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   Teoría sin clínica, clínica sin teoría

Teoría y/o clínica.
  Una nueva versión del vizconde demediado
   
  Por Élida E Fernández
   
 
Es indispensable que el analista sea al menos dos: El analista para tener efectos y el analista que a esos efectos los teoriza”.
J. Lacan, RSI

En el delicioso relato “El vizconde demediado”1, Italo Calvino nos cuenta desde una voz infantil, la historia de Medardo de Terralba quien interviene en la batalla contra los turcos, en la cual una bala de cañón lo parte en dos mitades que sobreviven autónomas. Una mitad es totalmente mala y es llamada por los habitantes de Terralba “el amargado”, y la otra mitad es totalmente buena; ambas insoportables.
“Así transcurrían los días en Terralba y nuestros sentimientos se hacían incoloros y obtusos, puesto que nos sentíamos como perdidos entre perversidad y virtud igualmente humanas”.
Hete aquí que ambos se enamoran de la misma mujer: Pamela.

Los pobladores hartos de las correrías y desafueros de ambas mitades, traman un plan: Pamela se casará con la mitad buena y cuando el amargado se presente se batirán a duelo.
El Doctor Trelawney –médico del pueblo– aseguró su asistencia llevando vendas y bálsamos como para curar una batalla.
Ambos se desplomaron cubiertos de sangre por efecto de los sablazos que se infligieron.
“Media hora más tarde llevamos en camilla al castillo un único herido. El amargado y el bueno estaban vendados estrechamente, el doctor se había afanado en unir todas las vísceras y las arterias de una y otra parte, y luego, con un kilómetro de vendas los había atado tan juntos que parecía, más que un herido, un antiguo muerto embalsamado.”
Así Medardo volvió a ser un hombre entero, ni bueno ni malo, una mezcla de maldad y bondad pero más sabio.
Y Pamela tuvo un marido con todos sus atributos.

Imaginemos ahora otro final para esta hermosa historia: podría ser que cada mitad hubiera tenido un crecimiento distinto, distintas cicatrices, bultos, hinchazones, agujeros y marcas de sus andares y desventuras y que nunca hubieran podido reunirse, que cada mitad siguiera por separado batiéndose a duelo, haciendo la vida imposible a todos los que los rodeaban.
También, podríamos inventar que al no poder juntarse hubieran compartido algunos momentos tratando de lograr algún tipo de convivencia más soportable para todos.
Es indudable que el deleite que nos produce esta historia contada con alma de niño, hace imposible cambiarle el final sin desvirtuarla, pero a los fines de esta otra historia, la nuestra, entre la clínica y la teoría psicoanalítica, las dos mitades son imposibles de unir en un solo cuerpo entero.

Tampoco creo que esto sería deseable ya que no podríamos inventar, crear, descubrir, delirar, ¿y por qué no? seguir investigando, leyendo, escuchando y preguntándonos. Claro que cuando ambas partes se vuelven irreconciliables el fracaso es de la práctica. O como dice el relator “imaginen si en vez de dos la bala lo hubiera partido en tres o más”.
Eric Kandel,2 neurólogo austríaco nacionalizado estadounidense, que recibió el premio Nobel de Medicina en el año 2000 por sus descubrimientos sobre cómo se transmiten los mensajes a través del sistema nervioso, se interesó por las enfermedades mentales y el papel del inconsciente en su desarrollo, y el lugar del psicoanálisis en el tratamiento de las psicosis. En 1960 deja su postdoctorado en neurología para empezar una residencia en psiquiatría en el Massachusetts Mental Health Center, acompañado por los que luego serían a su vez psiquiatras prestigiosos.

Relata una experiencia en esta residencia que es, por lo menos, muy curiosa. Al comenzar no les recomendaban leer ningún texto, ni siquiera las obras freudianas. Los instaban a no leer.
Sí tenían que tomar contacto con los pacientes, hablar con ellos, escucharlos y tratar de percibir qué les ocurría a cada uno de ellos, los residentes, en este encuentro. Semanalmente tenían una reunión de grupo terapéutico coordinada por un psicoanalista, donde hablaban de lo que les pasaba en este acercamiento con los pacientes del hospital. También eran desalentados a medicar a los pacientes e instados a manejar su propia ansiedad sin recurrir a los psicofármacos.
Este sistema produjo que el interés de cada residente fuera propio y genuino, se llegaba a la literatura científica desde la propia conciencia de la falta de saber, desde el interrogante y el enigma que cada paciente producía en el profesional, una vez que cada uno hubiera podido dominar el miedo y el espanto que el paciente produce.

