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   Semblante e impostura

Semblant e Impostura
  Por Daniel Paola
   
 
1. La simulación con apariencia de verdad Es indudable que existen muchas opiniones acerca de la exactitud de una traducción. Respecto a la obra de Lacan, los psicoanalistas nos hemos encontrado debatiendo a menudo sobre diferentes términos. Uno de ellos ha sido lo que encierra la palabra semblant. Es sabido que siempre hay debate sobre los términos apariencia, semblante y semblant. Por mi parte, sostenido en la creencia de lo inter-lingüístico, acepto semblant, como lo que no podría traducirse ya que habría una lógica igual en cualquier lengua.
Por mi parte entonces, acepto la importancia de la exactitud de la traducción, siempre y cuando ello no lleve a dejar de lado aquello que considero más importante de la transmisión de la enseñanza de Lacan: el psicoanálisis es una lógica en la que el inconsciente, es la vía regia para el encuentro con el fantasma determinado por una falta de objeto que determina a un sujeto como efecto simbólico.
Esa lógica hace que un sujeto, por ejemplo un analista, no hace en su praxis otro acto más que errar, o sea, no dar jamás en el blanco. Porque el que da en el blanco produciendo el acto, que Lacan llamó analítico, corre por la vía del analizante siempre y cuando haya habido interpretación de la castración.
Esto, por otra parte, lleva las aguas a descartar de lleno la contratransferencia, porque ella es el campo fértil donde se desconoce esa errancia. La errancia se detiene en el stop que el analista considera en el justo lugar, donde ha operado la resistencia que él mismo ejerce en toda dirección de la cura.

2. En la impostura El goce del hombre, se entiende sexual, es sostenido por su propia angustia, que recubre la falta de objeto y la condición del deseo ligada a esa verdad de falta. Esto determina en el hombre, un largo camino para encontrar aquello que es posible entender como la significación de la verdad en el deseo.1
En la mujer en cambio, el deseo es un medio para que el goce, desde luego también sexual, relacione la falta de objeto, que ella siente en el cuerpo por la diferencia anatómica, con la angustia que determina el deseo del partenaire que no se sabe lo que encubre. Ese desconocimiento está del lado del hombre, que claro, es preferible en la escena sexual que siempre tarde un poquito más, y se llama impostura. La impostura estaría entonces determinada por el juego entre los sexos no iguales, mediados por el falo, que haría del hombre el misterio de un verdadero deseo, que nunca llega porque se aplaza eternamente.
Si hay mediación del psicoanálisis, se observa en el enunciado del ser hablante, que ambos sexos esperan del hombre el alcance, por fin, de esa dimensión del deseo que tanto las mujeres esperan, para así ligarse en una solución final que haría felicidad para todos. No es que los hombres no quieran alcanzar esa dimensión del deseo, pero la impostura siempre manda imponiendo la condición súper-yoica del “siempre goza”, y el duelo, por no conseguirla, pareciera que se extendiera al infinito.
Pero si sucede que el deseo permanece en un futuro cercano, en tanto nadie sabe lo que dice porque siempre hay lapsus como existencia del inconsciente, habrá que saber algo de la evanescencia, para desaparecer como sujeto todo lo que se pueda y así hacer posible el presente de un duelo. La impostura cesa, transferencia mediante, cuando el sujeto renuncia a aceptar lo que funciona como esencia de la vida. Por el contrario el deseo de un ser hablante se basa, identificaciones edipicas mediante, en el duelo de la función perfecta, que la impostura supone del encuentro entre los sexos. Si hay duelo es de lo verdadero, para que surja la verdad a medias que hace del otro amado, la oscuridad para encontrar la medida

3. El agalma: Esa impostura es escópica, para ambos sexos, y Lacan la denominó agalma, como sentido oscuro que envuelve al deseo que se busca como blanco. En el extremo, si se sigue el camino transferencial hasta el fin, se encuentra siempre el desconocimiento del objeto que opere como condición de la conquista de lo verdadero. Decir que hay engaño en el lugar del campo del Otro, quiere plantear que no hay nombre en el lugar del Otro.2
No habrá sino impostura si se confunde el deseo con lo verdadero. Eso que las mujeres necesitan como “deseo poderoso” y que los hombres consumen como pastillita secreta sin decir nada, confunde la dimensión de la verdad con lo verdadero.
Es verdadero el avance de la ciencia. Por ejemplo, valga aquí el “Vicodin” (dihidrocodeidona) del Dr. House, siempre perfecto en el diagnóstico preciso que deja a las damas boquiabiertas. Pero el psicoanálisis, convengamos, es otra cosa. La mitad de la verdad esconde un lado oscuro para nosotros, seres hablantes imperfectos. Que la verdad se diga a medias quiere decir que de ninguna forma hay que confundir falo imaginario con objeto a.

