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   Vivir sin códigos

La "condición humana" cuando no hay nada que perder.
  Por Miriam Mazover
   
 
Resulta singularmente valioso y apropiado por lo significativo –así lo consideramos– practicar una lectura psicoanalítica acerca de un flagelo que, como argentinos, estamos padeciendo casi en forma desesperada y que, en la actualidad, se lo reúne bajo la denominación: “la inseguridad”.

De cada dicho, acción o inacción de los actores sociales (gobernantes, medios de comunicación, opinión pública, artistas, intelectuales, etcétera) se desprende, entre otras cosas, el modo como se concibe al sujeto humano y cuál es el tipo de abordaje que se propone de las problemáticas que a él le conciernen. Se configura y se instala un discurso que hace cuerpo en la sociedad, asentado siempre en determinados enunciados. Proponemos, con los recursos que nos provee nuestra disciplina, recorrer sus pliegues y poner entonces de relieve la enunciación que a éstos les cabe. Los psicoanalistas, así lo creemos, no deberíamos olvidar nunca que la dimensión humana es, específicamente, aquella que a nuestra praxis concierne desde que fue creada por Freud. Ineludible resultará ser, entonces, nuestro aporte.

La propuesta es tomar la palabra en estos asuntos y articularla en diferentes ámbitos públicos de la polis. Nos guía la convicción de que este acto conlleva eficacias ciertas y comprobadas, en virtud de las cuales, entendemos, dicha palabra sigue siendo valorada por el conjunto social, a pesar de los intentos de destituirla.
En su abordaje del sujeto humano, el psicoanálisis parte de la consideración, debidamente fundamentada, acerca de que la estructura psíquica no se encuentra configurada desde el comienzo de la vida. Por el contrario necesitará, para constituirse, una ardua construcción, jalonada por múltiples operatorias –actos psíquicos– que deben encontrar en los tiempos de la niñez, la pubertad y la adolescencia su suelo constituyente y que se cumplen en el campo de las instituciones de la cultura.

Debido a que estamos haciendo referencia a la gesta de la subjetividad, tendremos que nombrar, principalmente entre las instituciones de la cultura, a la familia, en tanto constituye su punto de partida y su condición; dentro de la misma y con especial relevancia designaremos a los padres, quienes puestos en función, se erigen como su soporte.
Desnaturalizar el psiquismo, hacerlo depender de una construcción que requiere de tiempos anudados a la presencia y la función de un Otro fundante y descubrir que su configuración no estará nunca exenta de fallas, fijaciones, detenciones –causantes todas ellas de psicopatologías diversas y del malestar propio que conlleva vivir en la cultura– es, así lo reconocemos los psicoanalistas, un legado freudiano.
Para encarar la temática que nos ocupa, nos adentraremos en un aspecto nodal de la constitución del aparato psíquico, lo cual lleva a destacar un rasgo distintivo de la especie humana: la invalidez del cachorro humano al nacer. Entenderemos que existen verdaderas razones para que este rasgo haya tenido un merecido lugar desde el comienzo de la obra de Freud, incluso en la considerada por él pre-psicoanalítica. Para el sujeto este hecho será pleno de consecuencias.

La indefensión originaria con la que venimos al mundo resulta ser una marca de origen. Ella se convertirá en causa y razón de la imprescindible dependencia del ser humano respecto del Otro para poder sobrevivir y fundamentalmente para lograr constituirse psíquica y corporalmente.
El vínculo que con el Otro se produce, tan asimétrico por cierto, será normativo si por los efectos constatados –siempre a posteriori– ha potenciado el armado de la estructura psíquica en tanto neurótica. Si esto es lo que ha ocurrido, dicho vínculo hubo de estar marcado por una impronta que no pudo ser cualquiera, habrá sido libidinal, esto quiere decir, poseer estofa de deseo y contorno de ley.
A la estructura neurótica le asiste un deseo materno que la ha precedido, articulado en una renuncia al “apoderamiento del infantil sujeto” por parte de la madre y una ley –la de la prohibición universal del incesto– que operó con una siempre fallida pero suficiente eficacia sobre el hijo (“no te acostarás con tu madre”), y también sobre la madre, (“no reintegrarás tu producto”).
¿Qué es el complejo de Edipo, sino una forma posible de contar esta dramática que es la nuestra? “Amaré al Otro en tanto criatura marcada por la indefensión originaria y lo amaré porque me hace falta para sobrevivir y cobrar existencia. También lo amaré porque hace algo con mi falta.”

