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   Síntomas en la infancia

La violencia de lo imaginario: Marcos “Te Vé”
  Por Esteban  Levin
   
 
¿Cómo re-pensar la experiencia infantil, los síntomas, y los malestares en la complejidad del mundo actual? El mundo y la cultura de los niños han cambiado. Las expectativas y exigencias en torno a ellos se han multiplicado. Los juguetes que les ofrecen, con los cuales consumir su tiempo, son otros. Las experiencias y vivencias infantiles se estructuran y desarrollan de un modo diferente a otras épocas. En ésta, la fascinación y la seducción por la imagen ocupan un lugar central. El promedio de horas que los niños pasan frente a un televisor, a un videogame, o a una computadora frecuentemente es superior al que utilizan en dialogar y relacionarse con otros, ya sea padres, hermanos, primos o amigos.

El recién nacido, el más reciente habitante de este nuevo mundo, es el fiel heredero de nuestras imágenes, de aquello que como adultos le proponemos culturalmente. ¿Qué ocurre cuando las imágenes miran y seducen al niño? ¿Cuál es la herencia cultural que recibe? La herencia es una afirmación que se transmite en el amor al otro. “Lo que somos, lo heredamos. Y heredamos el lenguaje que nos sirve para atestiguar el hecho de que somos lo que heredamos”1. Si se hereda lo que se transmite, ¿qué función cumplen las imágenes televisivas en un niño que no puede parar de mirarlas?
Marcos fue cuidado en sus primeros años de vida por sus abuelos quienes, “ingenuamente” lo dejaban frente al televisor largas horas hasta que llegaban sus padres. No es de extrañar que haya comenzado a hablar y a actuar como los dibujitos animados y personajes que él veía en la televisión. Habla en tercera persona, entona la prosodia y el tono de la voz del personaje que en ese momento encarna. ¿Encarna él al personaje o, diabólicamente, el personaje lo encarna a él? ¿Se puede pensar y sentir únicamente en imágenes?

El niño, de ocho años, es inteligente. Habla como le hablaron, mira como lo miraron, se ubica frente al otro como lo hace frente al televisor. Su extraño lenguaje reproduce en extremo la alienación a una caja negra que le habla la melodía del otro, lo fascina como objeto, lo exorciza en su infancia2. La TV le presenta un mundo que habla sin diálogo, sin respuesta. Literalmente podríamos decir: la televisión “te ve”, sin escucharte.
Marcos lo reproduce al detalle identificándose con la “te ve”. Al hacerlo, produce lo imposible, la obscena indiferencia entre él y ese ojo-caja mágica que le habla anónimamente, lo seduce con sus cautivantes imágenes. Sujetado a un aparato que lo paraliza en su locuaz fascinación, esa red imaginaria sigilosamente lo consume.

En vez de reconocerse a través del Otro, lo hace a través de las imágenes que le devuelve la pantalla. Ellas no cumplen el funcionamiento simbólico propio del espejo, en el que el sujeto no es lo mismo que imagina ser, lo cual trae aparejado la imposibilidad de constituir la imagen corporal. Marcos “existe” en el goce de la imagen, la cual crea un espejo que en vez de reflejarlo, lo absorbe.
Marcos encarna los miedos y angustias dramáticamente. Apenas sale de su casa, quiere volver allí. Se resiste a bajar del auto para entrar al consultorio. No quiere salir. Cuando entra, no juega, quiere irse: “¿Cuánto falta? ¿Dónde está mi papá? ¿Cuándo vamos?”. Su rostro permanece pálido, la mirada desesperada, la postura en alerta constante, Marcos, alarmado, no puede quedarse quieto. Se asusta, se quiebra, a veces grita, gime...
Procuro relacionarme con él. Le hablo, le muestro algunos juguetes, comparto su desesperación. Bajamos del consultorio, vemos el auto del papá, lo saludamos, volvemos a subir y a bajar. Entramos al auto, Marcos le pide al papá volver a la casa, grita, golpea las puertas, se mueve, se asusta.

