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La palabra arrinconada [segunda parte]
  Por Jorge Helman
   
 
RETORNOS
Retomo lo que había dejado pendiente antes de estos extensos desvíos; aquello que quedó latiendo: la innovación cartesiana y sus consecuencias próximas. Y en función de esa vecindad, se hace necesario producir un nuevo salto abrupto en esta “máquina del tiempo”, que nos hace transitar a través de la historia.

Desde la perspectiva de la historia del sujeto, es el momento de arribar al siglo XX. Martín Heidegger, un pensador alemán, contemporáneo de Freud y de Lacan, escribe el libro Sein und Zeit que traducido al español quiere decir Ser y Tiempo1. En la cuarta parte del texto, dice algo un poco enigmático: el lenguaje es la morada del ser. Caben aquí dos traducciones: el ser tiene un habitáculo que se llama lenguaje (esta sería una traducción tradicional, ¡pero poco fecunda!); el hombre estaría habitado por el lenguaje o, dicho con otras palabras, el recinto del ser es el lenguaje... Sin embargo, brota una pregunta frontal: ¿QUÉ ES EL HOMBRE?

Foucault dice que el hombre es una invención de Kant (algo bastante similar a lo que introduce Harold Bloom en el texto ya citado). Pero, entonces, antes de Kant ¿no había hombres? Sí, pero él acentúa la unidad de algo que llamamos “el hombre”. El nacimiento del humanismo es muy anterior (¡nuevamente nos encontramos en los orígenes de la Modernidad!); data del siglo XVI, viene de la mano de Erasmo de Rotterdam, el autor del Elogio de la locura2, donde surge la idea del hombre como unidad, o sea, “individuo”, que significa: indiviso.

Vuelvo ahora sobre la frase de Heidegger; la otra traducción, mucho más rica, más fecunda, se centra en el modo en el cual traducimos el término morada, si ésta se encuentra vinculada a la vida o a la muerte del ser. La palabra morada significa “lugar donde residen los muertos”; esta interpretación condice mucho más con el pensamiento del filósofo alemán. Ya que si se comprende que el lenguaje es la muerte del ser, tiene sentido preguntarse ¿por qué muere el Ser en el lenguaje? Precisamente, para que se produzca el nacimiento del sujeto; pero ¿de qué Sujeto hablamos?, en rigor, del sujeto del lenguaje.

El filósofo alemán inventa una palabra que fue recientemente incorporada, hace más o menos quince años, a la lengua alemana. Se trata de DASEIN, que quiere decir, traduciendo literalmente, icónicamente3: SER AFUERA (o existencia). Este término conjuga el SEIN (ser) con el prefijo DA (afuera). De modo tal que la palabra inventada por Heidegger contiene el DA (¡figura conocida por los analistas, atentos a la función que Freud le asigna al juego del carretel: “fort-da “, relatado a propósito de la observación de su nieto!).

En síntesis, ser afuera implica ser excluido del lenguaje. Entonces si el ser está fuera del lenguaje, qué es lo que habita dentro del lenguaje, sino el sujeto del lenguaje.
¿Quién puede dudar de que tanto Freud como sus sucesores, incluido Lacan, trabajaron con los conceptos de Sujeto y Objeto? En rigor, ambos términos son acogidos por el psicoanálisis, pero proceden del campo de la filosofía4... y del uso coloquial que de ellos se hace. Puntualmente, Lacan los abordará en la especificidad del seminario IV, cuyo título es por demás elocuente: La relación de objeto5.
Con relación a este tema, quiero hacer notar una curiosidad. Como bien lo señala Max Weber, “la historia la escriben los que vencen, pero hay otra historia sepultada; es la de los vencidos”. En realidad, hay algunos hechos ocultos o tal vez reprimidos también en el psicoanálisis. Uno de ellos consiste en atribuirle la cuestión del estudio de las relaciones de objeto a Melanie Klein. De igual forma, cuando se tropieza con la expresión del infante al nacimiento del sujeto, lo vinculamos automáticamente con Lacan. Por las razones arriba expresadas, también vinculamos con Melanie Klein el tema de las relaciones de objeto quien, junto con Hannah Segal, trabajó este concepto... Sin embargo, quien originalmente lo desarrolla, luego de Freud, es Ronald Douglas Fairbairn6; él elabora muy fuertemente el concepto de relaciones de objeto.

