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   Escrituras: Psicoanálisis y judaísmo

El Nombre de Dios y el estatuto de la verdad [Primera parte]
  Por Norberto Rabinovich
   
 
“…uno de los elementos más esenciales de la operación de los Nombres del Padre,
que existe un pacto que se puede establecer más allá de toda imagen
”.2


Desde los inicios del recorrido del psicoanálisis Freud advirtió con inquietud que quienes se sentían más atraídos por la nueva ciencia, eran judíos. Temía que, si el psicoanálisis quedaba encerrado en un círculo marcadamente judío, no se reconociera la validez universal de sus descubrimientos y terminara sospechado de ocultismo y, despreciado por la ciencia occidental. Más allá de las vicisitudes históricas del movimiento psicoanalítico, una pregunta sigue concitando interés: ¿Es posible reconocer en la estructura lógica del discurso psicoanalítico alguna analogía que permita explicar la afinidad mencionada?

Anticiparé mi respuesta: La tradición del Libro y el psicoanálisis plantean en el registro de la letra, el factor determinante del destino de la criatura humana, y proponen en el ejercicio de la interpretación de la palabra, la búsqueda subjetiva de su verdad.

Quién puso de relieve el puente existente entre judaísmo y psicoanálisis no fue un judío sino Lacan, de familia católica y gran conocedor de la filosofía y teología cristiana.
Influido por el fuerte movimiento intelectual del siglo XX piloteado por la lingüística, sacó a la luz la estructura de lenguaje subyacente en el descubrimiento freudiano. Jaques Lacan explicó que los “efectos de escritura” en la memoria, resultantes de la inmersión del sujeto en el lenguaje, constituyen la red articulada de Vorstellungen a las que Freud bautizó con el nombre de inconciente. En su centro, y desempeñando el papel de pivote de la “ley del significante”, Lacan postuló la existencia de lo que llamó el Significante del Nombre del Padre, referente real de la verdad en la estructura del sujeto. En el mito colectivo plasmado en la Biblia hebrea, el Nombre de Dios ocupa un lugar y una función equivalente.

La fe en el impronunciable Nombre de Dios.

La instauración del culto a YHVH es una consecuencia directa y temporalmente cercana a la aparición histórica de la escritura alfabética. Aproximadamente 20 siglos antes de la era cristiana, en la zona de Siria y Palestina, floreció la primera escritura alfabética conocida, la semítica, de la cual el hebreo es una de sus ramificaciones. Por esa misma época y en la misma región mesopotámica, nació en la ciudad de Biblos la fabricación de libros, las biblias.

El alfabeto hebreo antiguo, tanto como el moderno, del mismo modo que su ancestro y las otras derivaciones (fenicio, arameo, etíope, etc.) carecen de vocales. Esta singularidad permitió que la palabra escrita tuviera una relación más indeterminada con la palabra hablada que la que posibilitan los alfabetos vocálicos. Sobre esta propiedad se asentó un principio básico de la tradición del pueblo del Libro: toda lectura es necesariamente una interpretación. El lector debe decidir cuales son las vocales que corresponden a la palabra escrita, apelando a la memoria de la lengua hablada, con la posibilidad que una misma grafía fuera leída de distintas maneras. Así, el texto escrito conserva una independencia considerable del habla, puesto que la pronunciación leída de la palabra escrita resulta necesariamente incierta, dudosa o imprecisa en relación al dicho. Una vez fijado en el escrito, cualquier mensaje dejaba de tener un anclaje seguro a su intención significativa original. Al inmortalizar un dicho en signos consonánticos, convertían el texto en el testimonio enigmático de un acontecimiento discursivo perdido.

Cuando un tiempo después, la escritura consonántica fue llevada por los fenicios a los griegos, estos se encargaron de agregarle las vocales. Nació así la escritura alfabética vocálica que conserva su vigencia en gran parte de los idiomas contemporáneos. La vocalización de la escritura alfabética marcó una línea divisoria respecto a la función que tenía el escrito en las culturas orientales respecto a la acuñada con la helenización del mundo antiguo. Mientras que los griegos tomaron la escritura como una tekné que favorecía la comunicación de los significados del lenguaje, las culturas orientales, particularmente los hebreos, consideraban primordialmente a la escritura como recinto del oscuro y misterioso mundo de los dioses. 3

La concepción del lenguaje que forjaron los judíos, localizaba en el Nombre de Dios al referente real de la verdad y causa última de los significados que elabora la palabra. El Libro Sagrado, texto que recogió las revelaciones de la verdad de Dios en los patriarcas y profetas, figuraba como un punto de ensamble entre lo real y el sentido. El pivote sobre el que reposó durante milenios la tradición judía, y forjó el perfil de la identidad de su pueblo, que se especifica como “culto al Libro”, se asienta sobre una práctica de lectura, comentarios y exégesis permanente de la Torá.

