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El "malestar" en la época de Internet
  Por Diana Sahovaler de Litvinoff
   
 
Las particularidades del nuevo siglo nos motivan a reflexionar acerca de su incidencia tanto en el discurso del paciente como en la escucha del analista. La cultura viene desde siempre ofreciendo objetos con los que se puede soportar el vacío de lo real y el malestar que ella misma genera, no solo por el límite impuesto a la pulsión sino por la violencia que se pone en juego en la relación del hombre con el hombre. En el discurso capitalista, el mandato a gozar sustituye el procesamiento de lo real y promete objetos que obrarán como compensaciones a las renuncias. Pero si igualmente no se goza y subsiste el malestar, surge la propuesta de otros objetos que calmen, como las drogas y los psicofármacos a cuya proliferación asistimos.

En el contexto social que hoy se impone según Touraine, (2005) la exclusión social, el racismo y el horror a la diferencia sumados a las presiones de la fuerza del dinero y la guerra, atentan contra la subjetividad, el otro queda transformado en objeto. Es un tiempo caracterizado por la ausencia de figuras de autoridad confiables, por el avasallamiento de la legalidad a través de la fuerza y la manipulación psicopática, por el develamiento de manejos que buscan satisfacer voraces intereses ocultos tras el disfraz de las ideologías, por la imposición de objetivos ligados al consumo dentro de una política de globalización que empequeñece o anula al sujeto, por la amenaza terrorista cuyo modus operandi radica en el ataque sorpresivo y arbitrario que no admite ningún apronte protector. En el nuevo esquema de sociedad surge la figura del excluido, que actualmente no es el que tiene menos sino el que cae directamente del sistema. Hoy el altruismo no parece ser un valor que cuente (Tamiozzo 2005), y el horror por el resto, por la diferencia, queda depositado en el marginado. Podríamos decir que no hay angustia frente al padecimiento, lo cual es índice de una estructura donde se aplica la voluntad de un Amo y donde el otro se reduce a un mero objeto. En algunos aspectos se ha vuelto a situaciones inhumanas que se creían superadas, mostrando nuevamente que la ferocidad y el egoísmo son consustanciales al hombre y la denuncia parece débil para modificarlos.

¿Podría dar cuenta la estructura social actual de la frecuente emergencia de algún tipo particular de neurosis? Dentro de las condiciones que describimos, donde la modalidad comunicacional e informática parece coincidir con una vacilación del eje que orienta la búsqueda, en consonancia con la caída de referencias paternas, cada cual inscribe su propia historia de acuerdo a su predisposición psíquica; pero los factores mencionados parecen reforzar aquella serie complementaria que redunda en una particular causación de neurosis: la fobia, que en su manifestación como “enfermedad de la época” suele ser designada como “ataque de pánico”. Ésta intentará con mayor o menor éxito ligar la angustia que se genera en un sujeto que se siente débil para cumplir con ideales que lo tientan con excesos, cuando aquellos que encarnan la ley deberían protegerlo de políticas inescrupulosas, y para favorecer su crecimiento asumiendo una función paterna que ayude a jerarquizar, discriminar, elegir y renunciar, ejercen en cambio una política perversa.

La sobrecarga erótica y agresiva de estímulos e información hacen sentir al sujeto cada vez más vulnerable; hace 100 años era clara la pertenencia a una familia, un barrio, hoy el sujeto siente que pertenece al mundo, y el mundo es demasiado grande. Lo principal es la búsqueda del placer, pero sin rumbo, no existen los objetivos, siempre hay que ir a alguna parte, pero nunca se sabe a dónde. Frente a esto, el sujeto siente que no puede, que va a estallar, que se va a morir, porque no logra aferrarse a nada. (Litvinoff H. 2001). La posibilidad de acceder a “toda” la información y de disponer de un dispositivo informático que permita interconectar a todos los hombres, aparece como una representación de una “libertad sin límites”, según los términos de Finkielkraut (2001); Internet por ejemplo, es un espacio anti-autoritario –dice– libertario, los internautas se oponen a toda regulación. En un mundo caracterizado por la apertura y la horizontalidad, la “Red” promete y promueve un discurso uniforme, una exuberancia sin jerarquía, pero expone al riesgo de una “libertad fatal”, la confusión de las fronteras, el olvido de la diferencia entre lo privado y lo público, el ser y el parecer, el consumidor y el sujeto. El deseo ya no es el enemigo de la moral capitalista ascética, (Finkielkraut, Soriano 2001), sino más bien el motor de su creatividad y su desarrollo; el mercado estará a la escucha del más mínimo deseo del potencial cliente, para proponerle el producto o servicio capaz de satisfacerlo; y esta “economía del deseo”, se despliega inexorablemente en el universo de las redes, que se constituyen en un poder. Esta ideología del marketing requiere la homogeneización planetaria, afectando la experiencia íntima de los fundamentos de la existencia: la memoria, la identidad y lo que todos convienen en llamar “lo real”.

