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Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (duodécima entrega)
  Por Oscar  Zelis  y Pulice Gabriel
   
 
Elizabeth Roudinesco nos ofrece una interesante perspectiva sobre el efecto que tuvo en Lacan el encuentro con el Tractatus: «Fue la lectura de Wittgenstein y la elaboración de las dos nociones de matema y de lalengua las que llevaron a Lacan (…) al camino de una nueva terminología destinada a pensar el estatuto del discurso psicoanalítico en su relación con otras formas de discursividad. Y para pensar semejante estatuto era preciso poder pasar del “decir” al “mostrar”, es decir, incitar a cada sujeto del auditorio —y a Lacan mismo— a hacer ejercicios que no pertenecían ya al discurso, sino a la mostración»1. Esta versión nos deja la impresión de un Lacan que, si bien no se reconoce «wittgensteiniano», muestra en su discurso la fuerte impronta de su lectura en lo que se refiere a la imposibilidad de decir lo real, de transmitir un saber de lo inefable, a no ser pasando por este sendero de la mostración que lo llevará, poco tiempo después, a los nudos borromeos y demás bagaje topológico, en ese intento de formalización tan acentuado en el último período de su enseñanza. El matema es la escritura de lo que no se dice, pero que sí puede transmitirse a través de la mostración de su forma lógica.

Si esta incompatibilidad entre el decir y el mostrar interesaba tanto a Lacan, era porque el problema estaba en el centro de sus propias formulaciones. Y si bien esta incompatibilidad tiene para la filosofía el efecto de poner ante sus narices la revelación de un no-todo —a partir de la delimitación por parte de Wittgenstein de algo que escapa a toda formalización—, no será para Lacan un punto de detención sino, por el contrario, un fuerte apuntalamiento de su posición: «en lugar de concluir en el mantenimiento necesario de los incompatibles —señala Roudinesco—, quería por el contrario pensar el terreno de lo inefable integrando en él el no-todo. Cuando el psicoanálisis se reduce a una terapéutica, decía en sustancia, tiende hacia la magia y lo no enseñable: se convierte en una práctica religiosa. Pero cuando evoluciona hacia el dogma, se convierte ya sea en una religión, ya sea en una Iglesia, ya sea en un saber universitario. Para evitar lo inefable sin bascular en el dogma, es preciso pues que el discurso psicoanalítico sea capaz de enseñarse. La conminación lacaniana a una formalización de los discursos era pues una última tentativa de salvar al psicoanálisis de sus orígenes ocultos e hipnóticos (lo inefable), pero también de diferenciarlo del saber universitario en una sociedad donde éste tendía, según Lacan, a sustituir a la Iglesia». Se percibe asimismo aquí, entre las cuestiones en juego, cierto borde político: en ese seminario Lacan hace referencia al discurso universitario como la expresión acabada del amo moderno. La formalización del matema —según sugiere esta autora— era la vía para introducir el psicoanálisis en la Universidad, sin confundirlo con el discurso universitario. El tiempo permitirá comprobar si tal acto pudo o no escapar a su condición de fallido.

Detengámonos por unos instantes en el Envers2. A poco del comienzo de su recorrido, en donde Lacan se propone articular los cuatro discursos por él diferenciados, va a centrar su punto de mira —y no será la primera, ni la última vez— en la problemática de la verdad; y, más precisamente, de la compleja relación entre la verdad, el lenguaje y la lógica. ¿Puede alcanzarse la verdad, puede ella de algún modo capturarse con la exclusiva herramienta de las redes del lenguaje? El discurso analítico pasa a tener aquí una función esencial. Leemos en el inicio de la cuarta sesión: «El discurso analítico, en el nivel de estructura que tratamos de articular este año, concluye todo ese mareo de los otros tres, llamados respectivamente (…) el discurso del amo, el de la histérica (…) y finalmente el discurso que aquí nos interesa tanto, ya que se trata del discurso situado como universitario. Pero que el discurso analítico cierre este escalonamiento en cuarto de círculo que estructura a los otros tres no quiere decir que los resuelva y que permita pasar al reverso (…) El reverso no explica ningún anverso. Se trata de una relación de trama, de texto, de tejido, si quieren. A pesar de todo, este tejido tiene relieve, encierra algo. Por supuesto, no todo…». El lenguaje —dice— muestra los límites, precisamente, de este término —todo—, que sólo tiene existencia de lenguaje. Incluso en el mundo del discurso, no hay nada que sea todo. O, mejor dicho, que el todo como tal se refuta, incluso se apoya, en el hecho de que su empleo debe ser reducido. Las mismas condiciones lógicas del lenguaje excluyen la posibilidad de decirlo todo, de alcanzar una verdad de valor universal. Por otra parte, a Lacan le interesa especialmente en este momento —pronto veremos porqué— demostrar qué es un reverso; lo cual, anticipa, está en asonancia con verdad. Y no podemos pasar por alto la importancia de su última observación: «pasar al reverso» de cualquier modalidad discursiva tiene aquí el valor de un salto, equivalente al que Wittgenstein, al final del Tractatus, ilustra con la figura de esa escalera que es preciso dejar caer una vez que ella nos ha servido para acceder a la captación de algo que, como reverso del decir, se revela en términos de verdad.

¿Cómo articular entonces la verdad con el saber? En la segunda sesión del mismo seminario, Lacan plantea que la estructura de la interpretación se define como un saber en tanto verdad, situando a la interpretación entre el enigma y la cita, en tanto ambos son registros que participan del medio decir. Si la interpretación vehiculiza para determinado sujeto alguna verdad, será a través de su poder alusivo, ya que la verdad sólo puede decirse a medias: «La interpretación —quienes la usan se dan cuenta— se establece a menudo por medio del enigma. Enigma recogido, en la medida de lo posible, en la trama del discurso del psicoanalizante y que uno, el intérprete, no puede de ningún modo completar por sí mismo, no puede sin mentir, considerarlo como algo efectivamente manifestado. Cita, por otra parte, tomada a veces del mismo texto, de tal enunciado. Así es que puede pasar por algo efectivamente manifestado, sólo con que se le adjunte todo el contexto. Pero entonces uno apela a su autor»3. Es decir que la interpretación queda así ubicada como enunciación sin enunciado, y sólo será conveniente pronunciarla como enunciado a condición de que su enunciación se mantenga en reserva, partiendo de que no puede hacerse ninguna referencia a la verdad pretendiendo decirla por completo. En la instauración del discurso analítico —resorte de la transferencia— el analista está situado sólo provisionalmente en función del sujeto supuesto saber, a condición de que quien acepta de antemano ser el producto de las cogitaciones del analizante tenga presente que en tanto tal está destinado a perderse, a ser eliminado del proceso. La posición del analista, dirá poco después, está hecha esencialmente del objeto a, pero la verdad que allí se revela resulta ser, justamente, la que ofrece mayor resistencia a su captura en las redes del lenguaje... Retomaremos desde aquí en nuestra próxima entrega.
__________
1. Roudinesco, E.; Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, Buenos Aires, Fondo de cultura económica, 1994.
2. Lacan, J.; obra citada.
3. Lacan, J.; obra citada.
 
 
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