La creencia en un solo Dios no es un elemento prioritario introducido por el monoteísmo judío. Varios estudiosos, incluyendo a Freud, han propuesto la hipótesis de que en el comienzo de las sociedades humanas debió existir una etapa primitiva de monoteísmo, aunque de un dios primigenio derivarían luego las divinidades inferiores.

El Dios de Israel presenta un carácter netamente diferente a todos los otros dioses: su nombre propio, YHVH, es impronunciable ya que, según el mito, sus vocales nunca fueron reveladas. Por esta razón, este Dios no puede evocar ni imagen ni sentido. El soporte de la identidad de Dios, su nombre propio, solo puede ser transmitido por medio del escrito y debe permanecer excluido del campo de la palabra hablada. YHVH puede ser invocado con nombres sustitos, como Dios, Señor, etc., pero agregarle vocales, como por ejemplo Yahvé o Jehová, quiebra la cláusula inicial. La regla básica de la impronunciabilidad del Nombre de Dios, poco comprendida aún por aquellos de sus fieles que la respetan, contiene una clave de orden lógico que determina, como intentaré fundamentar, la singularidad de la fe que se ha edificado a partir de ella.


A diferencia de la escritura iconográfica o ideográfica, que conservan en la forma de los signos rudimentos imaginarios de la cosa significada, la escritura alfabética se afirma en la total independencia de las letras, respecto al campo del sentido y la significación del lenguaje. Mientras que las palabras engendran y transmiten sentidos, las letras sólo pretenden identificar las articulaciones del aparato fonatorio empleados en la lengua hablada. Los efectos de significado que engendran las palabras en el discurso común son siempre imaginarios, ambiguos, indefinidos. Nada asegura en ellas un vínculo unívoco del sonido al significado. “Comprender” y “creer comprender” un mensaje, son operaciones indistinguibles. Entender el sentido de un discurso es la modalidad de la “creencia” más universal en los seres hablantes. Implica suponer que el verdadero sentido que portan las palabras está en algún lado. Como alguna vez dijo Lacan: “Y en tanto se diga algo, allí estará la hipótesis de dios”.4 Dios, imaginado como sujeto supuesto saber.

El monoteísmo judío se asienta en la hipótesis de la existencia de Dios-Uno encarnado en su Nombre, y se consolida como vínculo social por medio de un acto de fe en Él. El Nombre de Dios no es un supuesto sino una cadena de letras claramente identificables pero completamente vacías de sentido. Aunque es un nombre acuñado en el código de la lengua, se distingue del conjunto de nombres propios o comunes. Por carecer de vocales queda exceptuado de entrar en la cadena del discurso y combinarse con otros significantes para producir significados. Es el referente mayor de la función de la letra en universo del lenguaje. Él, el nombre sin saber y sin sujeto, ocupa en el mito el lugar inalcanzable de la verdad. Suponer un sujeto detrás del Nombre de Dios, es creer en el Ser Supremo y creer que Él sabe completamente la verdad. Esta operación mental desplaza la fe pura sostenida en el Nombre hacia el registro imaginario del sentido.


El relato bíblico dice que la verdad divina les fue parcialmente revelada por Dios a su pueblo a través de los profetas. En virtud de la polisemia de la palabra, lo que ellos hacen saber introduce la ambigüedad y consiguiente incertidumbre acerca de la verdad. El sentido y significación de la verdad revelada en los fabulosos relatos bíblicos, son necesariamente equívocos y abiertos a múltiples interpretaciones.
Paradójicamente, el único elemento del credo que aporta al creyente el punto de certeza cartesiano, es el Nombre de Dios. Certeza de lo que es. YHVH “es lo que es”, no es KLMT, ni RVSP, ni cualquiera de las infinitas combinaciones posibles. Es la pura diferencia material de la estructura del significante, vacía de sentido.

Constituye un error ampliamente difundido, considerar que Dios reveló su Nombre a Moisés. En el libro de Éxodo, capítulo 3, Moisés le inquirió a Dios:

“13. He aquí, que yo voy a los Hijos de Israel, y les diré: el Dios de vuestros padres me envió a vosotros. Y ellos me dirán ¿cual es su nombre? ¿Que les diré?”