La teoría no era usada para separar el padecimiento del paciente, no era usada de mostrador que separa sanos de enfermos, almaceneros de clientes.
Al revés de esta experiencia, entre nosotros, parece florecer, desde hace mucho, el mecanismo inverso: primero se lee canónicamente los textos de Lacan y luego se usa al paciente en cuestión, al caso, para demostrar la verdad en el discurso entero y único del Maestro. Jorge Jinkis3 lo dice muy bien:

“Pero además, y en numerosos textos que nos dispensamos de reproducir, la argumentación transcurre en contrapunto con la narración que continúa según un esquema clásico: cada secuencia narrativa es presentada como la ilustración adecuada de una frase tutora de Lacan, o bien de su resumen pedagógico. Cuando el autor no tiene el infortunio de nuestro ejemplo (se refiere al ejemplo dado de un relato clínico usado para demostrar las verdades del discurso de Lacan, leídos según el analista en cuestión) una teoría indivisa acoge graciosamente hechos transparentes.4

La narración a su vez, alterna el estilo indirecto (la mayor parte) con cuidadosos recortes textuales y entrecomillados de expresiones directas. Pero éstas, en función del contexto que crean las comillas están traspasadas, de cabo a rabo, exactamente del concepto que ilustran: tal frase o tal palabra son soportes sensibles y didácticamente redundantes de una función magistral.”
Aquí, subrayé lo de indiviso, porque ya no tendríamos al Vizconde Demediado (¡qué pena perdernos esta historia!) sino a un Superman que frente a las balas de cañón pone el pecho y rebotan.
La literatura clonada: lacaniana, milleriana o de algún otro “iano”, donde se rubrica la adhesión, produce en general hastío y es rápidamente olvidada.
Los trabajos que empiezan con la frase “Lacan dice” hacen abandonar a más de uno, raudamente la butaca más cómoda del lugar de la conferencia, para buscar auxilio en la cafetería más cercana. Los seminarios es preferible leerlos del original.
Coincido con Jinkis en que “la inmensa mayoría del material recogido para la confección de libros y otras publicaciones, consiste en transcripciones de conferencias, cursos, mesas redondas y discusiones. Se edita mucho, se escribe poco”. Con este estilo se pretenden sostener los textos de Lacan aunque a veces no se entiendan –¿y por qué no tener la valentía de aceptarlo?–5. Los trabajos parecen, en su mayoría, hechos en la serie de montaje de Tiempos Modernos de Chaplin.
Por otro lado, (también aprovecho el artículo de Conjetural citado): “Muy raramente, en el interior del campo lacaniano, un autor local cite el texto de otro ‘ubicado en otro grupo’ ”. Y aunque Jinkis a esto lo llama “mezquindad” a veces, también puede ser plagio.

La clínica ocultada, o prelista para hornear, y la teoría dogmática han producido en nuestro país un analista pret a porter para quien los únicos psicóticos son Schreber y Joyce, el único acting el de “los sesos frescos”, el neurótico siempre nos quiere hacer caer en una trampa, la transferencia no se interpreta jamás, la contratransferencia no existe, leer a los kleinianos, postfreudianos y a veces a Freud mismo, está pasado de moda, estamos en la era del Otro que no existe, el significante puede caer en desuso, la escansión se hace cada rigurosos y exactos intervalos, donde el timbre del próximo analizante determina que se viene “la extracción del a” y el saludo de despedida.
Y se cobra muy caro, por supuesto a los propios analistas de la Escuela, ya que atender a los ciudadanos que sufren se lo deja para los analistas –alumnos que pugnan por pertenecer a una prepaga que les asegure un caudal de pacientes–, que generalmente no supervisan o a las que trabajan en las denostadas instituciones públicas.
Nada de lo humano nos es ajeno: ni la rivalidad sin cuartel, ni la envidia, ni la hipocresía, ni la fascinación, ni la idealización, ni los amores, ni los odios. El tema es qué hacemos con esto de lo que estamos hechos: la toma de decisión sobre nuestro deseo, que es lo que hace que el deseo sea una posición ética.

