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   Serie: La Función del Sujeto

Ciudad
  Por Sebastián Reyes
   
 
Entonces me habló de nuevo sin voz: “¡Qué importas tú, Zaratustra! ¡Di tu palabra y hazte pedazos!

Así habló Zaratustra, II, La más silenciosa de todas las Horas.


I- El hilo y la nada


Una superficie sin troquelar, una planicie sin accidentes geográficos más que un hilo de algo, que no es una nada. Apenas un reflejo. Una suerte de espejismo vaporoso. Una fundación. Entonces una nada y un fundante de esa nada. Lo que funda es un signo. O mejor aún: eso fundante hace signo, vale como tal. Un hilo de algo, y un silencio. Un silencio que adviene sordo estrépito o nulo destello; quizá fuga; O cabría decir: silencio que se viabiliza en fuga. Silencio que funda la fundación, fundación que funda el silencio. El silencio y su evocación en una inmensidad sin precisa frontera; una suerte de compacidad. Silencio al límite en el punto en que constriñe un No. Convergencia de la nada y el silencio, existentes ambos junto con el signo que enarbola su muda manifestación. Lo sagrado y el caos y, una superficie no sin troquelar, tan solo ella acariciada por un hilo-huella-divinidad.


II- Un caso: Palabras coaguladas

Muros de consultorios, y paredes, y puertas y más puertas. Es el niño que viene llegando. ¿Pero el niño está? Y sin embargo alguien viene. Una voz se apresura, vale decir, corre veloz hacia mis oídos. ¿Pero a quién se dirige esta voz? Se escucha algo, palabras sueltas, cada vez más cerca, sin concatenación. Alguien dice: Policía; juez; llévenselo preso; a la cárcel; está loco. Tal vez palabras traccionadas en un desmembrarse sombrío ¿Existe aquí, en este preciso instante, alguien que le hable a los muros con palabras coaguladas? Se abre una puerta y ahí está él. Ahora atraviesa rápido esa galería sin cuadros que es el pabellón, surca el no espacio, entra y sale de los consultorios, toca trepa trastabilla.


III- Otro caso: Se habló al muro en transferencia

Alguien habló de un muro. A decir verdad: se habló de un muro ¿En algún lugar se habló de un muro? En transferencia. Se habló de un muro que estaba ahí en algún lugar antes que se le hablara. Pues se le habló al muro. Pero eso fue un instante. Tan solo un instante. Y eso fue después ¿Se le habló en sueños?; quizá se le habló tras el sueño. Para entonces algo se había hecho oír. Una palabra. Un nombre. El nombre de una ciudad. Ciudad filosófica se esgrimía en una anticipación conclusiva. Eran los muros de una ciudad filosófica. Pero con más precisión se diría que era una ciudad antifilosófica. Esa ciudad no era la de Hegel ni la de Kant. Ninguna ciudad fortificada con ansias de inexpugnable. Un vacío abrevaba en ella. Tras los muros, o quizá en su muro habitaban los dioses. Pero esto no se supo hasta que se los hizo resonar. El advenimiento de un nombre fue su razón resonante.


IV- De poetas y poemas.

¿Y para qué poetas?, se nos interroga. Agregaría entonces: ¿Y para qué poetas en el psicoanálisis? Se nos advierte en una especie de solicitación: hagan poesía. Soy poema se farfulla desde un ahí estirando la cuerda: soy apenas un vestigio de palabra, tan solo una palabra que irrumpe desde la mudez; eso sí inaugura. Acto fundante que precipita una abertura. Una presencia. Un desocultamiento. ¡Ahí está el poeta!, quien lee en algún sitio que se da a leer, podría esgrimir como afirmación, en aquel tiempo en el que la nada habrá sido. ¿Y para qué poetas? A esto cabría responderle: por la decisión. Soy-poeta-poema-obstaculizador. En tanto algo empuja desde el abismo a la negación afirmante como una emancipación. Se es poeta desde donde el no, carente de autoría, dice que no hay quien diga no. Y sin embargo la fuerza del poeta invocando, extendiendo una llamada. El poeta como un aniquilador, con su fuerza erosiva, por sobre todo concepto, habilitando una emergencia existencial. Diría entonces para finalizar: Poetas, a fuerza de acariciar lo infinito y el límite.