Los primeros encuentros con Marcos transcurren en la inquietud, la angustia desbordante lo desespera e inunda el espacio clínico. Conmovido, intento generar una experiencia transferencial posible frente al sufrimiento desesperanzado que lo fragmenta a cada paso.
El padre está deprimido. Su hijo varón es diferente, no lo entiende y exclama: “no lo comprendo, para mí, no sé, es genético, biológico”, “mi vida no tiene sentido, para qué seguir, no puedo entenderlo...”. “A veces veo televisión con él, pero no me tiene en cuenta, no pasa nada, los dibujitos los tiene que ver siempre...”
Marcos lleva consigo una soga que mueve estereotipadamente de un lado para el otro. Por momentos es un movimiento rítmico, en otros se acelera y todo el cuerpo parece moverse locamente. A veces se detiene y parece hablarle a la soga, ella lo mueve, lo acompaña, lo detiene. Él y ella se confunden en un solo movimiento sin salida.

En otro momento el padre me relata: “Estaba observando a Marcos que miraba a su hermana saltar a la soga, entonces pensé que le podía gustar eso, tener una soga igual que la hermana. Me decidí, le compré la soga y se la regalé. ¿Sabe lo que hizo? Ahora la usa todo el tiempo, pero no para saltar o jugar con ella, la utiliza para moverla todo el día, la lleva a todos lados, no la suelta, a veces le habla o canturrea con ella. Tiene que tener la soga en la mano si no se desespera, pero no juega, no sé, sólo la tiene... No lo puedo entender.” Este relato fue hecho en la calle cuando Marcos lo esperaba en el auto. Escucho la angustia melancólica del padre e intervengo rescatando el hecho de que la soga es un objeto que él le regaló a su hijo y que Marcos la recibe, la usa y la necesita para acompañarlo (como él puede hacerlo en esos momentos). A continuación, sugiero la posibilidad de que traigan la soga la próxima vez.

La intimidad de la escena: el acontecimiento. En la sesión siguiente Marcos llega con su soga. Cuando bajo a recibirlo lo hago con una mía, que preparé para ese encuentro. Le muestro mi soga, lo saludo y saludo a su soga. Cambiando de voz, mi soga −como personaje− saluda a la suya. Sorprendido Marcos me mira, subimos al consultorio con nuestras sogas-personajes (las muevo como si fuesen títeres y me dirijo a ellas como a personajes).
Ya en el consultorio, en un momento dado pregunto a Marcos y a su soga: “¿Tienen ganas de que atemos en la punta de cada soga un autito y los llevemos a pasear?” Marcos por primera vez responde mirándome sin desesperación y exclama sonriendo: “Sí”. Me dirijo entonces a la soga-personaje y le pregunto: “¿Qué les parece la idea, vamos a pasear?” Cambio de voz, aprovecho el movimiento de la soga para que responda que sí, que ellas también quieren bajar a jugar.

A continuación ato un autito a la soga de Marcos y otro a la mía. Marcos dice: “Oye Esteban, ¿vamos a caminar a la calle?”. Exclamo: “Sí, así nosotros, nuestras sogas y autos pasean”. Marcos responde y hace un gesto de alegría. Bajamos en ascensor y salimos a la calle con las sogas y nuestros autos. Marcos me da la mano, y con la otra él y yo sostenemos nuestras respectivas sogas y autos.
Así, comenzamos a caminar por la vereda, tomados de la mano y arrastrando los autos con la soga. Uno de los autos se da vuelta y aprovecho para armar una escena. Lo acomodamos, le colocamos nafta y lo revisamos como si fuésemos mecánicos. En otra ocasión, mientras caminamos, Marcos comienza a cantar una canción que casualmente conozco. Caminamos cantando junto a nuestras amigas, las sogas y los autitos. Estamos en escena en un escenario transferencial, íntimo y a la vez abierto a lo que en ese acontecimiento ocurre.