Sin embargo, en el origen mismo de la constitución de la estructura, cuyos efectos nuestra praxis coteja, es el odio y no el amor aquello que se instituirá, conformando el primer movimiento inaugural de la pulsión, adscrito a un reciente y primario esbozo del yo, designado por Freud bajo el término de “yo placer” (que no constituye, aún, el yo especular, pues éste es fundado por otro acto psíquico).
En el texto “Pulsiones y sus destinos”, así nos lo es formulado:
“El odio es con relación al objeto más antiguo que el amor… brota de la repulsa que el yo placer opone en el comienzo al mundo prodigador de estímulos,” […] “el yo propio ha segregado un componente que arroja al mundo y siente como hostil… sentimos la repulsión al objeto y lo odiamos… este odio puede acrecentarse convirtiéndose en la inclinación a agredir al objeto con el propósito de aniquilarlo”. “Lo exterior, el objeto, lo odiado habrían sido idénticos al principio.”
Dimensión del odio constitutiva del yo, instituyente del narcisismo en tanto primario (pre-especular) y piedra inaugural del objeto1 y del mundo exterior.
J. Lacan, en el Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”, recorre en forma exhaustiva esta vertiente, recuperando tal como nos lo manifiesta, el vigor de la letra freudiana. En dicho seminario declara a este odio como constituyéndose “en el núcleo de mí mismo y más allá de mí”.

El odio, primer movimiento pulsional, se constituirá en el motor de la pulsión de muerte intelegida puntualmente por Freud a partir de 1920. El “eterno retorno de lo igual” jugado en la trasferencia como compulsión a la repetición y los casos de neurosis de destino, allí cuando la cura directamente fracasa, le permitieron al espíritu honesto de este clínico e investigador, hacer virar el primado que tenía hasta aquí el principio del placer hacia un rumbo secundario y otorgarle dicho lugar a la pulsión de muerte. Ella podrá ser detectada cuando, como pulsión agresiva, se dirija hacia afuera con la intención de destruir al objeto o también y en caso extremo, cuando pretende aniquilarlo. Las severas psicopatologías del narcisismo la muestran activa, por el contrario, en la intimidad del yo (sólo en calidad de ejemplo mencionaremos a la melancolía).
El subyugamiento de este primitivo odio –nervio medular de la pulsión de muerte–, su ligadura con la pulsión de vida, será posibilitado, a causa de su obrar, por la cultura, siempre y a través de sus instituciones. Resulta ser para ella no sólo un trabajo de envergadura sino también una labor sin tregua, en tanto deberá ejercerse al compás de la pulsión; es decir, con fuerza constante. No nos será posible, entonces, a los humanos, vivir en la cultura sin malestar. Estas y otras conceptualizaciones se hallarán, con todo detalle, en la obra “El malestar en la cultura”. No habrá estructura psíquica que se configure bajo la modalidad neurótica si no puede consumarse la ligazón de ambas pulsiones.
Si le reconocemos al odio su carácter primordial en toda la acepción del término –principio y fundamento en la estructuración del psiquismo y de la pulsión de muerte– es a todas luces enigmática la interrogación que Freud nos plantea acerca de cuáles son los medios de los que la cultura se vale para lograr su cometido –tan radical para la estructura psíquica– de intrincar las pulsiones tanáticas con las eróticas. Fina, perspicaz y develadora resulta su respuesta. La cultura a través de sus instituciones, puede lograr su cometido, nos dice, valiéndose del temor del infantil sujeto –absolutamente desintegrador– a perder el amor del Otro del cual depende para constituir su psiquismo, su cuerpo. Dependencia real al Otro real.

