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   Saber de la historia

Franceses sordos y niños enamorados
  Una historia del problema del incesto (Primera parte)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Cada tanto hay que repetir ese principio, pues no es seguro que lo hayamos aprendido. La historia no tiene que ver con los orígenes, sino con los comienzos azarosos. No se preocupa por los nacimientos, sino por las emergencias contingentes, los surgimientos, las reapropiaciones. Llevada esa advertencia al terreno de la historia del saber psicoanalítico, un interrogante se apropia merecidamente de nuestra atención, sumergiendo en una entorpecida sombra a las disputas fanáticas y desinformadas acerca de la tajante novedad implicada por el decir freudiano. ¿Qué determina que un objeto o un problema se constituya en elemento de saber? ¿De qué modo explicar que una temática, hasta entonces inexistente como tal, ingrese al suelo de lo pensable y sea moldeada en términos de veridicción? Tales son las preguntas que sostendremos respecto del asunto del incesto. Antes de comenzar con ese desarrollo, nos permitimos un paréntesis.

Afirmar que la existencia posible o la decibilidad de un objeto de saber es la resultante de un proceso o una estrategia –tal y como diremos respecto de lo incestuoso– conlleva ineluctablemente deducir que quien presta su voz para nombrar aquel objeto puede no saber nada sobre los mecanismos que otorgaron consistencia real a eso sobre lo que habla. Ese sujeto –Freud, en nuestro caso– tal vez carezca de toda conciencia del porqué invierte su decir en tal o cual elemento. Puede incluso desconocer que su enunciación es un capítulo más dentro de un recorrido más extenso, y que la verdad que él ha propuesto retoma, invirtiéndola quizá, una preocupación que no le ha quitado el sueño. Por paradójico que suene, no ha sido fácil hasta ahora introducir esa variable de inconsciencia en el estudio del psicoanálisis. Como si la conciencia de Freud fuese el último e irrenunciable reducto que aquel discurso sostiene aun al costo de negar los alcances del postulado que lo ha hecho célebre.

DOS. ¿Cómo aparece el asunto del incesto en la teoría freudiana? Es posible que la primera referencia explícita al problema se halle en el “Manuscrito N” que Freud envía a Fliess con su misiva del 31 de mayo de 1897. En el apartado dedicado a lo sagrado, el médico vienés explica el horror al incesto como uno de los casos en que se evidencia la renuncia instintiva en aras de proteger el bienestar social. La unión incestuosa sería antisocial, pues si ella se efectuase los individuos jamás se relacionarían con los demás miembros de la comunidad. Primer rasgo del interés freudiano: se trata del horror, y está en juego una salvaguarda de lo social. La continuación de la perspectiva freudiana es tal vez demasiado conocida, y no nos ocuparemos de ella aquí. Alcáncenos con decir que la ubicación del incesto dentro de un abordaje antropológico será efectuada por Freud sólo de manera secundaria, luego de haber enfatizado, sobre todo en sus Tres ensayos de 1905, el carácter incestuoso del impulso infantil.

De todas maneras, un análisis atento del “Manuscrito N” nos servirá de asidero para conjeturar una hipótesis referida al primigenio surgimiento de un desvelo por lo incestuoso en el pensamiento freudiano. Las hojas enviadas en mayo de 1897 habilitan y exigen la siguiente pregunta: ¿qué significa que la más temprana mención al asunto aparezca en el mismo manuscrito en que Freud habla por vez primera del deseo infantil de matar al progenitor del mismo sexo? En efecto, en el apartado “Impulsos” Freud se refiere al modo en que tales deseos participan generalmente de las neurosis. Nótese que nada se dice aún de un presunto empuje amoroso hacia los padres, el cual sustentaría su reverso mortífero –y esa carencia quita toda validez al comentario de Kris– cuando quiere ver en este fragmento la “primera referencia al complejo de Edipo”2. ¿Sería acaso forzado leer la emergencia de lo incestuoso, menos a la luz de su ulterior reubicación en la noción de complejo edipiano (esbozado en una carta de octubre de 1897, pero construido recién entre 1905 y 1911), sino esencialmente en función de las disquisiciones sobre la seducción, que Freud aún no ha abandonado? La teoría de la seducción exponía el cuerpo del niño a una promiscuidad desembozada y casera. La inocencia infantil era la víctima demorada de los apetitos de sus seres cercanos (educadores y cuidadores sobre todo, y solo accesoriamente los padres). Cuando ese edificio etiológico cae, queda en pie el gesto al que Freud no está dispuesto a renunciar, consistente en retranscribir el deseo en términos de un hormigueo de los rincones hogareños. Y a modo de escombro de ese derrumbe se erige el impulso asesino del niño: el infante antes seducido, si bien aún no sueña con amar a sus mayores, ahora quiere matarlos. Si el ansia incestuosa aparece más claramente en la pluma freudiana luego del abandono de la tesis de la seducción, ello no se debe a que ahora el maestro sabe que esas escenas oídas eran en realidad la tramitación en la fantasía de una pulsión originaria –por otro lado, es discutible que sus pacientes le hayan alguna vez relatado espontáneamente esas seducciones–, sino que responde a que el incesto estuvo siempre ahí. Tal vez poco importe distinguir entre seducción y Edipo; en ambos casos un placer incestuoso vertebra el destino subjetivo.

TRES. Pero entonces, y dado que el discurrir interno de los textos freudianos denota sobre todo las metamorfosis de un objeto que parece habitar allí desde el comienzo, ¿dónde buscar la emergencia de un decir sobre lo incestuoso? La respuesta es sencilla: en los debates de la medicina francesa respecto de los niños sordomudos. Intentaremos señalar más adelante que la visibilidad adquirida por el incesto (conceptuado en su inicio como consanguinidad) respondió a las exigencias de una muy particular teoría sobre la herencia compartida por el saber médico y antropológico del siglo XIX. Esos dominios discursivos prepararon el suelo para que un objeto como el incesto se tornase enunciable. Una vez que hayamos vislumbrado el escenario que hizo posible y apremiante un decir sobre la consanguinidad podremos sopesar qué relación guarda el incesto freudiano para con la mencionada tradición.
______________
1. Presento aquí un apretado resumen de uno de los capítulos de mi tesis doctoral.
2. Cf. Freud, S. (1985) Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Buenos Aires: Amorrortu; 1994, p. 268 n.
 
 
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