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Loas a nuestra sociedad pandémica
  Por Martín. H Smud
   
 
La gripe N1H1 es la gripe del enloquecimiento. Todos estamos enloquecidos. Nos quedamos en casa para seguir escuchando las noticias que contabilizan a hombres y mujeres que están muriendo por la gripe. Este invierno no es igual a cualquier otro invierno. ¿Quién no ha tenido una gripe en invierno? Pero ahora tenemos que evitar lo irremediable, tenemos que evitar salir al invierno, tocar a otros en invierno, llevarnos la mano a la boca en invierno. No podemos salir a la calle a sentir y disfrutar del frío. Debemos suponer que tras todo objeto hubo otra mano llena de virus que nos dejó un destino fatídico, no vamos a poder respirar y que en el hospital atestado de gente nos pondrán el respirador artificial que además de dejarnos respirar sólo por un rato nos pasará los bichos hospitalarios que, por vivir en el hospital, son lo más resistente que existen. Entonces nadie tiene que ir al hospital porque allí se relamen los virus y bacterias más resistentes a la cura. Todo está patas para arriba, el cambio de nuestra cotidianeidad tanto como la presencia de la indisimulable muerte por enfermedad, nos enloquece. Cuando lo más natural es vuelto peligroso: el invierno, los virus, el hospital, cuando nada está dónde debería estar sostenido por la rutina y el sentido común, entramos al campo de la locura.

Lacan ha desarrollado una teoría de la locura muy original, donde nuestra sociedad ligada al discurso de la ciencia es productora de locura pero con la salvedad de pensar que esa locura es el ideal mismo de la ciencia.
Escuchamos decir que esta gripe fue un invento de la todopoderosa industria farmacéutica. Esto es una verdad de perogrullo. Es muy posible que ninguna mano haya hecho mutar al omnipresente y universal virus de la gripe en el N1H1 pero sin duda hubo una mano que tiene poder mundial que avisó y dio los medios de reconocimiento (publicitario) de ese virus y se puso al instante, tal salvador frente a una descarriada manada a buscar afanosamente la vacuna contra tal espantosa gripe. (También es muy posible que la gripe sea un efecto de nuestra sociedad clonacera y biogenética que volvió al chancho nuestro verdugo).
Lacan sostuvo que la identificación con el ideal produce un efecto de locura que no entra en ninguna estructura clínica definida. No se trata ni de la neurosis de nuestro malestar en la cultura, ni de la perversión del capitalismo salvaje, ni de la psicosis de nuestra distribución regresiva de la riqueza y de un plato de comida. Se trata de la locura y mejor dicho del enloquecimiento. La sociedad disciplinaria ha dejado de tener su centro panóptico ligado a la producción y al desempleo, ha dejado de importar, ahora presentamos a la sociedad pandémica.

Justamente en Argentina cuyo norte es arrasado desde hace décadas por el Mal de Chagas, cuya población es diezmada por la vinchuca que enferma, te pica y te deja el resto de tu vida, marcado con una debilidad congénita. Justamente aquí, ahora la sociedad pandémica ataca a todos, no se mueren por la gripe solamente los más vulnerables, como los viejos y los menores de un año. Se mueren hombres y mujeres entre 15 y 50 años, hombres y mujeres sin antecedentes previos que no han sabido ir al médico a tiempo, en las primeras 48 horas. Encima que te morís, te morís por dejado, por negligente, por no haber sabido o tenido los medios médicos para acudir a tiempo. Los servicios de ambulancias y de médicos a domicilio hacen su agosto.

La sociedad pandémica es una sociedad enloquecida que pide por favor al televisor que la deje de azotar. Los serios conductores de los noticieros en vez de hablar a cámara tienen un rebenque en la mano y espolean nuestras espaldas que gracias a nuestra fe cristiana se descubren por sus pecados y culpas, se descubren para que la llenen de cardenales y opacidades epidérmicas. La sociedad pandémica es epidérmica, nos llega a la piel, se mete por la piel, no es racional en lo más mínimo, es casi contraria a lo racional, se dice que hasta ahora en el mundo han muerto 700 muertos por la gripe cuando se contabilizan millones de muertes evitables solamente con estar bien alimentados. Pero quienes mueren no tienen una piel tan sensible como la que tenemos vos y yo. Este sujeto tácito con una sensibilidad paranoica, diferencia entre ellos y nosotros, nos ubica por fin, como decía el impronunciable, en el Primer Mundo.
La pandemia es la del contacto, no debemos besarnos porque esa es la vía reggia al contagio y a la muerte. Tampoco tocar una manija de puerta y menos tocar el agarramanos del colectivo, sabemos por primera vez en la vida cuánto vive un virus en una manija. Debemos lavarnos las manos veinte veces por día. Con alcohol en gel, ¿quién mierda conocía al alcohol en gel antes de esta pandemia? Hasta nos cuentan casos de “dermatitis ulcerosa” por lavarse demasiado las manos. Hasta quizás lo mejor que nos podría pasar es que de tanto lavárnoslas se nos cayeran. Y que no tuviéramos más manos para tocarnos y besarnos.

Una mujer empieza a contar de su manía de lavarse las manos y que ahora esa manía había dejado de ser una manía y era la normalidad. La sociedad pandémica produce manías, y una de ellas es la de lavarse las manos. Lavarse las manos no es solamente una actitud de limpieza sino también el desentendimiento ¡no es mi problema! Solamente me voy a preocupar de lo que me toca. De lo que te pueda pasar a vos ¡is your business!
La sociedad pandémica es una sociedad invisible que va cobrando víctimas. Lo más chiquito destruye lo más grande. El insignificante ratón asusta a Goliat, nos han encontrado nuestro talón de Aquiles, que tiene forma de manos, de panzas, de antebrazos, de caras y cuellos, nuestra debilidad es la piel. El sentido más extenso, donde ahora no hay ni norte ni sur, ni manos ni pies, es toda una gran capa universal y extensa que no respeta etnias ni clases sociales. Se extiende a lo largo y ancho de nuestro cuerpo. Tiene vías de entrada, por eso hay que controlar los aeropuertos y las manos; en la época disciplinaria de la modernidad naciente, ataban las manos de los chicos y adolescentes para que no se masturbaran, ahora hay que atarse las manos a una canilla de agua y a un pomo de alcohol en gel.

Nuestra sociedad pandémica es una sociedad epidérmica. La boca tiene una epidermis especial, los labios. Es el lugar del placer epidérmico. Ya no nos pueden gustar las mujeres con labios grandes y carnosos. La boca es un lugar de reconocimiento, de reciprocidad, el único lugar donde hay posible encuentro. Y sin embargo ahora no se debe llevar una mano a la boca. ¡Besar es un acto de transgresión!
Habría que besarse en los colectivos, llevar las manos primero al apoyamanos y después meter las manos y la lengua en tu boca, meterse todos los virus y las bacterias de una sala de espera de una guardia hospitalaria. Hacer el amor en la camilla del box, relamer el asiento de espera donde se sacan los pasaportes, manosear todos los barbijos de los enfermos a punto de morir. Eso hoy en día es la transgresión.
Y cantemos loas a nuestra sociedad pandémica.
 
 
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