V- A la locura con poesía

Qué decir de la locura: tan solo un sediento esbozo de su sinuosidad. Me concierne ella, nos concierne, me afecta tal como: La catástrofe de una apertura a lo no abierto esperando su desenlace. El estar atrapado en las redes absolutas del lenguaje. El cándido atropello de la lengua. La incandescencia de lo inacabado y perpetuo de un rugir. Lo inconexo y sin márgenes ni enfrente del puro repliegue sobre sí del lenguaje. La quebradura de la posibilidad de desplegar el juego en un tamiz de coherencia o de asociación. El punto culmine donde los trastos derruidos de una rutina desmembrada anuncian la devastación. La sombra maltrecha de un glosario de incongruencias yuxtapuestas en el puro cifrar sin amortiguamiento. Sacudón o vendaval.
Me pregunto entonces: ¿Qué del límite? Contrariar el deslizar imperecedero para constituir un borde ese es el asunto fatal. Se anuncia un porvenir. Una exclamación: que el loco expulse su diatriba, su libelo insultante, que lance su lengua hacia lo alter, que camufle su ajenidad, que advenga un mínimo de estructura que es dos, no sin el tres. Y para ello, traer a los poetas o al poeta-poema-obstaculizador, pues el loco necesita de su música, de su vibración, de las inflexiones de su deambular vocal, de sus fanfarreas clarividentes en la noche oscura de su visual obnubilada. Devuelvan a los dioses a su lugar. Lo sagrado y el caos. Instante de tres no sin transferencia. Del poeta, qué más decir del poeta; pues digo del poeta en la locura: arrullo hiriente albor de sensaciones desterradas. La Introducción de lo sensible, la donación al cuerpo de la sensibilidad, tal es el efecto de lo poético. Tocar el cuerpo es hacer poesía. Y en eso el analista es poema. Poema que afecta al cuerpo. Poema inoculación. El hilo y el cuerpo. Hilo- huella-divinidad. Ditirambo de lo sensible. En el juego con la locura el cuerpo del analista también debe ser afectado; es de la partida poética. Poema en el poema. Poema danzante. Danza analizante del lado del analista-poeta-poema-obstaculizador. El del analizante un lugar presto a la movilidad. He ahí, en esos vaivenes, la posibilidad de un sujeto.

VI- El muro la desnudez la locura

Un hombre y su humanidad exiliados en la desnudez. Una suerte de despojo. No habiéndose despojado de nada yace en la inermidad. Alguien que pasara podría inadvertido suponer que el hombre ha decidido, no sabría decirse desde que lugar, despojarse, ser eso, eso que yace ahí expuesto; tan sencillamente desnudo, tan atrozmente no conciliado con un más de vida. Pero él ha estado despojado desde siempre. No ha habido un hay. Y sin embargo una decisión de despojamiento de lo que nunca hubo ha subvenido en él volviendo inoperante la cuenta que no operó. El cero, el uno, el dos y el tres..., y el cuento con su había una vez, se ausentan sin más. ¿Es que aún no ha habido comienzo para ese hombre? El evento inicial lo ha atravesado. El no de lo imposible se ha incrustado en él con la fuerza propia del lenguaje. Él es un hombre. Pero para él tal vez no ha habido comienzo. Un comenzar a ser hombre. Quizá sea un hombre antes del hombre. Y agregaría: para ser hombre primero tuvo que haber niño. Él es un hombre desnudo que tendrá que advenir niño para poder ser hombre. Luego la contingente irrupción de ese niño en el hombre que ya es hombre por haber sido niño alguna vez. El loco es el hombre antes del comienzo. El loco es el hombre huérfano de niño. El loco es el hombre negado a los dioses, a la divinidad, en tanto algo en él, no de comienzo, a partir de un no. Un no en tanto límite y advenimiento de una escritura ahí donde el no de lo imposible de la relación ha hecho su entrada. En el pasaje al comienzo la divinidad: el loco y su dejarse circunvalar por la mudez de la divinidad, en el punto de nada, de vacío, adonde resuenan los muros. El analista evocando a los Dioses. Haciendo existir en el muro una palabra auténtica a fuerza de obstáculo. El analista-poeta-poema-obstaculizador abrazando al niño emergente a base de poetizar la transferencia. Niño portador-portado en una palabra salida de lo divino. Juego escandido en el entre dos en transferencia.


