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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (undécima entrega)
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
Pasamos, de este modo, al último punto que nos interesa abordar en el Tractatus, que es la relación establecida por Wittgenstein entre lenguaje y pensamiento. Encontramos en primer lugar una tesis muy fuerte, de la que derivarán importantes consecuencias: el pensamiento es, para Wittgenstein, la figura lógica de los hechos; esto quiere decir que un hecho será pensable, en tanto podemos hacernos una figura de él. Todo lo que puede ser pensado puede ser a su vez formulado lingüísticamente. Volvemos de este modo a toparnos con los férreos barrotes de la jaula: los límites y condiciones del pensamiento —tanto como del conocimiento—, se corresponden entonces con los límites y condiciones de lo que puede ser simbólicamente expresado. La línea de demarcación extrema de lo que puede ser dicho —y pensado— coincide con los límites del lenguaje, con su límite lógico, el cual viene así a señalar, en consecuencia, «el límite de lo existente»1. En palabras de Wittgenstein: «La totalidad de los pensamientos verdaderos es una figura del mundo (…) El pensamiento contiene la posibilidad del estado de cosas que piensa. Lo que es pensable, es también posible». Si decimos que algo «existe», nos apoyamos para ello en determinadas investigaciones fácticas. Ahora bien, aquello sobre lo que podemos afirmar que «no existe», pasa a ser para Wittgenstein algo cuya existencia podría ser sin embargo aseverada sin violentar la lógica del lenguaje, dado que no cabe discutir la existencia de algo tan sólo a partir de ella. Ese sería el error sobre el cual intenta ponernos constantemente en guardia: pretender decir algo sobre aquello que no puede ser dicho. Por otra parte, en la medida en que el mundo es, considerado como un todo, la totalidad de los hechos, difícilmente cabría afirmar, sin incurrir en paradoja, que el conjunto de todos los hechos es, a su vez, un hecho. Pues eso equivaldría a trazar una línea de demarcación cuyo lado de allá no podría ser pensado; y si una de las zonas demarcadas no puede ser pensada, difícilmente podría ser trazada la línea en cuestión. Por este motivo, el deseo metafísico del conocimiento del mundo como un todo está para Wittgenstein condenado al fracaso, chocando con los límites que le impone de manera infranqueable la estructura lógica del lenguaje. En la medida en que la metafísica se ocupa del mundo concebido como una totalidad, o pretende pronunciarse sobre lo trascendente, se convierte desde su punto de vista en algo absurdo. Lo místico se instituye así como la experimentación de una presencia que el lenguaje puede mostrar, pero sobre lo que nada podrá decir.

Esto tiene fuertes consecuencias en la concepción de la estructura lógica de la ciencia, quedando la lógica, la matemática y la ciencia natural como único ámbito en el que es posible pronunciarse con algún sentido. Pero entonces, debe observarse sin embargo que las leyes científicas no son leyes de lo real, sino del lenguaje de lo real. Son aprioris lógico-lingüísticos que nada dicen del hecho singular. No hablan del mundo, sino que posibilitan su descripción planificada, reticular, sistemática, lejos de todo intento de explicación esencialista. Por lo tanto, Wittgenstein entiende que no son los problemas científicos los que realmente importan: «Aunque todos los problemas científicos estén solucionados, sentimos que no se han rozado siquiera los problemas vitales». Su propósito, la misión esencial que conlleva su escritura del Tractatus es la de delimitar por fuera el campo del conocimiento y del lenguaje, para señalar con ello las fronteras del territorio de la intuición, del sentimiento y del silencio. Por fuera, no reductibles a los límites del lenguaje, quedan lo ético, lo estético, lo místico, y la filosofía. En carta a Von Ficker, en pleno proceso de negociación de una eventual publicación de su obra en Der Brenner, dice: «el sentido del libro es ético (…) mi obra se compone de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la importante. Mi libro, en efecto, delimita por dentro lo ético, por así decirlo; y estoy convencido de que estrictamente, SOLO puede delimitarse así. Creo que todo aquello sobre lo que muchos hoy parlotean, lo he puesto en evidencia yo en mi libro, guardando silencio sobre ello». El Tractatus posibilita entonces dos puntos de vista a partir de los cuales lo que no se puede decir, se muestra: hablando de otra cosa; o bien, en silencio. Su parte escrita, tiene tan sólo la función de jalonar los peldaños de una escalera que el lector debe tirar, una vez que ella le ha servido para ascender a la captación de lo más alto.

La conexión con aquello que hemos desarrollado en otro lugar2 acerca de la naturaleza del objeto psíquico y los límites de la interpretación, con los que tanto Freud como Lacan pronto se toparon en su propia experiencia clínica, resultan por demás evidentes. Nos deteníamos por entonces en la consideración de ciertos «acontecimientos» que, desde el inicio de la experiencia freudiana, se han presentado como obstáculos en la dirección de la cura, y cuyo abordaje nos confronta con la necesidad de repensar tanto los bordes de nuestro campo de incumbencia, como los criterios de analizabilidad. Fenómenos clínicos que no se restringen al registro simbólico, en tanto lo que allí se juega, lo que se pone en escena, es algo sobre lo cual el sujeto no tiene palabras que viabilicen su expresión: revelan elementos inherentes a la estructura del sujeto, y a su propia posición en la escena fantasmática de la que se derivan los diversos fenómenos que configuran su neurosis: «El status del inconciente —señala Lacan—, tan frágil en el plano óntico, es ético. Freud, con su sed de verdad, dice: Sea como fuere, hay que ir a ver, porque, en alguna parte, el inconciente se muestra»3. En la próxima entrega, nos proponemos examinar el efecto —no del todo escrito— que tuvo en el pensamiento de Lacan, el encuentro con el Tractatus.
________________
1. Hartnack, J.: Wittgenstein y la filosofía contemporánea; (Edic. Ariel; Barcelona 1972).
Ahora bien, a poco de detenernos en esta última afirmación de Hartnack – que los límites del lenguaje marcan los límites de lo existente -, el término «existente», nos parece que no sería el más adecuado para describir la idea wittgensteiniana. Si tenemos en cuenta el párrafo que le sigue, ahí Wittgenstein para señalar dicho límite utilizará otro concepto, el de lo posible, al señalar que lo que es pensable, es también posible. De lo cual deducimos que aquello que no puede ser dicho o pensado, es «lo imposible». Este es el eslabón que nos permite la conexión con una de las formas en que Lacan define a lo real. Y desde aquí podemos dar un paso más y postular que aunque no pueda ser nombrado, lo real ex–siste. Por ejemplo, a partir del desarrollo del nudo borromeo, lo real es aquello que ex-siste a lo simbólico y a lo imaginario. De esta manera, logramos un avance conceptual al poder incluir ahora sí un pensamiento sobre lo imposible o lo real.
2. Pulice, G.; Manson, F.; Zelis, O.; Investigar la Subjetividad; Buenos Aires; Letra Viva 2007. Capítulo 3.
3. Lacan, J.; Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1989.
 
 
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