La llamada “red” de intercomunicación, con un apelativo de múltiples resonancias, actuaría como un sostén, un modo de estar contenido ante las posibles “pérdidas de equilibrio”, un recurso contrafóbico, una garantía que proteja de los “saltos al vacío”; de este modo, se garantiza el contacto con los otros manteniendo la debida distancia. Aunque, al igual que lo que sucede con el síntoma, satisface tendencias opuestas: aquel apoyo que permite la salida puede transformarse también en vigilancia, control o trampa adictiva. La angustia siempre requiere ser ligada, y frente a ello surgen distintas propuestas. En consonancia con la organización social que describimos, las “soluciones” farmacológicas a ultranza y las terapias que buscan soluciones puntuales y rápidas, no se dirigen a reencontrar al sujeto sino a eludir toda responsabilidad del consultante en su padecimiento, y nos atreveríamos a decir que no se llega a esto por derivación, sino que se busca velada pero activamente una des-subjetivación que no cuestione. Esta posición es también la que se espera de los estratos de la sociedad que asisten como espectadores a una organización social impiadosa generadora de desigualdades extremas en la distribución de la riqueza y la generación de marginalidad.

El malestar inherente a la cultura toma forma en las inquietudes y síntomas propios de cada época. En la nuestra, el malestar puede señalar el comienzo de una protesta que suele expresarse como “pérdida de sentido de la vida”. Es costumbre achacarla a la ausencia de “valores”, a la caída de los ideales. En este contexto, hablar de una “crisis” de ideologías supondría la expectativa del surgimiento de alguna que fuera “auténtica” y proporcionara metas válidas. Las ideologías, sin embargo, parecen haber sido pergeñadas para los crédulos, para justificar y dar un sostén racional a razones inconfesadas. El individualismo extremo paradójicamente, lleva a la pérdida de subjetividad, ya que ésta necesita de un lazo social en referencia a valores que nos puedan proyectar fuera de un narcisismo tanático que ahoga. El sentimiento de futilidad de la vida puede conducir hasta al pánico como reacción frente a este desligamiento anonadante. Sin embargo, como sucede con lo que se desmiente o se excluye, suele retornar del modo más impensado, y distintas manifestaciones de malestar y violencia irrumpen, mostrando que es inútil soñar con un “mundo feliz” a costa de la infelicidad del resto. La angustia, con y sin motivo que también se extiende a nivel social, parece la reacción neurótica frente al daño, y puede constituir el germen de una objeción ética. La solidaridad y el cuidado por el otro también forman parte de la “naturaleza” humana y no dejan de manifestarse.

Si bien parecería que en el hombre existe hoy un descreimiento generalizado, éste cada vez más se acompaña de un darse cuenta de la función del ideario social como instrumento imaginario de dominación. Los crédulos se cuentan cada vez en menor cantidad, y tal como sucede cuando se accede a lo no sabido del inconsciente individual, surge el conflicto del qué hacer con el saber adquirido, sobre todo cuando la posibilidad de acción o modificación se ve dificultada. Sentirse juguete de fuerzas e intereses que determinan el destino personal, pero que la difusión de la información y la profundidad de los análisis dejan al desnudo, sacan al ser humano de la ingenuidad pero no de su sensación de insuficiencia. Ahora está más advertido, ve los hilos que lo manejan, no se deja ilusionar, pero percibe que no puede modificarlo. La angustia evoca un nacimiento hacia la luz, pide un corte que permita encontrar sentidos prospectivos, una legalidad que limite al que pretende anular el derecho a elegir, y que cuando no se encuentra sume al sujeto en ansiedades de traición y muerte.

Pero el sujeto insiste en aparecer. El tema de la información que representa una revolución tecnológica cuyos efectos sociales y culturales son visibles en todas partes, contiene según Touraine (2005) la ausencia de todo determinismo ya que se ha creado una situación nueva a causa de la gran flexibilidad social de los sistemas de información (lo que contradice los discursos sobre la invasión de la sociedad por las técnicas). Éstos, dice, dan voz a los que eran tratados como objetos, como propiedad, y que han salido así de la sombra y el silencio buscando saber quiénes son; asistimos a un cambio de paradigma que consiste en un universo dominado por la investigación de uno mismo. Si bien Internet y la nuevas tecnologías de la información, cuya omnipresencia se elogia tanto, constituyen el medio de comunicación masivo más adaptado a la ideología que preconiza el fin de la Historia y la desaparición de todas las fronteras, podemos cuestionarnos si es correcto predecir que a partir del desarrollo de la sociedad de la información y de Internet se producirá el establecimiento de un mundo orweliano, caracterizado por la uniformidad generalizada (Lévy 2001). Aunque la realización de esta fantasía pueda verse favorecida, también se observa que el sujeto se ha abierto paso en los nuevos medios de interconexión desafiando las tendencias a la homogeneidad global y utilizándolos para expresar denuncias, amores, odios e interrogantes. Y además para buscarse a sí mismo a despecho de caídas, recaídas y dificultades.


Bibliografía
Finkielkraut A. Soriano P. (2001) Internet, el éxtasis inquietante. Del Zorzal Bs. As. 2006.
Freud S. (1932) “Nuevas conferencias de Introducción al Psicoanálisis. Angustia y vida pulsional”. V 22, Amorrortu. Bs. As. 1976.
Lacan F (1962) La angustia. Seminario 10. Paidós, Bs. As.
Litvinoff H. (2001) “Pánico una amenaza con tratamiento”. Ciencia y Salud. La Nación, Marzo 2001.
Sahovaler de Litvinoff D. (2009) El sujeto escondido en la realidad virtual. Letra Viva, Bs. As. (2009).
Tamiozzo M. (2005) “Del Estado de Bienestar al Estado Postsocial y la exclusión social”. Teórico “Ecos”, 2005.
Touraine A. (2005) Un nuevo paradigma. Paidós. Bs. As. 2005.
 
 
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