En las siguientes sesiones la escena vuelve a suceder pero cada vez se enriquece con nuevos sucesos y acontecimientos, se ensancha el campo del sentido y del encuentro escénico. Marcos habla más de las cosas que pasan a medida que paseamos. En esos paseos íntimos con las sogas y los autitos Marcos comienza a cantar, hablar y preguntar acerca de lo que ve. Así dice: “Oye Esteban, ¿Qué es un árbol?... ¿Qué son las estrellas?... ¿Qué es un auto?... ¿Qué es la luz?... ¿Qué es la muerte?”

Así, caminando con las sogas y los autitos, nos lanzamos a imaginar, a esculpir un espacio nuevo, heurístico. Escucho y respondo a sus inquietantes preguntas, incluyéndolo en la respuesta que compartimos y encontramos juntos. En una de esas caminatas escénicas, Marcos me interroga: “¿Oye Esteban, ¿qué es la verdad?”... Continuamos caminando y pensativo respondo: “Es una pregunta difícil porque para algunos una cosa puede ser verdadera y para otros la misma cosa no lo es. Cuando vos eras chiquito y tu papá y mamá salían a trabajar te dejaban con tus abuelas...” Marcos se para, me mira y afirma: “Sí”. Respondo su mirada y continúo diciendo: “Tus abuelas te cuidaban y te querían mucho, pero ellas te dejaban sólo mirando la televisión.” Marcos afirma “Sí” con la cabeza, me mira y pregunta: “¿La televisión dice la verdad?”. Detengo la marcha y le respondo: “No, pero para vos en ese momento lo que decía la televisión era verdad.” Marcos se detiene, me mira, me abraza y conmovido dice “Sí”.

Ese interrogante me sorprende, me encuentro frente a lo inesperado. En la perplejidad en la que me ubica Marcos me dejo desbordar por el movimiento de la demanda. El efecto transferencial de estas escenas inscribe en Marcos una apertura que se deja ver en sus relaciones. Comienza a relacionarse con otros niños y quiere festejar su cumpleaños (hasta ese momento no había hablado de sus amigos, ni había querido realizar una fiesta). Los padres comentan que se dispersa menos y que quiere concurrir a la escuela.
Con respecto a lo familiar el papá de Marcos afirma: “Ahora empiezo a aceptarlo tal cual es, ya no pienso tanto en el diagnóstico, ni en el pronóstico, lo amo así con sus cosas...” Marcos saluda todas las mañanas a su papá, le pregunta cómo está y lo busca para jugar; lo mismo ocurre con sus hermanas. Con su mamá juega menos y hace berrinches cuando está con ella. Los momentos de más angustia y desesperación aparecen a la noche o frente a algunas situaciones puntuales que comenzamos a jugar y escenificar en el consultorio.

En este caso, creemos que pudimos abrir e introducirnos en el mundo desesperado y sufriente que Marcos construye a partir de la televisión. Desde allí, intentamos producir una experiencia infantil en un espacio-tiempo que se da en el entre-dos de la relación transferencial y cuyo efecto genera un cambio de dirección, de posición en la constitución de su universo representacional, dándole la posibilidad de apropiarse de su historia y dejar de lado la imagen alienante de la televisión, en la que él, en tanto sujeto desaparece.
No comprenderemos el mundo y la problemática de la niñez, ni la demanda que ella conlleva, si no entendemos la nueva realidad imaginaria en la cual los pequeños están inmersos y navegan, muchas veces sin brújula.
Creer en la infancia como acontecimiento fundamental del sujeto, es exponerse y dejarse atravesar por ella. En ese sentido, los nuevos mundos de la niñez nos ofrecen insospechados enigmas que respiran. Afortunadamente, ningún héroe ni impostor podrá jamás asfixiarlos develándolos. ¿Podremos recobrar en la demora lo infantil de cada infancia? ¿Seremos capaces de soportar el peculiar misterio que todavía cobijan los síntomas y malestares de los niños?

___________
1. Jacques Derrida, Ecografías de la televisión, Buenos Aires, Eudeba, 1988, pág. 41.
2. Sobre esta temática véase Esteban Levin, ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo, Nueva Visión, Buenos Aires, 2006 y Esteban Levin, Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo, Nueva Visión, Buenos Aires, 2003.
 
 
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