Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Separata

Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein
  Decimocuarta entrega
   
  Por Oscar  Zelis  y Gabriel Pulice
   
 
«La leyenda quiere explicar lo inexplicable.
Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable
».
(Franz Kafka, Prometeo)

Situábamos en la entrega anterior ciertos puntos de encuentros entre Wittgenstein y Lacan con referencia a la cuestión de la verdad. Esa zona de confluencia podemos localizarla entre lo mostrado por Wittgenstein en el Tractatus —al concluir que toda verdad lógica es tautológica, y que lo demás pertenecería al orden del sinsentido—, y aquello que advierte Lacan, observando que hay otra verdad que no es la V de la lógica proposicional, pero que sólo se enuncia para el sujeto en tanto efecto de lenguaje, bajo su modo de medio-decir. Se trata, en última instancia, de la verdad de la falta, la de la castración, sobre la que sólo tenemos noticias a partir de aquello que denominamos formaciones del inconciente: ellas nos abren una vía de acceso a lo real, a ese sinsentido que se revela como causa, al tiempo que solicita tramitación. Lo latente. Lo no realizado. Decíamos además —en sintonía con Lacan— que no hay ya aquí un método para captar esa verdad, sino que esa verdad se pronuncia como puede —entendemos aquí, de un modo singular para cada sujeto y en cada psicoanálisis, en tanto es el dispositivo analítico el almácigo que se ofrece para que esa semilla no germinada de Verdad pueda alcanzar algún modo de expresión—.

Ahora bien, tampoco Wittgenstein se quedó detenido en su encuentro con el sinsentido y su «…mejor callar…» del final del Tractatus. Años más tarde volverá a la carga con sus Investigaciones Filosóficas, donde dará una vuelta de tuerca más al asunto. En efecto, si en el Tractatus logró mostrar que al manejarnos sólo en el hipotético terreno del lenguaje lógico, exacto, liberado de malentendidos, lo único que obtendremos son tautologías, en las Investigaciones Filosóficas dará cuenta de aquello que también destacara Lacan, y es que dada una determinada palabra, podemos realizar el experimento de hacerla significar prácticamente cualquier cosa, con tal de contar con la libertad de construirle un contexto semántico apropiado. Para comprobarlo, basta con remitirse al discurso de campaña de cualquiera de nuestros personajes políticos, empezando por Cicerón. Wittgenstein utiliza la expresión «juegos de lenguaje» para referirse a los distintos contextos en que puede insertarse una misma palabra o frase logrando sentidos o significaciones diferentes y dirá que «...el juego con estas palabras, su empleo en el tráfico lingüístico cuyo medio son, es más intrincado —el papel de esas palabras en nuestro lenguaje es muy diferente— de lo que estamos tentados a creer. (Este papel es el que tenemos que entender para resolver paradojas filosóficas. Y por eso usualmente no basta para ello una definición; y mucho menos basta hacer constar que una palabra es “indefinible”)»1. A continuación da el ejemplo de oraciones distintas que, según el contexto, tanto pueden llegar a tener el mismo sentido, como acentuarse su divergencia: «Podemos decir que esta oración, bajo estas circunstancias, tiene el mismo sentido (rinde lo mismo) que aquella. Pero también que, en general, estas dos oraciones no tienen el mismo sentido». De este modo, Wittgenstein se aproxima a aquella concepción lacaniana de la verdad como medio-decir, así como también a la posibilidad de bordear —por medio de las diversas perspectivas que iluminan cada uno de los distintos juegos de lenguaje ensayados— aquello sobre lo que anteriormente sólo invitaba al silencio: «Los resultados de la filosofía son el descubrimiento de algún que otro simple sinsentido y de los chichones que el entendimiento se ha hecho al chocar con los límites del lenguaje. Estos, los chichones, nos hacen reconocer el valor de ese descubrimiento»2. Los sinsentidos del lenguaje nos remiten a las paradojas o a los imposibles lógicos que pueden funcionar como indicios de lo que Lacan denomina como real. Esos «chichones», entendidos como el efecto sobre nuestro cuerpo a causa de habernos golpeado con algo externo, nos evocan a Peirce, a su categoría de segundidad, de conocimiento de algo por reacción frente a otra cosa, y como índice de lo singular, así definido en alguna parte por él cuando escribe que «lo singular es aquello que reacciona». Es que Wittgenstein en esta última etapa deja de lado la búsqueda de un lenguaje lógico que vehiculice certezas, para abocarse al estudio del lenguaje tal como funciona concretamente en la vida cotidiana.

