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   Semblante e impostura

El escriba y el cínico: dos nombres del semblant
  Por Oscar Lamorgia
   
 
“No hay un solo discurso en que el semblante no lleve la voz cantante. No veo por qué se salvaría el recién llegado, el discurso analítico. Tampoco es un motivo para que, en ese discurso, so pretexto de que recién llegó, se sientan incómodos hasta el punto de convertirlo, según la usanza en la que se apertrechan sus colegas de la Internacional, en un semblante más semblante de la cuenta, un semblante ostentado”.
Jacques Lacan (La tercera)

Introducción Hace unos diez años me tocó presenciar un fecundo debate entre dos colegas. El mismo se situaba en derredor del tema que nos ocupa, y las sendas posiciones detentadas, eran defendidas por ambos con argumentos sólidos y encendida tozudez. Uno de ellos se basaba en el postulado lacaniano que reza que el ser hablante (parlêtre) está condenado al semblante (parêtre). De modo tal que la condensación par(l)être que de allí emerge, denuncia un hecho de estructura. Argumento con el cual, este analista planteaba que el semblant, en tanto estructural, no admitía en la clínica psicoanalítica ninguna maniobra obediente al cálculo táctico. La posición adoptada por el segundo psicoanalista (y a la que adhiero cabalmente), sostenía cual aufhebung, una instancia superadora tal, que conteniendo a aquella esgrimida por el primero, permitía la construcción y montaje calculado con cada consultante. Deliberadamente no lo llamo aquí analizante dado que el semblant de saber –por citar sólo un ejemplo– es necesario a los fines de la instalación de la transferencia simbólica.

Una demostración palmaria de lo que significa la construcción del semblant ligado a la singularidad del caso-por-caso la constituyen los testimonios de aquellos que llevaron a cabo un análisis con Lacan. Haciendo un recorrido por los libros que –en tal sentido– han publicado Pierre Rey, François Perrier, Stuart Schneiderman, Jean-Guy Godin y Gerard Haddad, constataremos de qué modo el maestro francés aparece (no olvidar que semblant se traduce como apariencia), como siendo distinto cada vez…
Ello desnaturaliza cualquier almidonado acartonamiento con el que quienes, aún reconociéndose deudores de su enseñanza, malentienden el concepto aludido, desembocando la clínica así implementada, sólo en una patética arista ligada a la identificación imaginaria con el proceder de Lacan.

En tal sentido, las salas de espera atestadas, la estandarización de sesiones de cinco minutos (donde el problema no radica en la cortedad en sí misma, sino en el principio de identidad que la sostiene), y/o algunos modales linderos con el maltrato, son sólo tres de los muchos ejemplos que –al respecto– podrían contabilizarse a los fines prácticos de separar semblant de identificación imaginaria.

El escriba in situ La posición del analista (semblant incluido) con respecto a un psicótico no ha de ser la del gran Otro debido a la dimensión persecutoria que ello puede acarrear y porque el paciente ya suele tener un gran Otro gozador del que es objeto y que suele ser extremadamente operante. Tampoco ha de ser la de sujeto dividido, dado que ello restaría capacidad de maniobra en la dirección de la cura. Esto es muy interesante porque la pregunta resultante es entonces ¿Qué lugar queda para el analista ante un psicótico? Podría decirse –y aquí anida la dicotomía más común que se suele dar en la clínica con psicóticos– la rectificación del delirio por la vía de su contradicción, o contrariamente, tomar la escarpada ruta del codelirio. Ninguna de ellas resulta válida.

Se trata entonces de que el analista ocupe por un tiempo el lugar de un pequeño otro, para lo cual ha de tornarse menester ubicar con cierta claridad qué lugar tiene el psicótico en el tratamiento. Se puede decir que el psicótico escucha voces, que está testimoniando, que es un testigo. Está dando cuenta de un testimonio indirecto que le viene del Otro lado. Y acá tenemos al Otro respecto del cual emanan las palabras, luego tachado deliberadamente. Porque podríamos sostener que la escritura correcta del goce del Otro debería ser Otro sin barra: “A”, pero sabemos que así estaría mal planteado, ya que el Otro completo sólo es tal desde el fantasma, o desde los fenómenos elementales.