Abandonemos esta curiosidad y volvamos sobre el filósofo alemán. Si se observa cuidadosamente al Heidegger de SER Y TIEMPO, se puede legítimamente inferir que no es la única relación que ambos términos, SUJETO-OBJETO, albergan como oposición. Existe, en las tinieblas de esas voces, otro antagonismo más interesante que el tradicionalmente conocido.

Por ejemplo, en el caso de SUJETO, encontramos escondida la categoría de SER. Del mismo modo que tras OBJETO se halla oculto otro término: DAS DING (que significa “la Cosa”). Este concepto es trabajado por Lacan en el Seminario XI7.

Para poder comprender esta última noción, voy a emitir, a modo de ejemplo, el siguiente enunciado: “¿alguien me puede prestar la cosa?”. Cuando escuchamos esto, pensamos: este hombre tiene necesidad de algo, pero no se sabe de qué; como él no lo puede localizar, tampoco nosotros; como no es capaz de representarlo, no lo puede pedir como objeto identificable. Se aleja este enunciado de otro, por ejemplo, si digo: “¿me presta alguien su libro?”. La diferencia entre ambos enunciados es que con el término cosa designo lo que no puedo designar. Es la voz que la lengua me otorga para poder representar lo que no puedo representar; difiere, en consecuencia, de objeto. Por eso, reservamos los nombres de sujeto y objeto para las representaciones y utilizamos ser y cosa, para lo que no podemos representar.

Resumiendo: Objeto no tiene un único opositor, tiene otro que es das Ding (o Cosa), así como Sujeto posee al Dasein (o Ser), de modo tal que tenemos en el subsuelo de la oposición Sujeto-Objeto, otro antagonismo que es Ser y Cosa. Esto se deja graficar del siguiente modo:

(manifiesto)                     SUJETO                                                                                                                                        OBJETO
 _____________________________________
                                       SER                                                                                                                                           COSA (oculto)

Como es posible percibir, en este extenso viaje a través del tiempo, hemos pasado de la época medieval, donde se utilizaban dos términos, a la etapa de la Modernidad, que hace uso de tres nociones y, luego, a la actualidad que implementa cuatro términos.

Se nos plantean una serie de problemas: cómo capturar la Cosa, cómo percibir al Ser y, solidario de ello, pueden emerger algunas preguntas referidas a todo lo expuesto hasta ahora.
Existen, entre otras muchas, dos frases de Lacan que encierran algunos enigmas susceptibles de develamiento. Una de ellas se expresa como “Allí donde pienso, no soy”; la otra es “elevar el objeto a la dignidad de la cosa”.
En principio, voy a tomar la primera expresión. Es evidente que él hará un retorcimiento de la fundamentación cartesiana, ¿se trata de un capricho de Lacan? O, por el contrario, ¿es una exigencia lógica? Si disponemos del contexto cartesiano y le sumamos al entorno heideggeriano, vestimos la desnudez de la frase y estamos en mejores condiciones de entenderla.

¿Por qué allí donde pienso, no soy? Porque cuando pienso estoy amarrado, obligado, sujetado a las reglas de la gramática y de la lógica. El pensamiento aparece íntimamente vinculado a la capacidad de representabilidad; puede ser un pensar con diferentes formas de lógica y con ubicaciones tópicas disímiles, pero siempre estamos sometidos, atados, a leyes lógicas. Como decía Lev Vygotsky, en un texto clásico, de la década del ’30 del siglo pasado, Pensamiento y lenguaje8 se encuentran profundamente amarrados uno al otro.
Si acogemos el enunciado del cogito y lo damos vuelta en un giro de 180 grados, conforme lo hace Lacan, veremos que solamente se lo entiende insertándolo o vistiéndolo con “Descartes” y “Heidegger”. En síntesis, para poder entender esa frase es imprescindible contextualizarla sobre el horizonte de los pensadores que lo precedieron.

