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   Semblante e impostura

Sergio Rodríguez caretea
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
El psicoanálisis nació salvajemente civilizado. El Dr. Josef Breuer curó de su locura histérica a Berta Papenheim –aguda trabajadora social–, saliéndose de su careta de médico clínico y aceptando la que ella le propuso de confesor que no absuelve. Además, no aprovechó la ocasión, para satisfacer su excitación sexual con la paciente. Civilizadamente, sólo la escuchó. Tiempo después, reencontrado con su querido discípulo Sigmund Freud, le relató lo acontecido, mientras éste lo escuchaba atentamente.

Freud, había abandonado las investigaciones con microscopio, porque sólo le prometían dificultades dinerarias y había ido a formarse con Charcot para curar dolencias mentales, sin poder aprender otra cosa que saber observarlas minuciosamente. Lo que lo indujo a tratar de ejercitarse en sofrología con el hipnólogo belga Liebault. Fracasó como sofrólogo. Su fuerte no estaba en dominar con la mirada, la voz y la mano en la frente de los pacientes. Como luego lo dirá en sus escritos técnicos, no le gustaba que lo miraran. Sí, era agudo para escuchar y mirar, con fino sentido de la observación.

Comenzó entonces sus primeros intentos de nuevos caminos, siguiendo las huellas del relato de Breuer. Y las recorría, según “pintara”. Tal fue así, que hasta se animó a atender a una mesera en los Alpes mientras lo servía y le contaba sus pesares amorosos. No había consultorio ni diván. Sólo, los aires libres de los Alpes y el deseo del proto-analista Freud de colaborar con la joven para que tramitara sus penas de amor. Animado por el mismo deseo, supo silenciarse, cuando su paciente Emy le demandó que se calle y le escuche los relatos. De a poco, instalaría los miércoles, reuniones con colegas en su consultorio vienés. Un grupo de médicos intercambiaba experiencias sobre curas y fracasos en tratamientos de enfermos mentales, predominantemente damas de la alta burguesía judeo-vienesa. Pero también, a veces ellos. La mayoría tenía miradas y oídos agudos y una inmensa capacidad de conjeturar. Descubrían tras los sueños, deseos inconscientes que soportaban en difíciles transacciones con lo que llamaron represión: síntomas. Síntomas principalmente histéricos, tan predominantes, como la población femenina que acudía a sus consultorios. Claro que también empezaron a llegar obsesivos, algunos ellos mismos. Para gran sorpresa, también los mejoraban. Ya tenía alguna experiencia sobre eso el joven Maestro, que analizando sus sueños, había logrado superar algunas obsesiones propias. Mientras, pasaban los años y se extendía la influencia de la reciente disciplina a otras naciones del imperio de los Salzburgo. Un húngaro como Sandor Ferenczi, ardía de entusiasmo y creatividad para el acto analítico. Con la misma pasión, Karl Abraham contribuía a clasificar la constelación pulsional. Freud la extendería a la mirada y los oídos, como causantes de la curiosidad. Eso luego, llevaría a Lacan a discriminar la pulsión invocante. Hans Sach advertía, con las herramientas de esa época, algo que no es totalmente así, pero que algo de eso conlleva. Planteó que la perversión era el negativo de las neurosis. Uno de los Siete Anillos1 Eitington, no pasó a la historia por contribuciones conceptuales. Pero sí, en 1910 empujó en el Congreso de Nüremberg la reglamentación del psicoanálisis, no sin el apoyo de Freud que oscilaba entre las presiones de aquel y de Jung, Adler, Stekel. Cuatro o cinco sesiones semanales de 50 minutos reclinado en diván, para graduarse con un título que Freud en defensa de Theodor Reik fundamentó como no universitario2, no reglamentable. Se habían establecido las bases por las cuales el psicoanálisis se regiría durante los subsiguientes casi 50 años. En 1964, Lacan prefirió ser expulsado de la Asociación Internacional de Psicoanálisis, que seguir adaptándose a dicho reglamento. No transigió con su planteo sobre la lógica del tiempo para las subjetivaciones. Ya a finales de la 2da Guerra Mundial y apoyándose en la concepción freudiana de al menos dos escenas (aprês coup) para la conformación de un síntoma, dirimió los tres tiempos del acto: Instante de ver, tiempo de comprender (cuando no se comprende nada) y finalmente tiempo de concluir3. Es imprescindible para el éxito del acto psicoanalítico concluir la sesión, no según indicaciones relojeras, sino atentos a esa lógica. Resultó lógico entonces que Lacan prefiriera ser echado de la IPA, que ceder en su utilización del tiempo como herramienta clave del instrumental psicoanalítico cuando las condiciones de un análisis y de su progresión lo exigieran. Incluso algunos de sus alumnos impugnaban el “capricho” del Maestro, argumentando que podía dar lugar a aprovechamientos non sanctos, determinados por conveniencias dinerarias. Les resultaba muy difícil soportar la verdad, de que más allá de los efectos imaginarios de las reglamentaciones, no hay garantías del Otro.

