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   Semblante e impostura

Semblante e Impostura en la sexuación
  Por Raúl Yafar
   
 
I. El tema del semblante fálico es el eje de la dramática de la sexuación: la tragicomedia de los sexos florece o se descompone a partir de allí. En esa dramática encontramos la sustan­cia misma de los síntomas de nuestra clínica. De hecho, no hay máscara que no corra el riesgo de ser interpelada por cualquiera de los tres registros: porqué si sólo es artefacto o maquinaria o simulacro, su consistencia es imaginaria, es decir, se nutre del velo de lo que es en tanto que “es”, pero sólo mientras lo sea porque, cuando no se sustenta en su inmixión con el real de un deseo, es tan vaporosa como una fantasmagoría diurna y no llega a ser verdadero semblante porque la brusquedad hiriente de lo simbólico la pone en cuestión, desengaño del cual los neuróticos abusan en sus críticas al partenaire sexuado.

Por esto último no es tan sencillo afirmar que el neurótico es exclusivamente víctima del Superyó. Hay una relación opositiva entre el juego de los semblantes y el sistema de los ideales del Yo que deberíamos interrogar. Así como la vieja dicotomía entre esencia y apariencia queda abolida por la noción de semblante, debemos poner en cuestión al ideal, sede de los desencantos amorosos.
Sabemos que Freud tendía a no diferenciar con claridad el Ideal del Yo del Superyó. Lacan intenta desemparejar ambas instancias, incluso en su génesis metapsicológica. Hasta entonces, las curas, que no podían dejar de constatar el peso nefasto del Superyó, se habían conformado con intentar “moderarlo”... cuantitativamente. Lo que Lacan busca es una diferencia cualitativa entre ambos sistemas.

Quiero introducir una complicación extra. El Superyó es esencialmente paradójico, es decir, su funcionamiento es “retorcido”. Premia al culpable siendo condescendiente con él, pero tiraniza al inocente cuanto más éste esgrime ante él su pureza. Todo esto es cierto, pero la verdad es que el Superyó puede, muchas veces, ser sólo pegajoso y molesto, cuando no algo estúpido e inconsistente, mientras que –y éste es el matiz que quisiera introducir– el sistema de los ideales puede ser más exhortativo y perfeccionista que él. Lo vemos en la concepción de la belleza, en el deporte y en el ascenso social. Es cierto que, no obstante, el Ideal del Yo freudiano no es tan imprevisible y brusco, es decir, podemos reconocer que es más lineal y sensato que el Superyó. De hecho, este último fue definido brillantemente por Lacan como una figuración “obscena y feroz”. La primera característica se explica fácil­mente por la regresión erótico-incestuosa al padre edípico, obstáculo para la instalación de un juego de interacciones sexuadas. La segunda por la paradoja moral misma que acabo de describir: cuanto más se le entrega, más pide, y al “pescar” el punto de falta (anhelo) del sujeto, es viciosa y circularmente indetenible.

II.Trabajemos entonces este tema en relación al Padre Imaginario, el que se abusa de su pretendida omnipotencia “simbólica”, mayestática, idealizada: es el gestor usual de los fracasos fantasmáticos de la sexuación. Es el Buen (y Sapiente) Dios, como lo llama Lacan. Acreedor eterno de sus dones, alfarero divino, nos interesa cuando su figuración se hace carne en la impostura resistencial del analista. Hay una disyuntiva crucial de la cura, que se juega en la contraposición entre los deseos de los analizantes y sus ideales culturales, cuando son fuertes o están rotundamente arraigados. Pudiendo, incluso, devenir exigencia super­yoica, con consecuencias pesadísimas, difíciles de revertir. Todos los ejemplos que pudié­ramos poner girarían en torno a metas cuasi universales o, dicho más sencillamente, sobre la materia en la que nos desenvolvemos todos los días en el consultorio: los anhelos de tener pareja estable e hijos, así que estamos en las puertas de los avatares de la citada sexuación.

