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Lectura del seminario XV – El acto psicoanalítico [Segunda parte]
  Por Norma Alberro
   
 
Clase 3

Esta clase se abre también sobre la cuestión de la dirección y de lo que Lacan nombra como su propia “atopia”, que “tiene sus razones para decir”. Si bien lo que Lacan avanza en sus Seminarios obtiene su efecto en lo que ha dicho en los años anteriores, no deja de dirigirse también en su discurso, y le reconoce un lugar, a su público no-analistas, en posición de Tercero.
Pero veamos esta palabra “atopia” que Lacan emplea. ¿Ausencia de lugar, o lugar a partir de a?, pero el objeto a está perdido, es caído de lo Real, sin coordenadas euclidianas. Entonces, ¿qué lugar podría definir el objeto a?
Sin embargo, se trata de sostenerlo como pérdida precisamente y no trabajar a su develamiento. Dirigirse a ese Tercero como Real, borra el deslizamiento a cualquier complacencia imaginaria, al entre-si, o al entre-nosotros y darle a estos Seminarios un estilo conferencia. La presencia de este Tercero, no-analistas, permite mantener esta posición.
Para decirlo en otras palabras, Lacan nos invita a sorprendernos del hiato, de la inconsecuencia que él encuentra entre, por un lado la experiencia de la palabra en la cura, desprovista de toda referencia a la norma o a lo útil: esta es la Regla analítica. Y por otra parte el modo de enseñar el psicoanálisis, en tanto que esta enseñanza funda las instituciones psicoanalíticas, y que despliega su “retórica” o su “estilo” precisamente olvidando, desconociendo, renegando lo que enseña la experiencia de la cura de esta división del sujeto, para reinstalar lo normativo, y adherir, en nombre del bien general, a una moral normativa.
Este hiato, esta inconsecuencia, este punto eludido, es exactamente allí donde reside el acto psicoanalítico en su dimensión de insoportable.
Lacan avanza hacia las formulaciones más densas, más fuertes del final de esta lección. Es por medio de la transferencia que la aborda. Lo que Lacan va a proponer para despejar el campo analítico de esta teoría idealizante de la transferencia, es el acto psicoanalítico como “manipulación de la transferencia”.

Es una palabra audaz: manipulación, se podría pensar en algo perverso, salvo porque lo que se manipula es la transferencia, no el paciente.
El paciente no es como el niño esclavo a quien Sócrates puede hacer decir lo que quiere. Lo esencial de esta palabra es que pasa por una simulación, un fingimiento con la idea de engaño que encierra. Pero de este engaño, el analista se hace también el juguete, por decirlo de un modo ficcional, en el sentido que él acepta de simular que la posición de S.s.s. es sostenible. Posición en la cual el analizante lo aloja desde el comienzo, en forma automática. El analista lo acepta al mismo título que va a recibir el amor de transferencia, porque esta “ficción” es el único acceso a la verdad.
Desde ese momento su interpretación de la transferencia apuntará a la eliminación del S.s.s, puesto que el analista lo sabe desde el comienzo –lo aprendió en su propio análisis- que no hay S.s.s. Es esencial que no lo olvide, que es solo una simulación, un fingimiento, destinado a deshacerse. No tiene que olvidarse de lo que sabe por adelantado, de lo que lo espera: su caída.
Pasando por el Menon (Platón), Lacan ha podido precisar de qué se trata la interpretación.

Una interpretación dadora de sentido, e incluso de lección, va a dar consistencia a ese S.s.s. con un posible retorno de efectos persecutorios.
Lo que me parece interesante de las consecuencias que extrae del Menon, es lo siguiente: la interpretación como revelación y como descriptage. La segunda tiene su límite. En efecto, hay una primera cadena significante, que puede traducir, retraducir la interpretación si el analista retoma término a término. En este caso, el Sujeto obtendría la buena significación, edipiana, por ejemplo. Este estilo de interpretación dejaría entender, por un lado que hay un sujeto igual a sí mismo que podría reconocerse en su verdad, y por otro que alguien puede tener la llave, la clave de la verdad…
Ahora bien, según las formulaciones de Lacan, es de la articulación de la primera cadena significante que rechaza el Saber. Su incompletad radical, por el hecho de ser causado por un efecto de significante, lo vuelve inepto para completarse, para cerrarse en tanto sujeto sexuado. Ese saber rechazado, que retorna como verdad del Sujeto en el síntoma, es lo que el analizante va a demandar, suponiéndole al analista un saber.

Lección 4

Lacan propone, al comienzo, una distinción entre lo que él llama las tres “mathesis”, o modos de aprehensión del saber:
“Leo”, surgido del Menon: leo un saber ya dado, a develar, entonces.
“Escribo” la Ciencia: produzco fórmulas, ordeno y acumulo un saber.
“Abordo el saber por la pérdida”, lo que es el trabajo psicoanalítico.