“… el deseo decidido no significa lanzarse decididamente hacia adelante, sino una decisión acerca de si queremos o no ese deseo, habiendo pasado por un análisis. A esta afirmación es necesario agregarle que no querer equivale a desear, y por ende toda decisión comporta un deseo o una elección entre dos deseos, decisión cuyo pasaje al acto dependerá de ese socio capitalista que es el deseo infantil reprimido”.6
Y lo que podemos hacer es en principio: analizarnos para saber algo de lo que nos conduce, atravesando el dolor de no ser nunca aquello para lo que fuimos traídos a este mundo.
León Ostrov, profesor de Psicoanálisis de la Facultad de Psicología de la UBA, siempre repetía en sus clases: “para analizarse hace falta humildad y coraje.”
Para ser, mejor dicho, para estar analistas, como le gustaba decir a Ulloa, también hacen falta humildad y coraje.
La clínica,7 dice Lacan, es lo que se dice en un psicoanálisis. Tomamos el uso del término del saber médico psiquiátrico, del estar al lado de la cama del enfermo, pero también del hacer algo con el sufrimiento, (en este caso el neurótico, con el padecimiento psicótico): acotarlo, darle otro cauce, domeñarlo, sublimarlo.

“Propongo que la sección que en Vincennes se intitula ‘de la clínica psicoanalítica’ sea una manera de interrogar al psicoanalista, de apremiarlo, para que declare sus razones”8
Cada encuentro entre un sujeto que consulta y un analista es un acontecimiento único e irrepetible que puede producir, o no, algo nuevo. Es un encuentro sin testigos. De eso hacemos relato.
Para eso la atención flotante que propone Freud, el sin memoria y sin deseo de Bion, el “úsenme” de Winnicott apuntan, cada uno en su estilo, a alojar el padecimiento, el goce, el laberinto propio, único e irrepetible en el que cada sujeto está perdido, enmarañado y buscando, ciego y sordo una salida a la mordida implacable de “sus bestias” (como diría Olga Orozco).
Cada sujeto tiene también su propia manera de encontrar la salida, que cuando todo va bien, sorprende al analista, haciendo de nuestra práctica “ese intenso y permanente asombro”, como lo llama Octave Mannoni.
Cuando ya sabemos todo antes, cuando el paciente viene a certificar ese saber sabido, cuando no podemos bordear la cornisa del no saber: nada nuevo puede acontecer. Si la clínica es una manera de interrogar al analista, la práctica que intenta interrogar al que consulta para hacerle confirmar la teoría, reniega de la columna basal del psicoanálisis: no hay relación sexual.
O sea: no podremos nunca encastrar ajustadamente las dos mitades de nuestro Vizconde, aunque esa ilusión nos siga deleitando. Y Pamela nunca tendrá un marido con todos sus atributos.
_____________
1. Bruguera – Libro Amigo Barcelona, 1979.
2. A New Intellectual Framework for Psychiatry Am/ Psychiatry 155:4 , April 1998.
3. Conjetural N° 10, “La literatura lacaniana en Argentina”, agosto 1986, Ediciones Sitio.
4. El subrayado me pertenece.
5. ¿Por qué no tomar el ejemplo de Lacan ?: “Debo decir que, aunque se nos haya querido hacer de Freud un escritor, la Traumdeutung es excesivamente confusa. Es incluso algo tan confuso que no se puede decir que sea legible”. Apertura de la Sección Clínica Ornicar 3 editorial Petrel, Barcelona, España, 1981.
6. Sara Glasman en “El juicio sobre nuestra acción” – Conjetural 37 Nuevohacer - 2001.
7. Lacan op. citada.
8. Lacan , op. citada.
 
 
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