VII- El hombre arrojado y su ciudad

Un hallazgo. Una escritura. En sus sueños emerge un denso libro, por el cual transita una pluma, que va dejando tenue un hilo de tinta en el pálido rostro de una hoja limpia. Alguien escribe, pero no se percibe al escribiente. Solo su mano y la pluma. Y la tinta que se esparce. Unas letras se trazan en la hoja. Apenas unas letras que trastabillan, se equivocan, antes de donar un nombre, antes de donar un nombre de tinta azul a la claridad de la hoja. También en sus sueños se figura una ciudad. La ciudad filosófica. Aunque la ciudad filosófica no es más que el mismo libro. Páginas en blanco de una ciudad plagada de silencios en donde una palabra emerge: Basilisca. Él tiene una palabra. El hombre arrojado tiene una palabra en su haber. El podría transportar esa palabra por la eternidad desvaída de sus horas, de sus días, sobre sus espaldas, cargando como un asno ese fardo sin valor, más que de puro nombre. El podría hacer eso, y tener una palabra guardada. Nada más que eso. Ningún juego con un analista-poeta-poema-obstaculizador. No es que importen los significados. No es esa la cuestión. Pero el hombre viejo en su deyecta desnudez, se interesa por Basilisca y no la manda rápidamente al olvido. Se pregunta: ¿De dónde ha surgido Basilisca? El tiene su pequeño diccionario al costado de su cama. Le habla en sus pensamientos basilisco. Busca tal palabra y lee: “Animal fabuloso: creíase que el basilisco mataba con la vista....” El hombre tiene su espacio, un lugar a donde direccionarse, es que él ha soñado y tiene un analista a quién dirigirse. Habla de sus cosas, de sus dificultades en el encuentro con el otro. Advierte la pura presencia amenazante, la invasión de lo heteróclito, que lo abruma al punto que tiene que socavar al otro que no es tal, con sus imprecaciones; pero busca razones, argumentos que den cuenta de ese hecho. El analista interviene, avanza decidido hacia la constitución de un borde, señalando esa presencia invasiva como tal. Basilisca, ciudad filosófica, irrumpe en la escena como un hallazgo que se pone a circular en la relación transferencial. El analista-poeta-poema-obstaculizador dona el tiempo en transferencia para que Basilisca sea convocada. Basilisca finalmente se escribe.



Bibliografía

-Lacan, Jacques. “Los no incautos yerran o los nombres del padre” Seminario 21. 1973 –1974. Inédito.

-Lacan, Jacques. “RSI” Seminario 22 1974-1975. Inédito.

-Lacan, Jacques. “Lituraterre”

- Heidegger, Martín, “¿Y para qué poetas?”, en Caminos del bosque, Alianza Madrid, 1996, PP. 241-289.

- Vattimo, Gianni, “Heidegger y la poesía como ocaso del lenguaje”, en Más allá del sujeto, Nietzsche Heidegger y la hermenéutica, Piados Barcelona, 1992.

- Davoine Francoise “Locura Wittgenstein” Edelp 1992.

- Toté, Susana. “Historiar la locura”. Inédito. (Propuesta psicoanalítica sur).

- Discusión sobre historiar la locura de Susana Toté. Coordinado por Guillermo Izaguirre y María Teresa Poirazian. Inédito. (Propuesta psicoanalítica sur).

- Deleuze, Gilles. “Nietzsche”, en Arena Libros, 2006.
 
 
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