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   Síntomas en la infancia

MAD MAX ¿Infancia bipolar?
  Por Juan Vasen
   
 
“Lo andan gritando, siempre que pueden,
Lo andan pintando, por las paredes”.
Juan Manuel Serrat

La revista Newsweek1 se hizo eco de una problemática que ya dejó de ser estrictamente “médica” pese a los fundamentos hereditarios y neurobiológicos que se reclaman para ella. Max Blake nos mira serio desde la tapa. El es uno de los 800.000 niños clasificados como bipolares en EEUU. El diagrama ha dividido su carita infantil al medio. Un niño partido en dos polos.
Tenía 7 años la primera vez que quiso quitarse la vida. Poco antes de arrojarse al patio trasero de su casa dejo una notita en la que legaba sus juguetes a sus amigos. Decía allí que se sentía fatal y deprimido. Y a sus padres: “Los amo pero aún siento que quiero matarme. La razón es que no puedo dormir de noche y papá me grita por eso. Pero no lo puedo controlar. No soy yo quien controla eso. No sé qué lo controla pero no soy yo. Yo necesito ayuda verdaderamente, los amo. ¡¡¡Max!!! Te amo mami. Te amo papi”.

¿Qué es lo que no podía controlar su “yo”? ¿Polos? ¿Tal vez fantasmas? Veamos. Max era irritable desde pequeño. Lloraba mucho, no dormía, golpeaba su cabecita contra la cuna, y gritaba hasta enrojecer. Nada lo calmaba. Amy, su madre bromeaba que tal vez esto era debido a que nació el 31 de Octubre de 1997, noche de brujas, para explicar cómo un bebé tan pequeño podía generar semejante infierno. Una foto actual de Max lo muestra dibujando en una pizarra un niño con cola de diablo y una calabaza cubriéndole la cabeza. De ella salen dos flechas una señala la palabra: ¡Me! Y la otra una frase: I am like this. Algo grita en esa “pared” pintada. De bebé lo erizaba el contacto con el pasto, al año ordenaba docenas de sus autitos obsesivamente y ante cualquier alteración gritaba y se descontrolaba. Su padre, sargento de la Marina, intentó una disciplina educativa rígida pero no fue eficaz. Su madre, abogada, intentó negociar con él sin resultados. Al año y medio paso de irritable a agresivo: atacaba a otros niños de la guardería a mordiscos y luego se sentía mal por lo hecho. Pero no lo podía evitar.
A los dos años fue llevado a una consulta con el Dr. Jankowsky del Tufts-New England Medical Center quien a falta de pizarra y dibujos efectuó análisis de sangre y mapeos cerebrales. Su diagnostico: es Bipolar. Un “problema serio e incurable”: una sentencia.

Diagnóstico “novedoso” surgido de las investigaciones de Joseph Biederman y Janet Wozniak del Massachussets General Hospital. Les explicaron que una “disminución de la actividad organizadora e inhibitoria de la corteza frontal dejaba el camino abierto a una hiperactividad en la amígdala cerebral que lo llevaba a vivir el mundo como un lugar dramático y peligroso”. Si todo este infierno brotaba de allí, de esos dos polos, “al menos significa que no soy una mala madre”. ¡Qué alivio!

Entonces Max comenzó a tomar Valcote (Divalproato de Sodio) un antiepiléptico que se emplea como estabilizador. Disminuyó su peso y tampoco dormía. Le indicaron Olanzapina, un antipsicótico moderno con el que empezó a comer (¡y cómo!) y a dormir como “un bebé.”¿Cómo qué dormiría antes? La nota acerca algunas consideraciones: “La investigación neurológica tiene sus límites. Y el TPBI no puede ser identificado por mapeos cerebrales. Diagnosticar es más un arte que una ciencia. Muchos psiquiatras han errado al verlo por todas partes, etiquetando erróneamente (a nueve de cada diez) chicos y creando un mercado lucrativo para las compañías farmacéuticas”.
“No me interesa qué diagnóstico tiene. Lo que importa es ¿qué vamos a hacer al respecto?” pregunta Amy. Hasta aquí el “tratamiento” se había limitado a la medicación. Nada muy útil ya que a los 2 años y medio Max es expulsado de la guardería. A los 3 años los Blake deciden una nueva consulta, esta vez con Jean Frazier, psiquiatra infantil del hospital Mac Lean en Massachussets. Jean coincidió con que Max presentaba “los síntomas típicos del TBPI” e indicó nuevos mapeos y tests. Pero en algo actuó distinto, les dio una derivación para play therapy “Y más importante que eso, les dio esperanza”. Lúcida asociación: juego y esperanza.