La otra proposición que surge en Lacan es “nunca el objeto estará a la altura de la cosa”. Otro modo de formular este enunciado sería: “elevar el objeto a la dignidad de la cosa”. Si el OBJETO es representación o vestimenta de la cosa, podemos variar los diferentes disfraces (o versiones) acerca de la Cosa. Hecho que ocurre porque el campo representacional es móvil, los sistemas representacionales y sus significados pueden variar transformándose, pero nunca agotarán al das Ding, la Cosa. Ésta es siempre productora de nuevas modalidades de representación... lo que implica que no la abarcan ni la cubren en su totalidad.
Por ello, es muy difícil aprisionar tanto al Ser como a la Cosa. En lo que atañe al Objeto y al Sujeto, es mucho más fácil porque apelamos a sus representaciones.

El sujeto se autodefine de acuerdo con las cualidades identificables de su propio yo, que siempre son del orden representacional, del registro imaginario. Ortega y Gasset decía que el Yo es el yo y sus circunstancias. En otros términos, no solamente me defino a mí mismo, sino que las circunstancias (¡entendidas como “Objeto”!) contribuyen a definirme; el sujeto se identifica con el Yo.
Pero ¿qué es en realidad el Yo? Apelo aquí a una definición tempranamente instalada por Freud en la primera parte del Proyecto de la psicología científica para neurólogos9. El Yo es un conjunto de “neuronas” (¡léase: “representaciones”!) de alta estabilidad y amplia facilitación intersistémica. Son representaciones durables e impertérritas al paso del tiempo; es decir que cuando nos definimos, lo hacemos a través de lo que es constante en cada uno de nosotros y no por lo variable y fugaz. Por otra parte, estos rasgos duraderos se enlazan o se asocian entre ellos forjando lo que en Psicología se denomina “personalidad”, o sea, el perfil invariable de un sujeto.

Si, como afirmé anteriormente, cualquier entidad yoica se define por lo estable y lo permanente y no por lo variable, hay involucrado un fuerte componente de carácter imaginario, porque alguien puede recordarse como siendo siempre el mismo. Por ejemplo, cuando entramos en este curso, traíamos ya una identidad, y luego, nos iremos con la misma... ¡pero no será exactamente igual que cuando vinimos, porque se supone que, con lo que estoy transmitiéndoles, se producirá una variabilidad en sus sistemas de conocimiento, por lo tanto, al salir no van a ser los mismos!

Ahora bien, ¿por qué aludimos a lo Imaginario? Porque tiene que ver con la permanencia de la noción de identidad. En Introducción del narcisismo, Freud marca las situaciones que lastiman a la estructura narcisista: la enfermedad y el paso del tiempo (hecho que ya hemos resaltado anteriormente). Somos los mismos desde que nacemos, sin embargo, no somos los mismos, nos queda la ilusión de seguir siéndolo, porque eso tiene que ver con el espacio de los recuerdos.
No obstante, tenemos otro campo que es altamente fecundo, pero de muy difícil acceso, me refiero al vasto territorio del Ser.
Como sabemos que la diferencia entre Ser y Sujeto está vinculada con la presencia o la ausencia de la representación y el lenguaje, que son las dos caras de una misma moneda; resulta muy difícil aprisionar al Ser, ya que al Sujeto lo podemos capturar con mucha más facilidad.

Los territorios a través de los cuales podemos percibir la presencia del Ser son tres. Dos, de muy difícil acceso: la práctica clínica y la vida cotidiana. Allí donde aparece algo que tiene que ver con el agujero de lo Real (en el sentido lacaniano del término), donde surge el “pariente” del “objeto a”.
¿Por qué decimos que son de difícil acceso? Porque al material clínico siempre lo representamos, lo trasmitimos; se nos hace accesible. Cuando supervisamos un caso clínico, lo hacemos por la vía de un relato de lo acontecido, por ende, representamos los hechos. Nos disociamos, dejamos de ser analistas para transformamos en narradores de lo ocurrido; nos mudamos de protagonistas a personajes de un relato.

