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Mensaje Telepático.
  Una comunicación posible
   
  Por Nicolás Cerruti
   
 
Cuando conocí a “Missus” sospeché que allí se planteaba algo distinto a un tratamiento posible, era más bien una posible enseñanza. “Missus” vino buscando un psiquiatra al Borda por este motivo: su astróloga le había dicho que eran los psiquiatras los que le iban a cortar el canal con los telépatas –tenía cierta permeabilidad a la palabra del otro–. Buscando psiquiatras se encontró conmigo, que no lo soy, con una escucha distinta a la de su astróloga (que sabía sobre él), y durante ocho meses me ubicó como un alumno al que hay que enseñarle todo, porque nada sabe.

Lo que “Missus” me enseñó eran las distintas formas que tenía para cortar el canal telepático, o sea, él podía hacerlo pero no del todo. Para esto usaba baños de inmersión, sales, yoga, meditación, como cosas quizás menores (pero que comprometían al cuerpo en su tratamiento), también se aplicaba a la construcción de campos electromagnéticos (como elemento más bien imaginario), y definitivamente lograba algo distinto cuando descifraba anagramas, o utilizaba el péndulo y el alfabeto cabalístico (hacía una elaboración de lo simbólico propiamente real). Era un maestro del desciframiento, de la interpretación; sin embargo todos esos eran instrumentos que podían fallar, afirmaba, lo único que no lo hacía era el mensaje telepático. Porque él se consideraba telépata y su vínculo con el Otro era permanente.

Ser telépata le daba un ser, pero no era algo que lo dejara satisfecho, ni mucho menos; pero ser telépata era mejor que vivir hipnotizado. Antes a “Missus” la presencia de ciertos gatos lo dejaba en un estado de perplejidad por horas, y luego solo quería matarlos, “o ellos o yo”, por eso iba siempre con un arma. También venía armado al servicio, con un rociador para los ojos, y cada tanto me interrogaba: “¿Ustedes están con los Rosacruces?” Analista: “No…” Missus: “Ah… porque los Rosacruces pelean contra los telépatas, y como ya no recibo tantos mensajes.” Lo cual lo sumergía nuevamente en la enseñanza del péndulo y el anagrama, para que yo pudiera lidiar también con aquellos.
Sin embargo en el mensaje telepático yo no participaba, y era donde él podía enfrentarse de otra manera. Así que pongamos en claro qué se entiende por éste; habría por lo menos dos definiciones:
1. Coincidencia de pensamientos o sensaciones entre personas generalmente distantes entre sí, sin el concurso de los sentidos, y que induce a pensar en la existencia de una comunicación de índole desconocida.
2. Transmisión de contenidos psíquicos entre personas, sin intervención de agentes físicos conocidos.

En “Missus” tendríamos más que vérnosla con la segunda, ya que no había coincidencia, sino transmisión, ni tampoco una “comunicación de índole desconocida”, pues había certeza.
En un mensaje telepático parece haber algo de la palabra impuesta, y es justamente la relación con la palabra la que está comprometida. Los métodos para descifrar el mensaje, nos anuncia “Missus”, pueden ser falsos, pero el mensaje no. A todos la palabra nos es impuesta –el “parásito palabrero” del que habla Lacan–, la cuestión es ver por qué lo percibe “Missus”.

El mensaje telepático tenía la forma de una alucinación en el punto en que era a “varias voces”, un grupo de telépatas para “Missus”, que le indicaban también ciertos términos que él recibía pasivamente, y que servían para interpretar los mensajes. La lengua fundamental de Schreber. Era el punto donde no podía zafar. ¿Pero es que se puede zafar de un mensaje telepático? ¿Acaso no nos mostró Freud que en los casos por él analizados, las profecías seguían sin cumplirse, pero el paciente las sostenía como válidas? “Missus” también me enseñó que él llamaba mensaje telepático a la palabra que proviene del Otro, quizás como tantos otros pacientes que van a consultar a tarotistas, adivinos, y demás… claro que en el caso de “Missus” no se acercaba a ninguno de estos para recibir el mensaje, éste se imponía. Llegados aquí es dable preguntarnos: ¿qué se motoriza en el mensaje telepático?

En todo mensaje telepático parece haber no solo transferencia de pensamientos, sino de saber. Algo que yo sé, y el otro no puede saberlo, de pronto me lo expresa –este es el caso de los adivinos, de los profetas, expresar un saber que no pueden saber–. Pero su fórmula sería distinta a la del inconsciente, un saber no sabido, sería más bien: “yo sé que él sabe”. En mi paciente ellos saben.
No solo se transfiere el saber, sino un deseo, en su forma “eso desearía de ser posible”. Freud lo expresa así: “un deseo poderoso que representa una pieza de un saber indiferente, con un vínculo especial con la conciencia, que necesita del otro para su expresión1, llama a este deseo “deseo sofocado”… deseo que pervive.