Dado que en la escuela pública se la pasaba “gritando siempre que podía y pintando por las paredes”, sugirió que Max fuera a una escuela especial con acompañmiento. Luego de probar ocho psicofármacos más, Max “descarriló” de nuevo. Su mamá pensó en ese momento: “Ahí viene el diablo”. En consonancia con estos fuegos del averno Max dice: “Quiero congelarme hasta morir”. ¿O más bien se trata de su fantasía de sobrevivir?
Sus padres, temerosos de sus genes, se proponen adoptar un hermanito. Max tiene una tremenda rabieta. Y llora diciéndoles que lo que pasa es que ellos querían un hijo perfecto. Otro, no él. Fallado.
A los siete años y medio está peor. En dos años engordó mucho y presenta tics, carraspea todo el tiempo, pestañea, todos efectos atribuibles a reacciones adversas de los fármacos. Deciden suspender todas las medicaciones. Luego de lo cual se arranca las ropas como si tratara de arrancarse la piel. Sin medicamentos fantasea que su madre quiere envenenarlo y se niega a comer lo que ella le prepara, esta insomne y agitado. Un brote. Es internado en pabellón para niños. Vuelven a medicarlo en plena descompensación. Ahora con litio.

Los médicos le dicen que “solo pueden contener una parte de los síntomas” que surgen por un nuevo desbalance entre regiones cerebrales en conflicto. Nada que desentrañar. Pese a que en su Play therapy comienza a representar a través de los Power Rangers un tortuoso combate donde el mal siempre triunfa. Su terapeuta dice: “Está muy preocupado porque sus partes malas se imponen a las buenas y les sacan fuerzas. Pero eso no se le puede preguntar directamente, es demasiado crudo”.
¡Qué bueno que alguien les hubiera dicho que la práctica del psicoanálisis con niños se ocupa justamente de estos temas, terrenos y sensibilidades para gestar con el trabajo con los personajes del juego de un niño una transformación de lo “crudo”! A fuego lento, ¿escucharían?

Luego de unos días Max vuelve a casa. Y poco después se arroja por la ventana. Al volver del hospital luego de reponerse de las magulladuras que le acarreó su salto al vacío dijo sollozando: “Por favor no me internen...” (se refiere a una internación psiquiátrica). Dijo estar avergonzado y enojado “porque la maestra me sacó del aula. No quería defraudarlos a ustedes por no terminar mi día de escuela.”
Actualmente a los 11 tiene un gran amigo, va a equino-terapia y cuando su caballo tropieza dice: “Lo siento, no tengo control”. Y hay situaciones que lo descontrolan más aún. Un ratoncito ahogado en la pileta disparó en él una crisis de pánico. Si tocaba el agua, podía morir de rabia. Mientras los otros niños seguían nadando Max comenzó a sollozar e hiperventilar y aterrado decía: “¡Nadie me escucha!”.
Lo tranquilizan recompensándolo con muchos juguetes. Amy no puede poner límites a esta compulsión que se ha convertido en un soborno. Su padre tampoco acierta a poner freno a esta prótesis de valor fallida que los juguetes encarnan. Su propio hermano, tío de Max, se suicidó a los 21 años. ¿Habría que dar importancia a esto? ¿Será que Max presta su cuerpo a un fantasma de su padre relativo a su propio hermano? ¿Y que esto lo inhibe de intervenir más eficazmente? El fantasma del muerto chantajea al padre como en la noche de brujas.