Dentro de las instituciones de la cultura, se encuentra la familia, que adquiere una importancia crucial en el tiempo de la estructuración subjetiva, y, en otro orden de importancia, también la escuela –ambas instituciones inscriptas en el Estado del que forman parte–. Sus funciones son relevantes en tanto se ejercen en el lapso en el cual transcurre la dependencia mencionada, que no es otro que el de la crianza; esto es, durante el primer y el segundo despertar sexual. Recién en el tiempo en el que el Otro real deviene simbólico, la conciencia moral, en su faz más propiciatoria –la de los ideales– tomará el relevo.
Para seguir nuestro desarrollo nos preguntaremos entonces cómo afecta a la construcción del psiquismo que dichas instituciones se encuentren en esta época –la nuestra– transitando una brutal decadencia. Decimos que este hecho tiene una directa y real incidencia sobre el ocaso del temor infantil a perder el amor del Otro que tal como lo señaláramos resulta ser el motor principal que activa la ligazón del odio con el amor.
Por un lado, la familia desdibuja sus coordenadas en muy variados sentidos. La ley del padre (su autoridad simbólica) está debilitada; las funciones parentales están cada vez más invertidas. Por este motivo y con mayor frecuencia son los hijos los que se hallan ubicados como proveedores de dinero, amor, expectativa, futuro, invirtiéndose de este modo la asimetría del amparo y de la normatividad del vínculo.
Por otro lado, el sistema educativo se desintegra paulatinamente por la creciente pérdida de autoridad y prestigio de los docentes. A esto se suma que el Estado, como república, se desvanece porque deja de ser garante, cada vez más, de la salud, la educación, el trabajo y la seguridad jurídica de sus ciudadanos.

¿Cómo temer la pérdida del amor del Otro y el desamparo si es en él donde se habita?
Cuando en lo real no hay nada que perder, la pulsión de muerte –que por este motivo no pudo ser anudada– puede seguir su cause sin límite, producir incluso el aniquilamiento del Otro, ese primario extranjero al que por imposibilidad de integrarlo no pudo constituirse en la categoría de semejante.
Hacer oír nuestra palabra con sus fundamentos, pronunciarla en la polis en cualquier espacio que elijamos según nuestro deseo, intentará desarticular un discurso falaz que tiende a instalar la noción de que el odio, lejos de ser patrimonio del sujeto, sólo a unos pocos individuos los habita. Desde dicho argumento, y buscando “salida” al padecimiento que nos genera aquello que en la actualidad englobamos bajo el término “inseguridad”, suele exhortarse el pedido de más muerte. De esta forma y de plano se borra la honda responsabilidad que a cada uno de nosotros nos cabe, de tan diferente manera, sobre el declive estrepitoso que están sufriendo las instituciones de nuestra cultura y principalmente sobre las consecuencias que este hecho acarrea sobre la estructuración de la psiquis humana.

Fue el trabajo clínico sostenido por Freud el que le permitió localizar al odio como el primer movimiento pulsional pre-represivo. Entonces, es, lógicamente, anterior al Edipo y el que se juega en el registro imaginario, constitutivo del objeto y del mundo exterior. Carácter primario del odio que si no fuera por el temor a perder el amor real del Otro real de quien se depende no encontraría motivo para fusionarse con el Eros.
Razón por la cual resulta altamente gravoso para la gestación de subjetividades normativas que no haya nada que perder. Que el Otro real desconsista hasta este punto, impide la estructuración misma de la neurosis, en tanto no nos será posible pensarla sino se ha logrado la ligazón de la pulsión de muerte con la pulsión de vida. Tampoco es posible, obviamente, de no haber anclaje en la ley simbólica propiamente edípica.
En esta época, la nuestra, tan masificada y a su vez despersonalizada, atesoramos, más que nunca, la importancia de nuestra praxis que aborda la singularidad del dolor humano, interrogándolo. Si proponemos, a partir de allí, tomar la palabra y articular nuestro decir en los ámbitos públicos de la polis haciendo lazo social, es porque pensamos que no sólo resulta necesario, sino también que será desde allí donde su eficacia –que al psicoanálisis adeudamos– volverá siempre a cobrar sentido.

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1. Desde el psicoanálisis designamos con este término a esos otros humanos a quienes reconoceremos luego como semejantes y que primordialmente le resultaron al yo extranjeros y odiados.
 
 
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