Pero aún faltaba muchos años y seminarios del Maestro francés. En ellos, continuó afinando su producción. Entre “La Instancia de la Letra en el Inconsciente” y “Lituraterre”, terminaría de importar y darle carta de ciudadanía psicoanalítica a los conceptos de “Significante” (lo que representa a un sujeto para otro significante) y de “Letra” (litoral entre lo Simbólico y lo Real). Para lo cual había ido afinando durante muchos años el planteo inaugurado en 1953 sobre la existencia de tres registros de la experiencia, “Real, Simbólico e Imaginario”. No sólo lo fue afinando, sino que fue buscando formas que los mostraran acertadamente. Tomó entonces del escudo de los Borromeos, el nudo que mostraba y que tenía la propiedad particular, que si una de las tres arandelas en que se sostenía se desanudaba se desanudaban las otras dos. Luego en 1975 en su Seminario del “Sinthôme” advirtió que un cuarto nudo resultaba imprescindible, el que había anudado el “Nombre del Padre” y del que sirviéndose, el hablante en cuestión podía hacerse un “Nombre Propio” que lo llevara más allá.

En vísperas de esta última adquisición, en el Congreso de la Escuelas Freudiana de París que se realizó en Roma en 1974, como si supiera que se estaba acabando el hilo de su propio carretel, arremetió a fondo con lo que venía delineando en su práctica. Y siendo lacaniano en acto, planteó la cuestión del semblant como fundamental a través de una metáfora. Le dijo a la concurrencia: “Soy un payaso, aprendan de mí, pero no me imiten”.
Las cartas estaban echadas, el reglamento de Eitington aprobado en Nüremberg en 1910, pasaba a ser sustituido por el manejo del semblante según lo delineado en 1967 en la “Proposición del 9 de Octubre”. El altar del “encuadre”, pasa a ser subvertido por el fundamento del “Deseo del Analista” y por “su habilidad para hacer apariencia del objeto a, que cause el deseo de analizarse por parte del hasta momento paciente”. Tanto Melanie Klein, como la psicología del yo predominante en los Estados Unidos, habían cuidado religiosamente el altar del encuadre. No así, Maestros como Ferenczi y Winnicott, que habían hecho durar sesiones según consideraran necesario en función de lo que en ellas iba ocurriendo. Pero no habían teorizado dichas prácticas. Lacan logra hacerlo. Para ello desde su Seminario 1, se había dedicado a demoler la creencia de que había que interpretar primero la defensa y luego lo reprimido. Había re-centrado la interpretación en la lectura de lo que las letras trasmitieran de deseos inconscientes. No olvidemos que en “Lituraterre” va a definir a las mismas, como litorales entre lo simbólico y lo real. Cualquier indicio (formación del inconsciente, gesto, cambio de color o de temperatura de la piel, etc.) que le trasmita al analista que se encuentra con algunos de esos litorales, lo alertará. De ahí, que tampoco el diván resulta imprescindible. Por el contrario, muchas veces, sólo es un obstáculo más a la información necesaria para conducir un análisis. Deberá entonces hacer el analista, los movimientos necesarios, –interpretaciones, actos–, que faciliten, se escriban el o los significantes necesarios; para expandir territorios de lo simbólico ganándole espacio a lo inconsciente y a lo radicalmente no sabido, “lo Real”.

