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   Colaboraciones exclusivas

Una extraña felicidad
  Por Hélène  L´Heuillet
   
 
Nota: el presente desarrollo forma parte del capítulo “El sujeto y el psicoanálisis” del volumen de la autora El psicoanálisis es un humanismo. Letra Viva. 2008

Es una felicidad extraña la que promete el psi­coanálisis, puesto que no es una felicidad que pro­cede colmando, ni tampoco se trata de una felicidad que se define como la realización de una esperan­za. Para ser feliz, un sujeto no sólo no puede con­tar más que consigo mismo, sino que no puede es­perar suprimir lo real del encuentro, el golpe bueno o malo de eso que nos cae encima y que recibi­mos o no. La felicidad no es siempre sino un buen golpe. Al contrario, la espera de los porvenires que cantan, anota Lacan, conduce al suicidio.1 El suici­dio es, en efecto, “el único acto que puede alcanzarse sin fracaso.”2 No es el objeto supuestamente sa­tisfactorio el que puede curar a un sujeto de la des­esperanza. Para los seres de palabra, cuyo deseo no se vive sin palabra, resulta imposible ser dichoso sin respetar la parte de falla, de falta y de incompletud de nuestros actos. Si nuestros actos más logra­dos son actos fallidos, es que, para nosotros, todo encuentro está marcado con el carácter del fraca­so. Los cuentos de hadas nos lo muestran con pre­cisión, haciendo preceder toda una serie de erro­res, de desajustes y malentendidos al cumplimiento de la felicidad. Es hasta en el carácter aleatorio de la existencia que nombramos con el vocabulario de la pérdida: ¿Acaso no decimos que hemos “caído” sobre alguien para hablar de un encuentro?

Es en ese respeto por la parte de la falta, es en la resistencia a colmarnos que hoy es presentada como ideal de felicidad –aunque sea angustiante y mor­tífero–, que reside lo esencial del alcance humanis­ta del psicoanálisis. El ideal de colmarse se acom­paña, en efecto, de una exigencia de perfección di­rigida al sujeto. La exactitud en la evaluación y el culto de la perfomance, testimonian de un retroceso en la costumbre de considerar al error no como un accidente de la naturaleza humana, sino como uno de sus rasgos. Porque la experiencia del psicoaná­lisis es una experiencia que enseña al sujeto a respetar su error más grande, su síntoma.
Se trata de un fenómeno paradójico como aquel que consiste en liberar mediante el abrochamiento. Sin embargo, se comprende cuando se piensa al sín­toma como efecto del lenguaje: su legibilidad libera al sujeto, que ya no tiene necesidad de sufrir inútilmente, aunque le revele a la vez su incompletud. Es en esto que el psicoanálisis tiene sentido sexual. Como Freud lo presentaba, la cuestión de lo sexual permanecería para siempre como la causa del re­chazo del psicoanálisis. Él tenía conciencia, a propósito de la interpretación de los sueños, que el deba­te conducía menos hacia la cuestión de saber si los sueños tienen o no un sentido –incluso los más ra­cionalistas están dispuestos a conferirles uno–, que a identificar ese sentido con un sentido sexual. La noción de “sexual” no es tan evidente de captar en un intento por comprender la teoría psicoanalíti­ca. Esta no podría reducirse a la sexualidad, aún si la vuelve posible. La dimensión de lo “sexual” es la inscripción de la falta sobre el cuerpo.