Lacan nos lleva nuevamente al acto fallido freudiano. Para no perder el hilo del acto, es necesario partir del discurso que “pierde su hilo”.
El tropiezo, el obstáculo, la caída en falta son los hilos conductores de esta lección. Estos actos abren a la cuestión de una verdad otra, otra que aquella que el acto como fallido o sintomático puede darse a sí-mismo en cuanto a su intención.
Lacan, en este punto precisa un poco más la problemática de su enseñanza: “Mi enseñanza no es un acto psicoanalítico, puesto que se sigue delante de un público”. Sin embargo cabe preguntarse, ¿no es un acto en cuanto que produce efectos de los que se extraen consecuencias? Ahora bien, si según Lacan “la enseñanza no es un acto y jamás lo fue”, es posible plantear otra cuestión: ¿es que la palabra “enseñanza” es la que mejor expresa lo que él hace delante de su audiencia?
Pero Lacan nos propone una suerte de “topología” para responder a estas cuestiones. Traza un interior del cual no conviene salir. A partir del momento en que nos sometemos a la estructura, a la ley propia que designa el acto psicoanalítico, es así, nos dice “que iremos lejos” para acercarnos a lo que hace límite, allí mismo donde es insoportable para el psicoanalista, porque es allí que reside la cuestión de su acto y de su des-ser, del cual él no tiene el control.
El punto de tropiezo más esencial, es el fin del análisis, del cual dice que “nadie ha podido fijarlo claramente”. Ahora bien, si por un lado, el acto consiste en estructurar por medio de la Regla analítica y a sostener por la Interpretación un “hacer” del analizante (que no es el suyo, sino el del Sujeto), y por otro lado, el analista es supuesto haber llevado a término su experiencia de analizante, con lo que ello tiene necesariamente que “hacer” con la verdad; entonces, ¿no se impone para el paciente, al menos en el horizonte de su cura, “encarnar” (me atrevo a usar esta palabra) en el ser de su analista la promesa de un “yo soy” acompañado o fundado en un “yo se”, es decir, yo se la verdad, la verdad humana, toda la verdad, lo que el acto analítico estaría destinado a testimoniar? ¿Acaso el acto analítico toma a su cargo la verdad?

Siguiendo a Lacan, necesariamente tenemos que contestar que no. La verdad, está en el lugar del Otro, es la inscripción del significante, y lo que el analista sabe al respecto es que ella habla.
Lo que Lacan nos hace entender es que el ser del analista en tanto que reposa sobre un acto auténtico, sostiene su lugar en el punto de Arquímedes, tal como Descartes encontró apoyo en su Cogito para asegurar la certitud de su ser. Para el analista, en cambio, pasa del punto de ser al punto de nada de ser. En el acto, el sujeto no es, de allí que nuestras intervenciones de analistas, con frecuencia, nos sorprendan.
Dar su lugar a la pérdida, optar por el camino del “yo no soy” no es seguramente lo que el paciente espera cuando viene a consultarnos. Al contrario, él busca un poco de certeza y de seguridad. Algunos psicólogos responden rápidamente a esta demanda.

Contra este deslizamiento imaginario, Lacan va a construir un esquema estructural: “un pequeño juego”, para orientarse como sobre un mapa. Lo realiza en tres etapas:
A partir de R.S.I. dispuestos en triángulos, Lacan ubica lo que otorga al Sujeto la “proyección” de cada una de esas dimensiones. El Sujeto barrado surgido de lo simbólico; el trazo unario (I) como primera identificación, sostén de lo Imaginario, frente a lo imaginario. El objeto a como caído de lo Real. Así, entre I, a y S barrado que vienen a formar un nuevo triángulo, se designa un Sujeto que no se confunde con el individuo.
Luego, es por la función del síntoma que Lacan va a girar su compás, para disponer -distinguiéndolos a cada uno en su relación al síntoma: saber, verdad y goce. El síntoma como fracaso del saber; el síntoma como lo que representa siempre alguna verdad y, por último, el síntoma como participando del goce.
La última etapa, Lacan avanza en la posición del analista por la vía de la cuestión de la verdad, ¿es él, el analista, que se hace cargo de la verdad? Esto conduce, de manera estructural, combinatoria, a un nuevo tejido de relaciones, con lo que continua el Seminario.

Para concluir esta lectura de la primera parte del Seminario, quiero destacar lo que me parece esencial. Lacan comienza a abordar el vacío, la falta, el agujero como el lugar del deseo y, al mismo tiempo, de la posición del analista. Luego, el cuestionamiento del saber como imaginario, como idealización que sostiene otra idealización: la de la posición social del analista. La prestancia social en las luchas de competencias, la exhibición de un cierto saber, que va junto con el velamiento del objeto a como caído de lo Real y causa del deseo. Es decir, que conduce a un recubrimiento, a velar el agujero del deseo.
Lacan concluye esta clase con una frase, a mi criterio, solemne: “Desconocer lo que es del acto analítico entraña la negación de la posición analítica” ¡Nada menos!
 
 
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