Moisés quiere que le revele lo que no le reveló a Abraham, Isaac ni a Jacob: el secreto del nombre, esto es, su vocalización. Pero tampoco lo consigue, pues Dios no le revela la manera de pronunciar su nombre sino que le entrega un acertijo.

“14. Y dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy (ehyeh asher ehyeh). Y dijo: Así le dirás a los hijos de Israel: Yo soy (eheyeh) me envió a vosotros.”5

Esta respuesta fue leída, interpretada y traducida de múltiples maneras: Seré el que seré, Soy el que soy, etc. Cualesquiera fuesen las soluciones aportadas al problema suscitado, estas lecturas dan por supuesto que el secreto de tal revelación concierne al significado del nombre, lo cual permitiría alcanzar algún significado de su existencia. Pero la pregunta ¿Cuál es tu nombre? tiene una sola respuesta exacta, una respuesta que no deja lugar a dudas: la de su identidad literal.

La respuesta de YHVH a Moisés no transgredió la prescripción de que el Nombre debía permanecer impronunciable, pero realiza una operación de transliteración: por medio del disfraz de la palabra ehyeh, derivada del verbo ser y repetida tres veces a lo largo del versículo citado, la respuesta de Dios, como lo observaron algunos exegetas, hace pasar a la enigmática frase las consonantes de su Nombre. La palabra ehyeh, contiene H Y H, una forma abreviada del Tetragrama (YHVH). La revelación de la verdad, aquí muestra su estructura: una operación de repetición o retorno de las letras del Nombre de Dios en el vehículo que la brinda la palabra común.6 Lo que retorna es lo idéntico a sí mismo, y al combinarse con un saber siempre diferente según las épocas y los sujetos mediadores, engendra efectos de verdad, inéditos y contingentes, que se plasman en nuevos saberes. La fe en el Nombre de Dios, en tanto impronunciable, presentifica la inadecuación del lenguaje común para atrapar íntegramente la verdad.

El culto a la palabra escrita.


A lo largo de milenios el Libro de la Ley, la Torá, fue el verdadero templo donde los judíos tenían ocasión de dar muestras de fidelidad a su Dios y orientar sus vidas. El Libro Sagrado constituía el símbolo mayor de la presencia de Dios en el mundo. Este culto al Libro es una derivación del axioma primero que plantea la fe en el Nombre de Dios. Por ello puede deducirse que la tradición oral, que también formó parte importante en edificación y mantenimiento de la tradición, constituyó una práctica subsidiaria de la generada por la presencia del Libro. Aunque no pueda comprobarse con exactitud cual fue la evolución histórica del monoteísmo judío, el punto de partida de la nueva fe no pudo haberse plasmado con anterioridad al establecimiento de una versión Yahavista de la Torá donde figurara escrito el Tetragrama7. Sino, ¿cómo trasmitir de boca en boca la identidad de un Dios cuyo nombre no puede ser dicho?

El culto al Libro alienta la subordinación del creyente a la estructura polisémica de la palabra para no acatar el saber supuesto ya establecido y garantizado por las autoridades religiosas. Esta modalidad del ejercicio de la fe, reclama al sujeto leer el texto sagrado, no para conocer y obedecer lo que dice, sino para interrogarlo e interpretarlo. Implica renunciar a la esperanza de conquistar un saber incuestionable que proteja del engaño, la apariencia y el error. Ninguna versión debería pretender clausurar el sentido último de lo que afirma, y sí exigir ser sometida a una nueva interpretación. La modalidad de rendirle tributos a Dios por medio de la exégesis del Libro, supone allí, en el escrito, la presencia de la voluntad de Dios como un enigma y no como un dogma, supone que la verdad habita en la letra y no en el saber. Alterar este principio implicar franquear la frontera epistemológica que instituyó la fe monoteísta original.

Priorizar la aptitud del sujeto para buscar la verdad revelada entre líneas, contiene un freno a la tendencia idolátrica de las masas humanas. Los símbolos, los íconos o las imágenes de Dios, promueven un efecto de fascinación y con ello alimentan su predisposición a los efectos sugestivos.

Según la tradición, a partir de la mayoría de edad cada judío es responsable de la lectura de la Torá. La lectura y comentario del Libro, no queda reservado a unos pocos, erigidos en legítimos representantes de la palabra divina, sino que cada integrante del pueblo tiene los mismos derechos y obligaciones a interrogar al supremo referente de la ley.