Para lo cual deberá haberse analizado, hasta el límite de lo imposible de su estructura. Eso le permitirá ser un payaso que no imite, pero que actúe recovecos y especialidades de la arena en que se encuentre. Que sepa en los entreactos, mantener en vilo a los concurrentes a su consultorio, despertando sus deseos y facilitándoles atravesar las resistencias de los goces transaccionales. Y que todo eso “le salga”, no que se lo proponga a conciencia. El registro será inconsciente.
Lacan zigzagueó durante su enseñanza entre definir al psicoanálisis como una ciencia o como un arte. Tal vez la salida esté en destituir la “o” disyuntiva y suplantarla por la “y” de la disyunción-conjunción. Ciencia que exige esmerarse en aprehender las leyes de sus lógicas más rigurosas, incluyendo las paradojales. Pero no es sin la inspiración del artista, que no es algo esotérico, sino el efecto del saber no sabido acumulado en lo inconsciente y que produce dicha inspiración cuando una letra lo convoca a operar. Claro que no todos los psicoanalistas podemos tener acceso a las alturas de los verdaderos artistas. Pero, si nos hemos esmerado en nuestros análisis y hemos tenido la suerte que nos toquen buenos analistas a la vez que hemos estudiado acertadamente a los grandes maestros, tendremos el capital necesario para ser buenos artesanos. Como el payaso del circo, no será exquisito como acróbata, ecuyere, malabarista, o domador. Pero de cada técnica deberá saber lo suficiente, como para mantener en vilo y alegre al público en los entreactos, mientras se prepara la irrupción del próximo número. No olvidemos que ya en su Seminario 1, Lacan decía que con tal de que el analista no haga demasiado obstáculo, un psicoanálisis puede marchar.
Debemos esmerarnos en pulir cada vez más nuestro saber científico sobre nuestra disciplina, a la vez que afinar nuestra capacidad de de subjetivación para hacer de a.
Recordemos, Discurso del analista =



De nuestro saber hacer semblant, dependerá que el analizante logre que su escisión subjetiva, produzca un nuevo significante que lo represente.

Los que quieren ejercer el oficio, sin analizar su neurosis Los más dañinos para el movimiento del psicoanálisis, distinto de movimiento psicoanalítico, son cómo la experiencia llevada adelante desde el Congreso de Nüremberg hasta Lacan, con excepciones como las nombradas de Ferenczi y Winnicott, han sido los encorsetados en neurosis obsesivas de carácter. ¿Por qué? Porque aparecen como prolijos profesionales cumplidores de innumerables reglamentaciones, pero por eso mismo, incapaces de tener la ductilidad, la maleabilidad de los payasos. Pero principalmente, porque su encorsetamiento neurótico obstaculiza su “deseo del analista”. En consecuencia pierden su tiempo y se lo hacen perder a sus pacientes, o lo que es peor, hacen a veces una alianza iatrogénica con las lógicas resistencias al análisis de cualquier paciente. Recordemos que la neurosis obsesiva de carácter suele tomar como forma principal la del discurso universitario =


Se torna amo del paciente, seduciéndolo con su aparente saber. Pero lo único que logra es angustiarlo más, o en su defecto, una especie de hipnosis o finalmente la deserción por inutilidad de la experiencia.
El analista identificado al discurso de la histérica desde su verdad de objeto, “no de apariencia de objeto”, hace del paciente su amo.

Le demanda saber sobre su angustia o sobre su síntoma, instalando un campo de disgregación, que rápidamente lleva al paciente a la deserción. Este resultado es el que los torna menos numerosos, pues no logran estabilizar sus consultorios. De ahí que los más iatrogénicos pueden ser los obsesivos que no llevaron sus análisis hasta el final, o que no se hallan en análisis y consulta (lo que se suele llamar análisis de control o supervisión). Suelen ser los que más obstaculizan la experiencia de quien está tratando de psicoanalizarse debido a su apariencia de detentar todo el saber = S1 + S2.
Ninguna de estas patologías, cuando pesan en el o la analista, les generan condiciones, para tener “la cintura” necesaria para lidiar con las sorpresas de lo inconsciente o las provenientes de lo Real.
_____________
1. Sigmund Freud, Hans Sach, Karl Abraham, Ernest Jones, Max Eitington, Sandor Ferenczi, Otto Rank.
2. Ver su trabajo sobre el psicoanálisis silvestre.
3. Ver su “aserto de certidumbre anticipada” en Los Escritos y su retoma de la cuestión en “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”.
 
 
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