Es decir, estas expectativas implican aseveraciones inimputables, sensatas o no, pero abstractas, que son parte de un universo cerrado. Como todo sistema ideativo es atemporal, no atiende a las posibilidades subjetivas contextuales, ni a la conformación particular del fantasma particular de cada uno, por lo que degenera en expectativas de “caretear” a toda costa –y hasta la farsa, que es género distinto de la tragicomedia– las demandas del Padre Imaginario.

III
. Por eso necesitamos contraponer el Padre Imaginario al funcionamiento de otra dimensión del padre, desatendido por tanto comentario ya hiperarticulado con insistencia sobre el Padre Simbólico y la metáfora paterna. Me refiero a la tercera di­men­sión de la paternidad: el real del padre, verdadero agente de la castración. En cuanto a esa función, el Padre Real es el que “gasta” voz con sus dichos, es el que habla “con el cuerpo puesto”. El Padre Real hace lo que dice, se toma al hijo “en serio”, su palabra plena tiene un valor performativo, pues lo que afirma es un juramento, un nombramiento, una declaración, un acto solitario guiado por un deseo. Decimos que él es, en ciertos momentos fundamentales de la vida del niño, quien se “presenta”. Es el que se hace responsable de “batir la justa”, más allá de cuán “justa” sea... y asumiendo la posibilidad de equivocarse.
En segundo lugar, él es el hombre de una mujer. No se trata en primera instancia de la relación vertical entre ambos hombres. El niño tiene un Padre Real en la medida en que este hombre es el que ha hecho de una mujer la causa de su deseo y el objeto de su goce.

¿Será éste un auténtico aquelarre provocado por el psicoanálisis? ¡La garantía real de la función paterna sería la de un hombre encauzado hacia una mujer! Mujer que debería ser el manantial de su deseo… y no fundamentar su función en la dimensión de los ideales, los que garantizan la paternidad sólo en la imagen.
El hombre enfrentaría de este forma y más que nunca su castración y su angustia: el Padre Real instaura como instancia el “real del padre” a partir de su deseo en tanto que castrado. La verdad de un hombre es su mujer, dice Lacan, hasta tal punto en que si se lo quiere conocer más profundamente, basta con observar en detalle a la que ha elegido.
Pero si este Padre es la garantía de la función, podemos extraer dos consecuencias más.

En primer lugar el Padre Real es el que introduce para el niño una limitación: “tú no eres lo que a tu madre le falta”. Él es el agente de esa castración, pero no por celos o competencia, sino en tanto instaura para el niño un no-saber la verdad de su goce de hombre de tal mujer. Una cortina ante un escenario supuesto: lo real es esta imposibilidad de demostrar mediante un saber totalizado la verdad del goce, verdad que no le concierne al niño, verdad que no es “asunto suyo”. El niño podrá imaginar todas las escenas primitivas, en sentido freudiano, que sea capaz, y ellas devendrán su fantasma, pero el padre no se prestará a ello con ningún tipo de exhibicionismo.
En segundo lugar el real del padre es el que permite responder finalmente a la pregunta por el Padre Imaginario-Idealizado que el hijo se plantea, es decir: ¿cómo desprenderse de él más allá del amor y del odio experimentado en su contra? Pues lo hará… si su padre es un hombre que no se esposa con, que no se endosa, que no se identifica con la imagen de un padre todopoderoso, de un Amo que hace la ley. Efectivamente, el Padre Real es el que, en cambio, encontrando su goce junto a una mujer, no lo buscará en su relación con el niño.

El padre omnipresente, omnividente, que hace de sus hijos el objeto de su goce, que en lugar de ser el represen­tan­te de la ley se hace legislador y hace la ley identificándose con ella, conduce a lo peor. En esta situación Lacan encontró los efectos devastadores producidos por esta figura imaginaria. El Pa­dre Real es el que derrumbará esa figuración introduciendo un punto de imposible.