El campo del Otro debe permanecer innominado, incluso inoperante frente a la impostura del hombre que la mujer sostiene, porque si no, los psicoanalistas podríamos caer en posiciones esotéricas que bien se encontrarían en la literatura periodística: comer nueces, nunca hablarle a una mujer de otra, o hacer silencio en el orgullo de un engaño que se niega. Si insistiera diría: ceremonias y ritos más propios de un domador de elefantes que de un psicoanalista.3
Que el campo del Otro permanezca innominado es condición del “falo imaginario”, vale decir aquello que no entra en la imagen, porque en cuanto al deseo es mejor arribar al puerto del pescador que regresa sin nada después de la travesía. Nunca será el deseo sino un porvenir que el acto analítico determina, como una renuncia previa a efectos de un goce por el que se pagó precio de usura y encima, para sostener verdades ajenas.
El psicoanálisis actual podría caer en la tentación de confundir falo imaginario con objeto a y así sostener que “lo que siento” es la verdad, cuando por el contrario es lo verdadero. Porque la verdad está amurallada con ladrillos construidos por la negación del falo, del que cada uno se cree excepción determinando la ilusión de las “mañanas que cantan” o de la música que me gusta, o para decirlo más precisamente, de “lo que se me canta el cutis”.

4. Oposición entre natural y semblant
La naturaleza, lo natural nos existe, y sobre ellos el psicoanálisis establece una negación como fundamento. De esta forma sería adecuado decir que el psicoanalista no hace apariencia sino que ocupa el lugar del semblant. No puede nutrirse de un goce para mofarse del analizante, sino que acepta que él también tiene máscara, esa que oculta los gestos. Y ocupando el lugar del semblant, el psicoanalista con su máscara no puede comprender nada.4

Será mejor saber que ejercer nuestra praxis trae aparejado el riesgo de creer que no se sabe, desconociendo que eso siempre es falsa máscara. Haría falta desvirtuar un sentido que el analista oye con su oído perfecto y se confunde con el enunciado para que se sepa de la falsedad del agalma-máscara. Siempre haría falta encontrar “Otro sentido” que libere al analizante de la atadura que le impide encontrar la negación suficiente, para hacer un duelo por el objeto de lo que cree desear.5 De esa forma será posible encontrar, después de superada esa aflicción fálica de saber lo que se desea, un sentido en blanco que acierte en la división subjetiva que es lo real en cuanto no hay Uno, sino dos en la pareja analítica. Y si hay dos hay un Dios, materializado en el Ideal que el analista de diferente manera encarna si sabe o no, que porta máscara porque tiene síntoma. Si no lo sabe, si no sabe que porta máscara, el destino del psicoanálisis tendrá un destino de religión. Si lo sabe, seguiremos buscando y habrá quien quiera seguirnos hasta el extremo del objeto a, para que se esfume.6
El semblant entonces será duplicidad precipitante entre inconscientes y fantasmas de un lado y del otro de la díada analítica sin la creencia de la metáfora infinita, porque para que haya deseo habrá que leer entre los signos-basura que sustituyéndose hacen significantes nuevos para otra metáfora distinta.

Finalmente la oposición entre “impostura y semblant”, ya estaba establecida desde las primeras clases del Seminario de “La angustia”, cuando Lacan estableció una lógica que los separa. Una fórmula que me parece que se podría leer es: “no habría objeto a en función, si no fuera porque el goce fálico que se imagina existe”. Del mismo modo no habría semblant si no hubiera máscara que el analista sabe que tiene, y que instaura enigmáticamente lo falso de la impostura.
El analista tendrá que saber que no sabría cómo su impostura, devenida Ideal de Yo, siempre se esconde detrás de su oído perfecto para la escucha del sentido. Si acepta que su oído perfecto tiene que ser descartado, por este camino se arriba a una spaltung, a una división del Uno que hace a la constitución subjetiva. Esa spaltung no es más que la castración que hace insuficiente lo sexual en el amor y que por lo tanto sabrá discriminar que “dar lo que no se tiene a alguien que no es” deviene una impostura. Más allá de esa frase se esconde el vacío oscuro de un porvenir marcado únicamente por el duelo del objeto a, que no es sino repetición donde el goce fracasa, de modo unisex.

El amor real es, a la neutralización del efecto de un rasgo que lleva a la impostura. Se logra frenar por fin un efecto falso que hace impostura. El sujeto portador de una máscara que no sabe de su existencia, la descubre y por eso ama.
Así como se va adorar por un signo que hace impostura, también surgirá vía transferencia un amor producto de la renuncia precipitante de un duelo, por devolver neutralidad y abstinencia sobre la usura que se paga para sostener síntomas ajenos.
Amar al partenaire, porque a través de él o de ella se ha alcanzado tolerar los efectos de un duelo, es el semblant ligado al objeto a, al cual Lacan nos condujo al llevar a los análisis su descubrimiento. No se lo puede acusar por dejar enigmas, hoy, que tan capturados estamos por la computación y hemos casi olvidado que el hombre ya pisó la luna.

_________________
1. J. Lacan. Seminario “La angustia”. Clase del 20/3/63.
2. J. Lacan. Clase única del 20/11/63.
3. J. Lacan. Seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Clase 24/6/64
4. J. Lacan. Seminario “O peor”. Clase del 10/5/72
5. J. Lacan. Seminario “O Peor”. Clase del 17/5/72
6. J. Lacan Seminario “R. S. I.” Clase del 11/3/75
 
 
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