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   Vivir sin códigos

Jugarse la vida
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
Todas las estadísticas al respecto coinciden: el riesgo de suicidio entre los adolescentes es cada vez mayor. Se investigan los factores precipitantes (depresión, abuso de alcohol o de drogas, crisis en la familia de origen, dificultades en el colegio) pero todo esto resulta insuficiente para justificar otro hecho incontrovertible: los jóvenes que intentan matarse, en realidad, quieren vivir.
El drama adolescente se despliega en una estrecha frontera: la que separa el Otro del goce. Y en esa frontera se juega una apuesta crucial cuya ganancia es la posibilidad de exiliarse del goce. Cuando el cuerpo es llamado al lugar del acto entran en juego, más allá de circunstancias de presión y consideración sociales, las coordenadas de demanda y deseo que hacen el horizonte subjetivo de cada uno.

Para adentrarnos en esta cuestión, interrogaremos la singularidad, no de un caso clínico, sino de un personaje de ficción: tomaremos como referencia al joven Volodya, protagonista del cuento homónimo escrito por Anton Chéjov en 1887.1 Otorgándole estatuto de sujeto, y en el marco simbólico que ofrece el relato, haremos de Volodya alguien tan verdadero como los jóvenes de la vida real para tomar su drama, situado un siglo atrás, como modelo para despejar la encrucijada adolescente en la actualidad.

Bajo el imperio del Otro. Volodya, un joven de diecisiete años flacucho y tímido, se pasea con aire preocupado por el jardín de la casa de campo de los Shumihins. Es domingo y ya son las cinco de la tarde. Está angustiado: al día siguiente tiene examen de matemática y, si no pasa el escrito, va a tener que repetir el año. Además, estar en la casa de esa familia adinerada y aristocrática lo mortifica; se siente tratado con desprecio, como si fuera de una clase inferior. Todos los fines de semana le suplica a su madre para no ir, pero en vano.

A todo esto se suma un sentimiento nuevo que incomoda su ánimo: no puede dejar de pensar en Nyuta, una prima de la familia. Nyuta está siempre sonriendo; tiene treinta años, es robusta, no muy bonita y está casada con un arquitecto que pasa todo el tiempo durmiendo. Este sentimiento extraño e incomprensible lo avergüenza; no es el amor puro y poético que ha leído en las novelas. Esto no es amor, se dice; es sólo una aventura. Y a propósito de aventuras, Volodya recuerda su extrema timidez, sus pecas, su falta de bigote; para poder abordar con éxito Nyuta debería ser bien parecido, más atrevido y ocurrente.

Ese “sentimiento extraño” que sorprende a Volodya anuncia la intrusión de la función sexual en su campo subjetivo: goce sexual y deseo reclaman su integración tomando al cuerpo como “mesa de juego”. Pero Volodya no se considera a la altura de los acontecimientos: la imposibilidad propia de conjunción sexual retorna sobre él como insuficiencia.
De repente, y en lo más delicioso de su ensoñación, aparece Nyuta, que viene de darse un baño. Volodya la mira deslumbrado; ella lo inspecciona de arriba abajo:
-¿Qué haces aquí, solitario? Tú siempre por algún rincón, pensando y pensando… A tu edad deberías estar corriendo, charlando con tus amigos, enamorándote.
Volodya permanece callado.
-¡Vamos, dime algo! Es preciso que seas delicado y atento. Debes hablar, reírte; podrías probar ensayando conmigo…
Nyuta se pasea por el jardín, dueña y señora del saber; habla y habla, sin permitir que Volodya haga su propio juego. Sus “recetas” no son signos de su amor sino verdaderos mandatos superyoicos, que no consiguen más que provocar la angustia del joven ante la amenaza de quedar arrasado por ellos. Cuando Nyuta se va, Volodya se siente avergonzado, no sólo por su incurable timidez sino por haber sido tratado como un niño. Tiene el impulso de salir corriendo, pero aún faltan tres horas para que salga el tren.
Llegado el momento de partir, su madre le anuncia que ella se queda a dormir. Camino a la estación, la angustia y la vergüenza van desapareciendo, las cosas no le parecen tan terribles. Con el pretexto de que ha perdido el tren, decide volver. Tiene un plan: se acercará a Nyuta en la oscuridad y la abrazará de tal forma que no harán falta las palabras. Para su desilusión, las mujeres se quedan jugando a las cartas hasta muy tarde. En su cama, piensa en el examen y en las “ventajas” del inminente aplazo: será libre como un pájaro, dejará de usar el uniforme del colegio, podrá fumar a su antojo y le hará el amor a Nyuta cuando le dé la gana. Ya no será un colegial, piensa, sino todo un hombre. En su afán por devenir un hombre, Volodya se confronta con un Otro primordial que lo retiene sujetado a su goce, obstruyéndole el paso en el rumbo de su deseo; la castración, único modo para su supervivencia como sujeto, está fuera de juego.
A la madrugada, Nyuta entra al dormitorio de Volodya para buscar un medicamento. Volodya la observa en silencio, subyugado por su imagen recortada por la luz del amanecer. Nyuta se ríe, se acerca a la puerta para ver si hay alguien y, fastidiada por la falta de iniciativa del joven, murmura:
—¡Estos colegiales! –entonces, Volodya siente un repentino asco y ve frente a él apenas una cara gorda y vulgar.
—Me voy –exclama Nyuta enojada–, ¡vaya ganso que resultó este tipo!
La imagen fascinante de Nyuta se derrumba y se presenta literalmente como un paquete de carne; reducción del objeto sexual a su dimensión real que origina en Volodya una sensación de asco. La actitud despreciativa de Nyuta confronta a Volodya con un goce que le resulta intolerable.