¿Y qué ocurre con la vida cotidiana? Allí relatamos, y a medida que contamos, estamos representando. Pero puede haber algún momento espasmódico en el que se nos escape la posibilidad de representar algo; esto es conocido en Psicología con el nombre de SENSACIÓN. Ésta podrá transformarse en PERCEPCIÓN a partir del momento en el que se encuentre con las “representaciones de palabra”. Porque “percibir” supone que la representación de cosa está adherida a la representación de palabra. Sí yo no tengo a esta última, pero sí, la representación de cosa, puedo hacer alguna aproximación (lo que habitualmente llamamos “intuición”), pero necesito del tributo de la palabra para poder describir aquello que no puedo enunciar. Tan pronto el Ser me irrumpe y lo inscribo, pasa a transformarse en Sujeto o en indicio de subjetividad.

El tercer camino para percibir al Ser consiste en invocar a la ayuda de la literatura, que es una vía muy rica y fecunda; ahí sí lo podemos aprisionar.
Veamos algunas ilustraciones emergentes del campo literario.

Los escritores y los poetas tienen una gran sensibilidad para codearse con el inconsciente y coquetear con él, muchas veces mayor de la que tenemos los psicólogos y los psicoanalistas: Para expresarlo en otros términos, poseen una soberbia facilidad y una profunda intuición (¡algunos!) para convivir con los bordes de ese núcleo, para contornear a ese nudo del inconsciente que es lo Real, y gozan de mucha comodidad porque trabajan con la palabra... ¡son grandes competidores nuestros! ¿Con qué trabajamos nosotros? Nos atareamos con la palabra; pero los escritores también lo hacen, y a lo mejor no tienen tantos tapujos, o poseen una mayor sensibilidad o han vencido determinados caminos represivos y lograron sublimar. Y en consecuencia, tienen una gran habilidad para describirnos elementos que son de gran riqueza psicológica y psicoanalítica.

He de compartir dos testimonios importados de la literatura para que podamos entender la cuestión del Ser. Son muy breves, y emanan de Mario Benedetti y de Jorge Luis Borges... aunque acabo de acordarme recién de un poema de Federico García Lorca10 que se llama La sombra de mi alma y evoco su primer verso:
La sombra de mi alma se desliza por un laberinto de alfabetos y palabras”. Es muy interesante, porque el poeta granadino nos muestra que el alma tiene una figura, pero también, una sombra, ¿cómo sabemos acerca de la sombra de la figura? …por aquello que se desliza por un laberinto de alfabetos y palabras, según nos explica el poeta.

Vayamos ahora al testimonio de Mario Benedetti11:

Sobre cartas de amor
 
Una carta de amor
no es un naipe de amor

Una carta de amor tampoco es una carta
pastoral o crédito / de pago o fletamento

en cambio se asemeja a una carta de amparo
ya que si la alegría o la tristeza
se animan a escribir una carta de amor
es porque en las entrañas de la noche
se abren la euforia o la congoja
las cenizas se olvidan de su hoguera
o la culpa se asila en su pasado
una carta de amor
es por lo general un pobre afluente
de un río caudaloso
y nunca está a la altura del paisaje
ni de los ojos que miraron verdes
ni de los labios dulces
que besaron temblando o no besaron
ni del cielo que a veces se desploma
en trombas en escarnio o en granizo

Una carta de amor puede enviarse
desde un altozano o desde una mazmorra
desde la exaltación o desde el duelo
pero no hay caso / siempre
será tan sólo un calco
una copia frugal del sentimiento

una carta de amor no es el amor
sino un informe de la ausencia

Le podríamos haber preguntado al poeta uruguayo: ¿qué es el lenguaje, sino el permanente informe de una ausencia? En rigor, es una pregunta de baja talla frente a la elocuencia de lo que Benedetti plantea.