El texto debe ser cuidadosamente conservado y el lector deberá tomar en cuenta hasta los mínimos detalles para forjar su interpretación. Del mismo modo que recomienda Freud para interpretar un sueño, el enunciado deber ser respetado, sin omitir ni objetar nada. Este cuidado estricto por la forma material de los enunciados escritos y la subordinación del hombre de fe a la autoridad sagrada del texto enigmático, se corresponde con la ausencia de dogmas y la libertad en la interpretación. La lógica del monoteísmo original excluye la posibilidad de clausurar el sentido en alguna versión dominante u oficial y acepta como principio de su lectura la equivocidad esencial de cada pasaje, de cada frase, de cada palabra. La exégesis permanente ha dado lugar a que en cada época o en cada región, emerjan siempre, de un texto considerado sagrado e inmutable, innumerables significaciones nuevas. Como origen y guardián del enigma del texto, se encuentra en las sombras el nombre sagrado e insabible. Se trata de una tradición que cultiva la renovación indefinida de las versiones que van logrando autoridad y consenso. Los cabalistas han sido los mejores representantes y teóricos de este legado espiritual. Cuenta Gershom Scholem que cuando “le preguntaron a un gran tsaddic porque no seguía el ejemplo de su maestro, y vivía como él lo había hecho, contestó: Por el contrario, yo sigo su ejemplo, pues yo también lo abandono como él abandonó a su maestro.”8

El Talmud, libro donde se recopilaron las interpretaciones más relevantes del Libro de la Ley, permite encontrar para cada versículo varias explicaciones diferentes, incluso opuestas, conviviendo con los mismos derechos. La práctica cotidiana de interpretación y comentarios va sembrando en los fieles un antídoto frente a la tendencia universal de los seres hablantes a buscar refugio en el dogma, sus legisladores o representantes. Esta es una clave que permite comprender el legado ético que introdujo el monoteísmo, cuyo valor histórico trascendió con creces la importancia de los mandamientos de la ley moral que acuñó.

Todo aquello que cumple para el sujeto la función de representar a Dios en el campo del saber, implica lo que en psicoanálisis se llama “transferencia”; una operación por medio de la cual la existencia de algo inconciente para el sujeto y sobre lo cual se interroga, la supone ya sabida en el Otro. Creer en él, en el Otro, es correlativo de una modalidad de la fe cuya estructura es radicalmente engañosa. En el ámbito religioso como en el terrenal, particularmente en el terreno político, la transferencia es el modo privilegiado sobre el que se afirma el ejercicio del poder del amo del saber al que se anuda el deseo de servidumbre del yo.

La práctica de la exégesis del texto sagrado, sólo acota pero no evita completamente la proliferación del mal. Dentro del judaísmo también existieron y existen las corrientes ortodoxas, normativas y totalitarias. Estas se preocupan que el fiel conserve los enunciados de la Torá congelados en su memoria y cumpla estrictamente los preceptos, más que en resolver el enigma de la presencia de Dios y el sentido de la ley en la letra escrita.

Los dos grandes modos de sostener la fe, en el texto cifrado y en el saber supuesto como ya sabido, han danzado juntos a lo largo de la historia judía, a veces entrelazadas y confundidas, otras enfrentadas. Sin embargo, el carácter dominante de la tradición judía conserva cierto escepticismo por alcanzar la protección del saber absoluto o el absolutismo del saber. Un viejo chiste judío pone de manifiesto el conflicto inherente a su tradición y se burla de la tendencia de su gente a la idolatrar a los representantes de Dios. Un numeroso grupo de fieles se había concentrado en la plaza de la aldea junto a la casa del rabino, quien se encontraba agonizando. El pueblo angustiado ante la muerte inminente de quien había sido su más reverenciado líder religioso, empezó a expresar el deseo de escuchar el legado espiritual del maestro. El edecán que lo acompañaba junto al lecho, haciéndose eco de este pedido se lo transmitió. Luego de meditar un largo rato, el rabino finalmente hizo brotar de sus labios temblorosos el mensaje esperado: -“Diles que no deben olvidar que la vida es como una fuente”-. El edecán salió al balcón de la casa y con potente voz repitió las sabias palabras. Consternados, admirados y agradecidos, quienes se hallaban cerca del balcón empezaron a retransmitir el mensaje a aquellos que no habían logrado escucharlo a viva voz: - “Las últimas palabras que nos dejó el gran rabino es que la vida es como una fuente”-. Como una reliquia sagrada, la frase fue pasando de boca en boca hasta llegar al idiota del pueblo. Éste, con gesto de no entender la exquisita afirmación, preguntó: -“¿Y porque la vida es como una fuente?”- Sorprendido, el receptor decidió retornar la pregunta hasta que llegó al edecán, quien no dejó de transmitírsela al debilitado destinatario: -“Venerado rabino, el pueblo quiere saber porque la vida es como una fuente”- - “Bueno – respondió el rabino fastidiado- no es como una fuente”-.