IV
. Ahora bien, sin la operatividad del Padre Real, fracaso tan frecuente, ¿es posible hacer el duelo por ese padre? Se lo puede intentar en la experiencia analítica, claro que con un analista que no se tome a sí mismo como el simulacro de un Amo del discurso. Nuestra pregunta de analistas es si existe otra ley más allá de la del Ideal. Otra, además de la ley displaciente de la neurosis… para transitar la sexualidad. Una ley que sea el soporte mismo de la misma. Una ley para que, apoyándose en ella como quien anhela saltar más allá de un vacío, el sujeto se disponga a inventar caminos siempre nuevos.

Para ese logro es necesario tener en cuenta otra dimensión de la palabra, la que nos reintegra a la fuerza inagotada de su poder retórico-poético. Este poder no se halla en los artistas: reside en todos los sujetos y está ligado a un decir cuya ley, lejos de oponerse el goce, es a la vez su sostén y su camino. Esta ley se le trasmite al sujeto gracias a un hombre cuya paternidad deriva de su posición de hombre frente a una mujer, con la que “juega el juego”, diríamos, de la comedia de los sexos. Lo que sus hijos reciben de él no es solamente lo que cree que es “bueno” para ellos –aunque su función no es sin ello–, sino la manera en que él se dirige y contesta el enigma del Otro-sexo.
En esto hay cierta artesanía, no ficticia ni artificial, sino inventiva: desear originando el deseo a partir de lo desconocido. Su medio es el de la palabra: sostener el deseo en el decir de cada uno. Esa es la verdadera Ley-Real-del-Padre, no la de los ideales sociales. El arte, en general, sólo muestra efectos colaterales de aquello que se dice coti­diana­mente entre tal hombre y tal mujer, en todas las otras circunstancias de la vida.
Esta apuesta no implica mostración para con los hijos, sólo concierne al goce que un hombre halla en aquélla que en determinado momento es la causa de su deseo. Goce que se expresa disimulado, dibujándose en la equivocidad misma del significante, equivocidad que se mantiene en el juego amoroso, que lo sugiere entrelíneas. Por ello la comunicación más usual, la de los signos, es diferente de la trasmisión del juego hombre-mujer, cuna de los dichos amorosos… ambiguos, pícaros, deleitosos.

Esto es lo más seguro que los padres trasmiten, como por añadidura, a sus hijos e hijas. Por supuesto la mujer ocupa aquí un lugar tanto como el hombre, es decir, esto sólo puede ser sostenido en la medida en que ella acepte el riesgo de ser deseada, con la apuesta deseante correlativa. Pues si ella se opone, se genera entre ellos una rivalidad con respecto a una serie de ideales a cumplir. Y si hay demostración por competencia tornamos a aplastar el arte amoroso con la aspiración a una “técnica”, que se disimula muchas veces por ser educativa, pero que está siempre sostenida en la reivindicación y en la búsqueda de prestigio ante la mirada del hijo.
Lo que permanece, de este modo, recóndito –por la psicología o la sexología más pedestres, por ejemplo–, es el verdadero problema que debemos enfrentar: no el de la “carencia paterna”, pues sostener el Ideal del Otro es imposible, sino el del enigma de eso que acontece, que une o desune a ese hombre y a esa mujer.

En síntesis, se trata de una ética del decir erótico, que busca una estética de los semblantes, cuyos actos contienen un sesgo siempre singular. Donde lo amoroso haga estilo más allá de los ideales sociales y donde, si se tratara de practicar alguna forma de interdicción, ésta no sería la del incesto, sino una objeción rotunda al vaciamiento del amor en una cultura que estaría –cotidiana, insidiosa pero implacablemente–, buscando oponérsele, burocratizando lo que debería ser ligero, alado, pura sugerencia.
Sencillamente un decir que traza sus arabescos, mientras sonríe algo triste (a veces) y baila efímero (en otras), siempre desde su tragicómico vuelo.
 
 
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