Segundo testimonio, un relato muy breve pero absolutamente transparente en lo que atañe al tema del Ser, de Jorge Luis Borges12.

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición13. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.


Este texto de una sola carilla posee mayor riqueza que muchos manuales de teoría y técnica psicoanalítica.

Sé que estamos en un Servicio de Psicopatología, pero los invito a que se despeguen de esa circunstancia y se alejen de leer o de escuchar esto como fruto de un lenguaje esquizofrénico, porque la literatura nos ofrece la posibilidad de hacer disociaciones, que llamamos “licencias literarias”, sin considerar por ello a su autor como “psicótico”. Parecería que en este relato hay dos personalidades pero, en realidad, tenemos cuatro figuras en juego. Está Borges, el Yo, y en la última frase, aparece un tercer personaje, el que no sabe cuál de los dos está escribiendo, es decir, la voz del relator se desdobla y surge una nueva frecuencia de narración. Y por último, emerge una cuarta figura: somos nosotros que lo estamos leyendo y, en consecuencia, fuimos “tocados” por el texto.

Esto nos permite captar o percibir, de modo transparente, la diferencia entre el Sujeto y el Ser; este último aparece siempre en un estado de fuga, aunque hay momentos en que hace bisagra con el Sujeto... quien le facilita algún tímido modo de expresión. En resumen, Borges logra articular nítidamente el divorcio entre el Otro (el Sujeto) y el Yo (el Ser).

Por el otro costado, vemos como Benedetti describe la relación del Objeto (discurso) en su extraño vínculo con el Ser: es por lo general un pobre afluente/ de un río caudaloso/ y nunca está a la altura del paisaje... Se puede afirmar, en consecuencia, que el Objeto se pretende elevado a la dignidad de la cosa, como ya señalé anteriormente, pero nunca llega a esa altura porque el campo representacional es, como dice Mario Benedetti, el pobre afluente de un río caudaloso.


1 HEIDEGGER, Martín - Ser y Tiempo - (Sein und Zeit) (fecha original: 1927) - Fondo de Cultura Económica - Madrid – 1986.
2 ERASMO de Rotterdam - Elogio de la locura - Alianza Editorial - (apareció en 1511- se escribió en 1509) - Madrid - 1984.
3 Las traducciones no pueden realizarse literalmente, punto por punto, icono contra icono, sino que deben someterse al espíritu habitable en una lengua en su traspaso al espíritu de la nueva lengua que los aloja.
4 FERRATER MORA - Diccionario de filosofía abreviado - Edhasa - Sudamericana - Madrid - 1980.
5 LACAN, Jacques – La relación de objeto (Seminario IV - 1956/7) – Escuela Freudiana de Buenos Aires – Buenos Aires – 1996.
6 William Ronald Dodds Fairbairn (11 de agosto de 1889 - 31 de diciembre de 1964) fue un teólogo, filósofo, médico y psicoanalista inglés, miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica. Fairbairn and the Origins of Object Relations (1994), and an edited study by Neil J. Skolnik and David E. Scharff, Fairbairn Then and Now (1998).
7 LACAN, Jacques - SEMINARIO XI - Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis - Barral - (fecha original: 1964/65) - Madrid (España) - 1976.
8 VYGOTSKY, Lev – Pensamiento y lenguaje – (fecha de origen: 1934) - Visor - Madrid - 1992.
9 FREUD, Sigmund – Proyecto de una Psicología científica para neurólogos. – 1896.
10 GARCÍA LORCA, Federico – Obras completas - (La sombra de mi alma) – Aguilar - Madrid – 1963.
11 BENEDETTI, Mario - Antología Poética (1948-1991) – Ed. Casa de las Américas – La Habana – 1973.

12 BORGES, Jorge Luis - Obras Completas - EMECÉ Editores - Buenos Aires - 1976.
13 Lacan lo designaría aquí como EL TESORO DEL SIGNIFICANTE.
 
 
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