también acusado de esclavitud y homicidio, tras indicar un informe judicial que el hijo muerto después del parto, habría sobrevivido de haber recibido atención médica. Fritzl es también acusado de encerrar a su madre durante veinte años. La acogió en su casa, tapió las ventanas, y la mantuvo presa hasta su muerte en 1980. Fritzl odiaba a su madre: “de chico me pateaba hasta que caía al suelo y sangraba”. Lo insultaba, le prohibía tener amigos. Según la pericia, eso explica su comportamiento sexual de dominación: “Nací para la violación y, pese a ello, me contuve largo tiempo”. Fue condenado a cadena perpetua. A más de un año del escándalo, los vecinos mantienen un silencio cómplice y echan a los reporteros que se interesan por su caso (Viva, 24.5.09).

[Mariquita] Colombia está alarmada por la historia de Arsedio Álvarez Quintero, un campesino de 58 años que, tras la muerte de su esposa hace tres décadas, comenzó a abusar de su hija con quien engendró ochos hijos-nietos. Alba Álvarez denunció a su padre cuando éste quiso abusar sexualmente de su hija mayor. “Ella empezó a maquinar el asunto cuando vio el caso del monstruo de Austria. Se dio cuenta que lo que el papá le hacía no era normal”, comenta un familiar. La mujer tuvo catorce embarazos, de los cuales seis terminaron en aborto. El primer embarazo lo tuvo a los nueve años. “Es un caso alarmante del que no hay referencia en la historia del país. Aquí, durante muchos años no sólo hubo incesto y abuso sexual del agresor hacia su hija, sino también hacia las hijas-nietas. Increíble que haya pasado sin que nadie lo denunciara”, declara el Secretario del Juzgado de Tolima, provincia a la que pertenece Mariquita.

[Patricias mendocinas] “Todos están conmocionados con el caso del ‘monstruo de Austria’, pero nadie sabe que aquí, en Mendoza, hay un caso tan horrendo como ése. Se trata de mi papá, que tiene siete hijos con mi hermana”. Era abril de 2008, y ese llamado a un periodista de Cadena 3, terminaría un año después con la detención de Armando Lucero, de 67 años. Después de una larga [¡larguísima!] investigación, la víctima, de 35 años, fue citada por el Tribunal de Familia. Si bien en un principio negó la situación, cuando se le insinuó que sus hijos corrían peligro de sufrir lo mismo que ella, confesó el calvario en que vivía. Los hijos tendrían 2, 6, 8, 11, 12, 16 y 19 años de edad. El detenido quedaría imputado por “abuso sexual con acceso carnal en concurso real agravado por el vínculo”.
Como en los chistes, un austríaco, un colombiano y un argentino, una serie que probablemente se extienda con el tiempo. Los tres son nombrados por la prensa como “monstruos”, aunque no presenten ninguna deformidad física. Se erigen más bien como estampas siniestras y caricaturizables del Urvater freudiano.

La incorrección generalizada. El “incorregible”, figura foucaultiana de construcción de la anormalidad, encuentra en nuestra época una expansión notable. Podría incluirse en este ítem la práctica creciente de los “malos hábitos”, incluyendo la drogadependencia, las toxicomanías, y toda suerte de conductas adictivas, así como las generalizadas formas de criminalidad (desde el hurto al robo a mano armada, la agresión inmotivada, el vandalismo, el asesinato impulsivo), y una variadísima panoplia de perversiones, abusos y violaciones, cuya enumeración resultaría imposible. Tomemos, de cualquier manera, algunas de sus expresiones.

[Antropofagia] Armin Meiwes, técnico en computación, describe en diciembre de 2003 cómo había matado, descuartizado y comido los restos de Bernard Brandes, un ingeniero de 43 años, luego de reclutarlo mediante un aviso en Internet que pedía «hombres jóvenes y robustos para ser devorados». Lo más notable es que recibió 430 propuestas. Un video despeja toda duda sobre la aceptación del ingeniero, quien se prestó voluntariamente a su propia consumición.

[Felices los niños] La Fiscalía de Morón acusa al sacerdote Julio César Grassi de 17 delitos de abuso sexual y corrupción de menores, cometidos contra al menos tres de los jóvenes que asistían a la Fundación Felices Los Niños. [...] En medio del escándalo que llevó a prisión al sacerdote, los Duhalde cedieron su quinta Don Tomás a la Fundación para que funcione un hogar. Según una denuncia judicial, allí se habrían cometido abusos a menores internadas. La causa está parada. (Página/12, 22.3.05) [...] Cerraron el hogar San José Obrero de Grassi por abusos sexuales. La causa se inició luego de que un niño de 8 años intentara suicidarse por los vejámenes. Según la jueza que dispuso el cierre, en el lugar reinaba “la ley de la selva”. (Perfil, 23.4.09)
[Irlanda] Crece el escándalo por los abusos cometidos por la Iglesia irlandesa. Involucra a 35 mil chicos violados y maltratados en los últimos 60 años, en más de 250 institutos católicos convertidos en sádicos campos de concentración. [...] En el colegio San José de Cabra, especializado en chicos sordos, operaba una patrulla de prelados degenerados encabezados por el educador John Brander, abusador físico y sexual en serie, que llevaba un diario con las puniciones corporales que infligía. (Clarín, 24.5.09)

[Hola Susana] Matan brutalmente al florista-decorador de Susana Giménez, junto a un oficial de la policía. Habrían sido brutalmente acuchillados por los delincuentes. La diva, también ella incorregible, declara ante las cámaras: «El que mata tiene que morir. Basta de derechos humanos y esas estupideces».

[Rompehuesos] Cayó el líder de una banda que lesionaba personas, simulaba accidentes y cobraba seguros. Para llevar a cabo las estafas, les fracturaba las piernas o los brazos a indigentes desocupados y los hacía pasar por víctimas de accidentes de tránsito. Le decían “rompehuesos”. Sospechan de la participación de abogados y médicos de hospitales públicos en los que las falsas víctimas eran atendidas.

El gran masturbador. No es sólo cuestión de la proliferación de la pornografía gráfica, televisiva o vía internet, ni de la permanente incitación sexual a la que es sometida democráticamente la población, sin distinción de raza, edad o género. Se trata además de la promoción de una sexualidad higiénica, a salvo de contagios, que podría consumarse sin contacto físico real. Sexo telefónico, hotlines, videocámaras, la tecnología permite efectivamente una sexualidad a distancia, siempre al alcance de la mano. Recomendada por los médicos para la prevención del cáncer de próstata, ¿qué sexualidad más apropiada que la masturbación para el narcisismo autoerótico que gobierna el ideal epocal?

Para concluir brevemente. Los dispositivos de disciplinamiento corporal demuestran dejar así lugar a una biopolítica acorde con las posibilidades y demandas de un mercado global, que promueve el goce al cénit de los ideales de la cultura. Aunque, para los psicoanalistas, no se trate tanto de Foucault como de Freud. La renuncia a la masturbación −con su consecuente exigencia de pasaje por el Otro sexo− supone esa pérdida de goce autoerótico en la que el padre del psicoanálisis reconoce el anticipo del complejo de castración, articulador de la dialéctica civilizante del Edipo. Esa civilización se erige freudianamente sobre tres interdicciones fundantes: las del canibalismo, el asesinato y el incesto.
 
 
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