Hasta ahora Max pasó por varios diagnósticos (ADHD, ODD, TOC). –“Denme una inicial y él la tiene”, dice con un resto de humor Amy, quien además agrega que a los once años tomó treinta y ocho psicofármacos diferentes.
La última escena relatada es en la sala de espera de su psiquiatra. Comienza a reír y se tira al piso. Agarra una botella vacía de medicamentos y hace como si tomara. Mientras grita riendo: “¡Drogas! ¡Tengo drogas! ¡Son la seguridad de los niños!”. Y finalmente la arroja al aire justamente en dirección a su padre mientras canta: “¡Booorn to be Wiiiiild!2
Por suerte esta botella arrojada encuentra las manos del padre quien atrapa la botella e inicia un juego con él. Tal vez el padre pueda rescatar esa botella del mar del “sentimiento oceánico” y comenzar a leer sus mensajes. Ahí, creo, está una de las claves que permiten cifrar alguna esperanza. Siempre y cuando sea posible re-nombrar esa escena. Su psiquiatra la sancionó con un solo nombre: reacción maníaca. ¿Podrán re-signarla?

Brujas, diablos, engendros, travesuras y tratos:
¿No es forzado mantener a un chico como Max clasificado como bipolar? El texto define la bipolaridad como “brain miswired”, un neologismo que sería algo así como “cables pelados” lo que está en consonancia con ese trasfondo eléctrico que se desprende del término bipolaridad. Pero ocurre que Max es un niño irritable, agresivo, con momentos de desorganización y pasajes al acto, que sustituyen las separaciones. Max no es bipolar, no tiene ciclos maníacos o depresivos. Mantenerlo dentro del espectro bipolar es un eufemismo que evita ubicarlo en la zona de las psicosis como un reconocimiento a su confesión de sentirse arrasado por lo que su “yo” no puede controlar.

Para el DSMIV no hay psicosis infantil. Ese cuadro que, por fracaso de la represión primaria, desorganiza sintáctica, semántica y pragmáticamente el discurso el juego y el aprendizaje del niño. Abordarlo así permitiría pasar de lo “crudo” de la tragedia a las reversibilidades del drama. De lo contrario nadie recibe sus cartas y botellas. Y entonces el que se arroja al mar, o al patio trasero, para enfriar su infierno es él.
En la noche de brujas los chicos disfrazados lo más terrorífica y esperpénticamente que pueden “asaltan” las casas de sus barrios. Al grito de Trick or Treat (truco / travesura o trato) golpean las puertas de las casas vecinas chantajeando a sus “aterrados” moradores a cambio de dulces y golosinas de Halloween haciendo un trato con ellos que de este modo evitan quedar a merced de la terribles travesuras (por ejemplo podrían burlarse o sacar la lengua o bien tirar huevos o harina) de esa cohorte de amenazantes esqueletos, vampiros, diablos, momias o brujas.

La travesura pertenece a la lógica del drama, desarrollarla como un truco es salir de la tragedia. Max lo intenta en la escena en que arroja la botella y representa, en un como si, su relación con los fármacos: toma “nada”, no le hacen “nada” excepto proveer seguridad a otros. Max no pudo hacer un buen trato con sus padres. No pueden jugar con él. Y él no puede bromear con ellos. Por eso siempre habla en tono solemne.
Max no debe saber que “engendro” era el niño deforme dejado por el diablo en sustitución del que se había robado. Pero sorprendentemente juega, con posibles sentidos atribuidos a su nacimiento: Born to be wild (nacido para ser salvaje). Esto le permite despegarse de la máscara del salvaje y atisbar un horizonte de esperanza a través del juego. Pero sólo si alguien puede escuchar eso como el pedido de un chico que propone un trato. Porque un chico que padece una psicosis infantil es primero un chico. Y necesita buen trato. Un trato que podría ser algo así.

“Queridos papá y mamá: Me gustaría poder hacer travesuras y no por eso sentir que soy un zapallo. Hacer diabluras y no por eso sentirme un diablo. Me gustaría chantajearlos un poquito, de jugando, como en Halloween sin que ustedes se asusten en serio, en especial papá porque entonces no podemos jugar más. Me gustaría disfrazarme de muerto sin que eso me convierta en una especie de zombie de mi tío. Me gustaría que si me excito al jugar no piensen que se trata sólo una explosión maníaca. Y que ustedes empiecen a verme como un chico, imperfecto, pero no como un monstruo. Y que cuando tengo sueño me ayuden a dormir como un bebé, no como un engendro. Hagamos este trato. Despejemos juntos esta niebla fantasmal que nos está llegando a los huesos. Los amo Max.”
__________
1. Carmichael, M: “Growing up Bipolar: Welcome to Max´s world”. En Newsweek Nº 21. New. York. 26/05/08.
2. “Nacido para ser salvaje”.
 
 
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