El psicótico, volviendo al planteo anterior, es un testigo que dirige su testimonio al analista ubicado como pequeño otro, es decir, transitoriamente un semejante. En el esquema Lambda se trata de esto, no nos referimos al objeto a, no hay aquí semblante del objeto a. Esto es un borde para el analista, quien deberá ganarse la confianza del psicótico. Se podría afirmar que –contrariamente a lo que plantea Freud– quien decía que la psicosis presenta dificultades para el análisis por la imposibilidad de hacer transferencia, precisamente porque hay una retroacción al autoerotismo, y en realidad lo que se llama autoerotismo ya de “auto” no tiene nada porque precisamente dicha denominación describe una suerte de cardumen de sensaciones propioceptivas atomizadas. Entonces, para Freud efectivamente constituía una dificultad atender psicóticos bajo el dispositivo standard. En consecuencia se podría afirmar que el neurótico transfiere sobre el analista (por ejemplo, imagos parentales actualizadas por vía del discurso), pero que el psicótico plantea transferencialmente. Quiere decir que el psicótico está más imbuido y más preocupado por el acontecer social de lo que suelen estarlo el neurótico y el perverso. La concitación transferencial de muchos psicóticos enarbola su delirio de reivindicación atrayendo la atención de las masas tomadas por un papanatismo seguidista que pervive en la estructura y que, a veces, logra fundar movimientos políticos, religiosos, filosóficos, etc., de cierta repercusión social y hasta a veces, histórica. Será Lacan quien nos diga que el psicótico ingresa con su delirio a velas desplegadas en el dominio de la intersubjetividad.

Que el psicótico plantee transferencialmente significa que es un polo que concita transferencias. Hay algo de la excentricidad y de la certeza del psicótico –y conste que no hablamos de una esquizofrenia que por haber padecido demasiados brotes se encuentre en una situación deficitaria, sino de una psicosis que no sea “territorio arrasado”–. Nos referimos a una psicosis con un delirio sistematizado en donde exista captación transferencial mínima por parte de su entorno. Entonces por esa razón se podría decir que es inadecuado en un paciente así, hacer semblante del objeto a, porque no hay lugar para dos partenaires ubicados en análoga posición.

Al respecto podemos destacar casos como los de Jean-Jacques Rousseau, Carl Gustav Jung, Juana de Arco o Adolf Hitler, para ver con claridad meridiana cómo a pesar de todo, se trata de personajes de la historia que han tenido mucho mayor predicamento que la mayoría de los neuróticos, por más brillantes que estos últimos hayan sido.

El cínico metódico Es sabido que la tarea analítica reconoce antecedentes en prácticas y cuerpos doctrinarios que –salvando las distancias– sentaron las bases de un proceder que actualmente es mucho más alambicado, a la vez que pasible de las formalizaciones más diversas.
En tal sentido, podemos encontrar la posición del analista, situada a mitad de camino entre las tradiciones de los estoicos y la de los cínicos. De los primeros podemos extraer en principio dos cuestiones: el lugar del muerto, que Lacan reencontrara (con las diferencias del caso) en el juego del bridge, y también los rudimentarios antecedentes del signo lingüístico saussureano.
De los cínicos, son situables ciertos modos de proceder que propenden al desmontaje de la lógica en la que el analizante se encuentra usualmente entrampado, a través de la producción de incesantes “puntos de quiebre” de la misma.
Respecto de estos últimos, el filósofo contemporáneo Michel Onfray se ocupa de estos filósofos del siglo IV antes de Cristo, cuya característica principal consistía en la desarticulación de teorías abstrusas a través de la ironía, el humor y el desmantelamiento de silogismos. Como afirma el autor, su hacer no tenía otro norte que el de: “… romper las tablas de los valores para ofrecer, como condición de posibilidad, un territorio virgen capaz de sustentar nuevos edificios, nuevas posibilidades de vida.”1