De su análisis acerca de cómo nuestro pensamiento logra derivar una proposición de otra, cuando se halla abocado a resolver algún problema o accionar según alguna consigna, arriba a la conclusión de que no se puede demostrar deductivamente el paso de una idea a otra, de una proposición a una siguiente como conclusión operativa, que hay algo que no se pude captar, agotar en una descripción formal, sino que ahí debe actuar algo distinto, que provisoriamente llamará intuición: «Pero ésta es precisamente la cuestión, Qué se sigue en cualquier lugar, de esa proposición. O también —Qué debemos llamar, en cualquier lugar, “concordancia” con esa proposición (y también con la intención significativa que has dado entonces a la proposición —sea lo que fuere en lo que haya podido consistir). Más correcto que decir que se necesita una intuición en cada punto, sería casi decir: se necesita una nueva decisión en cada punto». Pero entonces Wittgenstein nos está dejando listo el terreno para dar un paso más, arriesgando ahora nosotros la opinión de que a esa decisión bien podemos llamarla abducción, tal como la pensaba Peirce en su sentido más amplio, no sólo en tanto inferencia lógica conjetural, sino como aquel acto psíquico que permite relacionar lo que nunca antes se había sabido relacionar, a partir de la formulación de una inferencia que no es necesariamente verdadera, que no implica ninguna certeza, pero que sí es necesaria para la mayoría de las operaciones de pensamiento que realizamos concretamente, y gracias a la cual nos resulta posible —a veces— enunciar algo más que tautologías: «Realizo una abducción cada vez que expreso en una frase lo que veo. Lo cierto es que todo el tejido de nuestro conocimiento es un paño de puras hipótesis confirmadas y refinadas por la inducción. No se puede realizar el menor avance en el conocimiento más allá de la mirada vacua, si no media una abducción a cada paso»3. Al situar a esa operación como abducción —invistiéndola a la vez de ese carácter de decisión destacado por Wittgenstein—, se hace posible tender un promisorio puente conceptual con las nociones psicoanalíticas de sujeto y acto, en su conjugación con el deseo y su interpretación4.
_____________
1. Wittgenstein, L.; Investigaciones Filosóficas, Barcelona, Ediciones Altaya S. A., 1999.
2. Obra citada, parágrafo 119.
3. Peirce, C. S.: MS 692.
4. En este contexto, no queremos dejar de señalar nuestra grata sorpresa al leer en el anterior número de Imago Agenda el artículo de Juan B. Ritvo, en que este autor aborda —si bien en el contexto de otra argumentación— ciertas cuestiones que sintonizan con lo que venimos desarrollando aquí: «…Se entiende entonces, aunque sea preliminarmente: hay juegos de lenguaje, en plural y desde el inicio. Todos tienen reglas, pero no hay una regla originaria, y sobre todo, las reglas particulares son profundamente lacunarias. Y por eso podemos apelar a la decisión, un término clave en la teoría del estado de excepción. La decisión, palabra que Chomsky, quizá para evitar que algo sospechoso se infiltre en su innatismo biologista, prefiere escribir con comillas, es requerida en virtud de las lagunas que exigen interpretación». Ritvo, J. B.; «Posmodernidad» (IIIa entrega); en revista Imago-Agenda n° 132, agosto de 2009.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 172 | julio 2013 | La Lógica Triádica (de Peirce a Lacan) 
» Imago Agenda Nº 136 | diciembre 2009 | Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein  ÚLTIMA ENTREGA
» Imago Agenda Nº 135 | noviembre 2009 | Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein 
» Imago Agenda Nº 134 | octubre 2009 | Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein  Décimoquinta entrega
» Imago Agenda Nº 132 | agosto 2009 | Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein  Decimotercera entrega
» Imago Agenda Nº 131 | julio 2009 | Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (duodécima entrega) 
» Imago Agenda Nº 130 | junio 2009 | Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (undécima entrega) 
» Imago Agenda Nº 129 | mayo 2009 | Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (décima entrega) 
» Imago Agenda Nº 128 | abril 2009 | Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (novena entrega) 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Dos referencias lacanianas: Pierce y Wittgenstein (octava entrega) 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | El problema de la transmisión y los límites del lenguaje en la experiecia analítica.  Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein (Séptima entrega)
» Imago Agenda Nº 125 | noviembre 2008 | El problema de la transmisión y los límites del lenguaje en la experiencia analítica  Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgenstein (Sexta entrega)
» Imago Agenda Nº 54 | octubre 2001 | El psicoanálisis no es Lacan, ni Miller, ni tratamiento ni erotología... ni siquiera Freud 

 

 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com