Un trasto más. Cuando Volodya se levanta de la cama, ya es mediodía, va a necesitar un certificado médico para justificar su ausencia al examen. Cuando se mira al espejo, reconoce: “Ella tiene razón: soy muy ganso y muy feo”. El espejo le devuelve su imagen totalmente alienada a la mirada de ese Otro gozador. Durante el almuerzo, tiene la impresión de que ahora Nyuta se ríe muy alto a propósito, para darle a entender que le importa muy poco lo que pasó la noche anterior con el “ganso feo”.

Existe en este mundo otra vida, llena de amor y de alegría, pero ¿dónde?, se pregunta Volodya, ni su madre ni nadie de los que lo rodean le han hablado al respecto. Una vida feliz, como la que Volodya pretende, es la vida que transcurre en concordancia con la causa del deseo.
Finalmente, regresa con su madre a la ciudad. En la pensión en la que viven disponen de dos cuartos: el de su madre tiene ventanas y cuadros en las paredes; el suyo es pequeño, oscuro, con un sofá como cama y, además, está atestado de baúles, cajas y toda clase de trastos que su madre guarda para vaya saber qué. Volodya, inquieto, camina por los pasillos. Su habitación inhóspita, el examen perdido: no encuentra salida.

En el salón, furioso con las conductas de su madre, da un puñetazo contra la mesa con tal fuerza que derrama todo lo que hay en ella. Su madre lo llama al orden; una vecina intenta consolarla: —¡No se preocupe; no le haga caso! Los jóvenes de su edad no saben contenerse…
—Tengo que asumirlo: está demasiado mimado. No hay nadie que ejerza autoridad sobre él y a mí no me hace caso.
Volodya ha intentado sostener su verdad frente al Otro por todos los medios a su alcance, pero el Otro no se muestra dispuesto a poner en falta su saber. Dando vueltas por la pensión, encuentra un revólver sobre una mesa. Es la primera vez que toma uno en sus manos, destraba el seguro, se mete el cañón en la boca y mantiene sujeto con los dientes… Suena un disparo. Volodya cae boca abajo sobre la mesa entre los frascos y las botellas: “en ese momento, vio a su difunto padre […] Sintió que lo tomaba en sus brazos y caía con él en un abismo oscuro y profundo… Después, todo se tornó confuso y desapareció”.
El relato recupera la figura del padre como sostén de la ley; una función que debe su eficacia al corte que introduce en el goce. Volodya ha sacrificado su deseo al goce del Otro, renunciando a lo más íntimo de su ser. El disparo del revólver lo deja fijado al lugar del “ganso feo”, apenas otro trasto en la oscura habitación. Ha logrado escapar, pero al precio de su exilio definitivo del escenario del mundo.

________________
1. Chéjov, “Anton Volodya”, en El violín de Rothschild y otros relatos, Madrid, Alianza Editorial, 2007. Véase un comentario del mismo cuento en: Bauab de Dreizzen, Adriana, De la angustia al deseo, Buenos Aires, Letra Viva, 2008.
 
 
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