Además el mensaje telepático coincide con una percepción de afuera, se lo recibe pasivamente. Esto indica la sugestión que toda palabra posee cuando viene del otro. El hecho de vivenciar el mensaje telepático de esta manera indica que porta la palabra del otro, ¿o a estas alturas ya podríamos decir del Otro? En este punto podemos preguntarnos con Lacan: “¿Por qué no habría solidaridad entre estructuras, si el sujeto nace incluido en el lenguaje, determinado en su inconsciente por el deseo del Otro?2 El deseo, en este sentido, es casi una alucinación –en Freud lo encontramos en la primera vivencia de satisfacción–; ¿pero en el mensaje telepático hay cumplimiento del deseo? Ciertamente no es como el sueño, de hecho Freud afirma que no tiene que ver con el inconsciente; el mensaje telepático, la información telepática, la comunicación telepática, tendría un contenido cierto, pero el hecho de información es lo que Freud rechaza. Tal vez lo contrario al paciente, donde el contenido puede ser falso, pero el hecho no; es que no hay diferencia quizás entre el hecho de un mensaje telepático y su contenido; ciertamente, ¿de qué estamos hablando cuando decimos “mensaje”?
Para ser claros, el mensaje telepático no tiene que ver con el inconsciente, y más que nada en este punto: si hay localización del deseo entonces podemos negar el mensaje telepático. Pues si hubo localización del deseo es por el análisis. Particularmente el “contenido” del mensaje telepático tiene que ver con el deseo del sujeto. Este contenido es el analizado por Freud, donde descubre al deseo sofocado, pero que bien podría advenir en una fantasía, en un resto diurno, etc. “Missus” indica que hay paridad entre mensaje y contenido, hasta el punto en que es un puro mensaje, y que el contenido es falso porque él reacciona, lidia, trabaja también.

En la era de los “mensajitos de texto” el mensaje telepático se presenta como una evolución tecnológica de la telefonía celular. Ya no hay ausencia de cables, como en la época de Freud, sino hasta ausencia de satélites. Pero “Missus”, justamente, interpreta que la interferencia que todo mensaje constituye no es sin satélite. Aparece hablándole por la radio, en su mente, pero hay satélite. Hay hilos aunque no los veamos, porque hay satélites, y hay satélites porque hay ya –decimos nosotros– elaboración real (elaboración de ese real luego del desencadenamiento psicótico).
“Mensaje” proviene del latín Missus, que significaría “enviado”. Es en este sentido que todo mensaje es ya un contenido, pues figura como un enviado, no importando ya su sentido… pues su sentido carece de sentido, menos en el punto en que se constituye como mensaje.
La significación viene del Otro, esto es: hay significación, roza la certidumbre (por el encanto que genera en el sujeto); nombrando el destino de la persona no hace más que significar al Otro también, donde el sujeto parecería prestar letra en tanto que se aboliría.
Missus” se considera así un “enviado”, un elegido (el hombre gris), que lidia en otro plano, sin descanso, para la salvación mundial y la segura destrucción de sí mismo. Porque para “Missus” la presencia del Otro implica un goce mortífero, con el que tendrá que luchar cotidianamente, siempre propenso a enfrentarlo como el elegido (con el sacrificio como el camino más seguro), o, como parece haber acontecido en el tratamiento, mantenerse en la asíntota que deja el margen para serlo, pero en el infinito, y hacer mientras tanto vivible la vida.
En la filosofía oriental el alumno supera al maestro, o tal vez lo traiciona… en este caso no ocurrió lo uno ni lo otro. Missus se retiró antes de toda posibilidad de un encierro. En su momento se lo pensaba como peligroso para sí y para terceros; de hecho se afirmaba que en otros tiempos éste paciente hubiera sido sometido a la terapia de shock, que no llegaría ni a la esquina. Pero Missus llegaba más lejos, manejaba un taxi.
Se fue como se van muchos pacientes, de un día para otro, pero determinando cuál iba a ser el último día, agradecido, sin saber siquiera cómo fue que lo había ayudado, preguntándoselo; y con una extraña motivación: la de continuar su lucha en los momentos ya menores en que los telépatas lo molestaran.



1 Sigmund Freud, Amorrortu Editores, Tomo XVIII, página 176
2 Jaques Lacan, Seminario 21, página 28
 
 
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