O en otro pasaje de su obra encontramos: “(…) el cínico prefiere la agudeza oportuna reforzada por la brevedad y la concisión, de modo que la sustancia del mensaje se conserve y se haga aún más efectiva.”2
Al mismo tiempo, sus provocaciones no parecían reconocer límites en las convenciones instituidas. Invitaban al escándalo (y el libro de Onfray no mezquina anécdotas al respecto) elevando a la función de apólogo a la antropofagia, al incesto y al repudio por el culto a los muertos.
De hecho, una de las tantas teorías existentes sobre la muerte de Diógenes de Sínope, es que la misma se produjo luego de haber éste sostenido una pelea con un perro mientras se disputaban (¿de igual a igual?) un trozo de carne.
Luego de efectuar un rastreo diagonal sobre la axiomática de los filósofos más ilustres, Onfray recala en un hecho incontrastable: “La historia de las ideas está llena de estas supercherías destinadas a ocultar el horror del vacío y de la nada, el temor de destruir y de tocar las mitologías, tan característico de los filósofos”.3
Justamente contra ello se levantan los filósofos cínicos, así como el analista lo hace ya en la tarea preliminar denominada rectificación de las relaciones del sujeto con la realidad (que, de ordinario, se halla regida por el fantasma y su “periscopio”, a saber, el yo). Lejos de presentar al filósofo cínico como un terrorista malvado, conviene apuntar a situar sus eventuales ironías (las que por momentos rozaban la injuria), como estrategias subversivas colocadas al servicio de expandir el grado de comprensión del interlocutor de turno.

Existe una serie interesante de incidentes producidos cuando las coordenadas vitales de Alejandro Magno y Diógenes se han cruzado. Es impactante ver cómo el sanguinario conquistador discípulo de Aristóteles es implacablemente fustigado por el filósofo de Sínope.
La relación de Diógenes y Alejandro ilustra a la perfección cómo se manifiesta el estilo cínico ante ciertos soberanos infatuados: A → A/. Queda a nuestro cargo demostrar, cómo opera el cinismo metódico en la clínica analítica.
Es interesante despejar cualquier posible confusión entre el cinismo metódico propio de Antístenes y Diógenes, respecto de otro cinismo que nos es más cotidiano, aquel denominado vulgar. Entendiendo a este último como aquel que confunde (ya sea en forma ingenua o tendenciosa) lo verdadero con lo eficaz. De éste último abusan ciertos discursos políticos.

Lacan, un escriba c(l)ínico
Esta historia tiene lugar en el último período de la práctica analítica de Lacan. Jean Allouch relata lo siguiente:
—Señor, ya no tengo ninguna razón para venir aquí.
—En ese caso, no venga más.
—¡Me cuesta abandonarlo!
—En ese caso, vuelva mañana.
—No, mañana no.
Entonces, una bofetada, inesperada, ocupó el lugar de una última réplica.
En otra ocasión, ante una presentación de enfermo, Lacan plantea la siguiente consigna:
—Le dejo la palabra. Trate de decir la verdad. Es algo sin esperanza; no se llega jamás a decir la verdad. Pero la cosa no será peor si usted hace un esfuerzo.

Conclusiones provisionales No es posible decir lo verdadero sobre lo verdadero, en consecuencia, el semblant es un hecho estructural, lo que no impide en absoluto que además se pueda redoblar la apuesta adicionando allí, un hacer (también) calculado.
El semblant que obedece a un cierto montaje, ha de variar con cada consultante y –entiendo que sólo en ese aspecto– es lícito “imitar a Lacan”.
El proceder cínico responde a un metodismo que apunta a transmitir la inconsistencia de saberes instituidos y mentiras compartidas por el consenso. Jouissens socializado al que solemos llamar vulgarmente sentido común. Dicho de otro modo, se trata de transmitir la castración en el Otro.
El escriba, homologado a un semejante que toma nota de un testimonio indirecto, es el nombre que el semblant asume en la fase preliminar del tratamiento con un psicótico.



Referencias bibliográficas
Allouch, Jean: 213 ocurrencias con Jacques Lacan. Sitesa.
Allouch, Jean: “Ustedes están al corriente, hay una transferencia psicótica”. Revista Littoral nº 7/8. La torre abolida.
Freud, Sigmund: “Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico”. En O.C. Biblioteca Nueva.
Lacan, Jacques: El seminario, libro XVIII. “De un discurso que no fuera del semblante”. Paidós.
Lacan, Jacques: “La tercera. Intervenciones y textos 2”. Manantial.
Laercio, Diógenes: Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres. Biblioteca Clásica.
Lamorgia, Oscar: “Comentario sobre el libro de Michel Onfray ‘Cinismos’”. Revista Psyché-Navegante nº 45. www.psyche-navegante.com.
Lamorgia, Oscar: Psicoanálisis: Escritura de la falta-en-ser. Letra Viva. 2009.
Miller, Jacques-Alain: De la naturaleza de los semblantes. Paidós.
Pommier, Gerard: Transferencia y psicosis. Ediciones Kliné.

Notas
1. Onfray, Michel: Cinismos. Paidós.
2. Ibídem.
3. Ibídem.
 
 
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