Cualquier versión del texto bíblico, aunque haya llegado a los mayores grados de respetabilidad y consagración, es una versión más de las infinitas posibles. El momento más pleno de realización de la fe le está prometido al creyente, encontrarlo en el instante de iluminación que aporta la práctica interpretativa del Libro, renovando cada vez una porción de la inagotable verdad. El Nombre de Dios opera como la causa última que empuja hacia delante y, como dicen los cabalistas, todo lo que se manifiesta en cada acto de revelación, no es sino el Nombre de Dios, la verdad despojada de saber pero creadora de sentidos.

La práctica de la interpretación permanente del texto sagrado contiene la premisa que el significado de sus enunciados se desplaza y renueva permanentemente; el descubrimiento definitivo y completo del sentido de la verdad de Dios constituye una meta inalcanzable. Por ello, en la tradición judía, la revelación última no llega nunca. La llegada del Mesías o el advenimiento de la Verdad-Toda en el logos, están condenadas, por la estructura lógica del sistema de creencias, a ser una promesa nunca alcanzada. Las dos grandes refundaciones del monoteísmo judío saltan esta frontera. El cristianismo e islamismo, aunque profundamente diferentes entre sí, comparten el axioma de que la verdad de Dios fue íntegramente revelada, ya sea a Jesús o Mahoma respectivamente.


Julio de 2009


1 El presente trabajo será publicado en tres partes. La segunda se titula: “Logos, dogma y verdad en las religiones monoteístas” y la tercera: “Enfrentar a Dios”.
2 J.Lacan. Seminario 11. Conceptos fundamentales del psicoanálisis. Clase 11/3/64
3 La relación entre la concepción del lenguaje y la función del escrito en los hebreos y los griegos (y otros temas derivados abordados en este trabajo), se halla ampliamente desarrollada en el libro de Andrés Claro. “La Inquisición y la Cábala.” LOM Ediciones-Universidad ARCIS. 2º edic. 2009. Santiago de Chile.
4 Lacan, Jacques. Aun: Seminario 20: 1972-73 / Capitulo 4 “El amor y el significante” pág. 51-64. Editorial Paidós, 1981.


5 Traducción de Abraham Rosenblum y Enrique Zadoff, Editorial Yehuda.
6 En el fundamento de la revelación cristiana encontramos la misma lógica. El Evangelio de Juan 8:56-58 muestra a Jesús predicando a los judíos que lo cuestionaban por haber contado un diálogo que había mantenido con el patriarca Abraham: “Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham? Jesús les respondió: / En verdad, en verdad os digo: / Antes de que Abraham existiera, / Yo soy.” Si Jesús hubiera dado sus enseñanzas en hebreo, como es muy probable, la expresión final “Yo soy” sería la misma con la que Dios respondió a Moisés, ehyeh, que en el texto original es sin vocales - hei, yod, hei- es decir una palabra que translitera parcialmente el Nombre de Dios. Esta lectura se refuerza en la medida que el nombre hebreo de Jesús – Yeshuah o Yoshuah derivado del verbo ieshuah, que en hebreo significa salvación, contiene tres de las cuatro consonantes del tetragrama: YHV (yod, hei, vav). Leído a la letra, al decir “yo soy” dice también “Yeshuah” y al mismo tiempo permite que el Nombre de Padre se repita en el interior del Nombre del Hijo. El Nombre impronunciable se revela al repetirse en el interior del Nombre del Hijo.

7 La versión “Elohista” de la Torá, omite escribir el Tetragrama y en su lugar escribe la palabra Elohim o Adonai, sustantivos comunes que en hebreo significan Dios o Señor.
8 Gershom Scholem. Las grandes tendencias de la mística judía. Pág. 282. ED. Fondo de Cultura Económica. Argentina. 1993
 
 
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