Si esto puede ser así, es gracias al impacto del símbolo en el orden humano. Es lo que a partir de Lacan se nombra “lo simbólico” y que explica por si solo que estemos moldeados por la pérdida ya que somos seres de palabra, tanto como que el incons­ciente tenga sentido sexual. Según Lacan, el des­cubrimiento de Freud en su conjunto, reside en el descubrimiento de los efectos de lo simbólico sobre el sujeto.3 Ubicar a lo simbólico en el centro de la teoría y de la práctica es, en efecto, acordar a la fal­ta, a la pérdida y a la falla una función causal. Por­que esta es la única manera de aligerar un poco la vida humana en el presente.
Ese mundo que nos colma y nos frustra –no ocu­rre lo uno sin lo otro– provoca la angustia. La an­gustia surge necesariamente cuando el campo del deseo resulta saturado. Nuestra ansia actual ante el objeto de consumo no puede sino saturar el deseo angustiando al sujeto, el que se arroja nuevamente una vez que recuperó la calma, con todo el cuerpo y a pleno goce, en eso en lo que busca, aunque en vano, un respiro. El síntoma social se presenta hoy como un rechazo general de la falta. Es cierto que hay faltas reales, privaciones, en nuestra realidad social creadora de pobreza. Pero señalar la existen­cia de un discurso que deniega su legitimidad a la falta y a la falla en cualquier orden que sea, no tie­ne nada que ver con la realidad de la ausencia de los bienes de subsistencia. De un lado hay una fal­ta real; del otro una falta imaginaria. Toda falta y toda falla, por ejemplo un handicap de nacimiento, son considerados perjuicios y defraudaciones que exigen reparación.

El psicoanálisis nació del respeto por el lugar de la falta. La falta es el espacio vacío, y el espacio vacío es el lugar del deseo. El rechazo de la falta es el rechazo del deseo. El descubrimiento freudiano nació de la escuela de la histeria. Porque la histérica no desea para tener y obtener lo que ella desea, sino para no tenerlo y experimentar mejor el deseo mantenién­dolo en suspenso. Su emblema ha sido provisto por la “bella carnicera” analizada por Freud en La in­terpretación de los sueños, quien le exige en un sueño a su marido que no le ofrezca el caviar que ella de­sea.4 Es la noción de lo simbólico la que permite es­clarecer lo que está en juego en esta enigmática de­manda “de no”, y que enseña la función de la falta, la única en la que puede alojarse un sujeto.

Es porque confieren a lo simbólico un rol cen­tral en la vida del sujeto, que los psicoanalistas son a menudo hoy considerados como los “guardianes reaccionarios” de un orden moral devenido insoste­nible. Algunos de los nuestros, padeciendo esa marginalidad, pueden tener la tentación de “moderni­zar” al psicoanálisis y disculparlo testimoniando su apertura de espíritu. Pero esta actitud presenta un inconveniente: debilita el alcance crítico del pensa­miento psicoanalítico. Queriendo rejuvenecer, envejece demasiado. Es más importante preguntarse por qué la crítica psicoanalítica, luego de haber sido considerada como progresista, es ahora considera reaccionaria. ¿Por qué resuena así el discurso psicoanalítico? Buscar en qué campo situar a los psicoanalistas, preguntarse si el psicoanálisis es actual o intempestivo, no es una posición psicoanalítica. Intentar mantener sobre este problema un acerca­miento coherente con el psicoanálisis, resulta inten­tar comprender eso que es considerado como yen­do en contra de las evoluciones de nuestras socie­dades –comprenderlo dentro de lo que el incons­ciente conduce a tomar en cuenta–. Hace falta, entonces, volver a partir de la noción de lo simbólico para comprender en qué el análisis de los efectos de éste sobre la vida humana pone al psicoanálisis en cortocircuito con el discurso común.

La crítica de los valores permitida por el psicoa­nálisis no se deja reducir a los términos de un deba­te, ni a las tomas de posición unívocas: está más allá de la oposición entre el progresismo y la reacción. Es lo que hoy hace de eso su precio. Seguramente, es posible pasar por alto el psicoanálisis. Nada es más sencillo que permanecer sordo a la manera de enfrentar los problemas comunes que adopta aquel que se ajusta al sujeto del inconsciente. Pero es pri­varse, entonces, de una orientación decididamen­te humanista. El alcance esencial de la noción de lo simbólico en psicoanálisis reside en la definición de un marco soportable para la existencia humana.

Traducción del francés: Pablo Peusner


1 Jacques Lacan, Télévision, op. cit., p.66.
2 Ibid., p.67.
3 Jacques Lacan, «Fonction et champ de la parole et du lan­gage», en Écrits, op. cit., p.275.
4 Sigmund Freud, L’interprétation des rêves (1900), trad.I.Mey­erson, Paris, PUF, 1967, p.133.
 
 
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