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Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein
  Decimotercera entrega
   
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
Señalábamos en la entrega anterior que en la instauración del discurso analítico —resorte de la transferencia— el analista está situado sólo provisionalmente en función del sujeto supuesto saber: al aceptar de antemano ser el producto de las cogitaciones del analizante, debe tener presente que en, tanto tal, está destinado a perderse, a ser eliminado del proceso. La posición del analista, está hecha esencialmente del objeto a, pero la verdad que allí se revela resulta ser, como decíamos, la que ofrece mayor resistencia a su captación en las redes del lenguaje...

Vale la pena dejarnos llevar por Lacan en su interrogación sobre la verdad, ¿qué significa eso? «Parece que la verdad —dice Lacan— es para nosotros una extraña, me refiero a nuestra propia verdad. Está con nosotros, no hay duda, pero sin que nos concierna tanto como suelen decir (…) Todo lo que se puede decir es que no estamos sin ella»1. ¿Es algo que está escondido, pero siempre presente? Si así fuera, todo iría bien, en tanto que bastaría con que supiéramos acabadamente todo lo que hay que saber. Pero el problema es que «sabemos» que la verdad que interesa al análisis tiene la peculiaridad de poner en tensión el saber instituido antes de su irrupción. Efectivamente, la escisión entre verdad y saber es otra forma de nombrar la división subjetiva.

Cuando decimos algo, no hay necesidad de añadir a cada instante que eso es verdad. Ahora bien, ¿qué es verdadero? Verdadero es lo que se ha dicho, y lo que se ha dicho no puede sostenerse sino en el significante, en tanto no concierne al objeto. Pero es preciso poner de relieve esta importante distinción: el significante no concierne al objeto, sino al sentido2. Es en este punto que Lacan se interesa en Wittgenstein, el autor que, según dice, «…formuló con mayor énfasis lo que resulta de esa maniobra de plantear que no hay más verdad que la que se inscribe en alguna proposición y articular lo que del propio saber —constituido con un fundamento de proposición— puede funcionar con todo rigor de verdad. O sea articular que, sea lo que sea lo que proponga, puede decirse que es verdadero y se puede sostener como tal (…) Para este autor, la estructura gramatical constituye lo que él identifica con el mundo. La estructura gramatical, eso es el mundo. Y, en suma, lo único verdadero es una proposición compuesta de modo que comprenda la totalidad de los hechos que constituyen el mundo (…) Si elegimos en el conjunto introduciendo el elemento de negación que permite articularlo, podremos introducir todo un conjunto de reglas que constituyen una lógica, pero el conjunto es, dice él, tautológico, es decir, tan estúpido como esto —sea lo que sea que enuncies, será o verdadero o falso. Enunciar que eso es verdadero o falso es por fuerza verdadero, pero anula el sentido (…) No se puede decir nada que no sea tautológico. Se trata de que el lector, después de pasar por un largo recorrido de enunciados que, créanme, son todos ellos extremadamente atrayentes, supere todo lo que se ha dicho para concluir que no hay nada más que sea decible, salvo que todo lo que se puede decir no es más que sinsentido». De esta manera resume Lacan el Tractatus, proponiendo que el único modo de salir del atolladero al que Wittgenstein nos conduce, es seguirlo hasta donde su pensamiento encuentra el eslabón último: la proposición elemental, y su condición de verdadera o falsa determinando la veracidad o falsedad de la proposición compuesta. ¿Será esto análogo a lo que le ocurre al analizante, quien luego del largo recorrido a través de sus propios enunciados, finalmente se topa con una proposición elemental: un axioma fantasmático que organizaba su mundo; y a partir de ahí, puede confrontarlo, preguntarse por su veracidad, entendida ahora como pregunta por su fundamento, el cual se revelará en el estatuto del sinsentido? Sinsentido que, como hemos visto tanto en Wittgenstein como en Lacan, no significa «sin efectos» ni relevancia, sino por el contrario se situará en el orden de lo más vital para el sujeto en cuestión.

Lo verdadero dependerá sólo del contexto en el que se enuncie, no es un valor interno a la proposición. Si alguien dice: «Voy a Cracovia», no puede desprenderse de esta proposición en sí su valor de verdad. En ella sólo se anuncia el hecho, pero esto nada dice sobre su veracidad. La verdad es, para Lacan, inseparable de los efectos de lenguaje como tales: «Ninguna verdad podría localizarse si no fuera por el campo donde eso se enuncia, donde se enuncia como puede3. Así pues, es verdad que no hay verdadero sin falso, al menos en principio (…) Pero es falso que no haya falso sin verdadero. Quiero decir que lo verdadero sólo se encuentra fuera de toda proposición. Decir que la verdad es inseparable de los efectos de lenguaje propiamente dichos significa incluir en ellos al inconciente». Vemos aquí cómo Lacan pone el acento en hacernos notar que el lenguaje, en su materialidad, no está hecho de la misma pasta que sus efectos… El lenguaje —y ésta es su propia tesis— es condición del inconciente, y no al revés: «Por el contrario, proponer que el inconciente es la condición del lenguaje adquiere aquí el sentido de pretender que haya un sentido absoluto que responda por el lenguaje». Lacan se apoya aquí en Wittgenstein para sostener su posición acerca de que no hay meta-lenguaje, advirtiéndonos de que quien pretendiera hablar desde esa posición, la del Otro que sabe sobre el sentido de las cosas y el deseo del hombre, no sería más que un tonto, o un canalla. Después de leer a Wittgenstein —concluye— resulta que no hay sentido más que del deseo, y no hay más verdad que de lo que dicho deseo esconde de su falta, para hacer como quien no quiere la cosa ante lo que encuentra, lo real de la presencia de algo que se revela como una falta. ¿Cómo se revela? Este es un punto crucial, que nos abre el paso a las formulaciones del último Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas. Basta releer la primera línea de la última cita de Lacan que acabamos de transcribir: la verdad, cualquiera que ella sea, no se enuncia sino en tanto efecto del lenguaje, y lo hace… ¡¡¡Como puede…!!!

___________________
1. Lacan, J.; Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992. Capítulo 3, El saber como medio de goce.
2. En realidad, también podemos decir que el significante puede concernir al objeto, si posee la capacidad de señalarlo. Entramos de esta manera en la perspectiva de la verdad como referencial: el signo señala, indica, se refiere, a un objeto. Es lo que pudimos visualizar en anteriores entregas gracias al esquema de semiosis de Peirce, planteado como una relación triádica entre un representamen, su objeto y su interpretante.
3. El destacado es nuestro.
 
 
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